Filocafé: ¿Somos propiedad del algoritmo?

Foucault, psicopolítica y el negocio de predecirnos


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¿Y si el Gran Hermano de Orwell ya no necesitara pantallas para vigilarnos, porque somos nosotros mismos quienes le entregamos, voluntariamente, cada dato de nuestra vida?

Foucault describió un poder disciplinario que vigilaba, medía y normalizaba los cuerpos a través de instituciones como la escuela, la fábrica o la prisión: un poder que se ejercía desde fuera, sobre lo que hacíamos y dónde estábamos. Hoy, ese poder de la vigilancia se está mezclando con algo que Foucault no llegó a conocer: los algoritmos y el big data. Ya no hace falta un vigilante físico ni un muro con cámaras; basta con nuestros clics, nuestras búsquedas, nuestros likes.

Esa mezcla ha dado lugar a lo que Byung-Chul Han llama psicopolítica a una nueva forma de gobierno que ya no se conforma con vigilar el cuerpo, sino que penetra la psique. El poder ya no solo nos atraviesa con discursos o disciplina nuestros movimientos, también toma nuestra alma, nuestra forma de pensar, de sentir y de actuar. Nos gobierna desde dentro, con nuestro propio consentimiento entusiasta. ¿Sigue siendo vigilancia si nadie nos obliga a exponernos? ¿Puede llamarse libertad una conducta que los algoritmos predicen, moldean y explotan antes incluso de que la vivamos?

Orwell imaginó una dictadura que reprimía. Foucault, un poder que disciplinaba. Han describe un poder que seduce, que estimula el rendimiento, la transparencia y la exposición constante como si fueran conquistas de la libertad. ¿Hemos pasado de «no puedes» a «debes, y además vas a disfrutarlo»? ¿Dónde queda el espacio para pensar y decidir por nosotros mismos cuando el algoritmo ya sabe lo que vamos a elegir?

La cultura de la vigilancia, entrelazada con el análisis de los algoritmos, se ha convertido en la nueva forma de hacer política y en la nueva forma de disciplinarnos. Pensar esto despacio, sin certezas cerradas, es lo que proponemos en este filocafé.

Para dar respuesta a la cuestión, ¿el poder ha dejado de disciplinar el cuerpo para gobernar el alma? ¿Qué revela la vigilancia algorítmica sobre cómo queremos (o no) pensar, sentir y decidir? Nos acompañará Marcos Represas, filósofo, escritor, divulgador y colaborador de Arjephilo, como invitado.

En este espacio que Arjephilo dedica al pensamiento compartido, no hace falta ser experto en filosofía, basta el deseo de escuchar, preguntar y, quizá, volver a jugar con las ideas mientras nos dejamos llevar por el viento del logos.


Marcos Represas es arquitecto, magister scientiarum en filosofía homologado por la UCR y creador de contenido filosófico. Su trayectoria se desarrolla en la intersección entre filosofía, arte, arquitectura, educación y el análisis político.

Desde 2019 desarrolla contenido de divulgación filosófica en YouTube teniendo hoy el canal de filosofía más grande desde Costa Rica. Ha impartido cursos y clases universitarias relacionados con filosofía, educación, historia del arte, arquitectura, marketing digital, así como cursos en colegios.

Es autor del libro, La Guerra Perpetua. Una mirada de Michel Foucault sobre el poder y el saber, publicado en 2024. Está trabajando actualmente en el libro, ¿Cómo ser el superhombre de Nietzsche? También ha participado como escritor, editor y colaborador en diferentes proyectos literarios y culturales.

Su experiencia artística incluye exposiciones individuales y colectivas en museos y galerías tanto en Costa Rica como Venezuela, con propuestas de arte contemporáneo.

Su trabajo se caracteriza por convertir conceptos filosóficos complejos en experiencias accesibles, críticas y provocadoras, estableciendo conexiones entre el pensamiento, la política, el arte, la arquitectura, la literatura y los problemas del mundo contemporáneo.


Recursos recomendados:

Foucault: biopoder, biopolítica y necropolítica por Marcos Represas

La sociedad del cansancio: Byung-Chul Han y el fin de la sociedad disciplinaria de Michel Foucault por Marcos Represas

El desarrollo del pensamiento crítico según M. Foucault por Alfredo Rivera

La filosofía detrás de Aquí no hay quien viva: Camus

Unir la cultura popular con teorías filosóficas tal vez sea de las formas más cercanas de acercar miradas hacia la pregunta. Hacia filosofar. La filosofía no se encuentra únicamente en los textos clásicos o en los ensayos académicos, también puede manifestarse en productos culturales que, desde la ficción y el entretenimiento, representan nuestra relación con el mundo, con los demás y con nosotros mismos.

Desde esta perspectiva, Aquí no hay quien viva (serie 2003-2006) puede ser interpretada a través del pensamiento de Albert Camus a partir de su concepción del absurdo.

La serie presenta la vida cotidiana de un edificio de vecinos, cuyas relaciones, conflictos y frustraciones se convierten en una sucesión aparentemente interminable de situaciones cómicas. Sin embargo, detrás de esta estructura humorística encontramos una representación de una existencia marcada por la repetición, la frustración de las expectativas y la imposibilidad de alcanzar aquello que los personajes desean.

