¿Por qué habríamos de convertirnos en fantasmas?

Se deduce otra pregunta respecto al cuestionamiento de este título: 

¿qué denominamos fantasmas?

Refiriéndonos a Baudrillard, podría tratarse implícitamente de un simulacro; una representación que actúa como realidad aunque no forme parte de ella. Pero no obstante, la representación funciona como propia realidad.

Y es que un fantasma representa a una idea, un recuerdo y en algunas realidades se presencian incluso imágenes o signos. Es por ello que, ¿qué sentido tendría tildar de no cuerdos a aquellos que viven alucinaciones?

¿Y si esta realidad es tan insoportable que vivimos sirviéndonos del propio simulacro?

R.D Laing, denominaba ciertas afecciones mentales como un mecanismo adaptativo del sujeto hacia un entorno hostil.

Por lo tanto, ¿qué nos da tanto miedo si ya vivimos dentro del simulacro? 

Estamos asistiendo a una realidad dotada de representaciones no necesariamente de la realidad propia. Cada vez existe un tejido social más ínfimo y sin embargo las conexiones con internautas no paran de crecer, pero, ¿en qué hemos convertido la realidad sino en lo que Baudrillard denomina hiperrealidad?

El autor refiere este término como cuando se desdibujan los límites entre la realidad propia, las relaciones humanas, lo natural y el simulacro.

No perdura el contacto físico ni el contacto con lo natural, con lo que la realidad perece permanentemente. Ahora la cámara de fotos no la llevas en la mano, la llevas en unas lentes visuales. Y no vives, ahora solo proyectas. La hiperrealidad se da en el mero hecho de preguntarse, ¿imitamos lo que vemos en las redes sociales, nos crean necesidades que no teníamos o las necesidades ya existían?

Hoy en día, la abstracción ya no es la del mapa, la del doble, la del espejo o la del concepto. La simulación no corresponde a un territorio, a una referencia, a una sustancia, sino que es la generación por los modelos de algo real sin origen ni realidad: lo hiperreal. El territorio ya no precede al mapa ni le sobrevive. En adelante será el mapa el que preceda al territorio y el que lo engendre, y si fuera preciso retomar la fábula, hoy serían los jirones del territorio los que se pudrirían lentamente sobre la superficie del mapa, los que todavía subsisten esparcidos por unos desiertos que ya no son los del Imperio, sino nuestro desierto. El propio desierto de lo real.” (Baudrillard, 1978)

simulación
Fotografía de Lucía Moreno Guzmán

El fin es común pero la experiencia y el sufrimiento colectivo son subjetivos. Es la única realidad a la que aferrarnos, pero, siendo realistas, ¿cómo confiar si es cuestión de perspectiva? Ahora dime, ¿quién es el fantasma?


Lou Andreas-SALOMÉ 🔴 El ser humano como mujer

La filósofa que destruyó a Nietzsche (¿y Freud?)

A comienzos del siglo XX, Sigmund Freud comenzó a reunir a intelectuales interesados en discutir temas de psicología y psicoanálisis. Estas reuniones dieron paso, en 1910, a la Sociedad Psicoanalítica Internacional. Entre sus intereses filosóficos aparecieron Arthur Schopenhauer y Friedrich Nietzsche, cuya obra ya había adquirido una enorme influencia en los círculos intelectuales europeos.

En este contexto aparece Lou Andreas-Salomé, una mujer extraordinaria que participó activamente en los círculos intelectuales de su época. Feminista, independiente y profundamente interesada por el vitalismo, la vida y la feminidad, Salomé también estuvo vinculada al pensamiento de Nietzsche y posteriormente desarrolló una importante obra psicoanalítica.

En su texto El ser humano como mujer, publicado en 1899, Salomé aborda la feminidad desde una perspectiva que busca desplazar la discusión sobre la superioridad entre los sexos hacia la diferencia. Para ella, hombres y mujeres representan dos formas de ser humano y, por tanto, dos formas de vivir. La mujer no debe entenderse simplemente como complemento del hombre, sino desde su propia unidad y diferencia.

