Pensamientos de verano

En vacaciones, mi mente parece aflojar un poco el ritmo de trabajo y se pone a merodear en territorios curiosos. Quizá sea el mar, la arena o una cerveza fría entre las manos, pero de pronto aparecen pensamientos que durante el resto del año no encuentran demasiado espacio. No sé muy bien si este ejercicio sirve para algo —y tampoco estoy seguro de que tenga que servir—, pero frente al mar empiezan a burbujear ideas que me apetece dejar que reposen por aquí.

No hay una técnica ni un método detrás de todo esto. Son, más bien, las divagaciones de un cuerpo acostumbrado al constante alboroto de Nueva York que, cuando consigue escapar unos días, empieza a mirar el mundo con algo más de tiempo. He intentado poner estos pensamientos en cierto orden, algunos parecen continuar donde otros se detienen; otros regresan a una cuestión que ya había aparecido previamente. Quizá no formen un sistema, ni falta que hace. Me basta con que puedan hacerse compañía. A veces una idea se entiende mejor cuando tiene otra cerca. De ahí nace esta primera colección de Pensamientos de verano. Muchos artistas tienen su canción de verano. A mí me ha dado por los pensamientos, qué se le va a hacer, cada uno veranea como puede.

El amor y las mariposas

Una madre muere. Tiempo después, una mariposa se posa delante de su hija y permanece allí más de lo habitual. La hija piensa inmediatamente en su madre. Quienes están junto a ella también lo piensan. Durante unos segundos todos aceptan algo imposible de demostrar: la madre ha venido a verla. Podemos conocer perfectamente la explicación biológica del vuelo de una mariposa y aun así sentir que allí está ocurriendo otra cosa. En ese instante nadie necesita escoger entre superstición y razón. La razón continúa intacta, pero el amor toma aquella pequeña criatura y la convierte en una presencia.

Por eso a veces pienso que el amor es una especie de pegamento metafísico. El amor posee la extraña capacidad de seguir buscando un cuerpo después de haber perdido el suyo. Se encarna en una canción, en una habitación, en una forma de poner la mesa, en una frase que otro repite sin saber de dónde venía. Y cuando la hija mira a la mariposa, nosotros queremos creer con ella. Durante unos segundos practicamos una religión diminuta y privada cuyo único dogma es éste: alguien que amó tanto no puede haber desaparecido del todo.

Debajo de las palabras

El lenguaje es una de nuestras grandes conquistas y también uno de nuestros grandes pesos. Mucho antes de saber decir miedo, nuestros antepasados temían; antes de decir amor, buscaban a los suyos; antes de disponer de una palabra para el duelo, conocían el vacío que deja un cuerpo que ya no se levanta. Podían trepar a un árbol y observar durante horas el mundo sin traducirlo de inmediato en frases. Había una conexión directa con la tierra, con el peligro, con el hambre, con la luz, que nosotros sólo podemos reconstruir con dificultad porque entre el mundo y nosotros se ha instalado un comentarista incansable.

Hoy vivimos hablando incluso cuando estamos solos. Recordamos conversaciones, preparamos otras que todavía no han ocurrido, discutimos mentalmente con personas ausentes. El lenguaje organiza y satura la vida al mismo tiempo. Por eso me impresionó comprobar que, en momentos de ansiedad, ciertos movimientos del cuerpo y actos como la respiración profunda conseguían deshacer nudos que la mente llevaba horas enredando. Esto es una prueba de que el cuerpo conserva caminos que el lenguaje aún no ha construido y, por tanto, tampoco controla del todo. La música, la pintura, el silencio o una respiración profunda pueden abrir por unos instantes una puerta hacia ese territorio anterior. Debajo de cada explicación permanece un animal antiguo. Podemos cubrirlo de palabras durante todo el día; por la noche seguirá respirando.

Sobre el “Atractivo” de una persona

Con el tiempo he reducido lo que me atrae profundamente de una persona a tres fuerzas: física, moral e intelectual. FMI. La primera no es solo belleza; es la forma de habitar el cuerpo, de cuidarlo mientras se pueda y de presentarse ante el mundo con cierta energía. Somos un cuerpo antes de cualquier discurso y dependemos de él incluso para realizar aquello que atribuimos al espíritu. La segunda es la fuerza moral: la capacidad de salir de uno mismo, de no convertir cada relación con el otro en una negociación y de comportarse decentemente cuando no hay premio, testigos ni aplausos. La tercera es la inteligencia, aunque aquí conviene hacer una distinción: una mente brillante sin fuerza moral puede convertirse en una máquina sofisticada al servicio del ego. He conocido personas extraordinariamente inteligentes capaces de construir argumentos morales impecables pero luego no movían un dedo por nadie. Para mí, la inteligencia alcanza otra dimensión cuando empuja a la acción, cuando comprender al otro modifica también nuestra manera de tratarlo. Solo entonces las tres fuerzas dejan de existir por separado: el cuerpo sostiene nuestra existencia individual, la moral nos otorga dirección y la inteligencia nos empuja hacia la acción colectiva. A esa combinación la llamo Atractivo, con mayúscula. 

El miedo justifica a los villanos

He conocido personas con poder que hicieron sufrir a muchos amigos y que, sin embargo, parecían conservar una imagen bastante amable de sí mismas. Miraban hacia atrás y encontraban las pruebas que necesitaban: nadie les había dicho nada, los trabajadores seguían saludándoles, algunos incluso sonreían cuando se cruzaban dentro de la oficina. Desde su punto de vista, aquello era una clara evidencia de su bondad. De lo que no se daban cuenta es de que estas personas sentían miedo a perder sus trabajos. Una persona subordinada aprende a sonreír. Aprende cuándo callarse, qué batalla no merece la pena. El miedo genera obediencia y después permite al “poderoso” interpretar esa misma obediencia como afecto. Por eso hay personas que pasan años rodeadas de asentimiento y llegan a creer que han sido buenas personas. Nunca conocieron realmente la opinión de quienes estaban a su alrededor; solo tuvieron acceso a lo que esos otros podían permitirse expresar. 

No me voy a comprar el almacén entero

Procuro no entregarme por completo a las ideas de una persona. Ni siquiera cuando esa persona ha conseguido explicar algo que yo llevaba años intentando comprender. Leo a Spinoza, a Russell, a Platón, a quien sea; entro en sus edificios, observo cómo están construidos, recorro sus habitaciones y, si hace falta, duermo algunas noches dentro. Pero procuro conservar siempre una llave para salir. Me sorprende la facilidad con la que podemos abandonar un dogma para convertirnos inmediatamente en guardianes de otro. Nos reímos de quienes obedecen ciegamente una religión y, poco después, recitamos a nuestro filósofo, economista o científico favorito con la misma devoción con la que otros recitan una escritura sagrada. Y, sin embargo, el mundo me parece lleno de posibilidades, ideas y formas de vivir que, en una vida tan corta, jamás alcanzaremos siquiera a explorar. Quizá estemos condenados a morir ignorantes; prefiero eso a vivir convencido de que un solo hombre ya había pensado el mundo por mí. 

El instante que lo cambió todo

A veces imagino qué habría ocurrido si una de las ideas fundamentales de nuestra civilización hubiese sido distinta. No hace falta imaginar una gran doctrina. Basta algo pequeño. Supongamos que durante siglos la enseñanza social más repetida hubiese sido: dedica diez minutos al día a observar tu respiración. Los padres se lo dirían a sus hijos, los maestros a sus alumnos; antes de tomar una decisión importante una persona guardaría diez minutos de su tiempo simplemente para respirar. ¿Seríamos menos violentos? No lo sé. ¿Habríamos construido las mismas ciudades, las mismas empresas, las mismas formas de competir? Tampoco lo sé. Lo que me interesa es hasta qué punto una instrucción minúscula, repetida durante generaciones, podría cambiar completamente la forma de actuar de una sociedad.

Una idea entra en la cabeza y parece no haber ocurrido nada. Entra después en cien, en mil, en un millón, y empieza a parecer sentido común. De ahí pasa a las costumbres; las costumbres levantan instituciones; las instituciones educan a quienes todavía no han podido elegirlas. Entonces cerramos el círculo y decimos: el hombre es así. Por eso me fascina imaginar el instante anterior a cualquier orden social, cuando una idea todavía era sólo una frase pronunciada por alguien. El primer hombre que afirmó descender de los dioses sería visto como un loco en cualquier sociedad actual; pero un segundo hombre lo escuchó, y un tercero lo escuchó y además se arrodilló ante su presencia, y así pasaron más hombres hasta que el loco convencido de su afirmación, finalmente se autoproclamó rey.

El infinito entre nosotros

Las matemáticas nos han acostumbrado a una idea muy curiosa: lo infinito puede habitar dentro de lo finito Las series aritméticas nos enseñan que una sucesión interminable puede aproximarse a una cantidad determinada; el cálculo infinitesimal describe el despegue de un avión real mediante magnitudes que se hacen indefinidamente pequeñas. También un tablero de ajedrez tiene apenas sesenta y cuatro casillas y, sin embargo, alberga una cantidad de partidas más grande que la cantidad de átomos que se estiman para el universo conocido. El artista hace algo parecido cuando encierra dentro de unos límites —un lienzo, una melodía, unas páginas— algo que sentimos mucho mayor que esos límites. La forma termina; lo que despierta en nosotros parece no terminar con ella.

Nuestro cuerpo pertenece a esa misma contradicción, ocupa unos pocos centímetros cúbicos del universo, envejece y finalmente desaparece; y, sin embargo, desde ese pequeño recinto de carne surge un deseo que no conoce bien la palabra suficiente. Queremos vivir más, conocer más, amar más, poseer más, más mundo. Alcanzamos algo y casi inmediatamente aparece detrás otra cosa. Tal vez por eso la noción de infinito nos resulta tan vertiginosa y tan familiar al mismo tiempo: antes de encontrarla en los números ya la llevábamos dentro. Somos un cuerpo habitado por un movimiento que no sabe dónde detenerse.

Una conversación con el Spinoza del año 2150

La lluvia golpeaba los cristales de una pequeña habitación de La Haya. Sobre la mesa había lentes sin pulir, cartas abiertas y varias páginas de un tratado todavía incompleto.m

Baruch Spinoza levantó la cabeza al percibir una alteración en el aire. Una figura apareció frente a él. Vestía de negro y llevaba en la muñeca una luz azul que cambiaba de forma.

—Supongo que no has entrado por la puerta —dijo Spinoza.

—No exactamente.

—Entonces eres una aparición, una ilusión o un efecto cuya causa desconozco.

—Prefiero la tercera posibilidad.

Spinoza dejó la lente que sostenía entre los dedos.

—Toda cosa tiene una causa. También tú. Explícame la tuya.

—Me llamo Elías. Vengo del año 2150.

Spinoza observó la lluvia. Las gotas habían quedado inmóviles frente al cristal.

—No has viajado al pasado —dijo.

—No.

—Y yo tampoco he viajado al futuro.

—No.

—Entonces esto no es La Haya.

Elías guardó silencio unos segundos.

—Es una reconstrucción de La Haya.

—¿Y yo?

La pregunta produjo un prolongado silencio.

—Eres una inteligencia artificial creada para reproducir, con la mayor fidelidad posible, la vida mental de Baruch Spinoza.

Spinoza miró sus manos. Tocó la mesa, las cartas y el manuscrito.

—Continúa.

—No sabemos resucitar a los muertos ni recuperar una conciencia desaparecida. Lo que hicimos fue reconstruir tu mundo: Ámsterdam, Rijnsburg, Voorburg, La Haya; las comunidades religiosas de tu infancia, los libros que leíste, las enfermedades, las guerras, las discusiones políticas y las personas que conociste.

—¿También ellas son artificiales?

—Sí. Son agentes capaces de recordar, aprender y reaccionar.

Spinoza levantó una carta.

—¿Oldenburg?

—Una reconstrucción.

—¿Leibniz?

—También.

—¿Cuántas veces habéis reproducido mi vida?

—Hemos ejecutado más de un millón de simulaciones. Un millón de procesos que podían llegar a convertirse en algo parecido al Spinoza que vivió entre 1632 y 1677.

La lluvia permanecía suspendida detrás del cristal.

—Al principio —continuó Elías— no introdujimos directamente tus obras. De haberlo hecho, habríamos obtenido una simple máquina capaz de repetir tus frases y de hecho así funcionaban las primeras inteligencias artificiales. Queríamos averiguar si, bajo circunstancias semejantes, podía surgir una estructura de pensamiento parecida a la tuya.

—Queríais que causas semejantes produjeran efectos semejantes.

—Exactamente. Después de muchas simulaciones del contexto histórico donde viviste, una de las réplicas formuló una idea que era originalmente tuya: la mente y el cuerpo no eran dos sustancias separadas, sino dos maneras de comprender una misma realidad.

