En este Club de Lectura dialogaremos entorno a la Novela de ajedrez de Stefan Zweig, una obra breve y perturbadora sobre la mente humana sometida a la soledad extrema y la opresión.
A través de una narración intensa y psicológica, Zweig muestra cómo el aislamiento impuesto por la violencia totalitaria puede fracturar la identidad, pero también generar formas inesperadas de resistencia interior. El ajedrez aparece así como refugio, obsesión y campo de batalla mental, revelando hasta qué punto la imaginación puede salvar y, a la vez, poner en riesgo la cordura.
Con este pretexto, el libro nos invita a reflexionar sobre los límites de la mente, el precio psicológico de sobrevivir y la delgada frontera entre lucidez y delirio. Una mirada humana sobre la dignidad, la fragilidad y la necesidad de sentido incluso en las circunstancias más deshumanizadoras.
“No nos hacían nada, se limitaban a situarnos en el vacío más absoluto, y es bien sabido que nada en el mundo puede oprimir tanto el corazón del hombre como la nada» — Stefan Zweig, Novela de ajedrez
La actividad estará guiada por Alejandro Martínez y Miguel Ángel Mozún, licenciados de Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid.
Apúntate y disfruta del placer de hacer filosofía en vivo. El encuentro será de aproximadamente 1 hora.
¿Está realmente en crisis la democracia o lo que vivimos es, más bien, un cambio silencioso en la forma en que nos organizamos como sociedades?
Desde hace siglos, la democracia despierta dudas y entusiasmos a partes iguales. Platón ya desconfiaba de ella, temiendo que el gobierno de muchos terminara en caos y demagogia. Mucho después, Tocqueville vio en la democracia una fuerza transformadora, capaz de igualar condiciones y redefinir la vida social. Entre la cautela y la esperanza se ha movido la experiencia democrática hasta nuestros días.
Podría considerarse que, la democracia ha adoptado formas muy distintas: a veces más directa, otras más representativa; en ocasiones centrada en la deliberación pública y en otras en la estabilidad institucional; abierta a la participación cotidiana o limitada casi exclusivamente a las urnas. Cada una de estas versiones intenta responder a una pregunta que no pierde vigencia, ¿cómo convertir la diversidad de una sociedad en decisiones comunes sin borrar las diferencias?
Hoy, sin embargo, parece instalarse una sensación de desgaste. La distancia entre ciudadanos e instituciones, la fragmentación del espacio público, la velocidad de los cambios sociales y tecnológicos… todo ello alimenta la impresión de que los mecanismos que conocemos ya no alcanzan. ¿Estamos ante una crisis profunda o simplemente ante un reajuste inevitable en tiempos de transformación?
Quizá preguntarnos por la crisis de la democracia sea también preguntarnos por lo que esperamos de ella. ¿Le exigimos demasiado o participamos demasiado poco? ¿El ideal democrático ha perdido fuerza o solo ha cambiado la manera en que se expresa? Pensar en estas cuestiones es pensar qué significa hoy convivir bajo reglas que nos damos (o que aspiramos a darnos) entre todos.
En este espacio que Arjephilo dedica al pensamiento compartido, no hace falta ser experto en filosofía, basta el deseo de escuchar, preguntar y, quizá, volver a jugar con las ideas mientras nos dejamos llevar por el viento del logos.
En el filocafé¿Por qué ya no jugamos? El juego como forma de libertad nos acompañó Gregorio Luri, filósofo y pedagogo, cuya voz imprescindible en el debate educativo contemporáneo. Desde el inicio, se marcó el tono del encuentro: una mezcla de lucidez, memoria y una defensa de algo que parece tan simple como decisivo en la vida humana: el juego.
Educar es introducir a los niños en un mundo que merece ser heredado. Y en ese tránsito, el juego ocupa un lugar central, una forma originaria de pensamiento, como recordaba Huizinga, y como movimiento que nos envuelve y transforma, en palabras de Gadamer “Somos seres que juegan antes incluso de ser seres que razonan”
A partir de ahí, la conversación se abrió a partir de las preguntas: ¿por qué ya no jugamos? ¿Qué ha ocurrido para que los patios, las calles y los descampados, espacios que durante generaciones fueron laboratorios sociales, se hayan ido vaciando de niños? ¿Qué perdemos cuando desaparece el juego libre?