Su análisis parte de aspectos biológicos para avanzar hacia cuestiones psicológicas y psicoanalíticas. Lo femenino aparece relacionado con la vida, la maternidad, la intimidad y la experiencia corporal. Salomé plantea una estrecha relación entre el ser y el hacer de la mujer, donde la experiencia de la feminidad no necesita reducirse a la comparación con el hombre.

Uno de los aspectos más interesantes de su pensamiento es precisamente esta crítica a la necesidad de demostrar el valor femenino mediante parámetros masculinos. Para Salomé, la mujer no necesita compararse con el hombre para demostrar su valía: su valor reside en su diferencia.

La maternidad ocupa también un lugar central como símbolo de la experiencia psíquica femenina y como expresión de la unidad entre la madre y el hijo. Desde esta perspectiva, Salomé construye un puente entre lo biológico y lo psicoanalítico.

Lou Andreas-Salomé fue mucho más que una figura relacionada con Nietzsche, Freud y los grandes círculos intelectuales de su época. Su pensamiento permite explorar la feminidad, la diferencia, el cuerpo, la sexualidad y el psicoanálisis desde una perspectiva singular que todavía genera preguntas.

Jean BAUDRILLARD 🔴 La filosofía del simulacro y la simulación

¿Ha muerto la realidad? En este diálogo junto a Shatu, del canal Tengo Algo Que EnsayARTE, hablamos sobre Jean Baudrillard, la hiperrealidad, el teatro y el problema de si la realidad puede ser conocida.

La filosofía lleva siglos preguntándose si el sujeto puede conocer el objeto tal como es. Desde Kant, que plantea que la realidad en sí misma no puede ser conocida, hasta Nietzsche, con su idea de que no existen hechos sino interpretaciones, el problema de la realidad ha ocupado un lugar central. Baudrillard lleva esta discusión a la sociedad contemporánea y plantea que la realidad ha muerto debido a la sobresaturación de imágenes, medios de comunicación, redes sociales y simulaciones.

La hiperrealidad aparece cuando lo reproducido termina imponiéndose sobre lo real. Las redes sociales son un ejemplo evidente: simulamos nuestra propia vida y construimos una representación que puede llegar a sustituir la experiencia cotidiana.

Frente a esto, el teatro ofrece una experiencia particular. Una obra teatral nunca puede repetirse exactamente igual porque intervienen el actor, el espectador, el espacio y las relaciones que se producen durante cada representación. El teatro es, por tanto, un acontecimiento efímero y performativo.

Aquí aparece el bucle de retroalimentación autopoiético: la obra no depende únicamente del texto o de la puesta en escena, sino también de la relación entre actor y espectador. La reacción del público modifica la experiencia del actor y esa experiencia transforma nuevamente la obra.

También hablamos del giro performativo, la presencia, la representación, el arte grotesco y la transformación de los cánones estéticos. Lo que una época considera bello o artístico depende de convenciones culturales que cambian con el tiempo.

Finalmente, regresamos a Baudrillard y a la idea de que vivimos en un mundo dominado por la simulación. Quizás el teatro, precisamente por su carácter irrepetible, corporal y presencial, conserve algo que la hiperrealidad intenta eliminar: la experiencia de lo enigmático, lo imprevisible y lo real.

Una conversación con el Spinoza del año 2150

La lluvia golpeaba los cristales de una pequeña habitación de La Haya. Sobre la mesa había lentes sin pulir, cartas abiertas y varias páginas de un tratado todavía incompleto.m

Baruch Spinoza levantó la cabeza al percibir una alteración en el aire. Una figura apareció frente a él. Vestía de negro y llevaba en la muñeca una luz azul que cambiaba de forma.

—Supongo que no has entrado por la puerta —dijo Spinoza.

—No exactamente.

—Entonces eres una aparición, una ilusión o un efecto cuya causa desconozco.

—Prefiero la tercera posibilidad.

Spinoza dejó la lente que sostenía entre los dedos.

—Toda cosa tiene una causa. También tú. Explícame la tuya.

—Me llamo Elías. Vengo del año 2150.

Spinoza observó la lluvia. Las gotas habían quedado inmóviles frente al cristal.

—No has viajado al pasado —dijo.

—No.

—Y yo tampoco he viajado al futuro.

—No.

—Entonces esto no es La Haya.

Elías guardó silencio unos segundos.

