En la cuarta lección de Defender la sociedad, correspondiente a sus clases del 28 de enero de 1976, Michel Foucault analiza cómo tanto el Estado nazi como el Estado soviético pueden comprenderse a partir del racismo de Estado.
Para Foucault, el poder siempre clasifica, ordena y sujeta nuestra forma de pensar, sentir y actuar. En otras palabras, el poder sujeta nuestra subjetividad.
A mediados del siglo XIX aparece una transformación fundamental: el discurso histórico de las guerras, las batallas, las invasiones y las luchas entre razas comienza a ser reemplazado por un discurso biológico. La lucha deja de entenderse solamente como un conflicto histórico y pasa a concebirse como una lucha por la vida, la supervivencia, la selección y la diferenciación de las especies.
Michel Foucault: Defender la sociedad
Aquí aparece el racismo de Estado. El Estado ya no se presenta simplemente como un instrumento de una raza contra otra, sino como el protector de la integridad, superioridad y pureza de una determinada raza. La soberanía estatal comienza así a apoyarse en discursos médicos y biológicos: una forma de biopolítica.
En el nazismo, esta transformación se articula mediante una poderosa narrativa mítica y nacionalista. El Estado nazi recupera una fantasmagoría germánica que busca construir una identidad racial superior. La propaganda, particularmente bajo Joseph Goebbels, convierte estas narrativas en instrumentos para gobernar la subjetividad y establecer un determinado régimen de verdad.
En el caso soviético, Foucault observa una transformación diferente. La lucha de clases es reinscrita dentro de los mecanismos del racismo de Estado. El enemigo de clase puede convertirse en un peligro biológico: el enfermo, el desviado o el loco.
De este modo, tanto el Estado nazi como el Estado soviético aparecen como formas de Estado totalitario y antiliberal. En ambos casos, el Estado adquiere una enorme capacidad para intervenir en la vida de la población.
La tesis de Foucault resulta provocadora: el racismo de Estado puede entenderse como una transformación del antiguo discurso revolucionario de la lucha de razas. Una idea que nos obliga a repensar la relación entre poder, Estado, racismo, biopolítica y subjetividad.
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En mi opinión, todo intento equiparador entre fascismo y socialismo es una trampa. Otra cosa sería el estalinismo, pero debéis de clarificarlo y señalarlo como tal.
Hola, José Miguel. Gracias por tu comentario.
Parto del punto básico: La izquierda extrema es totalitaria porque es estatista y la derecha extrema sin Estado.
Mussolini fue socialista, de familia socialista, miembro del partido socialista italiano, dirigió Avanti el periódico del partido socialista. Gentile también fue socialista. El fascismo es socialismo nacionalista.
Marcos, con todos los respetos. El socialismo auténtico, el científico, el utópico, el humanista, es precisamente eso. Sartre nos lo indicaba, el marxismo un humanismo.
Yo entiendo que ahora mismo eso no existe en ninguna parte del mundo, por eso carecemos de referencias reales.
José, el problema es que no podemos seguir con las referencias de hace 200 años ni por lo que puso Marx en El Capital. Yo vengo del socialismo del siglo XXI y vi con mis propios ojos lo que hace en un país como Venezuela. Y ya casi dos década no vivo allá.
Creo que hasta este punto es una narrativa forzada decir que el socialismo es humanista.
El socialismo marxista no es de las clases obreras es más bien de los intelectuales de izquierda.
El socialismo tiende a estatizar todo hasta tragarse nuestra vida pública, vida privada, empleos, empresas. El poder quiere siempre expandirse.
Por supuesto, esto es un debate muy interesante y laaaargo, jejeje. Pero bueno, es difícil decir mucho en pocas palabras escritas. Gracias por el respeto desde la otredad, lo valoro mucho. A la final vivimos democracias occidentales y bueno, cada quien va votando por el proyecto de país que quisiera.
Saludos, espero verte pronto en otros comentarios.