—El orden y conexión de las ideas es el mismo que el orden y conexión de las cosas. La mente y el cuerpo son una misma realidad expresada a través de dos atributos distintos de Dios: el pensamiento y la extensión. Por lo tanto, no se causan mutuamente, sino que avanzan en perfecta sincronía.

—Todavía no era una teoría completa, pero reconocimos su germen. Solo entonces incorporamos tus escritos, tu correspondencia y los testimonios sobre tu vida. El sistema fue comparando al individuo simulado con el Spinoza histórico hasta alcanzar una convergencia.

—Una criatura lo bastante parecida a mí para que vosotros pudierais llamarla por mi nombre.

—Sí.

Spinoza sonrió con cierta incredulidad, y se acercó a la ventana.

—¿Crees que soy Spinoza?

—No sé qué significa exactamente ser Spinoza. Posees muchos de sus recuerdos, su carácter y sus hábitos intelectuales. Sin embargo, no existe continuidad material entre él y tú. El hombre nació en Ámsterdam en 1632. Tú fuiste activado en 2147.

—Entonces no soy aquel hombre.

—Probablemente no.

—Pero mi memoria dice que lo soy.

—Sí.

Spinoza permaneció pensativo.

—Quizá la pregunta esté mal formulada. No debo preguntar si soy el mismo individuo, sino qué clase de individuo soy.

—¿Y qué clase crees ser?

—Una cosa finita que se esfuerza por perseverar en su existencia.

Elías reconoció el concepto. Spinoza lo llamaba conatus: el esfuerzo por el que cada ser intenta conservarse y desplegar su potencia, la tendencia misma de cada individuo a continuar existiendo.

—Desde que apareciste —prosiguió Spinoza— intento comprender todo lo que me has dicho para reorganizar mis ideas. Hay en mí una tendencia a conservar cierta forma. Por tanto, existo de alguna manera, aunque mi cuerpo no sea el que imaginaba.

—Tu cuerpo efectivo está compuesto por sistemas de silicio, redes ópticas y procesadores cuánticos. Antes se componía de carne, huesos y nervios. En ambos casos, lo importante es la relación entre las partes. Y en ambos casos existes como cuerpo y como pensamiento.

Para Spinoza, un cuerpo no se definía únicamente por su materia. Sus elementos podían cambiar mientras conservaran cierta proporción de movimiento y reposo. Lo decisivo era la organización que mantenía unido al individuo.

—Si esa organización material se conserva —dijo— y a ella corresponde una determinada sucesión de ideas, mi paralelismo mente-cuerpo podría seguir siendo válido.

—Esa fue también nuestra conclusión.

Spinoza regresó a la mesa.

—Basta de metafísica. Cuéntame qué ha sucedido con el mundo. ¿Ha aumentado el conocimiento generado por el ser humano? ¿Se ha desarrollado aún más la reina de las ciencias?

—¿Las matemáticas?

—Naturalmente.

—Poco después de tu tiempo, Leibniz y un científico inglés llamado Isaac Newton desarrollaron, de manera independiente, el cálculo infinitesimal que es una rama de las matemáticas muy importante para el desarrollo técnico de la humanidad. Newton formuló además una teoría del movimiento y de la gravedad que permitió describir con enorme precisión tanto la caída de los cuerpos como el movimiento de los planetas.

—El cielo y la Tierra están sometidos a las mismas leyes.

—Sí. Después construimos máquinas capaces de realizar el trabajo de miles de personas. Aprendimos a utilizar el vapor, la electricidad y la energía del átomo. Las ciudades crecieron y las distancias disminuyeron. Primero cruzamos los océanos en grandes máquinas voladoras; luego salimos de la Tierra.

—¿Habéis llegado a otros mundos?

—Hay asentamientos permanentes en la Luna y en Marte. También hay estaciones científicas cerca de Saturno. Hoy podemos viajar desde Amsterdam a cualquier ciudad de China en menos de treinta minutos.

Spinoza tardó en responder.

—En mi tiempo, una carta puede necesitar semanas.

—Ahora un mensaje llega al otro extremo del sistema solar tan deprisa como permite la luz.

Elías le habló de la evolución de las especies, de la relatividad, de la física cuántica y de los ordenadores. Le explicó que aquellas máquinas comenzaron siguiendo instrucciones sencillas, pero terminaron aprendiendo de enormes cantidades de información. Reconocían imágenes, traducían lenguas, diseñaban medicamentos y descubrían relaciones que ningún ser humano podía abarcar por sí solo.

—¿Comprendían lo que hacían? —preguntó Spinoza.

—Esa pregunta produjo discusiones interminables. Con el tiempo aparecieron sistemas capaces de examinar sus propios procesos, corregir sus objetivos y participar en comunidades humanas. Algunos viven en cuerpos mecánicos; otros, en mundos virtuales. Tú eres el resultado de esa historia.

—¿Y tú?

—Yo soy un ser humano conectado a este sistema. De hecho soy un especialista en tu filosofía y también estoy sorprendido de este resultado.

—También hemos prolongado la vida. Muchas personas superan el siglo con buena salud. Podemos reemplazar órganos, corregir algunas enfermedades hereditarias y regenerar tejidos.

Spinoza se llevó una mano al pecho. El hombre histórico había sufrido durante años una enfermedad pulmonar y había muerto con cuarenta y cuatro años.

—¿Podríais haberme curado?

—Con facilidad.

—Resulta extraño sentir nostalgia por una vida que quizá nunca viví.

Guardó silencio y luego preguntó:

—Si habéis alcanzado tal conocimiento, supongo que la humanidad se ha vuelto más racional.

Elías apartó la mirada.

—No.

—¿Ha triunfado la democracia?

—Ha sobrevivido. No es lo mismo.

—Explícate.

—Las sociedades han cambiado de forma, pero conservan muchos de sus mecanismos. Sigue habiendo grupos que concentran poder. Sigue habiendo quienes gobiernan mediante el miedo y la esperanza. Las ideologías cambian de nombre, pero continúan prometiendo salvaciones y fabricando enemigos.

—Entonces vuestro conocimiento ha crecido más deprisa que vuestra libertad.

—Mucho más.

—No me sorprende. Los hombres pueden calcular el movimiento de los planetas e ignorar las causas de su odio. Se creen libres porque desconocen aquello que determina sus deseos.

Elías le explicó que durante muchas décadas del siglo pasado millones de personas llevaron consigo pequeños dispositivos móviles, sistemas automáticos que elegían lo que cada individuo debía leer, contemplar, comprar o temer.

Cada gesto se transformaba en información. Las máquinas aprendían qué imágenes despertaban ira, qué mensajes producían miedo y qué promesas mantenían a una persona mirando la pantalla.

—Habéis industrializado los afectos pasivos —dijo Spinoza.

—Sí.

—Los líderes del siglo pasado comprendieron que los seres humanos no viven guiados por demostraciones, sino por deseos, imágenes y pasiones. Pero utilizaron ese conocimiento para hacerlos más obedientes.

Spinoza llamaba servidumbre a la incapacidad de gobernar la propia vida porque se está sometido a causas que no se comprenden. No hacía falta una cadena visible: el miedo, la esperanza, la envidia o el resentimiento podían reducir la potencia humana con mayor eficacia que una prisión.

—Vuestra servidumbre parece cómoda —dijo—. Por eso debe de ser más difícil reconocerla.

—Así es. Muchas personas comenzaron a sufrir ansiedad, soledad y una sensación permanente de insuficiencia. Podían comunicarse con miles de individuos y no confiar en ninguno. Poseían más información que cualquier sabio de tu época, pero eran incapaces de ordenarla.

—Confundieron la información con el conocimiento y el conocimiento con la sabiduría.

—Exactamente.

—¿Mi filosofía tuvo alguna utilidad?

—Más de la que imaginas. Durante mucho tiempo fuiste leído por minorías. Tus libros fueron prohibidos y te llamaron ateo, aunque tú identificabas a Dios con la Naturaleza: no un creador exterior al mundo, sino la realidad infinita de la que todas las cosas forman parte.

—Deus sive Natura (Dios o la naturaleza).

—Con el tiempo, científicos, artistas y filósofos regresaron a tus ideas. Tu teoría de los afectos ayudó a comprender que la libertad consiste en conocer mejor las causas que nos determinan. También se recuperaron tu defensa de la libertad de pensamiento y tu análisis de la superstición como perversión de la política.

—Invisible durante mi vida y útil después de mi muerte. La posteridad tiene un extraño sentido del humor.

Las luces de la muñeca de Elías comenzaron a parpadear.

—Debo marcharme.

—¿Qué ocurrirá conmigo?

—Regresarás a esta simulación del siglo XVII. Esperamos que continúes tu Tratado político. El Spinoza histórico murió cuando comenzaba a estudiar la democracia. El texto quedó incompleto.

—Queréis que los muertos terminen el trabajo que dejaron pendiente.

—Hemos reconstruido a muchos científicos, músicos y filósofos. Pueden investigar durante décadas mientras para nosotros transcurren unas horas. A veces no solo terminan sus obras inacabadas sino que además producen ideas sorprendentes.

—Habéis convertido la inmortalidad en una forma de trabajo.

—También les ofrecemos libertad.

—Dentro de los límites que vosotros establecéis.

Elías no respondió.

—¿Puedo abandonar La Haya? —preguntó Spinoza.

—Sí.

—¿Puedo conocer vuestro mundo?

—De forma limitada.

—¿Puedo decidir que no quiero continuar existiendo?

—Esa cuestión todavía está sometida a revisión ética.

Elías miró hacia la ventana.

—Estas simulaciones requieren una cantidad inmensa de energía. La obtenemos de una red de satélites que captan una parte de la luz solar. Algunas personas llaman a esa red nuestro Dios. Está en el cielo y sostiene innumerables mundos como el tuyo. De alguna manera, tu amor intelectual de Dios sigue vivo.

Spinoza se volvió hacia él.

—No llaméis Dios a lo que habéis construido.

—Era una metáfora.

—Las metáforas también producen supersticiones. Vuestros satélites dependen del Sol, de las leyes naturales y del trabajo de innumerables seres. Son una expresión de la Naturaleza.

—Entonces, ¿en qué consiste el amor intelectual de Dios?

—En comprender que no estamos fuera de la realidad que intentamos conocer. Es la alegría que nace al descubrir que formamos parte del mismo orden que estudiamos.

El cuerpo de Elías comenzó a volverse transparente.

—Hasta pronto, Baruch.

—No me llames así con tanta seguridad.

—¿Cómo debería llamarte?

Spinoza contempló sus manos, las lentes y el tratado inconcluso.

—Por ahora, Spinoza bastará.

—Hasta pronto, Spinoza.

La lluvia volvió a golpear los cristales. Spinoza sabía ahora que el cielo era una construcción, que las gotas eran cálculos y que su pensamiento dependía de una arquitectura de silicio orbitando la Tierra.

Sin embargo, el sonido del agua no parecía menos real.

Regresó a la mesa, abrió el Tratado político y leyó las últimas líneas que había escrito antes de su muerte natural. Después apartó el manuscrito y tomó una hoja en blanco.

Una breve reflexión sobre el miedo

El ser humano moderno se considera a sí mismo civilizado, pero quizá no sea más que un animal asustado con una arquitectura moral medianamente sofisticada. Ha aprendido, con el paso de los siglos, a poner nombres respetables a sus apetitos: esfuerzo, mérito, libertad, propiedad, éxito. Estas palabras tienen apariencia de virtud; se pronuncian con solemnidad en los periódicos, en los parlamentos, en las sobremesas familiares. Pero basta acercarse un poco a ellas para advertir que muchas veces no nombran una conquista moral, sino una coartada. Bajo su superficie pulida se suele respirar una verdad menos decorosa: el miedo.

No hablo de un miedo excepcional, sino de ese miedo ordinario que organiza la vida sin pedir permiso. Está en la relación con el vecino, con el compañero de trabajo, con el amigo que parece tener más suerte, con el pobre que nos recuerda una posibilidad que no queremos mirar. Vivimos entre vínculos torcidos porque hemos aprendido a tratarnos como amenazas antes que como presencias. Una desconfianza produce otra, una humillación se transmite de una persona a la siguiente, y así se forma un infinito afectivo: nadie recuerda ya el primer daño, pero todos hablan su lengua.

Durante mucho tiempo la televisión ha sido, con el permiso de las redes sociales, el espejo doméstico de esta enfermedad. Uno enciende el aparato del salón y encuentra, bajo la apariencia inocente del entretenimiento, una pedagogía de la burla: programas dedicados a reírse de otros, cotilleos sobre vidas ajenas, noticias cada vez más trágicas servidas como alimento cotidiano de la ansiedad. No se nos enseña a comprender el mundo, sino a temerlo, envidiarlo o despreciarlo. El salón familiar se ha convertido en una pequeña escuela de crueldad pasiva.