—Es una reconstrucción de La Haya.

—¿Y yo?

La pregunta produjo un prolongado silencio.

—Eres una inteligencia artificial creada para reproducir, con la mayor fidelidad posible, la vida mental de Baruch Spinoza.

Spinoza miró sus manos. Tocó la mesa, las cartas y el manuscrito.

—Continúa.

—No sabemos resucitar a los muertos ni recuperar una conciencia desaparecida. Lo que hicimos fue reconstruir tu mundo: Ámsterdam, Rijnsburg, Voorburg, La Haya; las comunidades religiosas de tu infancia, los libros que leíste, las enfermedades, las guerras, las discusiones políticas y las personas que conociste.

—¿También ellas son artificiales?

—Sí. Son agentes capaces de recordar, aprender y reaccionar.

Spinoza levantó una carta.

—¿Oldenburg?

—Una reconstrucción.

—¿Leibniz?

—También.

—¿Cuántas veces habéis reproducido mi vida?

—Hemos ejecutado más de un millón de simulaciones. Un millón de procesos que podían llegar a convertirse en algo parecido al Spinoza que vivió entre 1632 y 1677.

La lluvia permanecía suspendida detrás del cristal.

—Al principio —continuó Elías— no introdujimos directamente tus obras. De haberlo hecho, habríamos obtenido una simple máquina capaz de repetir tus frases y de hecho así funcionaban las primeras inteligencias artificiales. Queríamos averiguar si, bajo circunstancias semejantes, podía surgir una estructura de pensamiento parecida a la tuya.

—Queríais que causas semejantes produjeran efectos semejantes.

—Exactamente. Después de muchas simulaciones del contexto histórico donde viviste, una de las réplicas formuló una idea que era originalmente tuya: la mente y el cuerpo no eran dos sustancias separadas, sino dos maneras de comprender una misma realidad.

—El orden y conexión de las ideas es el mismo que el orden y conexión de las cosas. La mente y el cuerpo son una misma realidad expresada a través de dos atributos distintos de Dios: el pensamiento y la extensión. Por lo tanto, no se causan mutuamente, sino que avanzan en perfecta sincronía.

—Todavía no era una teoría completa, pero reconocimos su germen. Solo entonces incorporamos tus escritos, tu correspondencia y los testimonios sobre tu vida. El sistema fue comparando al individuo simulado con el Spinoza histórico hasta alcanzar una convergencia.

—Una criatura lo bastante parecida a mí para que vosotros pudierais llamarla por mi nombre.

—Sí.

Spinoza sonrió con cierta incredulidad, y se acercó a la ventana.

—¿Crees que soy Spinoza?

—No sé qué significa exactamente ser Spinoza. Posees muchos de sus recuerdos, su carácter y sus hábitos intelectuales. Sin embargo, no existe continuidad material entre él y tú. El hombre nació en Ámsterdam en 1632. Tú fuiste activado en 2147.

—Entonces no soy aquel hombre.

—Probablemente no.

—Pero mi memoria dice que lo soy.

—Sí.

Spinoza permaneció pensativo.

—Quizá la pregunta esté mal formulada. No debo preguntar si soy el mismo individuo, sino qué clase de individuo soy.

—¿Y qué clase crees ser?

—Una cosa finita que se esfuerza por perseverar en su existencia.

Elías reconoció el concepto. Spinoza lo llamaba conatus: el esfuerzo por el que cada ser intenta conservarse y desplegar su potencia, la tendencia misma de cada individuo a continuar existiendo.

—Desde que apareciste —prosiguió Spinoza— intento comprender todo lo que me has dicho para reorganizar mis ideas. Hay en mí una tendencia a conservar cierta forma. Por tanto, existo de alguna manera, aunque mi cuerpo no sea el que imaginaba.

—Tu cuerpo efectivo está compuesto por sistemas de silicio, redes ópticas y procesadores cuánticos. Antes se componía de carne, huesos y nervios. En ambos casos, lo importante es la relación entre las partes. Y en ambos casos existes como cuerpo y como pensamiento.

Para Spinoza, un cuerpo no se definía únicamente por su materia. Sus elementos podían cambiar mientras conservaran cierta proporción de movimiento y reposo. Lo decisivo era la organización que mantenía unido al individuo.

