
En vacaciones, mi mente parece aflojar un poco el ritmo de trabajo y se pone a merodear en territorios curiosos. Quizá sea el mar, la arena o una cerveza fría entre las manos, pero de pronto aparecen pensamientos que durante el resto del año no encuentran demasiado espacio. No sé muy bien si este ejercicio sirve para algo —y tampoco estoy seguro de que tenga que servir—, pero frente al mar empiezan a burbujear ideas que me apetece dejar que reposen por aquí.
No hay una técnica ni un método detrás de todo esto. Son, más bien, las divagaciones de un cuerpo acostumbrado al constante alboroto de Nueva York que, cuando consigue escapar unos días, empieza a mirar el mundo con algo más de tiempo. He intentado poner estos pensamientos en cierto orden, algunos parecen continuar donde otros se detienen; otros regresan a una cuestión que ya había aparecido previamente. Quizá no formen un sistema, ni falta que hace. Me basta con que puedan hacerse compañía. A veces una idea se entiende mejor cuando tiene otra cerca. De ahí nace esta primera colección de Pensamientos de verano. Muchos artistas tienen su canción de verano. A mí me ha dado por los pensamientos, qué se le va a hacer, cada uno veranea como puede.
El amor y las mariposas
Una madre muere. Tiempo después, una mariposa se posa delante de su hija y permanece allí más de lo habitual. La hija piensa inmediatamente en su madre. Quienes están junto a ella también lo piensan. Durante unos segundos todos aceptan algo imposible de demostrar: la madre ha venido a verla. Podemos conocer perfectamente la explicación biológica del vuelo de una mariposa y aun así sentir que allí está ocurriendo otra cosa. En ese instante nadie necesita escoger entre superstición y razón. La razón continúa intacta, pero el amor toma aquella pequeña criatura y la convierte en una presencia.
Por eso a veces pienso que el amor es una especie de pegamento metafísico. El amor posee la extraña capacidad de seguir buscando un cuerpo después de haber perdido el suyo. Se encarna en una canción, en una habitación, en una forma de poner la mesa, en una frase que otro repite sin saber de dónde venía. Y cuando la hija mira a la mariposa, nosotros queremos creer con ella. Durante unos segundos practicamos una religión diminuta y privada cuyo único dogma es éste: alguien que amó tanto no puede haber desaparecido del todo.
Debajo de las palabras
El lenguaje es una de nuestras grandes conquistas y también uno de nuestros grandes pesos. Mucho antes de saber decir miedo, nuestros antepasados temían; antes de decir amor, buscaban a los suyos; antes de disponer de una palabra para el duelo, conocían el vacío que deja un cuerpo que ya no se levanta. Podían trepar a un árbol y observar durante horas el mundo sin traducirlo de inmediato en frases. Había una conexión directa con la tierra, con el peligro, con el hambre, con la luz, que nosotros sólo podemos reconstruir con dificultad porque entre el mundo y nosotros se ha instalado un comentarista incansable.
Hoy vivimos hablando incluso cuando estamos solos. Recordamos conversaciones, preparamos otras que todavía no han ocurrido, discutimos mentalmente con personas ausentes. El lenguaje organiza y satura la vida al mismo tiempo. Por eso me impresionó comprobar que, en momentos de ansiedad, ciertos movimientos del cuerpo y actos como la respiración profunda conseguían deshacer nudos que la mente llevaba horas enredando. Esto es una prueba de que el cuerpo conserva caminos que el lenguaje aún no ha construido y, por tanto, tampoco controla del todo. La música, la pintura, el silencio o una respiración profunda pueden abrir por unos instantes una puerta hacia ese territorio anterior. Debajo de cada explicación permanece un animal antiguo. Podemos cubrirlo de palabras durante todo el día; por la noche seguirá respirando.
Sobre el “Atractivo” de una persona
Con el tiempo he reducido lo que me atrae profundamente de una persona a tres fuerzas: física, moral e intelectual. FMI. La primera no es solo belleza; es la forma de habitar el cuerpo, de cuidarlo mientras se pueda y de presentarse ante el mundo con cierta energía. Somos un cuerpo antes de cualquier discurso y dependemos de él incluso para realizar aquello que atribuimos al espíritu. La segunda es la fuerza moral: la capacidad de salir de uno mismo, de no convertir cada relación con el otro en una negociación y de comportarse decentemente cuando no hay premio, testigos ni aplausos. La tercera es la inteligencia, aunque aquí conviene hacer una distinción: una mente brillante sin fuerza moral puede convertirse en una máquina sofisticada al servicio del ego. He conocido personas extraordinariamente inteligentes capaces de construir argumentos morales impecables pero luego no movían un dedo por nadie. Para mí, la inteligencia alcanza otra dimensión cuando empuja a la acción, cuando comprender al otro modifica también nuestra manera de tratarlo. Solo entonces las tres fuerzas dejan de existir por separado: el cuerpo sostiene nuestra existencia individual, la moral nos otorga dirección y la inteligencia nos empuja hacia la acción colectiva. A esa combinación la llamo Atractivo, con mayúscula.