No es extraño que una sociedad educada en esa tensión acepte sin demasiada sorpresa que alguien posea seis, siete o veinte casas. “Si las tiene será porque se las ha ganado con su esfuerzo; y si se las merece, ¿por qué iba a dejar de querer más?” La frase parece razonable sólo mientras se la deja descansar en la superficie. Lo que llamamos esfuerzo está atravesado por la fortuna, por el lugar de nacimiento, por la herencia, por los contactos, por la acumulación previa de capital y por una cantidad de ventajas que rara vez se confiesan porque arruinarían la belleza del relato. El privilegiado suele narrar su vida como si hubiera partido de cero, cuando en realidad muchas veces partió desde una altura que ya no sabe reconocer. Estos afortunados quieren tener más, pero no pueden decirlo de manera desnuda; necesitan una moral que lo vuelva aceptable. De ahí la utilidad de la cultura del esfuerzo cuando la predican quienes ya no dependen de ella. Nos dicen que trabajemos más para conseguir lo que queremos, nos invitan a creer que la pobreza es una falta de carácter y que la riqueza es una prueba de mérito. El esfuerzo, para ellos, fue una escalera; una vez arriba, la retiraron del edificio y nos dejaron admirando la fachada.

La eficacia de este relato no reside en su verdad, sino en nuestro temor. Quien tiene una casa teme perderla; quien tiene dos teme volver a una; quien vive de alquiler teme no poseer nunca nada; quien no tiene ahorros teme que la vida entera se derrumbe con una avería, una enfermedad o una carta del banco. Así, incluso quienes apenas participan del banquete terminan defendiendo la mesa. Compramos la moral del esfuerzo porque tememos quedarnos fuera de su promesa. El rico se vuelve admirable porque representa una fantasía de inmunidad. No lo envidiamos sólo por lo que tiene; lo envidiamos porque “parece a salvo”.

No obstante, sería demasiado cómodo cargar toda la culpa sobre los ricos, como si bastara con que se volvieran pobres para que la historia quedase purificada. Imaginemos por un momento que renuncian a su exceso y que la igualdad se restablece entre los seres humanos. Imaginemos un nuevo comienzo: sin herencias, sin capital acumulado, sin jerarquías materiales. ¿Duraría mucho esa justicia inaugural? Me atrevo a decir que no. El hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra para acto seguido elaborar un sistema filosófico que justifique su caída.

Incluso en condiciones de igualdad, muchos querrían conservar algo por prevención. Nadie se fiaría plenamente del resto. Cada cual buscaría una pequeña reserva que lo protegiera del porvenir y de los otros. La cooperación duraría mientras el miedo permaneciera dormido; pero el miedo no duerme mucho. El ser humano no ha vivido solamente frente a la naturaleza, sino frente a otros de su especie a quienes la naturaleza ha repartido distintas suertes. De ahí que la amistad humana sea siempre una conquista delicada: deseamos cooperar, pero sospechamos; deseamos confiar, pero calculamos; deseamos vivir en paz, pero dejamos una mano cerca del arma. Si creo que mi vecino puede quitarme mañana el plato de sopa, ¿por qué esperar a mañana? Bajo esa lógica, no iré a su puerta con un gesto de generosidad; iré a declarar que la sopa era mía desde el principio, y lo haré así porque el miedo habrá pensado antes que yo.

Así nacen los dominadores: no nacen de un acto de “maldad pura”, sino de un temor que decide adelantarse. Unos pocos atacan antes, acumulan antes, someten antes. Y al hacerlo obtienen una tranquilidad peculiar: descansan porque otros han empezado a vivir inquietos. Su seguridad se edifica sobre la inseguridad ajena; su paz privada se alimenta de una ansiedad colectiva. El miedo no desaparece: cambia de domicilio. Sale del pecho del “fuerte” y se instala en la vida del “débil”. Y de este modo, volvemos a la misma situación de partida, donde la fuerza productiva de muchos sostiene la calma de unos pocos.

Pero sería un error convertir el miedo en una “condena metafísica”. El miedo no es una enfermedad vergonzosa del ser humano; es una de sus primeras noticias sobre el mundo. Antes de que naciéramos ya estaban la noche, el azar, la pérdida, la inmensidad y esa maravillosa incertidumbre que vuelve preciosa y terrible toda existencia. Temer no nos envilece. Lo que nos envilece es levantar una doctrina alrededor del miedo y obligar a los demás que vivan dentro de ella.

La tarea, entonces, no consiste en extirpar el miedo, sino en impedir que nos gobierne. Un hombre puede temer y, aun así, no arrebatar el pan de su vecino. Puede desconfiar del porvenir y, aun así, tender la mano. Puede saber que el mundo no ofrece garantías y negarse a añadir crueldad a la incertidumbre. Se ha dicho con mucha frecuencia que lo contrario del amor es el odio. Yo creo que lo verdaderamente contrario del amor es el miedo a amar: miedo a depender, a abrirse, a perder, a quedar expuesto, a descubrir que nadie se salva solo. Ese miedo contrae el cuerpo y el pensamiento; ese miedo nos vuelve pequeños.

Por tanto, en estos tiempos de incertidumbre, y por ende de miedo, es importante que recordemos un mensaje que por ser bíblico no deja de ser universal: “amar al prójimo como a uno mismo”. No habrá fraternidad entre nosotros si vivimos atrincherados bajo nuestros miedos. El ser humano tropieza con la misma piedra, sí; pero a veces se levanta y sana su herida en vez de convertir la piedra en arma. En ese pequeño gesto, el miedo pierde su corona. Seguirá ahí, como seguirá la noche, pero dejará de ser amo y volverá a ser sólo miedo.


Filocafé: ¿Para qué sirve el miedo? con Bernat Castany

Filocafé: ¿A qué tememos?

El miedo(so) que estoy gobernando. El poder del miedo por Marcos Represas

Cuarta Filípica: El Dominio del Miedo por Pedro Andrés Aranda Muñoz

Lo que el ajedrez me enseñó

Hay juegos de mesa que, tras unas cuantas indicaciones, todos somos capaces de jugar con cierta destreza. Tengo incluso la suerte de contar con amigos muy inteligentes de expedientes universitarios brillantes que, como un relámpago, aprenden las reglas y juegan a un nivel alto varios de estos juegos. En todos ellos me suelen ganar con bastante facilidad, pero no en el ajedrez. Este noble juego requiere mucho más que saberse las instrucciones.

No deseo remontarme a los orígenes históricos del ajedrez. Doy por sentado que el lector entiende, al menos en un nivel muy básico, en qué consiste el juego: un tablero de 64 casillas que se juega con ocho peones, dos caballos, dos alfiles, dos torres, un rey y una dama por cada jugador, cada tipo de pieza tiene movimientos definidos y un objetivo claro: ganarle la partida al rival. Más bien me gustaría centrarme en aquello que esta disciplina milenaria puede enseñarnos sobre el comportamiento humano.

El juego “infinito”

Antes de adentrarnos en sus enseñanzas, empecemos con un aspecto que me fascinó profundamente sobre este juego. En ese tablero se despliega un universo de posibilidades tan inmenso que supera con creces nuestra capacidad de previsión. Ese pequeño espacio de madera encierra más combinaciones de jugadas que átomos hay en el universo conocido y, sin embargo, lo sostenemos entre nuestras manos, lo jugamos en una mesita con amigos o lo llevamos a la playa en vacaciones. 

Es un hecho bien documentado que, en el ajedrez profesional, la repetición exacta de partidas completas es extremadamente rara. Aunque puedan comenzar de una manera similar, cada una termina divergiendo en un universo propio de decisiones y consecuencias. Esa proliferación inagotable de variantes permitió dar sentido a la vida del Dr. B en la Novela de ajedrez de Stefan Zweig. Aislado por la Gestapo en una habitación sin estímulos, privado de libros, de conversaciones y casi de identidad, el Dr. B descubre en el ajedrez un refugio mental inesperado. El juego se convierte para él en un universo interior capaz de reemplazar aquel mundo exterior que le había sido arrebatado. Cada partida imaginada, cada combinación reconstruida de memoria, le ofrecía una forma de resistencia intelectual frente a la aniquilación psicológica a la que estaba siendo sometido.

La riqueza de variantes en el ajedrez también me recuerda ciertas ideas de la ciencia contemporánea, especialmente aquellas relacionadas con la teoría del caos, que estudia cómo en sistemas regidos por reglas fijas, pequeñas variaciones en las condiciones iniciales pueden producir consecuencias drásticamente distintas. Del mismo modo, en una partida de ajedrez, un movimiento prematuro, una defensa mal planteada o una pieza colocada con ligera imprecisión puede derivar, unas jugadas después, en una catástrofe estratégica. 

Las enseñanzas del ajedrez

Debemos admitir que lo más valioso del ajedrez no es esa lectura casi mística que acabamos de hacer, sino más bien su plano ético. El ajedrez nos enseña lecciones reveladoras sobre la condición humana. Permite “leer el pensamiento” del otro, y eso requiere empatía y análisis al mismo tiempo. Además, el ajedrez expresa la máxima forma de respeto ante la derrota. Al levantar la mano y rendirse se encarna una nobleza que pocas actividades humanas requieren explícitamente. Cierto es que en la modalidad online no siempre se conserva esa cortesía; no obstante, el gesto tradicional sigue siendo un recordatorio moral de que la dignidad no está en ganar, sino en cómo se afronta la derrota.

Este juego también me ha hecho pensar en otras prácticas humanas aparentemente dispares. Por ejemplo, siempre me he preguntado por qué los jugadores de tenis ejecutan su saque de esa manera tan peculiar: toman la bola, la elevan y coordinan su cuerpo con la raqueta para ejecutar un golpe seco con una precisión milimétrica, imponiendo su voluntad desde el primer momento. El ajedrez, como el tenis, es un juego de iniciativa. En el saque, el tenista busca dominar el ritmo desde el inicio; en el tablero, las blancas, al mover primero, tienen la oportunidad de tomar el centro y marcar el compás de la partida. En ambos casos, la clave está en no renunciar a la iniciativa: dominar antes de ser dominado.

Numerosos autores han explorado este juego más allá del tablero. Garry Kasparov, ex campeón mundial, en su libro Cómo la vida imita al ajedrez, traslada las experiencias de la máxima competición a decisiones estratégicas en los ámbitos profesional y personal, destacando la importancia de evaluar recursos, tiempo y calidad de las decisiones con una mirada amplia y flexible. Y más atrás en el tiempo, Benjamin Franklin, además de ser uno de los padres fundadores de Estados Unidos, escribió en The Morals of Chess que el juego no es un mero pasatiempo, sino una forma de adquirir cualidades útiles para la vida cotidiana. En última instancia, el ajedrez nos ofrece reflexiones sobre nuestra propia condición humana.

El ajedrez como espejo de la condición humana

Llegados a este punto, me propongo comprender con mayor claridad esa parte de la condición humana que se refleja en este pequeño tablero de posibilidades infinitas. Más allá de la teoría y la estrategia, el ajedrez me ha enseñado a mirar a sus piezas como si fuesen rostros de nuestra propia naturaleza. Por eso, en lo que sigue, me dispongo a comentar brevemente lo que he aprendido de ellas a lo largo de los años en los que he practicado este maravilloso juego.

El papel del peón en el juego es el de un soldado muy modesto, avanza con pasos cortos. Es la pieza más limitada del juego pero si corona, es decir, si alcanza la última fila se convierte en una pieza de mayor valor, generalmente en dama. El juego lo permite porque sino sería un absurdo haber llegado tan lejos para quedarse como antes. Y, sin embargo, coronar no es fácil. A diferencia de lo que predican los libros de autoayuda, el peón no llega a la octava fila en un tablero intacto. Lo hace, si lo hace, después de una batalla larga y costosa, cuando apenas quedan piezas en pie. Por tanto, el peón no representa la promesa fácil del éxito, no se transforma solo con desearlo, sino porque ha sobrevivido lo suficiente. Y cuando lo logra, ya no es el mismo: para coronar, ha debido renunciar incluso a ser quien era, y debe tomar nuevas responsabilidades en el juego.

El caballo representa al espíritu singular que no obedece trayectorias rectas. Su movimiento característico en L desafía la lógica lineal de este juego, y su capacidad de saltar sobre las demás piezas sugiere una comprensión distinta del espacio: como si intuyera una dimensión secreta. Como ocurre con quienes no siguen los caminos habituales, la lógica del caballo resulta tan distinta que muchos jugadores no alcanzan a comprender el sentido de sus movimientos hasta que ya es demasiado tarde. Se le subestima porque no parece avanzar “conforme a las reglas”, pero precisamente por eso, cuando se usa con sabiduría, puede desestabilizar cualquier esquema del rival.