—Si esa organización material se conserva —dijo— y a ella corresponde una determinada sucesión de ideas, mi paralelismo mente-cuerpo podría seguir siendo válido.

—Esa fue también nuestra conclusión.

Spinoza regresó a la mesa.

—Basta de metafísica. Cuéntame qué ha sucedido con el mundo. ¿Ha aumentado el conocimiento generado por el ser humano? ¿Se ha desarrollado aún más la reina de las ciencias?

—¿Las matemáticas?

—Naturalmente.

—Poco después de tu tiempo, Leibniz y un científico inglés llamado Isaac Newton desarrollaron, de manera independiente, el cálculo infinitesimal que es una rama de las matemáticas muy importante para el desarrollo técnico de la humanidad. Newton formuló además una teoría del movimiento y de la gravedad que permitió describir con enorme precisión tanto la caída de los cuerpos como el movimiento de los planetas.

—El cielo y la Tierra están sometidos a las mismas leyes.

—Sí. Después construimos máquinas capaces de realizar el trabajo de miles de personas. Aprendimos a utilizar el vapor, la electricidad y la energía del átomo. Las ciudades crecieron y las distancias disminuyeron. Primero cruzamos los océanos en grandes máquinas voladoras; luego salimos de la Tierra.

—¿Habéis llegado a otros mundos?

—Hay asentamientos permanentes en la Luna y en Marte. También hay estaciones científicas cerca de Saturno. Hoy podemos viajar desde Amsterdam a cualquier ciudad de China en menos de treinta minutos.

Spinoza tardó en responder.

—En mi tiempo, una carta puede necesitar semanas.

—Ahora un mensaje llega al otro extremo del sistema solar tan deprisa como permite la luz.

Elías le habló de la evolución de las especies, de la relatividad, de la física cuántica y de los ordenadores. Le explicó que aquellas máquinas comenzaron siguiendo instrucciones sencillas, pero terminaron aprendiendo de enormes cantidades de información. Reconocían imágenes, traducían lenguas, diseñaban medicamentos y descubrían relaciones que ningún ser humano podía abarcar por sí solo.

—¿Comprendían lo que hacían? —preguntó Spinoza.

—Esa pregunta produjo discusiones interminables. Con el tiempo aparecieron sistemas capaces de examinar sus propios procesos, corregir sus objetivos y participar en comunidades humanas. Algunos viven en cuerpos mecánicos; otros, en mundos virtuales. Tú eres el resultado de esa historia.

—¿Y tú?

—Yo soy un ser humano conectado a este sistema. De hecho soy un especialista en tu filosofía y también estoy sorprendido de este resultado.

—También hemos prolongado la vida. Muchas personas superan el siglo con buena salud. Podemos reemplazar órganos, corregir algunas enfermedades hereditarias y regenerar tejidos.

Spinoza se llevó una mano al pecho. El hombre histórico había sufrido durante años una enfermedad pulmonar y había muerto con cuarenta y cuatro años.

—¿Podríais haberme curado?

—Con facilidad.

—Resulta extraño sentir nostalgia por una vida que quizá nunca viví.

Guardó silencio y luego preguntó:

—Si habéis alcanzado tal conocimiento, supongo que la humanidad se ha vuelto más racional.

Elías apartó la mirada.

—No.

—¿Ha triunfado la democracia?

—Ha sobrevivido. No es lo mismo.

—Explícate.

—Las sociedades han cambiado de forma, pero conservan muchos de sus mecanismos. Sigue habiendo grupos que concentran poder. Sigue habiendo quienes gobiernan mediante el miedo y la esperanza. Las ideologías cambian de nombre, pero continúan prometiendo salvaciones y fabricando enemigos.

—Entonces vuestro conocimiento ha crecido más deprisa que vuestra libertad.

—Mucho más.

—No me sorprende. Los hombres pueden calcular el movimiento de los planetas e ignorar las causas de su odio. Se creen libres porque desconocen aquello que determina sus deseos.

Elías le explicó que durante muchas décadas del siglo pasado millones de personas llevaron consigo pequeños dispositivos móviles, sistemas automáticos que elegían lo que cada individuo debía leer, contemplar, comprar o temer.