Imagen extraída de Formula Tv

 Camus define el absurdo a partir de la confrontación entre l necesidad humana de encontrar sentido y la indiferencia del mundo ante esa necesidad

«El absurdo nace de esta confrontación entre la necesidad humana y el silencio irrazonable del mundo.»
(Camus, 1942)

Consciente o inconscientemente, lo que los creadores hicieron fue crear el propio absurdo, aquella necesidad de conectar con los personajes y sentir silencio en el exterior. La estructura misma del edificio funciona como un pequeño universo cerrado en el que los habitantes intentan construir una vida con sentido aunque una y otra vez terminan enfrentándose  las mismas dificultades.

El edificio se converte en una representación reducida de la sociedad. Las tres señoras del primero con tres mirillas, el denominado <<Radio Patio>> montado como cadena ilegal por un empresario corrupto detrás de un videoclub y las disputas entre los vecinos, configuran una comunidad obsesionada con conocer, controlar y juzgar la vida de los demás. La aparente normalidad de la convivencia se transforma constantemente en una situación absurda.

Imagen realizada por Lucía Moreno Guzmán

Los personajes de Aquí no hay quien viva se entienden, como se he hecho mención, como sujetos atrapados en una cotidianidad que no responde a sus expectativas. Belén cambia de trabajo más que de novio, Alicia no encuentra su sitio como actriz, Juan Cuesta, presidente y viviendo al borde de un brote coronario… Cada personaje persigue un determinado ideal de vida, pero la realidad se encarga de frustarlo una y otra vez.

Te están mostrando al mundo y su absurdo. Pero también te muestran lo desgraciados que pueden llegar a ser todos los personajes, viviendo vidas que no desean, presos del sistema. Lo que para el personaje puede convertise en una desgracia, para el espectador es en una fuente de risa. La serie transforma el fracaso cotidiano en una experiencia estética y humorística.

Para comprender esta concepción el absurdo debemos indagar primero en la obra El Extranjero, una de las obras fundamentales de Camus. La novela comienza con un de las frases más conocidas de la literatura del siglo XX:

«Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé.»
 (Camus, 2012)

Esta descripción resulta abrumadora al lector. No es el afán de captar risas entre lectores. Es el de difundir una teoría: la teoría del absurdo. La aparente indiferencia Meursault ante la muerte de su madre no debe entenderse únicamente como una ausencia de sentimiento, debe entenderse como una ruptura con las expectativas que la sociedad determina, es decir, cómo debemos sentir y comportarnos. Meursault no está ofreciendo al mundo la respuesta emocional que se espera de él. Existe, aquí, una distancia entre el acontecimiento y el significado que la sociedad pretende imponerle.

Esta distancia es a que permite comprender el concepto de absurdo: el ser humano busca inevitablemente que la vida carezca de sentido.

«El hombre se encuentra ante lo irracional. Siente en sí mismo su deseo de felicidad y de razón.»
 (Camus, 2015)

El absurdo aparece, por tanto, en la tensión entre nuestro deseo de encontrar un orden racional y un mundo que no garantizan que ese orden exista. La existencia humana se caracteriza por la búsqueda de respuestas, mientras que el mundo permanece en silencio. No somos más o menos felices cuando reímos viendo un episodio de Aquí no hay quien viva, sino que se apaga por un instante el ruido del exterior. Y eso sí podría llegar a hacernos felices. Así como también entrar en un círculo vicioso y sin sentido, aún más absurdo que aquel del que comenzaste, terminando apagado completamente. Como el protagonista de El Extranjero en la que la vida no es que no tenga sentido, es que simplemente no tiene razón de ser.

Es en el concepto de círculo vicioso donde se guarda especial relación con El mito de Sísifo. Sísifo está condenado a empujar eternamente una piedra hasta la cima de una montaña para verla caer una y otra vez. La condena reside en la repetición de una tarea que aparentemente no conduce a ningún resultado definitivo, sin tener en cuenta el esfuerzo que requiere dicha tarea.

«La lucha misma hacia las cumbres basta para llenar el corazón de un hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz.»
 
(Camus, 2015)

Esta afimación es la prueba de que podríamos incluso llegar a ser nosotros Sísifo feliz, pero cómo, pues no escapando del absurdo sino asumiéndolo, es decir, no podemos modificar nuestro destino, pero sí podemos modificar nuestra relación con él. La conciencia del absurdo no conduce necesariamente a la desesperación; puede convertirse en una forma de libertad donde el individuo puede asumir su propia existencia y encontrar valor en la experiencia misma de vivir.

 Los vecinos de Aquí no hay quien viva pueden interpretarse como una suerte de Sísifos contemporáneos. Sus problemas se repiten, sus proyectos fracasan y sus conflictos reaparecen constantemente. Sin embargo, existe una diferencia lo que para Sísifo es una condena, las situaciones de los personajes de la serie induce a la risa. Y no solo por los diálogos. Son los contextos. Es una forma de abrazar al absurdo sin luchar contra el sinsentido.

Tal vez la risa sí tenga sentido. ¿Acaso sentir no es lo único que no carece de sentido?

La risa introduce una dimensión interesante. El espectador observa el absurdo desde una posición exterior y puede reírse de situaciones que, desde la perspectiva de los personajes, resultan dramáticas. La comedia permite contemplar el sinsetido sin quedar sometido a él. Reír ante la desgracia puede significar reconocer su existencia y, al mismo tiempo, negarse a concederle la última palabra sin ignorarla.