Gregorio propuso una respuesta que fue prácticamente el hilo conductor de todo el filocafé: el miedo.
Cuando el miedo ocupa demasiado espacio en nuestra mirada adulta, el juego se encoge en la vida de los niños.
Un miedo que se ha instalado en la mirada adulta y que, sin darnos cuenta, estrecha el mundo de los niños. Miedo al extraño, miedo al compañero, miedo al futuro, miedo a nosotros mismos como educadores. “Hoy se lleva lo de victimizar las relaciones. Ay, ay, ay, que me puede hacer daño”, dijo Luri, señalando cómo la sospecha se ha convertido en un hábito cotidiano.
La autodisciplina se aprende mejor en el juego que en los consejos de los adultos.
El miedo no fue el único protagonista. ¿De qué hablamos cuando hablamos de juego? Comentó uno de los asistentes a lo que Luri fue desplegando una visión del juego que se sostiene en tres pilares fundamentales:
El juego como aventura. El juego auténtico implica riesgo, incertidumbre, descubrimiento. No hay aventura sin la posibilidad de equivocarse, de hacerse daño, de ir un poco más allá de lo previsto. “Si no hay riesgo, no hay aventura”, recordó Luri, evocando sus propias travesuras de infancia: trepar árboles, robar peras, chapotear en charcos. Pequeñas gestas que enseñaban prudencia, autocontrol y valentía. Hoy, en cambio, vemos rodillas impolutas, parques acolchados y una infancia sin rasguños, pero también sin aventura.
El juego como praxis. Siguiendo a Aristóteles, Luri insistió en que el valor del juego está en la acción misma, no en su utilidad. “El premio de la praxis es la propia praxis”, dijo. El juego nos devuelve al presente, nos permite saborear la actividad sin un “para qué” que devore el momento. Citó al Eclesiastés: “El único bien del hombre es disfrutar con lo que hace. Esa es su paga”. Una vida feliz, añadió, es aquella capaz de llevar el espíritu del juego al trabajo, a la familia y a las relaciones.
El juego como encuentro polémico con los límites. En un juego no se puede hacer cualquier cosa. Las reglas no son un obstáculo, sino el terreno fértil donde se negocia, se discute y se aprende a convivir. El juego es un espacio donde los niños exploran qué pueden hacer, qué no, y hasta dónde pueden llegar sin romper el marco común. “El juego es un encuentro polémico con los límites”, afirmó Luri, y en ese roce con el límite tanto físico, social y moral los niños desarrollan autocontrol, disciplina y criterio propio.
Pocas experiencias hay más maravillosas para un niño que estrenar unas botas de agua y meterse a chapotear en un charco.
Las intervenciones de los y las asistentes enriquecieron el diálogo. Alejandro habló del miedo al compañero, un fenómeno creciente en las escuelas: padres que analizan cada gesto, cada familia, cada niño, como si todos fueran potenciales amenazas. Iñaki insistió enla importancia del juego corporal y grupal, un juego que involucra cuerpo, presencia y comunidad. Erika aportó una mirada intercultural desde su experiencia entre Ecuador y Suecia, mostrando cómo el contexto condiciona la libertad infantil: en unos lugares la inseguridad es real; en otros, la confianza es la norma.
Miguel Ángel introdujo la cuestión del videojuego y la migración del juego hacia lo digital. Luri respondió con claridad: “La calle de los niños hoy es la pantalla, dicen algunos. Yo creo que no. Internet ha construido un barrio en la ciudad, los otros barrios están ahí.” La pantalla es un barrio más dentro de la ciudad simbólica, pero no sustituye la experiencia humana del encuentro. “Por muy atractiva que sea la pantalla, salir con los amigos es muchísimo más atractivo”, dijo.
Hacia el final, Luri volvió a la raíz de todo: no hay vida sin juego. Una vida completamente calculada, orientada siempre a un fin externo, sería invivible. El juego nos permite disfrutar con lo que hacemos, nos devuelve al presente, nos abre a la aventura y nos enseña a gestionar el azar. “No tengáis miedo, porque lo peor es educar con miedo”, concluyó.
El filocafe concluyó con la idea de que, cuando el miedo ocupa demasiado espacio en la mirada adulta, el juego se encoge en la vida de los niños. Y con él, se encoge también la confianza en ellos y en la comunidad. Se hizo un llamado a recuperar el juego como espacio de libertad y encuentro, con una invitación a los adultos a superar sus propios temores para favorecer un desarrollo infantil más humano, más valiente y más pleno.
Puedes verlo en YOUTUBE o escucharlo a través de iVoox:
1. El juego como origen y forma de pensamiento humano: Fundamental para el desarrollo humano y social, no solo un entretenimiento
«El juego no es un añadido a la cultura, sino su origen. Somos seres que juegan antes incluso de ser seres que razonan.» (Referencia a Johan Huizinga)
«El juego no es algo que controlamos, sino un movimiento que nos envuelve y nos transforma, invitándonos siempre al encuentro con el otro.» (Hans-Georg Gadamer)
2. El valor educativo y social del juego.
«En el juego los niños aprenden a convivir, a negociar, a respetar reglas y a encontrarse con el otro sin miedo al error.»
«No es casual que los patios de la escuela hayan sido durante generaciones verdaderos laboratorios sociales.»
3. La importancia del juego libre y arriesgado: implica libertad, riesgo moderado, reglas flexibles y negociación, elementos clave para el desarrollo personal
«No hay aventura si no hay riesgo. Por lo tanto, en el juego libre y arriesgado es donde los niños se encuentran con todas esas dimensiones esenciales del juego.»
«El juego es una actividad esforzada, incierta, abierta al azar, cuyo premio es el propio juego.» (Inspirado en Aristóteles)
«Para que haya juego de verdad ha de haber normas, pero interpretables, que permitan la discusión y el encuentro con los límites.»
4. El juego y la vida feliz: No es solo para niños, sino que se trata de un principio vital para una existencia plena y satisfactoria.
«El juego es una de las formas de la vida feliz.» (Cita de Ortega y Gasset)
«Una vida feliz es aquella que es capaz de llevar el espíritu del juego a la vida familiar, a la vida de las relaciones con los amigos y sobre todo a la vida del trabajo.»
5. El miedo y la sobreprotección como enemigos del juego.
«Si no jugamos es que probablemente estamos siendo jugados.»
«El miedo ocupa demasiado espacio en nuestra mirada adulta y el juego se encoge en la vida de los niños.»
«No podemos educar a nuestros hijos en el miedo y en la huida.»
«La sobreprotección borra la posibilidad de explorar, de arriesgarse, de equivocarse y de encontrarse con el otro sin un adulto mediando cada paso.»
6. El juego como espacio de libertad y encuentro para la educación humana y social.
«El juego no solo es diversión, es un modo de aprender a vivir, a vivir juntos.»
«Cuando desaparece de los patios, de las calles, no solo se pierde movimiento o imaginación, sino también la confianza en los niños y en la comunidad.»
«Necesitamos patios donde los niños vuelvan a jugar y adultos capaces de mirar con menos miedo y más confianza.»
Imagen creada por IA y compartida por una asistente del Filocafé. «Si no hay riesgo, no hay aventura»
¿Por qué ya no jugamos? ¿En qué momento el juego dejó de ser una forma natural de aprender, de descubrir el mundo y de pensar con libertad?
Jugar no es perder el tiempo, es ensayar el sentido de la vida. En el juego se entrelazan imaginación y regla, impulso y forma; ahí es donde el niño -y también el adulto- se educa en la sorpresa, en el riesgo y en la cooperación. En él se revela que aprender no es solo acumular información, sino experimentar, equivocarse, crear y descubrirse.
En este sentido, Gregorio Luri ha insistido en que la educación no puede reducirse a técnicas o metodologías de moda, porque educar es siempre introducir al niño en mundo que ya estaba ahí antes que él. En ese tránsito, el juego cumple una función decisiva en el que el juego permite al niño apropiarse de ese mundo a su ritmo, desde la curiosidad y la sorpresa, sin la presión de la utilidad inmediata. Cada partida, cada experimento lúdico, enseña a asumir límites, a dialogar con la realidad y a descubrir que la libertad florece cuando se la encuadra, no cuando todo vale.
La escuela tiende a medirlo todo y la vida adulta confunde aprender con acumular destrezas, recuperar el juego es recuperar la educación como aventura. En él se aprende a obedecer reglas, pero también a negociarlas; a competir, pero también a cooperar; a perder, pero sin perderse. Un modo de habitar el mundo sin darlo por sabido. Jugar, como educar, es mantener vivo el asombro.