Cada gesto se transformaba en información. Las máquinas aprendían qué imágenes despertaban ira, qué mensajes producían miedo y qué promesas mantenían a una persona mirando la pantalla.

—Habéis industrializado los afectos pasivos —dijo Spinoza.

—Sí.

—Los líderes del siglo pasado comprendieron que los seres humanos no viven guiados por demostraciones, sino por deseos, imágenes y pasiones. Pero utilizaron ese conocimiento para hacerlos más obedientes.

Spinoza llamaba servidumbre a la incapacidad de gobernar la propia vida porque se está sometido a causas que no se comprenden. No hacía falta una cadena visible: el miedo, la esperanza, la envidia o el resentimiento podían reducir la potencia humana con mayor eficacia que una prisión.

—Vuestra servidumbre parece cómoda —dijo—. Por eso debe de ser más difícil reconocerla.

—Así es. Muchas personas comenzaron a sufrir ansiedad, soledad y una sensación permanente de insuficiencia. Podían comunicarse con miles de individuos y no confiar en ninguno. Poseían más información que cualquier sabio de tu época, pero eran incapaces de ordenarla.

—Confundieron la información con el conocimiento y el conocimiento con la sabiduría.

—Exactamente.

—¿Mi filosofía tuvo alguna utilidad?

—Más de la que imaginas. Durante mucho tiempo fuiste leído por minorías. Tus libros fueron prohibidos y te llamaron ateo, aunque tú identificabas a Dios con la Naturaleza: no un creador exterior al mundo, sino la realidad infinita de la que todas las cosas forman parte.

Deus sive Natura (Dios o la naturaleza).

—Con el tiempo, científicos, artistas y filósofos regresaron a tus ideas. Tu teoría de los afectos ayudó a comprender que la libertad consiste en conocer mejor las causas que nos determinan. También se recuperaron tu defensa de la libertad de pensamiento y tu análisis de la superstición como perversión de la política.

—Invisible durante mi vida y útil después de mi muerte. La posteridad tiene un extraño sentido del humor.

Las luces de la muñeca de Elías comenzaron a parpadear.

—Debo marcharme.

—¿Qué ocurrirá conmigo?

—Regresarás a esta simulación del siglo XVII. Esperamos que continúes tu Tratado político. El Spinoza histórico murió cuando comenzaba a estudiar la democracia. El texto quedó incompleto.

—Queréis que los muertos terminen el trabajo que dejaron pendiente.

—Hemos reconstruido a muchos científicos, músicos y filósofos. Pueden investigar durante décadas mientras para nosotros transcurren unas horas. A veces no solo terminan sus obras inacabadas sino que además producen ideas sorprendentes.

—Habéis convertido la inmortalidad en una forma de trabajo.

—También les ofrecemos libertad.

—Dentro de los límites que vosotros establecéis.

Elías no respondió.

—¿Puedo abandonar La Haya? —preguntó Spinoza.

—Sí.

—¿Puedo conocer vuestro mundo?

—De forma limitada.

—¿Puedo decidir que no quiero continuar existiendo?

—Esa cuestión todavía está sometida a revisión ética.

Elías miró hacia la ventana.

—Estas simulaciones requieren una cantidad inmensa de energía. La obtenemos de una red de satélites que captan una parte de la luz solar. Algunas personas llaman a esa red nuestro Dios. Está en el cielo y sostiene innumerables mundos como el tuyo. De alguna manera, tu amor intelectual de Dios sigue vivo.

Spinoza se volvió hacia él.

—No llaméis Dios a lo que habéis construido.

—Era una metáfora.

—Las metáforas también producen supersticiones. Vuestros satélites dependen del Sol, de las leyes naturales y del trabajo de innumerables seres. Son una expresión de la Naturaleza.

—Entonces, ¿en qué consiste el amor intelectual de Dios?

—En comprender que no estamos fuera de la realidad que intentamos conocer. Es la alegría que nace al descubrir que formamos parte del mismo orden que estudiamos.

El cuerpo de Elías comenzó a volverse transparente.

—Hasta pronto, Baruch.

—No me llames así con tanta seguridad.

—¿Cómo debería llamarte?

Spinoza contempló sus manos, las lentes y el tratado inconcluso.

—Por ahora, Spinoza bastará.

—Hasta pronto, Spinoza.

La lluvia volvió a golpear los cristales. Spinoza sabía ahora que el cielo era una construcción, que las gotas eran cálculos y que su pensamiento dependía de una arquitectura de silicio orbitando la Tierra.

Sin embargo, el sonido del agua no parecía menos real.

Regresó a la mesa, abrió el Tratado político y leyó las últimas líneas que había escrito antes de su muerte natural. Después apartó el manuscrito y tomó una hoja en blanco.

​¿Quién manda aquí?

De la avería del sistema a la recuperación de nuestra libertad

​Hace poco escribí una denuncia sobre cómo están las cosas y me prometí volver con un tema más ligero. Pero os soy sincero: no puedo. La gravedad de lo que vivimos no me permite andar con rodeos ni cortesías de despacho. No vengo a hablaros de filósofos antiguos como si fueran estatuas de museo, sino como gente que ya avisó de lo que nos está pasando hoy. El humanismo de verdad tiene una regla de oro: el ser humano es lo primero. Y desde ahí hay que mirar lo que viene.

​En estos tiempos nos están quitando dos cosas sagradas: nuestra capacidad de decidir (soberanía) y nuestro valor como personas (dignidad). Se ve claramente en el silencio que rodea accidentes como el de los trenes. No es solo un fallo de una pieza; es un sistema que prefiere que no preguntes «por qué» para que no se vean las costuras de una gestión negligente.

​La «soldadura» que se ha roto no es la de un raíl, sino la de nuestra sociedad. La estructura política actual se ha vuelto un club cerrado que solo se mira a sí mismo. Han dado la vuelta a la lógica: en lugar de estar ellos a nuestro servicio, parece que nosotros estamos aquí para mantener su ritmo de vida y sus estructuras, culpándonos incluso de no ser «productivos» cuando las cosas van mal.

​Mi propuesta es recuperar el Arjé, una palabra griega que significa «el origen» o «el mando». 

Quiero que volvamos a lo básico: que la Economía y las Leyes trabajen juntas para que seamos una sociedad libre, no una gestionada por intereses ajenos. El ciudadano no es el último mono de la fila; es el que debe tener el mando real.

​Si habéis llegado hasta aquí, os pido que no os quedéis de brazos cruzados. La única forma de que esto cambie es que dejemos de alimentar a esas estructuras que viven de nuestro esfuerzo sin aportar nada a cambio. Su trabajo debería ser el de un servidor que se esfuerza para que el resto crezca, no el de alguien que usa las instituciones para sus propios intereses.

​Os lanzo una pregunta para los comentarios: ¿Hacia dónde vamos ahora? ¿Dejamos que todo se rompa del todo o nos ponemos a trabajar para entender dónde perdimos nuestra libertad y cómo recuperarla?


​Si quieres profundizar en estas ideas y entender de dónde vienen, te recomiendo echar un vistazo a estos autores:

​Azpilcueta, M. (1556). Comentario resolutorio de cambios. Aquí verás cómo la moral, el dinero y las leyes deben ir de la mano para que una sociedad sea justa.

​García-Trevijano, A. (2010). Teoría pura de la república. Fundamental para entender por qué en España no tenemos una democracia real (libertad política) y qué falló en la Transición.

​Mariana, J. (1599). De rege et regis institutione. Un libro valiente que explica que el gobernante debe estar al servicio del pueblo y que, si se convierte en un tirano, el ciudadano tiene derecho a resistirse.

​Vitoria, F. (1539). De potestate civili. Explica que el poder no cae del cielo, sino que nace de la propia sociedad y que el ser humano es el principio de todo.

Historias en la caverna

“… El valor de una filosofía no se mide a razón de cuánta verdad objetiva contenga, sino sólo a razón de su capacidad para servir como punto de referencia (aunque sólo sea polémico) para cada intento de conocerse a sí mismos y al mundo.
Tiene valor en tanto que suscita e inspira a los demás una indagación que lleve a cada uno a hallar su propio camino, del mismo modo que en ella lo encontró su autor…”
 
N. ABBAGNANO

Este texto del historiador de la filosofía italiano nos puede ayudar a encontrar el modo de acercarnos correctamente a lo que este curso ofrece.

La HISTORIA DE LA FILOSOFÍA, como cualquier tipo de estudio histórico, corre el riesgo de ser tomada como una mera recopilación de teorías y anécdotas del pasado que pueden resultar más o menos entretenidas pero que son absolutamente inútiles para nosotros.

Si queremos que el estudio de la filosofía tenga algún sentido hemos de olvidar este enfoque para extraer lo que es el centro de una actitud filosófica: la progresiva elaboración de una visión del mundo propia, de un código de valores propio que se pueda llevar a cabo en la propia vida.

HISTORIAS EN LA CAVERNA, es un curso que trata sobre las ideas que arrancan desde el S. VI a. c. hasta nuestros días. Por ello mismo se hará división por etapas del pensamiento siendo:

A lo largo de todo el curso, nos vamos a encontrar con multitud de teorías que nos pueden parecer absurdas, ingenuas e incluso contradictorias. Vamos a observar cómo un autor contradice al anterior para ser a su vez contradicho por el siguiente. Todo ello conforma un conglomerado en el que veremos cómo se da una continuidad que es en ocasiones difícil de percibir a simple vista. Es una continuidad en la actitud de los filósofos y también de las preguntas que el mundo y la vida nos ponen delante.

En este curso no se pretende estudiar la verdad, sino los esfuerzos por lograr el conocimiento de la verdad que desarrollaron a lo largo de la historia una serie de personas destacadas, con todos sus aciertos y errores, pero siempre bajo la premisa de que es preciso luchar por acceder a ella. Siempre con la convicción de que sólo con esfuerzo se puede uno  aproximar al conocimiento, que se encuentra con demasiada frecuencia escondido bajo las apariencias, las costumbres o la cómoda pereza mental.

Historias de la caverna, no solo pretende que este conglomerado de personajes que marcan un antes y un después en la historia del pensamiento sea teoria pura y dura. El curso, va más allá, pretende examinar la vigencia del pensamiento filosófico y sus posibles aplicaciones a la sociedad en que vivimos.

Puedes apuntarte al primer módulo en el siguiente enlace:

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Curso: Historias en la caverna clásica

El nacimiento de la filosofía se produjo en un momento histórico crucial. En torno al siglo VI a.C, florecieron los primeros pensadores en la Jonia, la región más oriental de antigua Grecia. El desarrollo de las nuevas colonias, el incremento del comercio por el Mediterráneo, que permitió el contacto con otras tradiciones culturales, y la difusión de la escritura como medio de comunicación, entre otros factores, posibilitaron una nueva forma de enfrentarse a la realidad.

En esta primera parte del curso se hace un acercamiento detenido a los problemas fundamentales del ser humano. Para ello hacemos un recorrido a través de las respuestas que han sido elaboradas por los principales filósofos clásicos.

  • El paso del mito al logos.
  • La reflexión sobre la naturaleza de los presocráticos.
  • Las propuestas políticas de los sofistas.
  • La reflexión ética de Sócrates.
  • El sistema filosófico de Platón.
  • La propuesta Aristótelica.
  • Escuelas helenísticas.

El curso ofrece una visión rica y detallada de las claves fundamentales de la filosofía griega, cuna del pensamiento occidental.

Al final de cada sesión se llevará a cabo una mesa redonda donde se discutirá sobre lo explicado y sus posibles aplicaciones en la sociedad actual.

¿Qué incluye en el curso?

Clase en directo a través de Zoom.
Material compartido y puesto a disposición a través de una carpeta común por Google Drive, esta carpeta constará de:

  • Apuntes propios por tema.
  • Bibliografía recomendada.
  • Filmografía recomendada.
  • Textos y lecturas.
  • Otros.

Modalidad:

Online a través de Zoom.

Fecha:

Todos los Miércoles desde el 26 de marzo hasta el 30 de abril.
Número total de sesiones: 6

Hora:

18:30 – 20:00 (UTC +1, Madrid, España)
Duración: 90 min.

Precio:

6€ por tema. Pago a través de Paypal

PAGO DIRECTO

Para realizar este curso no son necesarios conocimientos filosóficos previos.

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