El miedo justifica a los villanos
He conocido personas con poder que hicieron sufrir a muchos amigos y que, sin embargo, parecían conservar una imagen bastante amable de sí mismas. Miraban hacia atrás y encontraban las pruebas que necesitaban: nadie les había dicho nada, los trabajadores seguían saludándoles, algunos incluso sonreían cuando se cruzaban dentro de la oficina. Desde su punto de vista, aquello era una clara evidencia de su bondad. De lo que no se daban cuenta es de que estas personas sentían miedo a perder sus trabajos. Una persona subordinada aprende a sonreír. Aprende cuándo callarse, qué batalla no merece la pena. El miedo genera obediencia y después permite al “poderoso” interpretar esa misma obediencia como afecto. Por eso hay personas que pasan años rodeadas de asentimiento y llegan a creer que han sido buenas personas. Nunca conocieron realmente la opinión de quienes estaban a su alrededor; solo tuvieron acceso a lo que esos otros podían permitirse expresar.
No me voy a comprar el almacén entero
Procuro no entregarme por completo a las ideas de una persona. Ni siquiera cuando esa persona ha conseguido explicar algo que yo llevaba años intentando comprender. Leo a Spinoza, a Russell, a Platón, a quien sea; entro en sus edificios, observo cómo están construidos, recorro sus habitaciones y, si hace falta, duermo algunas noches dentro. Pero procuro conservar siempre una llave para salir. Me sorprende la facilidad con la que podemos abandonar un dogma para convertirnos inmediatamente en guardianes de otro. Nos reímos de quienes obedecen ciegamente una religión y, poco después, recitamos a nuestro filósofo, economista o científico favorito con la misma devoción con la que otros recitan una escritura sagrada. Y, sin embargo, el mundo me parece lleno de posibilidades, ideas y formas de vivir que, en una vida tan corta, jamás alcanzaremos siquiera a explorar. Quizá estemos condenados a morir ignorantes; prefiero eso a vivir convencido de que un solo hombre ya había pensado el mundo por mí.
El instante que lo cambió todo
A veces imagino qué habría ocurrido si una de las ideas fundamentales de nuestra civilización hubiese sido distinta. No hace falta imaginar una gran doctrina. Basta algo pequeño. Supongamos que durante siglos la enseñanza social más repetida hubiese sido: dedica diez minutos al día a observar tu respiración. Los padres se lo dirían a sus hijos, los maestros a sus alumnos; antes de tomar una decisión importante una persona guardaría diez minutos de su tiempo simplemente para respirar. ¿Seríamos menos violentos? No lo sé. ¿Habríamos construido las mismas ciudades, las mismas empresas, las mismas formas de competir? Tampoco lo sé. Lo que me interesa es hasta qué punto una instrucción minúscula, repetida durante generaciones, podría cambiar completamente la forma de actuar de una sociedad.
Una idea entra en la cabeza y parece no haber ocurrido nada. Entra después en cien, en mil, en un millón, y empieza a parecer sentido común. De ahí pasa a las costumbres; las costumbres levantan instituciones; las instituciones educan a quienes todavía no han podido elegirlas. Entonces cerramos el círculo y decimos: el hombre es así. Por eso me fascina imaginar el instante anterior a cualquier orden social, cuando una idea todavía era sólo una frase pronunciada por alguien. El primer hombre que afirmó descender de los dioses sería visto como un loco en cualquier sociedad actual; pero un segundo hombre lo escuchó, y un tercero lo escuchó y además se arrodilló ante su presencia, y así pasaron más hombres hasta que el loco convencido de su afirmación, finalmente se autoproclamó rey.
El infinito entre nosotros
Las matemáticas nos han acostumbrado a una idea muy curiosa: lo infinito puede habitar dentro de lo finito Las series aritméticas nos enseñan que una sucesión interminable puede aproximarse a una cantidad determinada; el cálculo infinitesimal describe el despegue de un avión real mediante magnitudes que se hacen indefinidamente pequeñas. También un tablero de ajedrez tiene apenas sesenta y cuatro casillas y, sin embargo, alberga una cantidad de partidas más grande que la cantidad de átomos que se estiman para el universo conocido. El artista hace algo parecido cuando encierra dentro de unos límites —un lienzo, una melodía, unas páginas— algo que sentimos mucho mayor que esos límites. La forma termina; lo que despierta en nosotros parece no terminar con ella.
Nuestro cuerpo pertenece a esa misma contradicción, ocupa unos pocos centímetros cúbicos del universo, envejece y finalmente desaparece; y, sin embargo, desde ese pequeño recinto de carne surge un deseo que no conoce bien la palabra suficiente. Queremos vivir más, conocer más, amar más, poseer más, más mundo. Alcanzamos algo y casi inmediatamente aparece detrás otra cosa. Tal vez por eso la noción de infinito nos resulta tan vertiginosa y tan familiar al mismo tiempo: antes de encontrarla en los números ya la llevábamos dentro. Somos un cuerpo habitado por un movimiento que no sabe dónde detenerse.
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