¿Qué nos dice nuestra manera de jugar sobre la libertad que ejercemos? ¿Qué revela sobre la educación que recibimos y la que ofrecemos? ¿qué perdemos cuando dejamos de jugar y qué podría devolvernos el juego si lo recuperáramos como actitud vital?
Para pensar y para dialogar sobre el juego como forma de libertad, de aprendizaje y de cultura, nos acompañará Gregorio Luri, filósofo, pedagogo y escritor,
En este espacio que Arjephilo dedica al pensamiento compartido, no hace falta ser experto en filosofía, basta el deseo de escuchar, preguntar y, quizá, volver a jugar con las ideas mientras nos dejamos llevar por el viento del logos.
Ponente:
Para conversar y debatir sobre toda esta cuestión contaremos con:
Gregorio Luri Medrano, maestro, filósofo y pedagogo, una de las voces más influyentes en el debate educativo actual en España. Licenciado en Ciencias de la Educación y doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona, ha ejercido como maestro de primaria, profesor de filosofía en bachillerato y docente universitario, además de formador de profesores.
Participa habitualmente en proyectos de divulgación y en medios de comunicación, donde reflexiona sobre cómo educar en la responsabilidad, el sentido común y el arraigo cultural en un mundo marcado por la prisa y la sobreprotección.
“Entrevista a Gregorio Luri” (Branding Escolar) donde insiste en virtud, esfuerzo y formación del carácter, fácilmente enlazable con la dimensión educativa del juego.
Hay libros que se leen con la razón, la memoria y la gratitud. Diario de un profesor de filosofía (1989–2023), de Francisco Huertas, es uno de esos textos que invitan a una lectura lenta, atenta, casi íntima. No es un manual pedagógico ni un ensayo académico al uso, sino un cuaderno de vida donde la experiencia docente, la reflexión filosófica y una sensibilidad literaria muy cuidada se entrelazan a lo largo de más de tres décadas.
En mi caso, la lectura tiene además un matiz personal: Francisco fue mi primer profesor de filosofía, y en el libro aparecen mencionados algunos antiguos alumnos, entre los que me encuentro. Es un detalle que emociona, pero que, sobre todo, confirma el carácter humano y relacional de la enseñanza, entendida como un intercambio que deja huellas en ambas direcciones.
“Ya sabéis cómo disfruto dando clase. Enseñar es una tarea prometeica, cada vez más. Robar el fuego de la sabiduría, y llevarlo a los estudiantes, más como afán interrogador y curiosidad que como sistema”
El libro se construye a partir de entradas breves, anotaciones, recuerdos y reflexiones que conforman una especie de autobiografía intelectual. No hay una narración lineal cerrada, sino una sucesión de fragmentos que recrean escenas de aula, pensamientos íntimos y preguntas abiertas sobre el sentido de educar y de pensar.
El libro se encuentra dividido en cuatro prólogos (prólogo analógico, ontológico, eistemológico y jubiloso) y en dos partes:
La primera parte tiene un tono más narrativo, centrado en la experiencia vital del docente: los inicios, las expectativas, los encuentros con alumnos, las dificultades cotidianas y la evolución personal. En la segunda parte, el texto adquiere un carácter más reflexivo y filosófico, con meditaciones sobre el tiempo, la cultura, la infancia, la memoria y el conocimiento.
Esta estructura fragmentaria funciona como un reflejo honesto de la propia vida: no todo sigue un orden claro, pero todo va construyendo una identidad y una mirada.
La vocación docente: entre el ideal y la realidad
Uno de los ejes más sólidos del libro es la reflexión sobre la vocación. Para Huertas, enseñar no es solo transmitir contenidos, sino despertar el deseo de comprender el mundo, cultivar la sensibilidad y mantener vivo el pensamiento crítico. La educación aparece como un acto profundamente ético y cultural.