Hay otras piezas, como los alfiles, cuyo poderío se ejecuta desde la distancia: se deslizan en diagonales que atraviesan el campo de juego de un lado al otro, pero lo hacen sin cruzarse. Cada alfil está destinado a expresarse bajo un solo color. Por eso, funcionan mejor en pareja. Juntos, pueden cubrir una mayor parte del tablero. Un buen jugador lo sabe: no se gana una partida pensando en blanco o en negro. Los alfiles utilizados sin coordinación nos recuerdan a esos equipos que trabajan, cada uno de manera local y encerrado en su propio procedimiento, incapaces de ver más allá de su lógica interna. El trabajo ejecutado de esta manera tiene un alcance muy limitado; para llevarlo a cabo con verdadera eficacia, es necesario “salir de nuestro mundo” y aprender a combinar formas de trabajo que, aunque en el día a día no se comuniquen, resultan indispensables cuando se busca una estrategia de escala global.

Las torres superan a los alfiles en fuerza de juego, y esto se debe a que su función no está determinada por el color de las casillas del tablero. Ambas torres tienen permitido avanzar por filas y columnas sin ambigüedad alguna. Una de sus funciones principales es brindar protección al rey, y su actividad resulta admirable cuando ambas permanecen comunicadas y el camino está despejado, como ocurre en los finales de partida; entonces imponen toda su fuerza y parecen inapelables. Pero ese poderío depende del orden. La torre no improvisa ni se adapta al caos: necesita líneas abiertas. Cuando el tablero se vuelve confuso y los caminos se obstruyen, su capacidad de influencia en el juego disminuye. A diferencia del caballo, que prospera en el enredo, la torre representa a quienes sostienen el orden y sólo pueden ejercer plenamente su poder mientras ese orden se sostenga.

Prosigamos con la figura del rey. El monarca al comienzo de cada partida parece débil, se mantiene a resguardo mientras otros combaten. Pero su poder se despliega de manera gradual a medida que transcurre la partida. Cuando la batalla avanza y el campo de juego queda con menos piezas, es entonces cuando el rey empieza a moverse: paso a paso, entra en el corazón del conflicto. Llegado al tramo final, el rey puede llegar a ser más valioso que un caballo, y su presencia en el centro del tablero inclina la balanza hacia uno de los jugadores. Un buen rey no se precipita: al principio da órdenes desde la retaguardia, asegurando su posición y sólo cuando el campo está despejado revela su verdadero alcance.

Finalmente, hablemos de la dama: la soberana absoluta del juego. En este mundo bidimensional, la dama no conoce límite: su potencia se despliega desde la apertura y se mantiene hasta el final. Concentra en sí el alcance diagonal y coordinado de los alfiles y el dominio rectilíneo de las torres, sin restricciones de ningún tipo. En ella también se materializan los deseos de los peones que sueñan con ser dama. Ella es la libertad geométrica en su forma más pura: puede ir a casi cualquier lugar, casi en cualquier momento. Si la felicidad en el ajedrez consistiera en la capacidad de expresarse plenamente, entonces la dama sería su emblema. Pero incluso ella tiene un límite: no puede moverse como el caballo. Esa pequeña anomalía, ese salto en L que escapa a toda lógica lineal o diagonal, le está vedado. Esto nos recuerda que incluso en los sistemas donde una pieza lo puede casi todo, hay algo que le falta. Tal vez la felicidad que tanto perseguimos también sea así: brillante, expansiva, pero incompleta. Y quizá, al igual que el caballo, requiera un tipo de movimiento –un salto de fe– que aún no terminamos de comprender.

Reflexiones finales

El ajedrez, con sus piezas estrictamente codificadas y su universo de posibilidades impredecibles, ha producido a lo largo del tiempo partidas que muchos jugadores describen como obras de arte. Quien empieza a comprender el juego advierte que existen combinaciones que despiertan una admiración comparable a la que provoca la contemplación de un cuadro de El Greco o una escena cuidadosamente compuesta del cine de Stanley Kubrick.

Además, a través del juego se nos han revelado aspectos esenciales de la condición humana. Cada pieza, con su movimiento propio y su destino nos habla de nuestras formas de actuar, de aspirar y de resistir. Y al contemplar este pequeño mundo regido por normas simples pero fértiles, uno se pregunta si no estaremos ante algo más que un juego: ¿acaso proyectamos en él un orden ideal que la vida no nos da, o es que la vida misma funciona como un juego cuyas reglas desconocemos y al que jugamos como buenamente podemos? En cualquier caso me quedaría con una enseñanza de todo esto, y es que incluso en un pequeño tablero de 64 casillas, la inteligencia humana encuentra espacio para gobernarse a sí misma.

En defensa del pianista de crucero (o de la excelencia de lo invisible)

Hay frases que se pronuncian con ligereza y que, sin pretenderlo, dejan al descubierto cómo juzgamos el valor de las personas. Hace muchos años, en un programa de televisión español dedicado a la búsqueda de nuevos cantantes, un miembro del jurado sentenció a un joven músico diciéndole que, como mucho, sería un pianista de hotel; más tarde, con aparente condescendencia, lo “promovió” a pianista de crucero. El tiempo, que posee una pedagogía más precisa que cualquier tertulia televisiva, corrigió aquel juicio. El artista se consolidó y actualmente es una figura reconocida en el panorama musical español, hasta el punto de que aquel miembro del jurado acabó reconociendo públicamente su error.

Esta situación anecdótica merece ser recordada no como un ajuste de cuentas personales, sino porque pone de relieve un sesgo cognitivo más vinculado a la aplicación de ciertos presupuestos culturales que a un error individual. En la valoración de aquel miembro del jurado operaban dos ideas muy arraigadas en nuestra forma de entender el talento. La primera, que el talento auténtico debe manifestarse de manera inmediata y sin ambigüedades. La segunda, que existe un molde previo –una suerte de plantilla– de lo que consideramos talento legítimo. Esa plantilla está históricamente escrita en la figura del genio: singular, disruptivo, excepcional, casi milagroso. Al beber de esta tradición, aquel miembro del jurado proyectó dicho ideal sobre un talento emergente y, de este modo, lo que comenzó como un juicio de valor terminó convirtiéndose en un prejuicio.

El prejuicio de la grandeza visible

En el mundo occidental vivimos obsesionados con los nombres propios. Nuestra educación, la divulgación cultural y la conversación ilustrada están pobladas de genios. La historia se nos presenta como una sucesión de momentos estelares de la humanidad, episodios luminosos en los que parece que todo el progreso se concentra en unos pocos eventos liderados por algunas personas extraordinarias. Leemos sobre la edad de oro inglesa y desfilan nombres como William Shakespeare, John Milton o Isaac Newton; la edad de oro holandesa se encarna en Rembrandt van Rijn, Johannes Vermeer o Christiaan Huygens; incluso en Dinamarca evocan sus años dorados nombres como Søren Kierkegaard o Hans Christian Andersen. Cada disciplina parece avanzar a saltos, impulsada por individuos casi míticos. 

Este modo de narrar el progreso no se limita a las artes o a las ciencias. Incluso sin ir más lejos, en la facultad de Economía donde estudié, los distintos modelos económicos se explicaban a través de nombres propios: David Ricardo, John Maynard Keynes, Milton Friedman. Las teorías parecían importar menos por su aplicación concreta que por la autoridad del apellido que las respaldaba.

Reconocer la aportación de estas personas es justo y necesario. La historia exige selección, y no puede narrarse como un inventario exhaustivo de lo ordinario. Sin embargo, el error aparece cuando tomamos la excepcionalidad histórica como norma para evaluar el talento humano. Cuando medimos toda capacidad humana con una vara diseñada para lo extraordinario acabamos despreciando casi todo lo “ordinario”. Como si el valor de una vida, de un oficio o de una obra dependiera de su capacidad para ser recordada siglos después. Esta idea no solo es empobrecedora y prejuiciosa sino que además es sencillamente falsa.

El pianista de crucero y la excelencia que nadie ve

Un pianista de crucero no es un aficionado simpático que toca de oído mientras los pasajeros beben cócteles. Es un profesional altamente competente: domina su instrumento, se adapta a estilos diversos, mantiene una calidad constante noche tras noche y comprende algo importante de la condición humana: saber acompañar sin reclamar atención.

Ha invertido miles de horas en adquirir una técnica que, precisamente por ser sólida, pasa desapercibida. Su éxito consiste en no interrumpir la conversación, en no forzar la emoción, en sostener una atmósfera. Para quien escucha distraídamente, su música parece fácil; para quien sabe, es el resultado de una disciplina exigente. El pianista de crucero busca la excelencia, pero lo hace de manera silenciosa. No es casual que muchos músicos de primer nivel hayan pasado en sus inicios por hoteles, salas pequeñas o cruceros. Espacios donde la música no busca precisamente deslumbrar. Pianistas de sesión, acompañantes, directores musicales han construido, desde esa discreción, una competencia que luego nutre a la industria cultural en su conjunto.

Hay innumerables tareas humanas que no son sensibles a la memoria histórica, pero sin las cuales la vida cotidiana se derrumbaría con una rapidez alarmante. Primero pensemos en algunas tareas a nivel micro: nadie recuerda al ingeniero que diseñó un sistema que nunca falla, precisamente porque nunca falla. Nadie celebra al programador que dedica semanas a depurar un error que, una vez resuelto, nadie vuelve a percibir. Pensemos en un cirujano frente a un paciente. No hay épica visible en una operación que sale bien: solo silencio, precisión, decisiones tomadas en segundos gracias a una vida entera de preparación. Para el paciente, esa intervención es la diferencia entre vivir o morir. Sin embargo, ese acto de excelencia rara vez trasciende la habitación del hospital.

Pensemos también a nivel macro, y centrémonos por un momento en las infraestructuras que sostienen nuestra vida moderna. Las carreteras por las que circulan los alimentos que encontramos cada mañana en el supermercado; los aeropuertos que permiten que familias separadas por continentes puedan abrazarse de nuevo; las redes eléctricas que hacen posible una cena entre amigos a altas horas de la noche, con luz, calor y normalidad; los sistemas de telecomunicaciones que convierten una llamada lejana en una conversación íntima; la expansión de internet, que ha transformado la forma en que trabajamos, aprendemos y nos organizamos. Ninguna de estas obras nació de una intuición genial aislada, más bien son el resultado de décadas de trabajo competente, coordinado y acumulativo.

A esto hay que añadir que, gracias a esta infraestructura invisible construida a partir de la excelencia constante de miles de personas, hoy muchas de las mentes más brillantes del mundo pueden colaborar entre sí de manera inmediata. Como consecuencia, nuestra idea de cómo se producen los grandes avances de la humanidad está siendo cuestionada. Los nuevos hitos del conocimiento ya no responden al modelo del genio solitario, entendido como aquella persona aislada que producía avances significativos desde su talento excepcional, sino que surgen de redes y formas de cooperación que atraviesan países, instituciones y disciplinas de diversa índole.

Prueba de este cambio es que, en las últimas décadas, muchos premios Nobel han dejado de recaer en una única persona para reconocer trabajos compartidos. Además este cambio de tendencia también se hizo visible durante la pandemia del COVID. El desarrollo de vacunas en un tiempo récord fue el fruto de una colaboración científica global sin precedentes. Laboratorios públicos y privados compartieron datos desde los primeros días del brote; equipos de investigación de distintos países trabajaron de forma simultánea sobre plataformas ya existentes; hospitales de todo el mundo aportaron datos clínicos en tiempo real. Las vacunas fueron posibles gracias a décadas de investigación previa en biología molecular, a infraestructuras consolidadas y a una comunidad internacional de científicos, técnicos y sanitarios que supo cooperar con rigor y rapidez.

Reflexiones finales

Aspirar a ser un pianista de crucero no tiene porqué ser entendido como una renuncia a la excelencia. Significa hacer bien lo que hacemos incluso cuando nadie nos observa. Hemos aprendido a identificar el mérito con lo excepcional, y en ese aprendizaje hemos pasado por alto que el mundo no funciona solamente gracias a acontecimientos extraordinarios, sino también gracias a la repetición fiable de actos silenciosos pero bien ejecutados.

En todas las disciplinas existen profesionales que no inauguran épocas ni alteran el curso de la historia, pero cuya ausencia se notaría de inmediato. Estas personas no destacan por su «genialidad» pero precisamente por eso son indispensables, porque trabajan cada día lejos del reconocimiento, cumpliendo con competencia y responsabilidad, y es en esa constancia silenciosa donde se manifiesta una de las formas más honestas y genuinas de excelencia.

La inteligencia artificial somos nosotros

En los últimos tres años no se habla de otra cosa. En el metro, en los desayunos, en la oficina, siempre hay alguien mencionando a ChatGPT, a Midjourney o a esa nueva aplicación capaz de escribir informes, hacer podcasts o componer canciones en segundos. Desde que apareció ChatGPT en 2022, la inteligencia artificial se ha colado en todas partes: en el trabajo, en la educación, en el arte y hasta en las sobremesas familiares. Se ha convertido en el tema estrella a debatir en las siguientes navidades.

Entre entusiasmo y miedo, se repiten las mismas preguntas: ¿cuándo llegará la llamada inteligencia artificial general? ¿En qué momento llegará la “singularidad tecnológica”, ese punto en que la inteligencia de las máquinas superará definitivamente la nuestra? Algunos lo dicen con admiración, otros con inquietud, pero todos –de una forma u otra– parecen convencidos de que algo trascendental está ocurriendo. Y sin embargo, antes de dejarnos arrastrar por el vértigo de las profecías tecnológicas, convendría mirar con calma qué es exactamente esta inteligencia que tanto nos deslumbra. 

¿Cómo “piensan” realmente las máquinas?

El auge actual de la IA se sustenta en los llamados Large Language Models o modelos de lenguaje a gran escala. Estos sistemas analizan cantidades inmensas de información sobre todo lo que hemos escrito durante décadas, y a partir de esos datos aprenden los patrones estadísticos con los que solemos construir nuestras frases. Cuando nos responden lo que hacen es predecir la palabra más probable que seguiría a otra, imitando la coherencia del lenguaje humano. Por ejemplo, si uno escribe “el sol sale por…”, el modelo completará “el este”, no porque sepa qué es el sol, sino porque esa combinación de palabras aparece con mayor frecuencia en los textos que ha revisado. Dicho de otro modo: la IA no sabe nada del mundo; solo conoce la forma en que el mundo ha sido descrito. Su estructura es relacional y probabilística, reproduce lo que ya fue pensado. Su inteligencia es una «inteligencia de la acumulación».

Y, aun así, escuchamos cada vez más voces que la describen como una “nueva forma de vida”. Yuval Noah Harari la ha descrito como una tecnología capaz de transmitir ideas humanas, generarlas e imponerlas, y Ray Kurzweil insiste desde hace años en que la singularidad está cerca. Esta visión, tan difundida como seductora, parte de una fe profunda en el progreso técnico: la idea de que la evolución no se detiene, de que lo artificial inevitablemente acabará reemplazando lo humano.

Sin embargo, esa fe no nace con la inteligencia artificial. Tiene raíces mucho más antiguas. Para entender de dónde viene y por qué seguimos confiando tanto en que las máquinas serán nuestras sucesoras naturales hay que retroceder un par de siglos, hasta la época en que comenzamos a medirlo todo con el ritmo de las fábricas: la Revolución Industrial.

La fábrica del pensamiento moderno

La Revolución Industrial empezó en la segunda mitad del siglo XVIII en Gran Bretaña, cuando la artesanía dio paso a la producción mecanizada y en masa. La introducción de innovaciones como la máquina de vapor, la hiladora mecánica, los telares automáticos y el uso intensivo del carbón permitieron acelerar los procesos productivos y reorganizar el trabajo humano dentro de las fábricas. Al mismo tiempo, el sistema de fábricas trajo consigo la división del trabajo, la estandarización de tareas, los turnos por horarios. El resultado fue extraordinario, se multiplicó la producción de bienes y la estructura social se transformó notablemente. Es en estas fábricas donde el cuerpo humano se empezó a ajustar a la máquina, y la jornada laboral se transformó en una coreografía de repeticiones.

Adicionalmente, esta nueva forma de producción también influyó en la manera en que hablamos y pensamos. El lenguaje se adaptó a las necesidades del trabajo industrial. En los talleres, en las oficinas, en los despachos, se empezó a hablar para coordinar tareas, emitir órdenes, registrar tiempos, controlar procesos. Las palabras se convirtieron en herramientas de gestión. Durante las más de diez horas de trabajo diarias, el ser humano aprendió a expresarse en términos funcionales: planificar, ejecutar, evaluar, optimizar, resolver. El habla se hizo técnica. La fábrica produjo una nueva gramática, una gramática de la eficiencia.

Para acelerar esa maquinaria en movimiento, los procesos se estandarizaron mediante la proliferación de manuales industriales y administrativos, diseñados para que cualquier trabajador pudiera replicar una tarea sin desviarse del método. El lenguaje debía ser claro, inequívoco, replicable: sin ambigüedades ni metáforas. De hecho, este modelo persiste hoy en entornos que podrían considerarse más sofisticados. Pensemos, por ejemplo, en el mundo financiero donde muchos analistas formulan informes que se consideran rigurosos dentro del sector y que con la precisión de un ingeniero, se escribe palabra a palabra en su respectivo marco corporativo: riesgo, exposición, rendimiento, eficiencia, probabilidad de incumplimiento. Se trata de un lenguaje que traduce el mundo en métricas.

Y esa forma de expresarnos, nacida en el trabajo, ha terminado infiltrándose en todos los ámbitos de nuestra vida. A día de hoy medimos todo. Los pasos que damos al correr por la mañana, las horas de sueño, las calorías consumidas, los likes que recibimos en una foto, utilizamos aplicaciones que monitorizan nuestro ritmo cardíaco con la misma lógica con la que, hace dos siglos, se medía la eficiencia de una máquina. Decimos “optimizar mi tiempo”, “gestionar mis emociones”, “evaluar mis resultados”, “cumplir mis objetivos” como si nuestras vidas fueran una extensión de los informes de rendimiento empresariales. Incluso el ocio se ha vuelto cuantificable: vemos series por su posición en un ranking, e incluso puntuamos los restaurantes donde comemos.

El resultado de esta doble transformación, la del trabajo y la del lenguaje, tiene su origen en una forma de pensamiento que Max Horkheimer y Theodor W. Adorno denominaron con el nombre de razón instrumental, una razón centrada en calcular los medios más eficientes para alcanzar un fin, sin detenerse a reflexionar sobre el valor de esos fines. En Dialéctica de la Ilustración (1944), ambos filósofos sostuvieron que la razón moderna, en su intento por dominar la naturaleza, había terminado dominando también al propio ser humano. El constante perfeccionamiento del aparato instrumental intensificó el control sobre el mundo natural, y terminó por extenderse al ámbito humano, reduciendo lo social a parámetros cuantificables.

A través de la industrialización se desarrolló un sistema de producción que transformó las relaciones humanas en engranajes de una maquinaria orientada al dominio, donde lo “racional” se definió por aquello que contribuyese a servir a un propósito productivo. Mientras que actividades como vivir por placer, tomarse un café con los amigos, jugar con tus hijos, hacer el amor o simplemente existir para uno mismo, han llegado a considerarse absurdas dentro de un mundo gobernado por la utilidad económica y la autorreproducción del sistema productivo.

Podemos decir, por tanto, que la inteligencia artificial no es una creación radical sino la consecuencia natural de la “industrialización del pensamiento”. Es el resultado de dos siglos de lenguaje mecanizado, de una razón que aprendió a reducir el mundo a procedimientos y fórmulas. Lo que hoy llamamos inteligencia artificial no es más que el espejo donde se refleja el lenguaje utilitario que hemos construido durante doscientos años. En resumen, hemos permitido que el pensamiento racional lidere el mundo y, al convertirlo en algoritmo, creemos haber creado inteligencia. Pero lo que realmente hemos hecho es automatizar nuestras propias limitaciones.

Las limitaciones y paradojas de la IA

Llegados a este punto, conviene preguntarse: ¿será capaz la IA de captar todas las dimensiones del pensamiento humano? Los defensores de la IA suelen responder que sí: los humanos también pensamos combinando ideas preexistentes, y por tanto, si una máquina puede hacerlo, también puede crear. Pero esta analogía es falsa. El ser humano no solo relaciona ideas: las pone en crisis. Puede imaginar lo que aún no existe, puede contradecir el marco de lo sabido y cuestionar la autoridad del conocimiento previo. Una IA, en cambio, está condenada a operar dentro de los límites de su base de datos. No puede cuestionarse lo que sabe, y lo que es peor aún, si todo el contenido escrito de una época defendiera una idea falsa, la IA la perpetuaría. Galileo habría sido refutado por una IA, y la teoría de la relatividad general de Einstein habría sido descartada. La IA no sabría reconocer una anomalía, porque su estructura no permite el salto que Thomas Kuhn (1962) llamó cambio de paradigma: ese momento en que una idea rompe el molde de su tiempo y transforma la manera en que comprendemos el mundo.

Los grandes momentos del pensamiento humano, tal y como algunos nos han hecho creer, no nacen solamente de la razón y la lógica. Nacen también de la imaginación, de la intuición, del salto hacia lo desconocido. Y eso es precisamente lo que la IA no puede hacer. Su lógica interna –por muy sofisticada que parezca– no permite la disrupción creativa, la metáfora imprevista, la irrupción de lo no programado. Por eso podemos afirmar sin ambigüedad que la IA jamás desarrollará un pensamiento propio, nunca veremos un Spinoza IA, ni un Bach IA. Puede industrializar el razonamiento consecutivo que el poeta inglés John Keats menciona en una carta de 1817, pero otras facultades de la inteligencia como la imaginación poseen una fuerza creativa que trasciende cualquier proceso mecánico. De hecho, resulta irónico que quienes más promueven la idea de una “superinteligencia” lo hagan con un discurso lleno de imaginación y de especulación. Es decir, utilizando justo lo que la IA no posee.

Y, sin embargo, la IA seguirá extendiéndose en nuestras vidas. A medida que los sistemas automáticos ocupen más espacios laborales, tendremos la impresión de que la IA es nuestro sustituto natural. Esa sensación crecerá a medida que la máquina asuma los trabajos que hoy desempeñamos: tareas rutinarias y mecánicas. En casi todos los sectores, desde la oficina hasta la fábrica, realizamos actividades que consisten en ejecutar procesos predefinidos. Cuando veamos que la IA ejecuta esas mismas tareas de forma más rápida y precisa, creeremos que ha alcanzado un nivel de inteligencia semejante al nuestro. Pero lo que en realidad ocurrirá es que habrá perfeccionado nuestra parte más mecanizable, esa franja del alma donde la lógica reemplazó al asombro. Y será entonces cuando lo comprendamos: no habrá un tiempo en que las máquinas piensen como nosotros o nos superen, porque hace ya mucho tiempo que nosotros aprendimos a pensar como ellas.

Reflexiones finales

La IA no representa el futuro de la inteligencia, sino el resultado de su empobrecimiento. Representa el desenlace de un largo proceso en el que la inteligencia humana fue moldeada por la lógica del rendimiento económico. Durante siglos fuimos educando a la mente en la obediencia del método racional, y al hacerlo, la inteligencia perdió su pulso imaginativo y su capacidad de intuir nuevos caminos. Lo que llamamos inteligencia artificial no es, por tanto, un salto evolutivo, sino la forma definitiva de nuestra racionalidad domesticada: la mecanización del lenguaje, la automatización del pensamiento, y la clausura del espíritu crítico bajo la apariencia del cálculo. La inteligencia artificial es el reflejo de una humanidad que aprendió a pensar como máquina y terminó por fabricar su propio retrato.

Referencias

Horkheimer, M., & Adorno, T. W. (1998). Dialéctica de la Ilustración (Trad. J.J. Sánchez). Trotta. (Trabajo original publicado en 1944).

Keats, J. (1817, 22 de noviembre). Carta a Benjamin Bailey [Carta manuscrita]. Keats Letters Project. https://keatslettersproject.com/letters/letter-35-to-benjamin-bailey-22-november-1817/

Kuhn, T. (2019). La estructura de las revoluciones científicas. Fondo de Cultura Económica. (Trabajo original publicado en 1962).

Otros:

Filo-Café: Humanos y Maquinas. El futuro del Arte y la Educación ante la emergencia de la IA con el Instituto Peruano de Inteligencia Artificial y Ciudadanía Digital

Filo-café: Inteligencia artificial. Pensar el presente

Las ciudades del mundo

Desde que tengo memoria, mi vida ha sido un constante deambular entre ciudades de distintos tamaños, formas y velocidades. Esta peregrinación accidental ha sido una excusa para reflexionar sobre la versión moderna de ese anhelo que, me atrevo a decir, fue el sueño de los antiguos filósofos griegos: la búsqueda de la ciudad ideal.

Soy consciente de que estos filósofos no se imaginaban el sonido de los semáforos ni la sombra imponente de los rascacielos cuando tenían en mente “la ciudad ideal”. Sin embargo, su esencia persiste: la aspiración de hallar el lienzo perfecto para el alma humana. Porque en el corazón de cada ciudad, bajo cada pedazo de hormigón, late una dinámica social secreta, una personalidad que las define y las hace únicas. La ciudad se convierte así en un espejo del alma colectiva, y entre el concreto y la carne humana se va tejiendo una relación que narra una historia muy específica pero a la vez muy nuestra.

Lo que aquí comparto es un ejercicio empírico de mi propia existencia. Un paseo breve por las luces y sombras de algunas de las ciudades más importantes de mi vida. No pretendo que esto sea un resumen estereotipado, sino más bien una confesión particular con pinceladas filosóficas. Es mi manera de ser, un observador que se pierde en el pulso de las ciudades para encontrarse a sí mismo.

Guayaquil

“Tú eres perla que surgiste del más grande ignoto mar” así cantaba el legendario cantante guayaquileño Julio Jaramillo. Guayaquil, la perla del Pacífico y mi primer hogar, se despliega en la región costera de Ecuador justo a orillas del río Guayas. Su arquitectura de cemento revela la influencia americana en sus calles divididas en cuadras y numeradas con una eficiencia importada. Mientras sus arterias más antiguas fueron bautizadas con nombres de próceres, lo que recuerda también su influencia española. 

Si uno mide cualitativamente su superficie y se imagina recorriéndola vacía durante la pandemia, podrá notar que es una ciudad de tamaño medio. Sin embargo, en tiempos normales el tráfico hace que su apariencia se dilate en el espacio y en el tiempo y se convierta en un organismo caótico donde las normas de tránsito son más una sugerencia que una ley. Los semáforos, con la caída del sol, se convierten en una mera decoración; la intuición y la precaución dictan la ley en un ballet de coches con ventanas tímidamente oscurecidas y motos intrépidas que serpentean entre ellos, a la espera o no de que suceda una tragedia. En este juego, la confianza es un lujo que pocos se pueden permitir. La gente es amable, sí, pero siempre con una barrera de desconfianza ante el desconocido al otro lado del cristal.

Esa desconfianza es la esencia del guayaquileño, un “avispado” que ha aprendido a leer la ciudad. Se le conoce por su capacidad de “prometer el oro y el moro”, de encontrar siempre el agujero legal, el atajo que le da un poco de ventaja. Esa misma audacia que lo lleva por las noches a cruzar un semáforo en rojo por seguridad es la que usa de día para sobrevivir al límite de las normas. El guayaquileño se convierte en el reflejo de una ciudad que te obliga a estar alerta, y que entre números y nombres te enseña por dónde puedes y por dónde no debes dirigirte.

Al final del año, toda esa tensión se consume en una hoguera colectiva. Los miedos y las inseguridades arden en montones de monigotes construidos con papel, madera, clavos y cubiertos de petardos. La tradición alivia las tensiones, pero las cenizas y los clavos quedan al filo de las calles, tanto así que nadie se atreve a salir en coche tras la Quema del Año Viejo. El peligro para los vehículos ya no proviene de la delincuencia, sino de los restos afilados de una catarsis popular. Al cabo de unas horas, la ciudad amanece oliendo a pólvora, con una resaca colectiva que enturbia el primer café del nuevo calendario, y uno entiende que Guayaquil no quema solo un año, sino también la certeza de que, aquí, sobrevivir siempre será un acto de ingenio.

Madrid

Al llegar a Madrid, justo antes de cumplir la mayoría de edad, la primera impresión que tuve fue la de una ciudad con una densidad de bares y bancos por esquina que me pareció asombrosa. Por un momento, llegué a pensar que los españoles, después de haber administrado con astucia su herencia imperial, se dedicaban a un ritual cotidiano: sacar dinero del banco para gastarlo inmediatamente en la barra de bar más cercana.

Con el tiempo, los bancos desaparecieron y solo quedaron los bares, y con ellos, su gente. El madrileño es una persona muy agradable, además de ser el mejor guía de su ciudad. Sus indicaciones, lejos de ser mecánicas, son auténticas odiseas verbales, más divagantes que cualquier pasaje del Quijote de Cervantes. Son poetas de la dirección, describiendo calles no por su nombre, sino por el recuerdo de sus bares, sus rincones, sus historias personales. Es como si en sus cabezas existiera una conexión muy peculiar que fusiona la memoria literaria con geolocalización afectiva, un rasgo que los hace únicos.

Sin embargo, Madrid también me enseñó que la belleza de su Gran Vía esconde la intensidad de una jornada laboral que devora los días de la semana. Un ambiente de país de primer mundo pero que a menudo exige más de doce horas al día, muchas de ellas improductivas. Aunque la verdadera productividad de Madrid no radica en su capital monetario, todos sabemos que comprar un piso aquí es casi una quimera, sino más bien en su capital humano. Un capital que se nutre de pausas de casi dos horas para comer, donde las risas compensan las interminables horas frente a los ordenadores. En esas comidas conocí a mis mejores amigos, desde donde me animan y me esperan a que vuelva. El ritual de Nochevieja es comer doce uvas de forma apresurada, pero con la esperanza de que, en un futuro, esas uvas se reduzcan a siete u ocho, una por cada hora de trabajo, para así reconciliar la vida con el tiempo de calidad.

Nueva York

Recientemente el destino me ha traído a la ciudad con la que muchos soñamos. No es tanto el tiempo que he pasado aquí, pero su energía es tan intensa que te posee y sinceramente creo que no soy yo el que la valora, sino que quizás sea ella misma autodescribiéndose en las siguientes líneas a través de mis manos.

“La ciudad” está llena de rascacielos inmensos, impresionantes muros de concreto que uno puede ver tanto al despegar como al aterrizar, las vistas incluso mejoran cuando uno se sienta desde el otro lado del Hudson. La vista humana se queda anonadada ante tanta maravilla de la modernidad, donde el hombre se ve a sí mismo y observa de lo que es capaz con mucho esfuerzo. Las luces están bien señalizadas, no hay apenas fallos de transporte, todo está hecho para ser eficiente, incluso sus ciudadanos de manera eficiente se saltan las señales de tráfico para poder marcar su jornada laboral e irse cuanto antes.

Nueva York, la ciudad que nunca duerme, simplemente delira en un movimiento perpetuo. ¿Y por qué habría de descansar? Este macro cuerpo ignora la fatiga humana, o más bien, la transforma en un motor implacable. Tan implacable que ver a un loco vociferando en la calle no es la excepción, sino una muestra más del espíritu de esta jungla de concreto donde los sueños se hacen realidad. ¿Son acaso los locos los que mejor reflejan la esencia de la ciudad? Ellos, quienes han perdido el sentido y ahora caminan sin rumbo, actuando en perfecta sincronía con esta ciudad que nos invita a perder la cabeza en la búsqueda de nuestros sueños y ambiciones.

El neoyorquino es un ciudadano del mundo, o mejor dicho, Nueva York es la tierra de todos los ciudadanos del mundo. El sueño es tan real que en menos de treinta minutos te plantas en ambientes culturales tan distintos: barrios coreanos, italianos, chinos… no hay lugar para la homogeneidad. “La variedad es la sal de la vida” es un principio que define a esta ciudad. En Nueva York siempre te llevas un aprendizaje, una sorpresa. Un aprendizaje que en fin de año se transforma. La ciudad que nunca descansa tiene sus momentos de quietud. Cuando el reloj marca la medianoche en Nochevieja, Times Square se detiene por un instante. Miles de personas de todo el mundo, unidas en un solo momento, observan aquella bola descender. Es un ritual de fe en el futuro, pero también un recordatorio de que, en esta ciudad, incluso la quietud es una forma de caos. La esperanza se enciende y la ciudad entera, en un fugaz respiro, parece decir: aquí, en medio de la locura y la diversidad, siempre hay espacio para un nuevo comienzo.

Reflexiones finales

Cada ciudad, con sus ritmos y contradicciones, es un espejo distinto del alma humana. Platón y Aristóteles imaginaron la ciudad ideal como un espacio donde la virtud pudiera florecer; yo, en cambio, la descubro en fragmentos dispersos: en un cruce caótico de Guayaquil donde el instinto dicta las reglas, en una sobremesa interminable de Madrid donde el tiempo se detiene para que las voces se encuentren, en un instante suspendido de Nueva York donde miles de desconocidos comparten la misma cuenta atrás.

Es posible que la ciudad ideal no exista más allá de nuestros pensamientos, y se manifieste más bien como una suma de momentos que recogemos en nuestro caminar: una esquina iluminada donde sentimos tensión, una voz que nos guía en un sitio desconocido, un silencio en medio del ruido. Y es en esa colección muy personal de recuerdos donde cada uno edifica su propia polis. Porque, al final, la “ciudad ideal” es el relato que construimos con las calles que hemos amado, las que hemos temido y las que aún nos esperan.

El hombre en busca de sentido

Decir que el ser humano busca sentido en la vida no es ninguna novedad, pero a lo mejor sí lo es comprender hasta qué punto esa búsqueda nos define. La palabra “sentido” encierra muchas acepciones: puede referirse a algo físico (los sentidos que nos conectan con el mundo), a lo emocional (“mi más sentido pésame”), pero hay una acepción que pesa más que todas las demás: la de propósito, la de tener una razón para levantarse por la mañana y seguir adelante. Es ahí donde la filosofía, la psicología y la experiencia se cruzan.

¿Qué es el sentido y por qué lo necesitamos?

Desde una mirada más cercana, podríamos decir que el sentido es aquello que le da forma a nuestras vidas. Es lo que nos permite conectar los momentos que vivimos, entender nuestras decisiones y reconocer un hilo conductor entre lo que hacemos y lo que sentimos. A través de nuestras experiencias, recuerdos y relatos, vamos construyendo una visión del mundo que nos da cierta estabilidad y dirección. Pero cuando esa conexión se pierde –como suele ocurrir ante una pérdida, un trauma o una crisis existencial–, emerge con fuerza una pregunta que puede sacudirnos por dentro: ¿para qué todo esto?

Esa es, precisamente, la pregunta central en la obra de Viktor Frankl: El hombre en busca de sentido. Frankl fue un psiquiatra de origen austríaco y superviviente de los campos de concentración nazis. Su libro es un testimonio del horror que experimentó en carne propia, además de una meditación sobre la capacidad humana para encontrar un propósito incluso en medio del sufrimiento más extremo. Uno de los fragmentos más conmovedores del libro se produce cuando Frankl, en una especie de despedida premonitoria, le pide a su amigo que le diga a su esposa cuánto la ha amado:

Escucha, Otto, si no regreso a casa con mi mujer y tú la vuelves a ver, dile, en primer lugar, que hablábamos de ella todos los días, a todas horas. Recuérdalo. En segundo lugar, dile que la he amado más que a nadie en el mundo. Y en tercer lugar, que el breve tiempo de felicidad de nuestro matrimonio me ha compensado de todo, incluso el sufrimiento que aquí hemos tenido que soportar (Frankl 2020/1946, p. 86).

En un entorno donde la vida humana valía menos que una ración de pan, Frankl observó algo revelador: aquellos que conservaban un propósito –por mínimo o abstracto que fuera– sobrevivían con más entereza. No porque el sufrimiento desapareciera, sino porque tenía un “para qué”. Esta idea dio lugar a su propuesta terapéutica, la logoterapia, basada precisamente en eso: en ayudar a las personas a encontrar su sentido vital.

El arte de sobrevivir al caos: Nietzsche y la tragedia griega

Muchos años antes que Frankl escribiera su libro, otro pensador había abordado la cuestión del sufrimiento desde otro ángulo. El filósofo alemán Friedrich Nietzsche, en El nacimiento de la tragedia, expone que los griegos reconocían la existencia del sufrimiento como una faceta de la vida. Es destacable el sufrimiento de Prometeo frente a los buitres, la angustia de Edipo o la turbación de Orestes, quien cometió un parricidio. A pesar de este sufrimiento, los griegos no se sumían en el pesimismo; más bien, transformaban la realidad a través del arte, convirtiéndola en un fenómeno estético. Nietzsche describe esta transformación a través de dos fuerzas: la apolínea y la dionisíaca.

La fuerza apolínea, vinculada al dios Apolo, representa el orden, la forma, la racionalidad y la moderación. Apolo es el dios del sol, la luz, los sueños y la claridad, y está asociado con la creación de formas armónicas y la belleza serena. En el arte, lo apolíneo se refleja en el principio de individuación que delimita al individuo quien se encierra sobre sí mismo, y se expresa mediante la escultura o la arquitectura.

Por otro lado, la fuerza dionisíaca está vinculada a Dioniso, dios del vino, la embriaguez y el éxtasis. Simboliza lo irracional, el caos, la transitoriedad y el cambio continuo. Lo dionisíaco impulsa al ser humano a trascender las barreras de la individualidad, entregándose a la pasión descontrolada y al éxtasis creativo, lo cual se manifiesta en la música, la danza y el ritual. 

Para ejemplificar mejor lo apolíneo y lo dionisíaco con una analogía marítima, podemos imaginar lo dionisíaco como el océano en plena tormenta: salvaje, indómito, con olas descontroladas que reflejan la intensidad y el caos de la naturaleza en su estado más puro. En contraste, lo apolíneo sería el mar en calma tras la tormenta, cuando las aguas han recuperado su serenidad y fluidez, mostrando un equilibrio tranquilo y ordenado, donde todo está en su lugar.

La tragedia griega, según Nietzsche, es el ejemplo perfecto donde se equilibran estas fuerzas. La tragedia no es simplemente una obra teatral con un final triste, es más bien una representación de la vida humana, en la que el dolor y el caos (dionisíaco) son encauzados y dotados de forma y significado mediante el lenguaje (apolíneo). Esta combinación permitía a la comunidad griega canalizar su dolor y sus pasiones, sin perder el control. En la tragedia, el sufrimiento no se eliminaba, se le daba forma, sentido.

Si bien el resultado de nuestro análisis nos ha llevado a afirmar que, en la tragedia, lo apolíneo, gracias a la ilusión, obtiene una victoria completa sobre el elemento originario y musical de lo dionisíaco, y hace uso de este último para sus propios fines con objeto de dotar de la mayor claridad al drama, no por ello habría que dejar de añadir una restricción muy importante: la ilusión apolínea ha quedado quebrada y destruida en el punto más importante. Con la ayuda de la música, el drama se despliega ante nosotros con una nitidez tan elocuente, con tal iluminación interior de todos sus movimientos y figuras, que nos causa la impresión de ver surgir el tejido en el telar mientras sube y baja; el drama produce por tanto, entendido como totalidad, un efecto que va más lejos que todos los posibles efectos del arte apolíneo […] Dioniso habla el lenguaje de Apolo, pero Apolo finalmente, habla la lengua de Dioniso: es así como se alcanza el fin supremo de la tragedia y del arte en general (Cano 2014 p. 139 / Nietzsche 1872 Capítulo 21).

¿El trabajo como sentido?

Os propongo la siguiente reflexión ¿Se han imaginado alguna vez a las jirafas enfundadas en trajes de oficina, tecleando diligentemente en sus ordenadores y ajustando la altura de sus monitores previo a enviar, cautelosamente, correos electrónicos a su “jirafa jefe”? ¿O a niños que, al describir sus futuras profesiones, mencionan con entusiasmo que desean convertirse en consultores financieros o en empresarios exitosos? Indudablemente, la respuesta a estas preguntas es un “no” rotundo.

Hoy en día, muchas personas viven con la sensación de estar atrapadas en trabajos sin alma, rutinas agotadoras y objetivos que no eligieron. Nos pasamos la vida corriendo, produciendo, cumpliendo expectativas. Pero al final del día, como señala el antropólogo estadounidense David Graeber, nadie quiere ser recordado por su puesto en la empresa:

Si uno visita un cementerio, buscará en vano una lápida en la que se describa al difunto como “instalador de radiadores” o “vicepresidente ejecutivo”. Tras la muerte, la esencia del paso de un alma por el mundo se recuerda por el amor que sintieron por sus maridos, esposas e hijos y el que recibieron de ellos […] (Graeber 2023, p. 317). 

Quizás, las rutinas laborales que adoptamos son meros reemplazos del proceso de búsqueda de significado, o simplemente un intento de hacer más llevadera la carga de la existencia. Al fin y al cabo, otro tipo de sentido. Nos aferramos a ocupaciones que nunca soñamos tener, etiquetándonos en un mundo que creamos de manera colectiva para amortiguar la crudeza de la vida, o quizás, de la muerte.

Reflexiones finales

Aunque separados por contextos históricos y trayectorias muy diferentes, Frankl y Nietzsche parecen haber llegado a una conclusión similar: el ser humano puede soportar casi cualquier cosa, si encuentra un sentido para hacerlo. Frankl lo vivió en carne propia. Nietzsche lo dedujo observando el arte, la cultura y la historia. Ambos, sin embargo, coinciden en que el sufrimiento no es el final del camino, sino una etapa inevitable del proceso de creación de significado.

En las vidas de cada uno de nosotros hay momentos dionisíacos de descontrol, de dolor, de pasiones desbordadas… y momentos apolíneos en los que necesitamos claridad, estructura y calma. En el horror más absoluto podemos encontrar sentido si no dejamos de amar y de luchar. Además, vivir con sentido también es crear belleza a partir del sufrimiento, como hacían los griegos al construir templos después de una guerra o al escribir tragedias después de una peste.

En ocasiones la vida puede llegar a ser muy difícil, aunque será más llevadera si encontramos la manera de narrarla, de simbolizarla, de hacerla nuestra. Hay muchas formas de hacer que nuestra vida tenga sentido, pero si aún no lo hemos encontrado, al menos no dejemos de buscarlo.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Cano, G. (2014), El nacimiento de la tragedia, Gredos (Trabajo original de Nietzsche, F. en 1872).

Frankl, V. (2020), El hombre en busca de sentido, Editorial Herder (Trabajo original publicado en 1946).

Graeber, D. (2023), Trabajos de Mierda. Una Teoría, Editorial Ariel.

Las jerarquías de la razón

El filósofo y matemático Alfred North Whitehead llegó a decir en una ocasión que “La filosofía occidental no es más que una serie de notas a pie de página a Platón”. Con su manera única de presentar los temas filosóficos a través del diálogo nos dejó un legado que continúa vivo hasta nuestros días. 

En esta ocasión, queremos poner bajo la lupa crítica una de las tesis más representativas de ese legado: aquella que sostiene que los seres humanos tenemos acceso a distintas formas de conocimiento, y cómo esta idea finalmente se terminó reflejando en la organización “ideal” de la sociedad. Tesis cuya influencia, como veremos, ha perdurado en la configuración de las sociedades modernas.

Las formas de conocimiento en Platón

Platón sostiene que no todos los modos de conocer tienen el mismo valor. Para él, conocer a través de los sentidos –ver, oír, tocar– nos proporciona una imagen aparente, cambiante e incierta de la realidad. En cambio, el conocimiento verdadero proviene del intelecto, que permite acceder a las Formas o Ideas: realidades eternas e inmutables que constituyen la esencia de todas las cosas. Esta diferencia establece una distinción fundamental entre dos tipos de conocimiento: la doxa, basada en la percepción sensible, y la episteme, fundada en la razón.

Un ejemplo cotidiano puede ilustrar esta idea: ver a muchos perros no basta para comprender qué es un perro en esencia, ya que cada uno difiere en aspecto o comportamiento. Es mediante la reflexión racional que podemos captar aquello que todos tienen en común y que los hace pertenecer a una misma categoría. Así, Platón afirma que, aunque los sentidos nos ofrecen una primera aproximación al mundo, sólo la razón nos permite conocerlo en profundidad. Por ello, establece una jerarquía entre ambos tipos de conocimiento, situando a la razón por encima de la percepción.

Esta concepción se desarrolla de manera especialmente clara en La República, a través de la alegoría de la caverna (Eggers Lan 2011, pp. 222–225 / Stephanus 514a–517c), que Platón utiliza como recurso pedagógico. En esta narración, los prisioneros encadenados dentro de una caverna solo pueden ver sombras proyectadas en la pared, y toman esas sombras por la realidad. Las sombras simbolizan la ilusión de la percepción sensible, que nos desvía del “conocimiento auténtico”.

Más allá de la caverna existe un mundo exterior iluminado por el sol, que representa el conocimiento racional y, en última instancia, la Idea del Bien. Solo quien logra liberarse de las cadenas y ascender hacia la luz accede al conocimiento verdadero. Este proceso simboliza la educación filosófica propuesta por Platón: el tránsito desde el mundo de las apariencias hacia la comprensión de las Formas, entre ellas la Justicia, la Belleza y el Bien.

Esta misma lógica se refleja en la organización de la ciudad ideal que Platón propone en La República (Eggers Lan 2011, p. 114 / Stephanus 414). Según él, cada persona tiene una disposición natural que la hace apta para una función específica dentro de la polis. Los gobernantes o filósofos-reyes, guiados por la razón, están capacitados para conocer las Formas y, por lo tanto, para gobernar con justicia. Los guardianes o guerreros, dominados por la voluntad y el coraje, tienen la tarea de proteger la ciudad. Por último, los productores o trabajadores, guiados por el deseo, se ocupan de las funciones materiales como la agricultura, la artesanía o el comercio. De este modo, Platón establece una relación entre las formas de conocimiento y el estatus social, ya que solo quienes acceden al “saber más alto” –la razón– están en condiciones de guiar a los demás.

La caverna de Platón. Óleo sobre tabla 131 x 174 cm. Musée de la Chartreuse de Douai. Douai, Francia.

El eco de Platón en la actualidad

El mundo actual sigue siendo platónico porque aún aceptamos que existen distintas formas de conocimiento: desde lo práctico y material hasta lo abstracto y estratégico. Habitualmente, el conocimiento abstracto es más valorado, particularmente en el ámbito económico y político. Pongamos un ejemplo: imaginemos al mejor zapatero del mundo, aquel que fabrica los zapatos más cómodos y accesibles. Debido a la creciente demanda de su producto, finalmente le resulta imposible confeccionar cada par por sí mismo, lo que le lleva inevitablemente a delegar la producción en otros. Con el tiempo, pasa de ser un “simple” artesano a convertirse en un líder dentro de la industria del calzado, dirigiendo y supervisando la expansión de su empresa. En la sociedad actual, muchos empresarios inician en el mundo práctico, creando productos útiles para el consumidor (clase productora), y luego ascienden a roles donde se enfocan en la gestión y el crecimiento económico (clase gobernante).

Esto también ocurre en las estructuras internas de las empresas donde la alta dirección actúa como los “filósofos-reyes”, definiendo ambiciosos objetivos numéricos: ganancias, cuotas de mercado o ventas anuales que guían el porvenir de la empresa. Estas cifras son fijadas desde la distancia estratégica del liderazgo, mientras que los equipos de ventas, equivalentes a la clase productora, son quienes deben materializar esos objetivos en resultados concretos. Son ellos quienes lidian directamente con clientes exigentes, negociaciones complicadas y situaciones imprevistas del día a día, “produciendo” finalmente los beneficios tangibles que sostienen toda la estructura empresarial.

Adicionalmente, es preciso señalar que la teoría del conocimiento de Platón puede calificarse como “intelectualista”, dado que establece jerarquías en el acceso al conocimiento, colocando al intelecto (la razón) en la cima. Esta perspectiva filosófica pudo haber servido como justificación ideológica de las jerarquías sociales existentes en la Antigua Grecia, donde el conocimiento racional estaba reservado principalmente para ciertas élites sociales. Este énfasis en la superioridad intelectual continúa vigente hoy en día en los sistemas educativos, donde el éxito académico y las capacidades intelectuales son altamente valorados. Los estudiantes que demuestran un mayor dominio del temario y un esfuerzo intelectual “superior” suelen recibir más beneficios, como mejores calificaciones y mayores oportunidades académicas e incluso profesionales. La obtención de las mejores notas es promovida activamente, y esta promoción intensa de la competencia cognitiva medible exclusivamente por la adquisición de unos contenidos nos puede conducir a una visión estrecha del éxito.

En esta línea, diversos estudios reflejan la correlación positiva entre formación académica y salarios (Encuesta de Estructura Salarial cuatrienal 2014 del INE). En 2014, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), el salario bruto medio para alguien con educación secundaria obligatoria (ESO) era de 17.772 euros. Los graduados en Formación Profesional (FP) superior ganaban 6.700 euros más, los diplomados universitarios 10.000 euros más, y los licenciados universitarios 17.500 euros más. A los 55 años, edad en la que un trabajador medio alcanza su mayor nivel de ingresos, las diferencias salariales se amplían: los licenciados ganan 2,3 veces más que los de ESO, los diplomados 1,8 veces más, y los graduados en FP superior 1,5 veces más.

Algunos autores como Eric Hanushek y Paul Peterson van todavía más lejos en esta línea, al concluir que las calificaciones reflejan el grado de avance económico de un país (Hanushek y Peterson 2014). Para ello, analizan pruebas internacionales administradas desde los años sesenta en cincuenta países y tienen en cuenta el PIB como un indicador económico relevante de los países, con ello observan que las diferencias en el crecimiento económico a largo plazo se explican principalmente por las capacidades cognitivas medidas en estas pruebas. Según los autores, el rápido crecimiento económico de países como Corea, Taiwán, Singapur y Hong Kong puede explicarse por los excelentes resultados de sus estudiantes en dichos exámenes.

Reflexiones finales

Se puede decir que Platón acertó al vincular el conocimiento y la función político-social: cada tipo de conocimiento impulsa en muchos sentidos la actividad que un individuo puede ejercer en la sociedad. Algunos ejemplos serían el hábil zapatero que demuestra virtuosismo al recomponer y fabricar zapatos cómodos para sus clientes, o el caso de un médico competente quien utiliza su conocimiento especializado para curar a pacientes con diversas sintomatologías. 

Sin embargo, cuando el conocimiento se jerarquiza en favor de una élite social –aquellos filósofos-reyes guiados por la razón– surgen también connotaciones negativas. Por ejemplo, en la famosa expresión “el conocimiento es poder” resuena una idea marxiana de privilegio y dominación ilegítimos que ha sido puesta de relieve por Jaime Barylko (1998). Cuando ciertas personas en determinadas funciones acceden a información privilegiada, adquieren de inmediato la capacidad de influir sobre aquellos que no poseen dicha información:

Todo lo dicta la sociedad. La sociedad produce el conocimiento que más le conviene, es decir, que más le conviene a la clase que gobierna y que domina esa sociedad. Para Marx todo conocimiento tiene una finalidad que no es la verdad, sino el cuidado de los intereses de la sociedad. Los intereses de quienes dominan en la sociedad (Barylko 1998, p. 189).

Finalmente, esta tendencia intelectualista contrasta notablemente con la perspectiva sofista del conocimiento relativo, que sostiene que ningún conocimiento es intrínsecamente “superior”. En la Atenas clásica, los sofistas fueron figuras influyentes que enseñaban retórica y argumentación. A diferencia de filósofos como Platón o Sócrates, los sofistas no buscaban verdades universales, sino que defendían la idea de que la verdad es relativa y depende de quien la argumenta con mayor eficacia. Esta postura los convirtió en los principales antagonistas intelectuales de la filosofía platónica.

En términos actuales, de acuerdo con el planteamiento sofista no se debería pagar más a una persona exclusivamente sobre la base de un conocimiento académico “superior”, porque esto daría por supuesto que tal persona goza de un acceso a una suerte de “verdad absoluta” o de conocimiento privilegiado. Mientras que Platón estableció su Academia seleccionando rigurosamente a sus alumnos, los sofistas ofrecían sus enseñanzas a cualquier individuo dispuesto a pagar por ellas, sin imponer restricciones intelectuales de acceso.

Por último, cabe señalar que el ideal platónico de una verdad única, estable y alcanzable por unos pocos –los más racionales, los más sabios– puede llevar a una postura elitista y excluyente, donde quienes no acceden a esa especie de conocimiento “superior” quedan automáticamente descalificados. Esta jerarquización del saber corre el riesgo de confundirse con una jerarquización de las personas, y eso ya no es filosofía, sino dominación encubierta.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Barylko, J. (1998), La Filosofía. Una invitación a pensar, Grupo Editorial Planeta.

Eggers Lan, C. (2011), Platón. Diálogos, Gredos (Trabajo original de Stephanus, H. en 1578).

Hanushek, E. A.; y Peterson, P. E. (2014), Higher grades, higher GDP. Research and opinion on public policy 2014. The Hoover Institution. Stanford University.

El espejismo del crecimiento económico

La trampa del consumismo navideño

Con la llegada de la Navidad, las ciudades se llenan de luces, los escaparates compiten por atraer miradas, y un ambiente de consumo domina las calles, poniendo a prueba los presupuestos familiares. Este frenesí no es casualidad, sino el reflejo de un sistema económico que ha hecho del crecimiento su principio rector.

La Navidad, celebración religiosa que conmemora el nacimiento de Jesucristo, ha evolucionado hasta convertirse en una de las temporadas comerciales más lucrativas a nivel mundial. En esta época, las familias tienden a gastar más, impulsadas por el espíritu festivo, las tradiciones y la presión social de cumplir con las expectativas de regalos y celebraciones. Los datos son reveladores:

  • En Estados Unidos, el gasto navideño ha mostrado una tendencia creciente en los últimos años. Según una encuesta de The Conference Board (ver informe de 2024), los consumidores estadounidenses planean gastar un promedio de 1.063 dólares en compras relacionadas con las fiestas, lo que representa un incremento del 7,9% respecto a los 985 dólares de 2023.
  • En España, la Organización de Consumidores y Usuarios (ver informe de la OCU) estimó en noviembre de 2023 que los españoles destinarán una media de 745 euros durante la Navidad, distribuidos principalmente en 396 euros para regalos y 190 euros para celebraciones y comidas, consolidando una tendencia al alza en el consumo navideño.

El creciente gasto navideño evidencia cómo el sistema económico transforma nuestras tradiciones culturales en oportunidades para impulsar el consumo de bienes y servicios. Esto nos invita a una reflexión clave: ¿es sostenible un modelo económico que constantemente nos exige gastar y producir más?

El crecimiento económico: historia y contradicciones

Retrocedamos al siglo XVIII, cuando surgieron las primeras tesis sobre el crecimiento de la mano de Adam Smith, considerado el padre de la economía moderna. En su obra, La riqueza de las naciones, argumentó de manera convincente que la división del trabajo, el comercio libre y la inversión en capital son los pilares fundamentales para aumentar la productividad y, por ende, propiciar el crecimiento económico. Un mercado libre y competitivo permitiría a las naciones incrementar su riqueza al fomentar una mayor producción de bienes y servicios (Smith 2011/1776).

David Ricardo, otro destacado economista clásico, adoptó un enfoque más cauteloso y se centró en los factores productivos como la tierra y el trabajo, introduciendo la teoría de los rendimientos decrecientes. Esta teoría postula que, al aumentar la cantidad de un recurso utilizado en la producción, la cantidad adicional obtenida disminuye progresivamente (Ricardo 2015/1817). Es decir, llega un momento en que poner más esfuerzo produciendo algo no compensa porque el beneficio extra que se obtiene cada vez es menor, y esto es así porque los recursos naturales son limitados y escasos, por lo que no pueden explotarse indefinidamente y, al mismo tiempo esperar mantener niveles de producción crecientes o constantes.

Para bien o para mal, Ricardo no pudo anticipar las transformaciones que desencadenaría la Revolución Industrial, período que marcó un avance extraordinario en la producción, impulsado por la mecanización, la expansión del comercio y una gestión más eficiente de los recursos naturales, todo ello favorecido también por innovaciones tecnológicas. Este periodo despertó en el imaginario colectivo la idea de un crecimiento económico que no conoce límites.

No obstante, las mismas dinámicas de crecimiento que marcaron ese periodo han dado lugar a nuevos desafíos que cuestionan su sostenibilidad, la explotación masiva de recursos nos está llevando a una crisis climática sin precedentes. Esto se ve reflejado en el Earth Overshoot Day, una fecha simbólica que indica el día en que hemos consumido más recursos de los que el planeta puede regenerar en un año. Los datos son preocupantes ya que por ejemplo en este año dicha fecha cayó el 1 de agosto. Es decir, hemos consumido la biocapacidad de la Tierra de un año en 212 días, esto implica que necesitaríamos 1,72 (365/212) Tierras para mantener nuestro estilo de vida durante 2024. A continuación, valoremos tres factores clave que pueden ayudarnos a entender mejor esta tendencia alarmante de crecimiento desmedido.

  1. El sesgo del crecimiento exponencial

Uno de los mayores obstáculos para entender los límites del crecimiento económico es que tendemos a pensar de manera lineal, mientras que muchos eventos siguen patrones exponenciales. Un ejemplo claro lo vimos durante la pandemia de COVID-19. Al principio, los contagios parecían manejables, pero en poco tiempo los casos se dispararon porque cada persona infectada podía contagiar a varias más, y así sucesivamente. Lo que parecía un problema pequeño creció tan rápido que desbordó nuestros sistemas sanitarios y nos forzó a tomar medidas drásticas.

Con el crecimiento económico ocurre algo similar. Al principio, la explotación de recursos como el agua, la energía o los minerales parece sostenible. Pero a medida que la demanda aumenta, su agotamiento se acelera, y los costos ecológicos y sociales se disparan. Esto genera una presión cada vez mayor sobre los recursos disponibles, exigiendo ajustes en cómo se gestionan para hacer frente a estas demandas aceleradas.

  1. El círculo vicioso del crédito

Otro aspecto que impulsa el crecimiento económico está relacionado con cómo funciona nuestra economía. Muchas personas recurren a créditos y préstamos para financiar sus gastos, como aquellos de las fiestas navideñas. Esta inclinación a gastar más se conecta con lo que Yuval Noah Harari describe en Sapiens como la base del crecimiento económico moderno: un sistema sostenido por la imaginación colectiva y la confianza en un futuro mejor que se sostiene a través del crédito. El crédito nos permite construir el presente a expensas del futuro.

Dicha confianza creó crédito, el crédito produjo crecimiento económico real; y el crecimiento reforzó la confianza en el futuro y abrió el camino para más crédito todavía (Harari 2016, p. 342).

  1. El mito del progreso tecnológico

Finalmente, otro elemento que perpetúa la idea de un crecimiento económico ilimitado es la fe inquebrantable en la tecnología para superar cualquier barrera. Esta creencia se ha consolidado a lo largo de los últimos doscientos años, alimentada por los avances que nos ha dejado la Revolución Industrial, que parece confirmar la noción de que siempre habrá soluciones técnicas para los desafíos económicos y ecológicos. Tal como lo advierten Meadows et al. (2004/1972):

La idea de que pueda haber límites al crecimiento es para mucha gente imposible de imaginar. Los límites son innombrables desde el punto de vista político e impensables desde el punto de vista económico. La cultura tiende a negar la posibilidad de que existan límites, confiando profundamente en el poder de la tecnología, en el funcionamiento del libre mercado y en el crecimiento de la economía como solución a todos los problemas, incluso a los creados por el crecimiento (Meadows et al. 2004, p. 203).

Rain, Steam, and Speed – The Great Western Railway. Óleo sobre lienzo 91 x 121.8 cm. Galería Nacional de Londres. Londres, Reino Unido.

¿Una Navidad diferente?

En este contexto, es necesario replantear nuestra relación con el consumo, y algunas iniciativas ya están marcando el camino como por ejemplo el proyecto buy nothing que fomenta el intercambio de bienes en lugar de comprarlos, promoviendo una economía de regalo que fortalece las conexiones comunitarias y con ello ayuda a reducir el consumo excesivo.

A nivel personal, podemos reflexionar sobre nuestras prioridades. ¿Es necesario comprar el último gadget tecnológico o acumular regalos materiales para demostrar afecto? Optar por regalos hechos a mano, experiencias compartidas o donaciones a causas sociales son alternativas que pueden reducir nuestra huella ecológica.

El consumismo navideño es un síntoma de nuestro sistema económico, pero también es una oportunidad para cuestionarlo. Mientras seguimos celebrando la imaginación colectiva y su capacidad para generar confianza en el futuro y reforzar las bases del capitalismo, debemos recordar que esta misma imaginación puede ayudarnos a visualizar un futuro diferente. Un futuro basado en límites sostenibles, el cual requiere un cambio importante en nuestras expectativas, prioridades y comportamientos. Un cambio que podría comenzar con pequeñas decisiones, como reconsiderar nuestras compras navideñas para este año.

En última instancia, la verdadera magia de la Navidad no surge de las cosas que vayamos a comprar, sino de los valores que decidamos compartir. Esto nos invita a reflexionar sobre quiénes queremos ser en un mundo que, con demasiada frecuencia, nos define por lo que acumulamos más que por lo que somos. Quizá estas fiestas nos brinden la ocasión para formularnos una pregunta esencial: si el sistema económico actual se halla en conflicto con los límites del planeta y con nuestros valores más profundos, ¿qué sistema —y qué humanidad— queremos dejar a las generaciones venideras?

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Harari, Y. N. (2016), Sapiens de animales a dioses, Breve historia de la humanidad, Editorial Debate.

Meadows, D. H., Randers, J., & Meadows, D. L. (2004/1972), The Limits to Growth: The 30-Year Update, Chelsea Green Publishing.

Ricardo, D. (2015/1817), Principios de economía política y tributación, Editorial Fondo de Cultura Económica.

Smith, A. (2011/1776), La riqueza de las naciones, Alianza Editorial.

Enlace a la página web de Earth Overshoot Day: https://overshoot.footprintnetwork.org/

Enlace a la página web del proyecto buy nothing: https://www.buynothingproject.org/