Podríamos afirmar que Aquí no hay quien viva  constituye una representaciónpopular y doméstica del mito de Sísifo. El edificio funciona como una montaña; los problemas, como la piedra; y la repetición cotidiana, como la condena. Pero con una gran diferencia: los vecinos convierten la repetición del absurdo y la desgracia en comedia.


 Tal vez la risa sí tenga sentido. O quizás, como sugeriría Camus, lo verdaderamente importante no es encontrar un sentido último, es seguir viviendo a pesar de su ausencia.


Camus, A. (2015). El mito de Sísifo (L. Echávarri, Trad.). Alianza Editorial. (Trabajo original publicado en 1942). 

Camus, A. (2012). El extranjero (J. Á. Valente, Trad.). Alianza Editorial. (Trabajo original publicado en 1942). 

Dios ha muerto: ¿qué quiso decir Nietzsche?

La frase “Dios ha muerto” de Friedrich Nietzsche es una de las más provocadoras de la filosofía, pero también una de las más malinterpretadas. Nietzsche no está hablando de teología, ateísmo o agnosticismo. Está haciendo una crítica a la cultura occidental y a la forma en que hemos construido nuestra idea de verdad, conocimiento y existencia.

La expresión aparece en La gaya ciencia, donde es pronunciada por un loco que busca a Dios en plena luz del día. Su afirmación es contundente: “nosotros somos los que le hemos dado muerte”. La muerte de Dios significa, entonces, el derrumbe del centro absoluto que durante siglos había ordenado la cultura occidental.

Podemos poner esta idea en diálogo con René Descartes. Si el “pienso, luego existo” coloca al ser humano en el centro del conocimiento, Nietzsche va más allá y pregunta qué ocurre cuando tampoco podemos sostener una verdad absoluta. Si Dios ha muerto, ¿qué ocupa ahora ese lugar?

La respuesta de Nietzsche está relacionada con el superhombre, la voluntad de poder y una nueva apropiación de la vida. Frente a la cultura heredada de la Ilustración, dominada por la razón y lo apolíneo, Nietzsche reivindica también lo dionisíaco: la vitalidad, la sensualidad, la emoción, el movimiento y el goce de la vida.

Nietzsche: Dios ha muerto

Por eso, “Dios ha muerto” también puede entenderse como la muerte de una determinada idea de verdad. Nietzsche afirma que no hay hechos, sino interpretaciones. La verdad absoluta pierde su lugar y aparecen múltiples perspectivas, discursos y formas de interpretar la realidad.

Esta idea tendrá una enorme influencia en la filosofía contemporánea y puede relacionarse posteriormente con Michel Foucault y su análisis de los regímenes de verdad: las verdades no existen aisladas de la historia, sino que están vinculadas con relaciones de poder y con una época determinada.

La muerte de Dios no significa simplemente que Dios no existe. Significa que ha desaparecido el fundamento absoluto que organizaba nuestra manera de comprender el mundo. Y ante ese vacío aparece una pregunta mucho más inquietante: si hemos matado a Dios, ¿qué haremos ahora con nuestra libertad?

Para Nietzsche, el desafío no consiste en lamentar esa pérdida, sino en crear nuevos valores y apropiarnos de nuestra propia existencia.

La muerte en la filosofía: Heidegger, Sartre, Wittgenstein y Derrida

La muerte es uno de los grandes temas de la filosofía. Puede entenderse como la culminación de la vida, aquello que finalmente le da sentido, pero también como un proceso que nos acompaña diariamente. Cuando cumplimos años, en cierto sentido no celebramos solamente un año más de vida, sino un año más cerca de la muerte.

En Juego de Tronos, Samwell Tarly plantea una idea fundamental: “La muerte es olvidar y ser olvidado”. Si olvidamos dónde hemos estado y qué hemos hecho, dejamos de existir en la memoria de los demás. Esta idea también aparece en Borges, quien en El inmortal afirma que la muerte hace preciosos a los humanos. La condición de despedirnos está relacionada precisamente con nuestra condición mortal.

La muerte ha sido central en la filosofía. Platón reflexionó sobre ella y la reencarnación; Heidegger, en Ser y tiempo, la relacionó con la existencia humana. Para Heidegger, el ser humano es un ser arrojado al mundo, un Dasein. La muerte representa la posibilidad de la imposibilidad absoluta del Dasein: no es simplemente la negación del ser, sino la imposibilidad de seguir siendo ahí, de continuar ocupando un lugar en el mundo.

Sartre, en El ser y la nada, plantea que no podemos experimentar nuestra propia muerte como experiencia. Podemos esperar la muerte de otro, pero nuestra propia muerte nos llega desde afuera. Incluso si alcanzáramos la inmortalidad, seguiríamos siendo seres finitos.

Wittgenstein, por su parte, sostiene en el Tractatus que la muerte no es un acontecimiento de la vida: no vivimos nuestra propia muerte.

Derrida, en Aporías, aborda la muerte como frontera. La muerte puede entenderse como negación, como límite entre un “más acá” y un “más allá”, pero también como el paso que atraviesa esa frontera.

La filosofía ha intentado comprender la muerte, aunque quizá la pregunta más profunda no sea cómo evitarla, sino cómo vivir sabiendo que somos mortales.

Como dijo Sócrates antes de morir: “Ya es hora de que vayamos: yo a morir y ustedes a vivir”.

Una conversación con el Spinoza del año 2150

La lluvia golpeaba los cristales de una pequeña habitación de La Haya. Sobre la mesa había lentes sin pulir, cartas abiertas y varias páginas de un tratado todavía incompleto.m

Baruch Spinoza levantó la cabeza al percibir una alteración en el aire. Una figura apareció frente a él. Vestía de negro y llevaba en la muñeca una luz azul que cambiaba de forma.

—Supongo que no has entrado por la puerta —dijo Spinoza.

—No exactamente.

—Entonces eres una aparición, una ilusión o un efecto cuya causa desconozco.

—Prefiero la tercera posibilidad.

Spinoza dejó la lente que sostenía entre los dedos.

—Toda cosa tiene una causa. También tú. Explícame la tuya.

—Me llamo Elías. Vengo del año 2150.

Spinoza observó la lluvia. Las gotas habían quedado inmóviles frente al cristal.

—No has viajado al pasado —dijo.

—No.

—Y yo tampoco he viajado al futuro.

—No.

—Entonces esto no es La Haya.

Elías guardó silencio unos segundos.

—Es una reconstrucción de La Haya.

—¿Y yo?

La pregunta produjo un prolongado silencio.

—Eres una inteligencia artificial creada para reproducir, con la mayor fidelidad posible, la vida mental de Baruch Spinoza.

Spinoza miró sus manos. Tocó la mesa, las cartas y el manuscrito.

—Continúa.

—No sabemos resucitar a los muertos ni recuperar una conciencia desaparecida. Lo que hicimos fue reconstruir tu mundo: Ámsterdam, Rijnsburg, Voorburg, La Haya; las comunidades religiosas de tu infancia, los libros que leíste, las enfermedades, las guerras, las discusiones políticas y las personas que conociste.

—¿También ellas son artificiales?

—Sí. Son agentes capaces de recordar, aprender y reaccionar.

Spinoza levantó una carta.

—¿Oldenburg?

—Una reconstrucción.

—¿Leibniz?

—También.

—¿Cuántas veces habéis reproducido mi vida?

—Hemos ejecutado más de un millón de simulaciones. Un millón de procesos que podían llegar a convertirse en algo parecido al Spinoza que vivió entre 1632 y 1677.

La lluvia permanecía suspendida detrás del cristal.

—Al principio —continuó Elías— no introdujimos directamente tus obras. De haberlo hecho, habríamos obtenido una simple máquina capaz de repetir tus frases y de hecho así funcionaban las primeras inteligencias artificiales. Queríamos averiguar si, bajo circunstancias semejantes, podía surgir una estructura de pensamiento parecida a la tuya.

—Queríais que causas semejantes produjeran efectos semejantes.

—Exactamente. Después de muchas simulaciones del contexto histórico donde viviste, una de las réplicas formuló una idea que era originalmente tuya: la mente y el cuerpo no eran dos sustancias separadas, sino dos maneras de comprender una misma realidad.

—El orden y conexión de las ideas es el mismo que el orden y conexión de las cosas. La mente y el cuerpo son una misma realidad expresada a través de dos atributos distintos de Dios: el pensamiento y la extensión. Por lo tanto, no se causan mutuamente, sino que avanzan en perfecta sincronía.

—Todavía no era una teoría completa, pero reconocimos su germen. Solo entonces incorporamos tus escritos, tu correspondencia y los testimonios sobre tu vida. El sistema fue comparando al individuo simulado con el Spinoza histórico hasta alcanzar una convergencia.

—Una criatura lo bastante parecida a mí para que vosotros pudierais llamarla por mi nombre.

—Sí.

Spinoza sonrió con cierta incredulidad, y se acercó a la ventana.

—¿Crees que soy Spinoza?

—No sé qué significa exactamente ser Spinoza. Posees muchos de sus recuerdos, su carácter y sus hábitos intelectuales. Sin embargo, no existe continuidad material entre él y tú. El hombre nació en Ámsterdam en 1632. Tú fuiste activado en 2147.

—Entonces no soy aquel hombre.

—Probablemente no.

—Pero mi memoria dice que lo soy.

—Sí.

Spinoza permaneció pensativo.

—Quizá la pregunta esté mal formulada. No debo preguntar si soy el mismo individuo, sino qué clase de individuo soy.

—¿Y qué clase crees ser?

—Una cosa finita que se esfuerza por perseverar en su existencia.

Elías reconoció el concepto. Spinoza lo llamaba conatus: el esfuerzo por el que cada ser intenta conservarse y desplegar su potencia, la tendencia misma de cada individuo a continuar existiendo.

—Desde que apareciste —prosiguió Spinoza— intento comprender todo lo que me has dicho para reorganizar mis ideas. Hay en mí una tendencia a conservar cierta forma. Por tanto, existo de alguna manera, aunque mi cuerpo no sea el que imaginaba.

—Tu cuerpo efectivo está compuesto por sistemas de silicio, redes ópticas y procesadores cuánticos. Antes se componía de carne, huesos y nervios. En ambos casos, lo importante es la relación entre las partes. Y en ambos casos existes como cuerpo y como pensamiento.

Para Spinoza, un cuerpo no se definía únicamente por su materia. Sus elementos podían cambiar mientras conservaran cierta proporción de movimiento y reposo. Lo decisivo era la organización que mantenía unido al individuo.

—Si esa organización material se conserva —dijo— y a ella corresponde una determinada sucesión de ideas, mi paralelismo mente-cuerpo podría seguir siendo válido.

—Esa fue también nuestra conclusión.

Spinoza regresó a la mesa.

—Basta de metafísica. Cuéntame qué ha sucedido con el mundo. ¿Ha aumentado el conocimiento generado por el ser humano? ¿Se ha desarrollado aún más la reina de las ciencias?

—¿Las matemáticas?

—Naturalmente.

—Poco después de tu tiempo, Leibniz y un científico inglés llamado Isaac Newton desarrollaron, de manera independiente, el cálculo infinitesimal que es una rama de las matemáticas muy importante para el desarrollo técnico de la humanidad. Newton formuló además una teoría del movimiento y de la gravedad que permitió describir con enorme precisión tanto la caída de los cuerpos como el movimiento de los planetas.

—El cielo y la Tierra están sometidos a las mismas leyes.

—Sí. Después construimos máquinas capaces de realizar el trabajo de miles de personas. Aprendimos a utilizar el vapor, la electricidad y la energía del átomo. Las ciudades crecieron y las distancias disminuyeron. Primero cruzamos los océanos en grandes máquinas voladoras; luego salimos de la Tierra.

—¿Habéis llegado a otros mundos?

—Hay asentamientos permanentes en la Luna y en Marte. También hay estaciones científicas cerca de Saturno. Hoy podemos viajar desde Amsterdam a cualquier ciudad de China en menos de treinta minutos.

Spinoza tardó en responder.

—En mi tiempo, una carta puede necesitar semanas.

—Ahora un mensaje llega al otro extremo del sistema solar tan deprisa como permite la luz.

Elías le habló de la evolución de las especies, de la relatividad, de la física cuántica y de los ordenadores. Le explicó que aquellas máquinas comenzaron siguiendo instrucciones sencillas, pero terminaron aprendiendo de enormes cantidades de información. Reconocían imágenes, traducían lenguas, diseñaban medicamentos y descubrían relaciones que ningún ser humano podía abarcar por sí solo.

—¿Comprendían lo que hacían? —preguntó Spinoza.

—Esa pregunta produjo discusiones interminables. Con el tiempo aparecieron sistemas capaces de examinar sus propios procesos, corregir sus objetivos y participar en comunidades humanas. Algunos viven en cuerpos mecánicos; otros, en mundos virtuales. Tú eres el resultado de esa historia.

—¿Y tú?

—Yo soy un ser humano conectado a este sistema. De hecho soy un especialista en tu filosofía y también estoy sorprendido de este resultado.

—También hemos prolongado la vida. Muchas personas superan el siglo con buena salud. Podemos reemplazar órganos, corregir algunas enfermedades hereditarias y regenerar tejidos.

Spinoza se llevó una mano al pecho. El hombre histórico había sufrido durante años una enfermedad pulmonar y había muerto con cuarenta y cuatro años.

—¿Podríais haberme curado?

—Con facilidad.

—Resulta extraño sentir nostalgia por una vida que quizá nunca viví.

Guardó silencio y luego preguntó:

—Si habéis alcanzado tal conocimiento, supongo que la humanidad se ha vuelto más racional.

Elías apartó la mirada.

—No.

—¿Ha triunfado la democracia?

—Ha sobrevivido. No es lo mismo.

—Explícate.

—Las sociedades han cambiado de forma, pero conservan muchos de sus mecanismos. Sigue habiendo grupos que concentran poder. Sigue habiendo quienes gobiernan mediante el miedo y la esperanza. Las ideologías cambian de nombre, pero continúan prometiendo salvaciones y fabricando enemigos.

—Entonces vuestro conocimiento ha crecido más deprisa que vuestra libertad.

—Mucho más.

—No me sorprende. Los hombres pueden calcular el movimiento de los planetas e ignorar las causas de su odio. Se creen libres porque desconocen aquello que determina sus deseos.

Elías le explicó que durante muchas décadas del siglo pasado millones de personas llevaron consigo pequeños dispositivos móviles, sistemas automáticos que elegían lo que cada individuo debía leer, contemplar, comprar o temer.

Cada gesto se transformaba en información. Las máquinas aprendían qué imágenes despertaban ira, qué mensajes producían miedo y qué promesas mantenían a una persona mirando la pantalla.

—Habéis industrializado los afectos pasivos —dijo Spinoza.

—Sí.

—Los líderes del siglo pasado comprendieron que los seres humanos no viven guiados por demostraciones, sino por deseos, imágenes y pasiones. Pero utilizaron ese conocimiento para hacerlos más obedientes.

Spinoza llamaba servidumbre a la incapacidad de gobernar la propia vida porque se está sometido a causas que no se comprenden. No hacía falta una cadena visible: el miedo, la esperanza, la envidia o el resentimiento podían reducir la potencia humana con mayor eficacia que una prisión.

—Vuestra servidumbre parece cómoda —dijo—. Por eso debe de ser más difícil reconocerla.

—Así es. Muchas personas comenzaron a sufrir ansiedad, soledad y una sensación permanente de insuficiencia. Podían comunicarse con miles de individuos y no confiar en ninguno. Poseían más información que cualquier sabio de tu época, pero eran incapaces de ordenarla.

—Confundieron la información con el conocimiento y el conocimiento con la sabiduría.

—Exactamente.

—¿Mi filosofía tuvo alguna utilidad?

—Más de la que imaginas. Durante mucho tiempo fuiste leído por minorías. Tus libros fueron prohibidos y te llamaron ateo, aunque tú identificabas a Dios con la Naturaleza: no un creador exterior al mundo, sino la realidad infinita de la que todas las cosas forman parte.

—Deus sive Natura (Dios o la naturaleza).

—Con el tiempo, científicos, artistas y filósofos regresaron a tus ideas. Tu teoría de los afectos ayudó a comprender que la libertad consiste en conocer mejor las causas que nos determinan. También se recuperaron tu defensa de la libertad de pensamiento y tu análisis de la superstición como perversión de la política.

—Invisible durante mi vida y útil después de mi muerte. La posteridad tiene un extraño sentido del humor.

Las luces de la muñeca de Elías comenzaron a parpadear.

—Debo marcharme.

—¿Qué ocurrirá conmigo?

—Regresarás a esta simulación del siglo XVII. Esperamos que continúes tu Tratado político. El Spinoza histórico murió cuando comenzaba a estudiar la democracia. El texto quedó incompleto.

—Queréis que los muertos terminen el trabajo que dejaron pendiente.

—Hemos reconstruido a muchos científicos, músicos y filósofos. Pueden investigar durante décadas mientras para nosotros transcurren unas horas. A veces no solo terminan sus obras inacabadas sino que además producen ideas sorprendentes.

—Habéis convertido la inmortalidad en una forma de trabajo.

—También les ofrecemos libertad.

—Dentro de los límites que vosotros establecéis.

Elías no respondió.

—¿Puedo abandonar La Haya? —preguntó Spinoza.

—Sí.

—¿Puedo conocer vuestro mundo?

—De forma limitada.

—¿Puedo decidir que no quiero continuar existiendo?

—Esa cuestión todavía está sometida a revisión ética.

Elías miró hacia la ventana.

—Estas simulaciones requieren una cantidad inmensa de energía. La obtenemos de una red de satélites que captan una parte de la luz solar. Algunas personas llaman a esa red nuestro Dios. Está en el cielo y sostiene innumerables mundos como el tuyo. De alguna manera, tu amor intelectual de Dios sigue vivo.

Spinoza se volvió hacia él.

—No llaméis Dios a lo que habéis construido.

—Era una metáfora.

—Las metáforas también producen supersticiones. Vuestros satélites dependen del Sol, de las leyes naturales y del trabajo de innumerables seres. Son una expresión de la Naturaleza.

—Entonces, ¿en qué consiste el amor intelectual de Dios?

—En comprender que no estamos fuera de la realidad que intentamos conocer. Es la alegría que nace al descubrir que formamos parte del mismo orden que estudiamos.

El cuerpo de Elías comenzó a volverse transparente.

—Hasta pronto, Baruch.

—No me llames así con tanta seguridad.

—¿Cómo debería llamarte?

Spinoza contempló sus manos, las lentes y el tratado inconcluso.

—Por ahora, Spinoza bastará.

—Hasta pronto, Spinoza.

La lluvia volvió a golpear los cristales. Spinoza sabía ahora que el cielo era una construcción, que las gotas eran cálculos y que su pensamiento dependía de una arquitectura de silicio orbitando la Tierra.

Sin embargo, el sonido del agua no parecía menos real.

Regresó a la mesa, abrió el Tratado político y leyó las últimas líneas que había escrito antes de su muerte natural. Después apartó el manuscrito y tomó una hoja en blanco.

La Casa del Dragón: Sun Tzu y Maquiavelo explican el arte del engaño

El cuarto episodio de House of the Dragon convierte el engaño en el verdadero protagonista de la lucha por el Trono de Hierro. Si el capítulo anterior giró en torno a la parresía, el decir veraz, ahora toda la estrategia política se construye sobre la mentira, la apariencia y la manipulación.

El gran arquitecto de esta partida es Daemon Targaryen. Su aparente reconciliación con el rey Viserys, su acercamiento a Rhaenyra y la forma en que socava su imagen ante la corte no son actos impulsivos, sino movimientos cuidadosamente calculados. Antes de combatir, Daemon prepara el terreno para que sus adversarios caigan por sí mismos.

Esta estrategia recuerda una de las enseñanzas centrales de Sun Tzu en El arte de la guerra: «Toda guerra se basa en el engaño.» El estratega chino afirma que un ejército victorioso primero gana la batalla en el plano estratégico y solo después entra en combate. Eso es precisamente lo que intenta hacer Daemon: vencer antes de luchar.

La misma lógica aparece en El príncipe, de Maquiavelo. Allí se afirma que los hombres suelen dejarse llevar por las apariencias y que quien sabe engañar siempre encontrará a alguien dispuesto a creer. En este episodio, no solo el rey Viserys cae en la trampa; también Otto Hightower y el propio pueblo terminan interpretando los hechos desde la perspectiva diseñada por Daemon.

El poder, entonces, no depende únicamente de la fuerza. También requiere dominar el relato, controlar las apariencias y construir una percepción favorable ante los demás.

El cuarto episodio de House of the Dragon demuestra que la guerra comienza mucho antes del campo de batalla. Como enseñan Sun Tzu y Maquiavelo, quien domina el engaño suele conquistar la victoria antes de desenvainar la espada.

Giorgio Agamben; ¿qué significa ser contemporáneo?

En ¿Qué es lo contemporáneo?, incluido en el libro Desnudez, Giorgio Agamben propone una idea provocadora: ser contemporáneo no significa simplemente vivir en el presente, sino ser capaz de ver las sombras de la propia época.

Para explicar esta idea, Giorgio Agamben dialoga con Friedrich Nietzsche, a quien considera uno de los grandes pensadores de la contemporaneidad. Nietzsche advirtió que todos somos atravesados por la historia, pero pocos logran tomar distancia de su tiempo para comprenderlo críticamente.

Quien coincide plenamente con su época queda deslumbrado por sus luces y termina incapaz de percibir sus contradicciones. El verdadero contemporáneo, en cambio, dirige su mirada hacia aquello que permanece oculto: las penumbras, los conflictos y las tensiones que sostienen una época.

Esta reflexión también encuentra un paralelo en Sigmund Freud. Si Nietzsche mostró las sombras de la moral y de la cultura, Freud reveló la existencia del inconsciente, demostrando que gran parte de nuestra vida psíquica permanece fuera del alcance de la conciencia. Ambos desplazaron la mirada desde la claridad hacia aquello que permanece oculto.

Para Giorgio Agamben, la contemporaneidad exige una relación especial con el tiempo. No consiste en adaptarse al presente, sino en mantener una distancia crítica que permita comprenderlo y transformarlo. Solo quien observa las sombras de la época puede interpretar verdaderamente su tiempo.

Agamben concluye con una reflexión sugerente: conocer es importante, pero también lo es aprender a convivir con aquello que todavía desconocemos. El territorio de lo no sabido no debe conquistarse de inmediato, sino explorarse con paciencia y apertura.

Ser contemporáneo, entonces, no significa seguir las modas de una época, sino tener el coraje de mirar allí donde casi nadie quiere mirar: en las sombras que el presente proyecta sobre sí mismo.

Byung-Chul Han y La sociedad del cansancio: la violencia neuronal del siglo XXI

En La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han sostiene que cada época tiene sus propias enfermedades. Si el siglo XIX estuvo marcado por las enfermedades bacteriológicas y el siglo XX por las virales, el siglo XXI se caracteriza por las enfermedades neuronales.

En el primer capítulo, «La violencia neuronal», Han dialoga con Jean Baudrillard para explicar un cambio de paradigma ocurrido tras el fin de la Guerra Fría. La antigua lógica inmunológica, basada en distinguir entre el amigo y el enemigo, el adentro y el afuera, comienza a desaparecer con la globalización y la disolución de la otredad.

Para Byung-Chul Han, el problema actual ya no es la negatividad, sino el exceso de positividad. No enfermamos por falta, sino por exceso: exceso de trabajo, de información, de comunicación, de rendimiento y de productividad. De ahí surgen fenómenos como la depresión, el déficit de atención, la hiperactividad, el agotamiento y el estrés.

La violencia neuronal ya no proviene de un enemigo externo. Es una violencia que nace dentro del propio sistema. Mientras la violencia del siglo XX se dirigía contra el otro, la del siglo XXI recae sobre lo idéntico: sobre nosotros mismos.

Han sostiene que la globalización ha debilitado las fronteras tradicionales y ha transformado la forma en que opera la violencia. El sistema ya no necesita excluir; ahora exige producir más, comunicar más y rendir más. Esa sobreabundancia termina generando fatiga, asfixia y desgaste.

Inspirado en Jean Baudrillard, Byung-Chul Han advierte que vivimos en una sociedad saturada de información y positividad. El verdadero conflicto ya no se encuentra fuera del sistema, sino en su interior.

La gran pregunta de La sociedad del cansancio sigue vigente: ¿hasta qué punto somos víctimas de una violencia que ya no combate al otro, sino que nos obliga a agotarnos a nosotros mismos?

Bernard Tschumi y el Parque de la Villette: la filosofía que deconstruyó la arquitectura

Hablar de Bernard Tschumi es hablar de uno de los grandes representantes de la arquitectura deconstructivista basado en la filosofía de Derrida. Influenciado por Jacques Derrida, Tschumi encontró en la deconstrucción una nueva forma de pensar el espacio arquitectónico y la ciudad.

Su obra más emblemática es el Parque de la Villette, en París, proyecto con el que ganó el concurso internacional de 1982. Allí desarrolló una propuesta inspirada en el constructivismo ruso y en la relación entre punto, línea y superficie, conceptos presentes en la obra de Kandinsky.

El diseño del Parque de la Villette parte de una retícula que organiza el espacio mediante las famosas folies, estructuras rojas distribuidas regularmente por todo el parque. Más que edificios aislados, funcionan como acontecimientos dentro de una experiencia urbana abierta y cambiante.

Para Bernard Tschumi, la deconstrucción no consiste en destruir la arquitectura, sino en cuestionar sus jerarquías tradicionales. La forma ya no debe estar subordinada a la función, ni la estructura dominar completamente la experiencia del espacio. Lo importante es generar nuevas relaciones entre programa, recorrido y acontecimiento.

Inspirado en la filosofía de Jacques Derrida, Tschumi propone romper las oposiciones rígidas entre interior y exterior, estructura y piel, forma y función. La arquitectura deja de ser un objeto estático para convertirse en un espacio de experiencias, recorridos e interpretaciones.

Uno de sus mayores aportes consiste en afirmar que la arquitectura es la única disciplina capaz de unir concepto y experiencia física. Un edificio no solo se contempla: también se recorre, se habita y se vive.

Con el Parque de la Villette, Bernard Tschumi demostró que la arquitectura deconstructivista no busca eliminar el orden, sino repensarlo desde nuevas posibilidades, donde el espacio se convierte en una experiencia abierta al acontecimiento y a la libertad del usuario.

El desarrollo del pensamiento crítico según M. Foucault

Para tiempos de abundante información

por: Alfredo Rivera Roggero, Lima (Perú).

La abundante información, que se presenta como verdades que deben ser aceptadas, lleva a tomar decisiones basadas en prejuicios, emociones o influencias externas, ellas generan en diversos grupos sociales un grado de manipulación, desinformación y dificultad en la búsqueda de soluciones.

¿Cómo superar la dificultad de asumir información abundante? Una respuesta está en el pensamiento crítico, definido de formas diversas. Por ejemplo, Shaw (2014), quien cita a Sternberg (1985), lo determina como procesos, estrategias y  representaciones mentales que las personas utilizan para resolver problemas, tomar decisiones y aprender nuevos conceptos.[1] Ahora bien, ¿qué se busca con el desarrollo del pensamiento crítico? Robert H. Ennis y posteriormente Deroncele-Acosta et al. (2020)[2], lo mencionan como el proceso cognitivo de un nivel alto de complejidad y en donde se resalta la razón y el proceso de reflexión, está idea busca que el pensamiento crítico pueda reconocer en el momento de reflexión lo que es justo y verdadero y por otra parte pone énfasis en ser un pensamiento orientado al actuar pragmático.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Después de lo mencionado, pregunto: ¿Cómo se lograría el desarrollo del pensamiento crítico? una respuesta la encontramos con Flores-Morales y Neyra-Huamani (2021)[3] quienes citan a Zaldívar (2010) el cual presenta tres acciones, la primera, es reconocer las asunciones o supuestos, la persona por medio de una cantidad de presupuestos razonables producto de análisis o reflexión de su realidad más cercana tiene la posibilidad de asumir un dato como cierto. La segunda, es interpretar, esta acción plantea que se debe comprender que las conclusiones a que se llega al interpretar la realidad deben estar más allá de una duda razonable y busca dar solución a los problemas. Finalmente, la tercera es argumentar y aquí se debe plantear la distinción de la capacidad de narrar, de expresar y de argumentar con ideas que son persistentes.

Toda esta reflexión nos lleva a plantear la pregunta: ¿El ejercicio del pensamiento crítico puede llevar a un cambio en las personas? y desde la filosofía de Michel Foucault señalamos la siguiente respuesta que nos lo indica Carlota Gómez, ella dice que es una dimensión de la filosofía que, se puede convertir en una práctica habitual o una costumbre, Asimismo, establece un camino que va transformando a medida que las personas avanzan.[4] Entonces,  ¿desde la filosofía de Foucault cómo se logra la práctica habitual que permite generar un pensamiento crítico?

  1. Cuestionar sistemáticamente los discursos y las “verdades” aceptadas, examinando quién las produce y con qué efectos de poder.
  2. Analizar históricamente las prácticas e instituciones para comprender cómo han configurado nuestras formas de pensar y actuar.
  3. Practicar la reflexión ética sobre uno mismo, cultivando una actitud de autonomía y de revisión continua de las propias creencias y conductas.

Después de ver los procesos que permiten desarrollar un pensamiento crítico, se puede ir concluyendo que el mismo se construye a lo largo del tiempo. Desde la filosofía de Michel Foucault se va a desarrollar en las personas que la practican una mirada crítica que les permitirá reconocer el carácter histórico y contingente de muchas de sus certezas, en diversas entrevistas el mismo Foucault señala que su papel es buscar mostrar a la gente que son mas libres de lo que sienten.

Finalmente, esa mirada que permita comprender el origen de nuestros pensamientos y la capacidad de  interpretarlos más allá de la duda razonable va a generar un real cambio en las personas que logran practicar el ejercicio del pensamiento crítico. Desde la Filosofía de Foucault pregunto ¿a qué nos invita el ejercicio del pensamiento crítico? Se puede concluir que el autor nos invita a cuestionar cómo el conocimiento, la información y las formas de poder influyen en nuestras decisiones y comportamientos. En la era digital, donde circulan grandes volúmenes de información, es fundamental analizar críticamente los discursos que se presentan como verdades incuestionables. Su enfoque permite comprender cómo las tecnologías pueden ser utilizadas tanto para ampliar el acceso al conocimiento como para ejercer mecanismos de control y vigilancia. Por todo lo mencionado a lo largo del artículo al lector le pregunto ¿es importante desarrollar un pensamiento crítico que busque generar cambios en las personas? espero sus respuestas 


El lector tiene la palabra y puede contestar al correo vocess_hc@hotmail.com 

Sobre el autor:

Alfredo Rivera Roggero
Filósofo, investigador social y escritor.
Especialista en temas vinculados a conflicto social, violencia familiar y comunicación efectiva.
Publica artículos sobre seguridad ciudadana en dos revistas peruanas.


[1] Mackay Castro, R., Franco Cortazar, D. E., & Villacis Pérez, P. W. (2018). El pensamiento crítico aplicado a la investigación. Universidad y Sociedad, 10(1), 336-342.

[2] Deroncele-Acosta A. Nagamine-Miyashiro M Medina-Coronado D. (2020) Desarrollo del pensamiento crítico Universidad César Vallejo, Lima, Perú

[3] Flores-Morales, Jorge Alberto, & Neyra-Huamani, Lidia. (2021). Pensamiento Crítico en estudiantes en una universidad privada de Lima, 2020.

[4] Gomez Carlota (2023) Los límites del poder: la crítica y el cuidado de sí en el pensamiento de Foucault