Filocafé: ¿Somos propiedad del algoritmo?

Foucault, psicopolítica y el negocio de predecirnos


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¿Y si el Gran Hermano de Orwell ya no necesitara pantallas para vigilarnos, porque somos nosotros mismos quienes le entregamos, voluntariamente, cada dato de nuestra vida?

Foucault describió un poder disciplinario que vigilaba, medía y normalizaba los cuerpos a través de instituciones como la escuela, la fábrica o la prisión: un poder que se ejercía desde fuera, sobre lo que hacíamos y dónde estábamos. Hoy, ese poder de la vigilancia se está mezclando con algo que Foucault no llegó a conocer: los algoritmos y el big data. Ya no hace falta un vigilante físico ni un muro con cámaras; basta con nuestros clics, nuestras búsquedas, nuestros likes.

Esa mezcla ha dado lugar a lo que Byung-Chul Han llama psicopolítica a una nueva forma de gobierno que ya no se conforma con vigilar el cuerpo, sino que penetra la psique. El poder ya no solo nos atraviesa con discursos o disciplina nuestros movimientos, también toma nuestra alma, nuestra forma de pensar, de sentir y de actuar. Nos gobierna desde dentro, con nuestro propio consentimiento entusiasta. ¿Sigue siendo vigilancia si nadie nos obliga a exponernos? ¿Puede llamarse libertad una conducta que los algoritmos predicen, moldean y explotan antes incluso de que la vivamos?

Orwell imaginó una dictadura que reprimía. Foucault, un poder que disciplinaba. Han describe un poder que seduce, que estimula el rendimiento, la transparencia y la exposición constante como si fueran conquistas de la libertad. ¿Hemos pasado de «no puedes» a «debes, y además vas a disfrutarlo»? ¿Dónde queda el espacio para pensar y decidir por nosotros mismos cuando el algoritmo ya sabe lo que vamos a elegir?

La cultura de la vigilancia, entrelazada con el análisis de los algoritmos, se ha convertido en la nueva forma de hacer política y en la nueva forma de disciplinarnos. Pensar esto despacio, sin certezas cerradas, es lo que proponemos en este filocafé.

Para dar respuesta a la cuestión, ¿el poder ha dejado de disciplinar el cuerpo para gobernar el alma? ¿Qué revela la vigilancia algorítmica sobre cómo queremos (o no) pensar, sentir y decidir? Nos acompañará Marcos Represas, filósofo, escritor, divulgador y colaborador de Arjephilo, como invitado.

En este espacio que Arjephilo dedica al pensamiento compartido, no hace falta ser experto en filosofía, basta el deseo de escuchar, preguntar y, quizá, volver a jugar con las ideas mientras nos dejamos llevar por el viento del logos.


Marcos Represas es arquitecto, magister scientiarum en filosofía homologado por la UCR y creador de contenido filosófico. Su trayectoria se desarrolla en la intersección entre filosofía, arte, arquitectura, educación y el análisis político.

Desde 2019 desarrolla contenido de divulgación filosófica en YouTube teniendo hoy el canal de filosofía más grande desde Costa Rica. Ha impartido cursos y clases universitarias relacionados con filosofía, educación, historia del arte, arquitectura, marketing digital, así como cursos en colegios.

Es autor del libro, La Guerra Perpetua. Una mirada de Michel Foucault sobre el poder y el saber, publicado en 2024. Está trabajando actualmente en el libro, ¿Cómo ser el superhombre de Nietzsche? También ha participado como escritor, editor y colaborador en diferentes proyectos literarios y culturales.

Su experiencia artística incluye exposiciones individuales y colectivas en museos y galerías tanto en Costa Rica como Venezuela, con propuestas de arte contemporáneo.

Su trabajo se caracteriza por convertir conceptos filosóficos complejos en experiencias accesibles, críticas y provocadoras, estableciendo conexiones entre el pensamiento, la política, el arte, la arquitectura, la literatura y los problemas del mundo contemporáneo.


Recursos recomendados:

Jacques DERRIDA 🔵 Dar (el) tiempo | Introducción a la deconstrucción del tiempo

¿Podría Jacques Derrida haber sido discípulo de Qui-Gon Jinn? En este análisis de Star Wars ponemos en diálogo al filósofo francés con el maestro Jedi a partir de una cuestión fundamental: el tiempo.

En La amenaza fantasma, Qui-Gon le dice a Obi-Wan que debe mantener su concentración en el momento presente y que no puede mirar hacia el futuro a expensas del momento. Esta afirmación contiene una paradoja: ¿cómo podemos pensar el futuro sin perder el presente?

La cuestión del tiempo también aparece en Derrida, especialmente en Dar el tiempo. Allí analiza un texto de Madame de Maintenon en el que afirma que el rey toma todo su tiempo, mientras que ella conserva un “resto” que quisiera entregar a la institución de Saint-Cyr.

Aquí aparece el problema que fascina a Derrida: si el rey toma todo el tiempo, ¿cómo puede existir un resto? Y si existe un resto, entonces el rey no puede haber tomado todo el tiempo. La paradoja parece inevitable.

Pero hay algo todavía más profundo: ¿podemos realmente tomar o dar el tiempo? El tiempo no pertenece a nadie. Cuando decimos “no tengo tiempo”, en realidad hablamos de aquello que podemos hacer o disponer dentro de un determinado momento.

Derrida encuentra en estas contradicciones una aporía, un punto en el que el lenguaje parece llevarnos hacia un imposible. Por eso la deconstrucción se interesa por las ambigüedades, los restos y las contradicciones presentes en un texto, en lugar de eliminar una interpretación para quedarse con otra.

Jacques Derrida y Qui-Gon Jinn: una lección de filosofía en Star Wars

En este sentido, Qui-Gon Jinn podría ser leído como un maestro deconstructivo: no ofrece simplemente una respuesta, sino que muestra la paradoja contenida en nuestra manera de pensar el tiempo.

Y aquí aparece una conexión fascinante entre Star Wars y Jacques Derrida: el Jedi enseña a permanecer en el presente, mientras Derrida nos muestra que el presente nunca es completamente presente.

Quizá por eso Derrida podría haber sido un excelente discípulo de Qui-Gon Jinn.

Foucault: biopoder, biopolítica y necropolítica

Gobernarse a sí mismo para aprender a gobernar a los demás quedó demasiado lejos en la historia. Durante la Edad Media ocurrió una transformación decisiva: aumentó el ejercicio del poder mediante los ejércitos y las instituciones jurídicas. A finales del siglo XVII y principios del XVIII surgió una nueva razón gubernamental: ya no se trataba solamente de gobernar a los individuos, sino de administrar la vida de la población.

Foucault: Biopolítica y biopoder

Michel Foucault llamó a esta transformación biopoder y biopolítica. El poder comenzó a intervenir sobre la natalidad, la alimentación, la higiene, la sexualidad, la longevidad, la mortalidad y la salud. Ya no se trataba únicamente de disciplinar los cuerpos, sino de establecer mecanismos globales de regulación sobre la población.

La biopolítica plantea entonces una pregunta fundamental: ¿cómo gobernar nuestra vida? El poder comienza a preocuparse por hacer vivir, prolongar la vida, disminuir la mortalidad y aumentar la seguridad de la población.

Pero también existe el poder sobre la muerte: la necropolítica, concepto desarrollado por Achille Mbembe. Mientras la biopolítica administra la vida, la necropolítica analiza cómo el poder determina quién puede vivir y quién puede morir. Esto no ocurre únicamente mediante el asesinato directo, sino también mediante la expulsión, el abandono o la eliminación política de determinados grupos.

En una sociedad normalizada, disciplina y regulación se mezclan. El poder puede actuar sobre el cuerpo y, simultáneamente, sobre toda la población. Esta es una de las grandes paradojas del biopoder: el mismo poder que busca asegurar la vida puede establecer las condiciones para dejar morir.

Foucault permite comprender así una transformación fundamental: del derecho soberano de hacer morir hacia un poder que administra la vida. Sin embargo, cuando este poder alcanza sus excesos, vuelve a aparecer la cuestión de la muerte.

El problema del racismo adquiere aquí una importancia central, porque permite establecer una división dentro de la población y determinar quién debe ser protegido, regulado, excluido o eliminado.

Biopoder, biopolítica, necropolítica, población y racismo forman, de este modo, parte de una misma pregunta: ¿cómo gobierna el poder la vida y la muerte?

Detrás de las cuevas de Winden: El eterno retorno y el amor fati de Nietzsche en Dark

El eterno retorno es la idea nietzscheana de que todo lo que hemos vivido -cada instante, cada decisión- podría repetirse una y otra vez, exactamente igual, por toda la eternidad. Sin embargo, lejos de la propia noción de repetición la cuestión reside en nuestra propia actitud ante aquello que nos parece inevitable. ¿Cómo actuarías si supieras que vas a repetir esta misma vida infinitas veces?

Y de la indefensión a tomar actitud hay un enorme camino que deberíamos, quizás, plantearnos antes de dar por sentado que no tenemos posibilidades de actuar. Porque sí, el resultado está decidido si decidimos no actuar.  Porque, aunque el resultado parezca estar decidido, ¿qué hacemos nosotros ante aquello que parece inevitable?

Pasado, presente y futuro. 

Imagen extraida de Caigaquiencaiga.net

La serie Dark (2017-2020) dramatiza esta idea  a través de la triquetra y de los diferentes ciclos temporales de Winden, en concreto los años 1953, 1986 y 2019, cada 33 años. Tic, tac. Y la resuelve con el concepto nietzscheano de amor fati: no basta con soportar lo inevitable, hay que amarlo. 

El bosque de Winden y la pregunta del demonio

La trama comienza cuando un grupo de jóvenes y niños pasean por un bosque de Winden, junto a una cueva. De repente, las luces comienzan a parpadear y se oye un sonido. Todos se asustan y comienzan a correr. En medio de la confusión, el niño Mikkel desaparece.

«¿Qué pasaría si, un día o una noche, un demonio se deslizara furtivamente en tu más solitaria soledad y te dijera: “Esta vida, tal como la vives ahora y la has vivido, tendrás que vivirla una vez más e innumerables veces más”?» (Nietzsche 1882/2011)

El vecindario de Winden se sumerge en una estructura temporal en la que el eterno retorno parece hacerse realidad. La pregunta deja de ser dónde está Mikkel, para convertirse en un  ¿cuándo está Mikkel? ¿hasta dónde consume ese <<cuándo>> a los personajes de esta serie?

De «dónde» a «cuándo»: el tiempo circular en Dark 

«Todo va, todo vuelve; eternamente rueda la rueda del ser»
(Nietzsche, 1883-1885/2011)

En Dark, pasado, presente y futuro dejan de ser momentos complementamente separados. Lo que sucede en uno de ellos condiciona a los demás, hasta construir una red de acontecimientos en la que causa y consecuencia dejan de ser lineales. 

La voz de Nietzsche está personificada en la serie en el personaje de Helge, quien enuncia el principio de cada ciclo: «Alles ist jetzt.» («Todo es ahora.») 

Esta afirmación que sostiene Helge es el principio fundamental de Dark: Presente, pasado y futuro, dejan de ser entes separados para sostenerse entre sí y formar parte intrínseca de un eterno ciclo y la lucha humana empieza cuando ese ciclo entra en conflicto con aquello que los personajes desean.

Imagen realizada por Lucía Moreno Guzmán

Amor fati: aceptar sin resignarse

El amor que Martha y Jonas experimentan, el intento de salvar a sus seres queridos y evitar el sufrimiento que conocen supone la lucha por cerrar ese ciclo. Perderse el uno al otro no es algo que vayan a aceptar ni ellos ni el amor de un padre, ni el de una madre y en conjunto, el amor es lo que realmente despierta a nuestros protagonistas a salir del bucle. 

Aparece una paradoja interesante donde querer cambiar el destino puede ser precisamente aquello que contribuye a cumplirlo.

Martha y Jonas son, al mismo tiempo, consecuencia y causa del ciclo. ¿Qué margen de libertad tenemos cuando nuestras decisiones parecen estar condicionadas por acontecimientos que ya no conocemos? Esta paradoja es la que atraviesa su evolución y su posterior toma de agencia en la lucha por la ruptura del que desde una lectura nietzschieana podríamos leer como eterno retorno.

«Mi fórmula para expresar la grandeza en el hombre es amor fati: no querer que nada sea distinto, ni hacia delante, ni hacia atrás, ni por toda la eternidad. No sólo soportar lo necesario, sino amarlo.»
(Nietzsche, 1888/2011)

El concepto de amor fati no es resignación ni la aceptación pasiva de que todo está predeterminado.Más bien plantea nuestra relación con aquello que no podemos modificar. Con este concepto Nietzsche no queda simplemente reducido a “aceptar que todo está predeterminado” y, los personajes de Dark, tampoco tienen control absoluto sobre el ciclo. Sus decisiones están condicionadas por acontecimientos anteriores y posteriores, pero eso no elimina la necesidad de decidir. 

Los dos coprotagonistas luchan incesantemente por mantenerse unidos durante casi toda la serie, observando, no obstante, en qué deriva esa decisión para sus seres queridos. Finalmente, descubren que mantener el ciclo no significa preservar aquello que aman. 

La cuestión ahora es otra. Ya no se trata de cambiar el futuro, sino que ahora se cuestionan sobre qué están dispuestos a hacer para evitar que el sufrimiento continúe repitiéndose.

De modo que, ¿qué sentido tendría pretender romper un ciclo que supuestamente pertenece a lo predeterminado? ¿Cuál es nuestra capacidad de actuar si nos dictan que ya existe un destino vigente?

Fuente: Serie Dark, producida por Netflix.

La respuesta a estas preguntas es más sencilla de lo que parece al leerlas. Incluso cuando nuestro margen de actuación es limitado, seguimos teniendo que decidir qué hacemos con aquello que está a nuestro alcance. Porque si nadie actuase, ¿quién salvaría vidas? ¿ha de estar eso también predeterminado? 

«Sed fieles a la tierra y no creáis a quienes os hablan de esperanzas supraterrenales»
(Nietzsche, 1883-1885/2011). 

Quizás, después de todo, no es tanto si podemos escapar completamente del ciclo, sino más bien qué decidimos hacer mientras seguimos dentro de él.


Referencias:

Nietzsche, F. (2011). Así habló Zaratustra

Nietzsche, F. (2011). Ecce Homo

Elon Musk y el supuesto saludo nazi: ¿qué ocurrió realmente?

El video de Elon Musk haciendo supuestamente el saludo nazi se hizo viral y generó una enorme polémica. Pero ¿realmente estaba haciendo el saludo nazi? Para comprender el gesto es necesario observarlo dentro de su contexto y no únicamente a partir de un fragmento.

El saludo nazi se realiza de frente y, aunque suele relacionarse con la antigua Roma, no existe evidencia histórica que confirme ese origen. El gesto fue utilizado primero por el fascismo italiano de Benito Mussolini y posteriormente adoptado por el nazismo alemán.

Aquí aparece otra cuestión ideológica: ¿el fascismo pertenece realmente a la derecha? El video plantea que fascismo, socialismo y comunismo son formas de estatismo y, por tanto, se ubican dentro de la izquierda política, mientras que la derecha liberal busca reducir la intervención del Estado.

Mussolini provenía del socialismo y posteriormente desarrolló un socialismo nacionalista. El fascismo se caracterizó por su defensa de un Estado totalitario y antiliberal: “todo dentro del Estado, nada fuera del Estado”. La existencia de propiedad privada o empresas no elimina necesariamente el carácter estatista de un régimen.

Desde esta perspectiva, el tamaño y el alcance del Estado resultan fundamentales para comprender el espectro político. El debate entre izquierda y derecha no debería reducirse únicamente a la existencia de propiedad privada o a la defensa del mercado, sino también al grado de control que ejerce el Estado sobre la sociedad.

¿Y qué ocurrió con Elon Musk? Al observar el video completo y sus palabras, la interpretación planteada es que Musk no estaba realizando el saludo nazi, sino un gesto dirigido al público, que él mismo presenta como una forma de lanzar su corazón hacia la multitud.

El problema, entonces, no es solamente el gesto, sino cómo los medios de comunicación y las redes sociales pueden recortar una imagen, eliminar su contexto y convertirla en una interpretación ideológica.

La pregunta queda abierta: ¿viste el video completo de Elon Musk? ¿Crees que realizó el saludo nazi o que el gesto fue interpretado fuera de contexto?

El Marqués de Sade: ¿qué es realmente la verdad?

Donatien Alphonse François de Sade, conocido como el Marqués de Sade, fue un pensador marginal y marginado cuya obra ha quedado reducida, muchas veces, al origen del término “sadismo”. Sin embargo, su pensamiento también puede leerse desde la filosofía, la política, la moral y la religión.

Sade vivió entre 1740 y 1814, atravesando uno de los momentos más convulsos de la historia francesa: la Revolución. En obras como Filosofía en el tocador y Justine o los infortunios de la virtud, utilizó una literatura provocadora y violenta para cuestionar las instituciones de su época.

En su poema La verdad, escrito en 1787, Sade desarrolla una crítica radical de la religión y de la idea de Dios. Pero el problema filosófico va mucho más allá: ¿quién determina aquello que llamamos verdad?

Sade no solamente cuestiona la existencia de Dios, sino también a quienes hablan en su nombre y establecen qué es verdadero, qué es moral y qué debemos creer. La religión aparece así como una estructura capaz de ordenar la realidad y sujetar al individuo.

Esta cuestión puede relacionarse posteriormente con Nietzsche y su afirmación de que “Dios ha muerto”: el problema no es únicamente Dios, sino las estructuras que continúan determinando la verdad después de su muerte.

También encontramos aquí una conexión con Foucault: el poder no solo reprime, sino que produce saber, verdad y subjetividad. La pregunta fundamental es entonces cómo se constituye aquello que una sociedad acepta como verdadero.

Sade lleva esta crítica al terreno de la moral. En Justine, cuestiona la idea de virtud al mostrar cómo quienes se consideran virtuosos pueden sufrir desgracias mientras personas moralmente cuestionables alcanzan la prosperidad.

Por eso, más allá del escándalo de sus textos, Sade puede leerse como un espejo de su época. Su lenguaje extremo muestra aquello que la sociedad, la religión y la política muchas veces prefieren ocultar.

La pregunta permanece abierta: ¿qué camino hemos recorrido para creer que aquello que llamamos verdad es realmente verdadero? ¿En qué se fundamentan nuestra moral, nuestra religión y nuestras certezas?

Nietzsche: cuando miras al abismo, el abismo te devuelve la mirada

“Cuando miras largo tiempo un abismo, el abismo también mira dentro de ti”. Esta frase de Friedrich Nietzsche, incluida en Más allá del bien y del mal, ha sido objeto de múltiples interpretaciones. En esta ocasión, la analizamos a partir de una reflexión sobre el autoconocimiento y nuestros propios demonios.

Mirar al abismo puede significar enfrentarnos con aquello que nos duele, con nuestras heridas y con esa oscuridad que muchas veces intentamos evitar. La huida nunca es una solución duradera. Sostener la mirada puede permitirnos explorar nuestras profundidades y descubrir que aquello que imaginábamos como un monstruo quizá no era tan terrible.

Pero el abismo tiene una característica fundamental: no tiene fondo. Por eso es un abismo. Esta imagen también puede aplicarse a nuestro dolor, nuestros errores e incluso a la caída de una sociedad. Siempre podemos caer más. Detener esa caída depende de nosotros.

Nietzsche: cuando miras el abismo

Cuando miramos el abismo, el abismo nos devuelve la mirada. Allí aparece el reflejo: una imagen que podemos relacionar con la conciencia y el autoconocimiento. En nuestro propio abismo encontramos deseos, contradicciones, oscuridad y aquello que preferimos no reconocer.

Nietzsche abordó el problema del autoconocimiento en diferentes momentos de su obra. Conocerse a sí mismo implica enfrentarse con aquello que habita en nuestro interior. También Foucault retomará posteriormente esta cuestión al estudiar la hermenéutica del sujeto.

El autoconocimiento puede convertirse así en una forma de vencer nuestra propia guerra interior. Para encontrar los monstruos que habitan en nuestro abismo tenemos que atrevernos a mirar.

Como en el viaje de Dante por el infierno, quizá sea necesario atravesar nuestro propio abismo para poder ascender. La oscuridad también puede convertirse en un camino hacia el conocimiento.

Porque, en última instancia, la pregunta de Nietzsche sigue abierta: ¿qué ocurre cuando te atreves a mirar dentro de ti?

Filosofía política | China: ¿el nuevo imperio mundial?

El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, afirmó que China copió el capitalismo y hoy lo utiliza en contra de Estados Unidos. Esta idea nos permite analizar cómo China se ha convertido en una potencia económica y tecnológica capaz de disputar el liderazgo mundial.

Si todavía crees que el imperio del siglo XXI es Estados Unidos, quizá estás mirando el mundo con categorías del siglo XX. El imperio económico, tecnológico y comercial chino se ha consolidado silenciosamente mientras Occidente intenta recuperar un protagonismo que está perdiendo.

Mao Zedong fundó la República Popular China en 1949, después de años de guerras internas, invasiones y pobreza. El proyecto comunista permitió centralizar el poder y unificar un país inmenso. Sin embargo, después de la muerte de Mao, Deng Xiaoping abrió China al mercado internacional.

Esta apertura económica produjo una transformación extraordinaria. China pasó de tener una enorme población en pobreza extrema a construir una gigantesca clase media y convertirse en uno de los principales motores de la economía mundial.

Lo particular del modelo chino es su combinación: un Partido Comunista que mantiene un enorme control político y social, junto con una apertura económica brutal. China tiene poca libertad política, pero una enorme capacidad para participar en el mercado internacional.

Con Xi Jinping, esta maquinaria económica se ha consolidado todavía más. China no solo produce: domina sectores tecnológicos, industriales y manufactureros estratégicos. Ciudades como Shenzhen se han convertido en referentes tecnológicos, mientras la robótica, la inteligencia artificial y el control social muestran el alcance de esta transformación.

Filosofía política: China contra Estados Unidos

China tampoco necesita exportar su ideología comunista para ejercer influencia. Su poder se construye principalmente mediante la economía, la tecnología y el mercado.

Mientras Estados Unidos intenta repatriar empresas, aumentar su producción industrial y competir con China, el escenario geopolítico ha cambiado. El antiguo imperio estadounidense enfrenta a una potencia china que ha construido su propio modelo de capitalismo.

La gran pregunta es inevitable: ¿estamos ante el nacimiento de un nuevo imperio económico mundial?

Elogio de la distancia. David Nava Gutiérrez

Una defensa de la lejanía en tiempos de inmediatez.


He leído Elogio de la distancia de David Nava Gutiérrez en un ejemplar que he trabajado a lápiz, con anotaciones propias en los márgenes: Schopenhauer rodeado con un círculo, una flecha señalando «esperar ya no está de moda«, una nota junto al primer párrafo que apunté al empezar, «qué nos presenta la distancia». Volver a un libro así, con las huellas de una lectura anterior encima, es una manera de acercarse a un ensayo que cuando una relee el elogio de lo lejano convive con la cercanía de quien fue, hace un tiempo, más joven o más impaciente.

¿Cómo vamos a poder tomar control de nuestro instante si la vida se nos echa encima?

Es un libro pequeño, de formato casi de bolsillo, cuidado en la edición, de esos que una se lleva en la mochila sin pensarlo. El índice adelanta la estructura del argumento.

Está dividido en tres bloques:

  1. Cuando la distancia se pierde
  2. Cuando la distancia resiste
  3. Cuando la distancia florece

Dentro de ellos van los trece capítulos, cada uno con su título breve, cerrando con un epílogo sobre el tiempo necesario. El índice marca el recorrido, de la queja inicial contra la inmediatez hacia una especie de reconciliación final con la distancia, y eso ayuda a leer el libro sabiendo hacia dónde va, aunque cada capítulo se sostenga también por separado.

El libro se abre con una pregunta: ¿por qué rechazamos la distancia si su ausencia es, quizás, la peor de las condenas? El autor no defiende solo la distancia física, defiende algo más: la distancia temporal, el intervalo, el «durante» que se ha vuelto sospechoso en una época que solo quiere llegar al final. Toca, por lo tanto, algo que posiblemente muchos y muchas de nosotros/as hemos sentido, esa manía contemporánea de devorar temporadas enteras de una serie de golpe, de querer el mensaje de vuelta al instante, de no soportar ni un segundo de la espera que antes era, sencillamente, parte de querer a alguien.

Sabemos que la espera, en sí misma, duele, pero también que es en ella, únicamente en ella, donde se hacen más grandes nuestros sentimientos.

Hay un capítulo, el del amor y la demora, que habla de las cartas -quien me conoce sabe el amor y arraigo que le tengo al género epistolar-, de esas cartas que se separarán «de una caja» y se verterán en otra, de las decenas de manos anónimas que las tocan en su viaje antes de llegar a su destinatario, y las compara con el WhatsApp de hoy, que llega, dice, «sin remedio, al instante«. No hay nostalgia barata en esa comparación, hay una pregunta: ¿puede el amor sostenerse sin la distancia que antes lo obligaba a esperar? David cree que no, que aprendemos a la fuerza que «el amor necesita distancia para no evaporarse».

Apología a la carta

Byung-Chul Han aparece una y otra vez, casi como columna vertebral del libro entero: la sociedad de la transparencia, la desaparición del misterio, la cercanía que ciega en vez de iluminar. A ratos pensé que el libro también funciona, como una manera cálida y accesible de acercarse a Han para quien no lo haya leído todavía. Pero también aparecen, entre otros, Bergson, Lévinas con la distancia irreductible del otro que no hay que anular sino habitar, Baudrillard de quien recupera esa frase suya de que lo real «nunca ha interesado a nadie» y, al final, Byung-Chul Han y Gueorgui Gospodínov dialogando sobre la muerte a través de la imagen del jardín: «Mi padre era jardinero. Hoy es jardín«. Una invitación a contemplar la muerte desde lo vivo. La importancia de la atención en la distancia, una distancia cargada de vida.

Capitulo 13: «La distancia entre la vida y la muerte»

Resalto en este momento el noveno capítulo «Escribir es demorarse». Hasta ese punto la distancia parecía algo que hay que defender frente al mundo exterior, frente a las pantallas y la inmediatez; aquí la traslada al acto mismo de leer y escribir. Mientras las redes sociales nos obligan a estar siempre disponibles, siempre conectados, bajo lo que llama «la demanda del otro», los libros hacen justo lo contrario, «nos abren y nos posibilitan«.

«Leer nos hace libres, del yo y del otro».

Me gustó también cómo entra en la idea, menos citada, de que un texto necesita huecos para que el lector pueda instalarse en él, apoyándose en Barthes y en Proust para defender que la lectura verdadera es la que nos deja escribir, a nuestra vez, sobre lo leído. Y llega a decir, con la misma convicción que había mostrado en el capítulo del amor, que escribir puede ser «una forma de tomar distancia«, de una experiencia, de un dolor, de una misma.

El juego, también aparece como idea, aunque muy brevemente al final del capítulo ocho “El giro que nos salva”. En el juego, dice, «todo puede pasar«, porque «las tácticas solo se dan en campo abierto«, “Las travesuras eran propias del viraje” y el viraje es la modificación del rumbo, cambiar. En este sentido el viraje en los niños y niñas, en el juego que represetan es romper con lo establecido, ir contra las reglas, imaginar mundos donde todo es posible, y reglas donde si se quebrantan no tienes muchas represalias porque es “campo abierto”. La distancia es la condición de posibilidad de casi todo lo que valoramos aplicada a algo tan simple como jugar una partida.

El libro-ensayo, Elogio de la distancia, defiende la distancia como tema y la ejerce como forma. Deja huecos, no lo cierra todo, invita a que una piense en su propia vida en vez de limitarse a asentir. Eso es coherencia entre fondo y forma, algo que no siempre se consigue en este tipo de ensayo.

No considero que se trate de un libro que avance con un argumento cerrado de principio a fin; es más bien una colección de estancias, cada una con su propia luz, unidas por la misma obsesión: que la vida necesita espacio para respirar, que el aquí y ahora al que nos hemos entregado sin condiciones nos está quitando algo que no sabemos nombrar del todo. Lo leí despacio -muy despacio-, en varias sesiones, sin prisa, cosa que, dado el tema, me pareció la única forma honesta de leerlo. Y salí de él con ganas de poner pausa -eso hice en verano- y de escribir una carta de verdad, a mano, aunque solo fuera para comprobar si todavía sé hacerlo.


Título: Elogio de la distancia. Una defensa de la lejanía en tiempos de inmediatez
Autor: David Nava Gutiérrez
Editorial: LaJunglaDElasLEtras