En el cuarto capítulo de Desnudez, Giorgio Agamben aborda el problema de lo espectral. Si ya hemos estudiado la espectralidad desde Jacques Derrida y su Espectros de Marx, ahora podemos aproximarnos a este problema desde la mirada del filósofo italiano.
¿De qué está hecho un espectro? Agamben responde que está hecho de signos o, con mayor precisión, de signaturas: aquellos signos, cifras y monogramas que el tiempo inscribe en las cosas. Un espectro siempre lleva consigo una fecha. Es, por tanto, un ser íntimamente histórico.
Aquí aparece una pregunta profundamente ontológica: ¿cuándo comienza lo espectral? Si observamos una lápida, encontramos una fecha de nacimiento y, sobre todo, una fecha de muerte. ¿Comienza allí el espectro? ¿Queda el espectro congelado en la fecha en que murió el cuerpo?
Pero ¿qué le debemos a aquello que ha muerto? Kierkegaard afirma que recordar a un muerto es un acto de amor desinteresado, libre y fiel. El muerto parece querer ser olvidado; sin embargo, quien lo recuerda lo trae nuevamente al presente. La memoria produce así un problema de presencia y ausencia.
Agamben: Libro desde el libro, Desnudez
Para Agamben, la espectralidad es una forma de vida póstuma: una vida después de la muerte. El espectro habita ese espacio entre lo vivo y lo muerto, entre lo visible y lo invisible.
Pero existe otra espectralidad: la espectralidad larvada. Son aquellas larvas que nacen de no aceptar la propia condición y que necesitan fingir un futuro. Viven de la mentira, la falsedad y el fingimiento, como si fueran máscaras que intentan ocultar su incapacidad de saberse realizadas.
Agamben lleva esta idea incluso a las instituciones: parlamentos, religiones, escritores, soberanos e instituciones pueden convertirse en larvas cuando intentan sostener la apariencia de una vida que ya no poseen.
La espectralidad nos rodea. Los espectros forman parte de nuestra vida cotidiana.
La pregunta queda abierta: ¿cuáles son los espectros que hoy te rodean?