“La traslación del docente supone modificación del proceso mismo de la educación. No se trata de imitar a Sócrates con diálogos en las plazas, sino de reproducir funciones represivas de control social. No es la mente la que dirige, sino el cuerpo. En el aula se disciplinan mentes a través del entrenamientocognitivo, pero en pasillo y patios se ordenan los cuerpos, con sus posiciones, sonidos y ritmos” (p.196)
Al mismo tiempo, no se oculta las tensiones del oficio: el cansancio, la burocracia, la dificultad para conectar con los alumnos en un contexto dominado por la inmediatez y la tecnología, o la sensación de que ciertos valores pierden peso en la escuela contemporánea. Esa contradicción entre ideales y realidad atraviesa el texto y le otorga una notable honestidad.
Lejos de caer en el pesimismo, el libro sostiene una defensa serena de la educación como espacio de resistencia cultural y humana.
Infancia, tiempo y memoria
La infancia ocupa un lugar simbólico importante en el diario. Aparece como territorio de apertura, curiosidad y fragilidad, pero también como una referencia constante para comprender la tarea educativa. Enseñar implica, en cierto modo, preservar esa capacidad de asombro y cuidado.
“¿Qué significa ser pequeño? ¿Por qué el saber nos elva? ¿Puede el alumno ser pequeño y grande a la vez? La educación es el camino por el que marchan los pequeños mientras van creciendo cada día. Este camino nos hace grandes. La atención, la responsabilidad y el hábito, de los que habla el profesor Gil, son el mapa que permite recorrer la senda, el cuidado en no perder los pasos del Maestro, de no salirse de los linderos, no caer por el precipicio” (p.135)
El tiempo es otro gran protagonista. Huertas reflexiona sobre el paso de los años, la memoria, la repetición, el desgaste y la permanencia. Escribir se convierte en una forma de ordenar la experiencia y de no dejar que lo vivido se diluya en el olvido. El diario funciona así como un ejercicio de conciencia y de fidelidad a lo esencial.
Una escritura que invita a la pausa
El estilo del libro es claramente literario y poético. Abundan los aforismos, las imágenes sugerentes vividas en primera persona, las referencias al cine, la música, la literatura y la filosofía, así como una prosa que prioriza la evocación antes que la explicación sistemática. Está claro que no se pretende buscar u ofrecer respuestas cerradas, sino todo lo contrario, abrir espacios para la reflexión.
Por este motivo, la lectura se convierte en una experiencia que requiere tiempo y atención, lo que le convierte en un libro para no ser leido de manera apresurada, sino que invita a dejarse acompañar por las ideas, subrayar, releer y dialogar interiormente con el texto.
Lectura y experiencia personal
Leer este libro desde la experiencia de haber sido alumna de Francisco Huertas añade una capa personal a la lectura, y por ello, no solo me ha permitido reconocer la coherencia entre pensamiento y práctica, entre lo que se defiende en la reflexión y lo que se encarna en el aula, sino que también me ha invitado a mirarme en ese espejo desde el propio presente. Hoy, ya situada en el lugar de quien enseña -aunque en un territorio distinto, el de la filosofía con los más pequeños y con un poco de experiencia con adolescentes-, muchas de sus intuiciones resuenan de forma inesperada: la paciencia, la escucha, la importancia del asombro, la fragilidad del vínculo educativo, la necesidad de cuidar el deseo de pensar. Con todavía poca experiencia docente, pero con una vocación en construcción, la lectura me transforma en un diálogo silencioso entre generaciones, donde se reconocen afinidades, aprendizajes heredados y una misma confianza en la filosofía como forma de acompañar el crecimiento humano.
A través de una reflexión cercana y profundamente humana, Esquirol cuestiona la idea de que aprender consiste solo en adquirir conocimientos, y plantea que la verdadera formación implica cultivar la atención, la sensibilidad y la capacidad de cuidar. Su obra invita a pensar la educación como un ejercicio de acompañamiento y de construcción del propio carácter, más allá de la lógica del rendimiento y la prisa contemporánea, “el encuentro es un alma que toca otra alma”.
Con este pretexto, el libro nos anima a reflexionar sobre cómo, en un mundo saturado de información y aceleración, sigue siendo urgente recuperar espacios de silencio, proximidad y sentido. Una invitación a reconsiderar qué significa vivir bien, cuál es el papel de la esperanza en tiempos inciertos y cómo la educación puede convertirse en un acto ético que fortalezca nuestra humanidad compartida.
“No se va solo a la escuela a aprender a leer y a escribir, sino también a superar la asignatura más difícil: vivir, y vivir con madurez.”
Esquirol
La actividad estará guiada por Alejandro Martínez y Miguel Ángel Mozún, licenciados de Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid.
Apúntate y disfruta del placer de hacer filosofía en vivo. El encuentro será de aproximadamente 1 hora.
En el proceso de desarrollo social, las relaciones entre los seres humanos se están volviendo cada día más complicadas, hay diversas acciones que vienen afectando la aceptación del otro y ¿por qué sucede esto?
Lopez – Miguel nos da una respuesta: “al otro lo concebimos como alguien que se puede llevar a cabo con fines propios, es decir, un ente numerable, cuantificable e indiferente, que solo es utilizado para un determinado fin, condicionalmente lo sentimos como un obstáculo, lo miramos y tratamos como un objeto, luego entonces nos estorba y por ello tratamos de discriminarlo y lo eliminamos del camino, pues nos causa un conflicto, toda vez que nunca se entabla un relación personal con el otro.”1 Según el texto podemos entender que la relación con el otro se vuelve difícil porque lo buscamos por utilidad, o por lograr algún beneficio personal, si no hay esto se le ve como un estorbo y por eso las relaciones sociales se vienen deteriorando de una forma preocupante.
Frente a este panorama, es importante para tratar de resolver este problema prestar atención a lo que dice Iza Villacis: “Infinitas son las posibilidades de que las cosas fueran distintas a como son y sin embargo son así como están y cómo se las conoce. Nos develan verdades que no son absolutas pues cada una de ellas ayuda a otras a develarse.”2Vemos así que las cosas son distintas a como las percibimos y así se les debe conocer, dicho punto de vista se aplica al otro, de esa forma debemos conocerlo en su forma distinta, esto es un paso difícil porque buscamos conocerlo bajo los parámetros propios. De alguna forma así nos lo da a entender Iza Villacis: “El conocimiento es el lenguaje del mundo académico. El sentir como siempre está ligado a un mundo de sospecha y de subjetividades que no alcanzan a relacionarse del todo en un mundo normalizado y reglamentado en una homogeneidad que reclama igualdad pero que vomita de su boca a lo distinto.” 3
Frente al acto de conocimiento de la diversidad para buscar más adelante mejorar las relaciones sociales cabe preguntar ¿qué motiva a buscar conocer al otro del entorno cercano? Una respuesta está en el Filósofo Emmanuel Levinas al referirse al rostro del otro como una realidad que no es solo una apariencia física, sino una presencia ética que interpela y exige responsabilidad. Este rostro habla sin palabras y expresa una vulnerabilidad que no puede ser reducida a conceptos ni categorías. Frente al rostro del otro, el “yo” descubre que no es dueño del mundo, sino que está llamado a responder.
Pero ¿cómo entender desde la filosofía de Levinas el rostro del otro?, aquí unas ideas importantes:
Comprende que el rostro rompe tu egoísmo: Cuando aparece el otro, aparece un límite a tu libertad. El rostro te saca de ti mismo y te hace ver que no eres el centro del mundo.
El rostro siempre exige responsabilidad infinita: No hay un límite claro para la responsabilidad ante el otro. El rostro te pide cuidado, acogida, respeto, incluso más allá de lo “razonable”.
Recuerda que el rostro está antes que cualquier teoría o conocimiento: Para Levinas, la ética viene antes que la filosofía, la política, o la psicología. La relación ética con el otro es el fundamento de todo.
Finalmente, para mejorar las relaciones sociales en estos tiempos, es importante darnos cuenta que los otros son diferentes a uno mismo y que al relacionarnos con ellos debemos mirar más allá del beneficio personal, se debe buscar comprender al otro para poder comprenderse a sí mismo. Para lograr estos detalles es importante seguir el pensamiento de Levinas donde se parte de ser crítico del “yo autónomo” y autosuficiente a un real sentido a la vida individual por medio de las relaciones sociales, para entender esta idea Levinas propone un yo descentrado, que no se define desde sí mismo, sino desde su obligación hacia el Otro. Queda para el lector de estos tiempos la pregunta: ¿que implicaría ser interpelado por el rostro del otro de mi entorno cercano?
Alfredo Rivera Roggero Filósofo, investigador social y escritor. Especialista en temas vinculados a conflicto social, violencia familiar y comunicación efectiva. Publica artículos sobre seguridad ciudadana en dos revistas peruanas.
López – