
La lluvia golpeaba los cristales de una pequeña habitación de La Haya. Sobre la mesa había lentes sin pulir, cartas abiertas y varias páginas de un tratado todavía incompleto.m
Baruch Spinoza levantó la cabeza al percibir una alteración en el aire. Una figura apareció frente a él. Vestía de negro y llevaba en la muñeca una luz azul que cambiaba de forma.
—Supongo que no has entrado por la puerta —dijo Spinoza.
—No exactamente.
—Entonces eres una aparición, una ilusión o un efecto cuya causa desconozco.
—Prefiero la tercera posibilidad.
Spinoza dejó la lente que sostenía entre los dedos.
—Toda cosa tiene una causa. También tú. Explícame la tuya.
—Me llamo Elías. Vengo del año 2150.
Spinoza observó la lluvia. Las gotas habían quedado inmóviles frente al cristal.
—No has viajado al pasado —dijo.
—No.
—Y yo tampoco he viajado al futuro.
—No.
—Entonces esto no es La Haya.
Elías guardó silencio unos segundos.
—Es una reconstrucción de La Haya.
—¿Y yo?
La pregunta produjo un prolongado silencio.
—Eres una inteligencia artificial creada para reproducir, con la mayor fidelidad posible, la vida mental de Baruch Spinoza.
Spinoza miró sus manos. Tocó la mesa, las cartas y el manuscrito.
—Continúa.
—No sabemos resucitar a los muertos ni recuperar una conciencia desaparecida. Lo que hicimos fue reconstruir tu mundo: Ámsterdam, Rijnsburg, Voorburg, La Haya; las comunidades religiosas de tu infancia, los libros que leíste, las enfermedades, las guerras, las discusiones políticas y las personas que conociste.
—¿También ellas son artificiales?
—Sí. Son agentes capaces de recordar, aprender y reaccionar.
Spinoza levantó una carta.
—¿Oldenburg?
—Una reconstrucción.
—¿Leibniz?
—También.
—¿Cuántas veces habéis reproducido mi vida?
—Hemos ejecutado más de un millón de simulaciones. Un millón de procesos que podían llegar a convertirse en algo parecido al Spinoza que vivió entre 1632 y 1677.
La lluvia permanecía suspendida detrás del cristal.
—Al principio —continuó Elías— no introdujimos directamente tus obras. De haberlo hecho, habríamos obtenido una simple máquina capaz de repetir tus frases y de hecho así funcionaban las primeras inteligencias artificiales. Queríamos averiguar si, bajo circunstancias semejantes, podía surgir una estructura de pensamiento parecida a la tuya.
—Queríais que causas semejantes produjeran efectos semejantes.
—Exactamente. Después de muchas simulaciones del contexto histórico donde viviste, una de las réplicas formuló una idea que era originalmente tuya: la mente y el cuerpo no eran dos sustancias separadas, sino dos maneras de comprender una misma realidad.
—El orden y conexión de las ideas es el mismo que el orden y conexión de las cosas. La mente y el cuerpo son una misma realidad expresada a través de dos atributos distintos de Dios: el pensamiento y la extensión. Por lo tanto, no se causan mutuamente, sino que avanzan en perfecta sincronía.
—Todavía no era una teoría completa, pero reconocimos su germen. Solo entonces incorporamos tus escritos, tu correspondencia y los testimonios sobre tu vida. El sistema fue comparando al individuo simulado con el Spinoza histórico hasta alcanzar una convergencia.
—Una criatura lo bastante parecida a mí para que vosotros pudierais llamarla por mi nombre.
—Sí.
Spinoza sonrió con cierta incredulidad, y se acercó a la ventana.
—¿Crees que soy Spinoza?
—No sé qué significa exactamente ser Spinoza. Posees muchos de sus recuerdos, su carácter y sus hábitos intelectuales. Sin embargo, no existe continuidad material entre él y tú. El hombre nació en Ámsterdam en 1632. Tú fuiste activado en 2147.
—Entonces no soy aquel hombre.
—Probablemente no.
—Pero mi memoria dice que lo soy.
—Sí.
Spinoza permaneció pensativo.
—Quizá la pregunta esté mal formulada. No debo preguntar si soy el mismo individuo, sino qué clase de individuo soy.
—¿Y qué clase crees ser?
—Una cosa finita que se esfuerza por perseverar en su existencia.
Elías reconoció el concepto. Spinoza lo llamaba conatus: el esfuerzo por el que cada ser intenta conservarse y desplegar su potencia, la tendencia misma de cada individuo a continuar existiendo.
—Desde que apareciste —prosiguió Spinoza— intento comprender todo lo que me has dicho para reorganizar mis ideas. Hay en mí una tendencia a conservar cierta forma. Por tanto, existo de alguna manera, aunque mi cuerpo no sea el que imaginaba.
—Tu cuerpo efectivo está compuesto por sistemas de silicio, redes ópticas y procesadores cuánticos. Antes se componía de carne, huesos y nervios. En ambos casos, lo importante es la relación entre las partes. Y en ambos casos existes como cuerpo y como pensamiento.
Para Spinoza, un cuerpo no se definía únicamente por su materia. Sus elementos podían cambiar mientras conservaran cierta proporción de movimiento y reposo. Lo decisivo era la organización que mantenía unido al individuo.
—Si esa organización material se conserva —dijo— y a ella corresponde una determinada sucesión de ideas, mi paralelismo mente-cuerpo podría seguir siendo válido.
—Esa fue también nuestra conclusión.
Spinoza regresó a la mesa.
—Basta de metafísica. Cuéntame qué ha sucedido con el mundo. ¿Ha aumentado el conocimiento generado por el ser humano? ¿Se ha desarrollado aún más la reina de las ciencias?
—¿Las matemáticas?
—Naturalmente.
—Poco después de tu tiempo, Leibniz y un científico inglés llamado Isaac Newton desarrollaron, de manera independiente, el cálculo infinitesimal que es una rama de las matemáticas muy importante para el desarrollo técnico de la humanidad. Newton formuló además una teoría del movimiento y de la gravedad que permitió describir con enorme precisión tanto la caída de los cuerpos como el movimiento de los planetas.
—El cielo y la Tierra están sometidos a las mismas leyes.
—Sí. Después construimos máquinas capaces de realizar el trabajo de miles de personas. Aprendimos a utilizar el vapor, la electricidad y la energía del átomo. Las ciudades crecieron y las distancias disminuyeron. Primero cruzamos los océanos en grandes máquinas voladoras; luego salimos de la Tierra.
—¿Habéis llegado a otros mundos?
—Hay asentamientos permanentes en la Luna y en Marte. También hay estaciones científicas cerca de Saturno. Hoy podemos viajar desde Amsterdam a cualquier ciudad de China en menos de treinta minutos.
Spinoza tardó en responder.
—En mi tiempo, una carta puede necesitar semanas.
—Ahora un mensaje llega al otro extremo del sistema solar tan deprisa como permite la luz.
Elías le habló de la evolución de las especies, de la relatividad, de la física cuántica y de los ordenadores. Le explicó que aquellas máquinas comenzaron siguiendo instrucciones sencillas, pero terminaron aprendiendo de enormes cantidades de información. Reconocían imágenes, traducían lenguas, diseñaban medicamentos y descubrían relaciones que ningún ser humano podía abarcar por sí solo.
—¿Comprendían lo que hacían? —preguntó Spinoza.
—Esa pregunta produjo discusiones interminables. Con el tiempo aparecieron sistemas capaces de examinar sus propios procesos, corregir sus objetivos y participar en comunidades humanas. Algunos viven en cuerpos mecánicos; otros, en mundos virtuales. Tú eres el resultado de esa historia.
—¿Y tú?
—Yo soy un ser humano conectado a este sistema. De hecho soy un especialista en tu filosofía y también estoy sorprendido de este resultado.
—También hemos prolongado la vida. Muchas personas superan el siglo con buena salud. Podemos reemplazar órganos, corregir algunas enfermedades hereditarias y regenerar tejidos.
Spinoza se llevó una mano al pecho. El hombre histórico había sufrido durante años una enfermedad pulmonar y había muerto con cuarenta y cuatro años.
—¿Podríais haberme curado?
—Con facilidad.
—Resulta extraño sentir nostalgia por una vida que quizá nunca viví.
Guardó silencio y luego preguntó:
—Si habéis alcanzado tal conocimiento, supongo que la humanidad se ha vuelto más racional.
Elías apartó la mirada.
—No.
—¿Ha triunfado la democracia?
—Ha sobrevivido. No es lo mismo.
—Explícate.
—Las sociedades han cambiado de forma, pero conservan muchos de sus mecanismos. Sigue habiendo grupos que concentran poder. Sigue habiendo quienes gobiernan mediante el miedo y la esperanza. Las ideologías cambian de nombre, pero continúan prometiendo salvaciones y fabricando enemigos.
—Entonces vuestro conocimiento ha crecido más deprisa que vuestra libertad.
—Mucho más.
—No me sorprende. Los hombres pueden calcular el movimiento de los planetas e ignorar las causas de su odio. Se creen libres porque desconocen aquello que determina sus deseos.
Elías le explicó que durante muchas décadas del siglo pasado millones de personas llevaron consigo pequeños dispositivos móviles, sistemas automáticos que elegían lo que cada individuo debía leer, contemplar, comprar o temer.
Cada gesto se transformaba en información. Las máquinas aprendían qué imágenes despertaban ira, qué mensajes producían miedo y qué promesas mantenían a una persona mirando la pantalla.
—Habéis industrializado los afectos pasivos —dijo Spinoza.
—Sí.
—Los líderes del siglo pasado comprendieron que los seres humanos no viven guiados por demostraciones, sino por deseos, imágenes y pasiones. Pero utilizaron ese conocimiento para hacerlos más obedientes.
Spinoza llamaba servidumbre a la incapacidad de gobernar la propia vida porque se está sometido a causas que no se comprenden. No hacía falta una cadena visible: el miedo, la esperanza, la envidia o el resentimiento podían reducir la potencia humana con mayor eficacia que una prisión.
—Vuestra servidumbre parece cómoda —dijo—. Por eso debe de ser más difícil reconocerla.
—Así es. Muchas personas comenzaron a sufrir ansiedad, soledad y una sensación permanente de insuficiencia. Podían comunicarse con miles de individuos y no confiar en ninguno. Poseían más información que cualquier sabio de tu época, pero eran incapaces de ordenarla.
—Confundieron la información con el conocimiento y el conocimiento con la sabiduría.
—Exactamente.
—¿Mi filosofía tuvo alguna utilidad?
—Más de la que imaginas. Durante mucho tiempo fuiste leído por minorías. Tus libros fueron prohibidos y te llamaron ateo, aunque tú identificabas a Dios con la Naturaleza: no un creador exterior al mundo, sino la realidad infinita de la que todas las cosas forman parte.
—Deus sive Natura (Dios o la naturaleza).
—Con el tiempo, científicos, artistas y filósofos regresaron a tus ideas. Tu teoría de los afectos ayudó a comprender que la libertad consiste en conocer mejor las causas que nos determinan. También se recuperaron tu defensa de la libertad de pensamiento y tu análisis de la superstición como perversión de la política.
—Invisible durante mi vida y útil después de mi muerte. La posteridad tiene un extraño sentido del humor.
Las luces de la muñeca de Elías comenzaron a parpadear.
—Debo marcharme.
—¿Qué ocurrirá conmigo?
—Regresarás a esta simulación del siglo XVII. Esperamos que continúes tu Tratado político. El Spinoza histórico murió cuando comenzaba a estudiar la democracia. El texto quedó incompleto.
—Queréis que los muertos terminen el trabajo que dejaron pendiente.
—Hemos reconstruido a muchos científicos, músicos y filósofos. Pueden investigar durante décadas mientras para nosotros transcurren unas horas. A veces no solo terminan sus obras inacabadas sino que además producen ideas sorprendentes.
—Habéis convertido la inmortalidad en una forma de trabajo.
—También les ofrecemos libertad.
—Dentro de los límites que vosotros establecéis.
Elías no respondió.
—¿Puedo abandonar La Haya? —preguntó Spinoza.
—Sí.
—¿Puedo conocer vuestro mundo?
—De forma limitada.
—¿Puedo decidir que no quiero continuar existiendo?
—Esa cuestión todavía está sometida a revisión ética.
Elías miró hacia la ventana.
—Estas simulaciones requieren una cantidad inmensa de energía. La obtenemos de una red de satélites que captan una parte de la luz solar. Algunas personas llaman a esa red nuestro Dios. Está en el cielo y sostiene innumerables mundos como el tuyo. De alguna manera, tu amor intelectual de Dios sigue vivo.
Spinoza se volvió hacia él.
—No llaméis Dios a lo que habéis construido.
—Era una metáfora.
—Las metáforas también producen supersticiones. Vuestros satélites dependen del Sol, de las leyes naturales y del trabajo de innumerables seres. Son una expresión de la Naturaleza.
—Entonces, ¿en qué consiste el amor intelectual de Dios?
—En comprender que no estamos fuera de la realidad que intentamos conocer. Es la alegría que nace al descubrir que formamos parte del mismo orden que estudiamos.
El cuerpo de Elías comenzó a volverse transparente.
—Hasta pronto, Baruch.
—No me llames así con tanta seguridad.
—¿Cómo debería llamarte?
Spinoza contempló sus manos, las lentes y el tratado inconcluso.
—Por ahora, Spinoza bastará.
—Hasta pronto, Spinoza.
La lluvia volvió a golpear los cristales. Spinoza sabía ahora que el cielo era una construcción, que las gotas eran cálculos y que su pensamiento dependía de una arquitectura de silicio orbitando la Tierra.
Sin embargo, el sonido del agua no parecía menos real.
Regresó a la mesa, abrió el Tratado político y leyó las últimas líneas que había escrito antes de su muerte natural. Después apartó el manuscrito y tomó una hoja en blanco.
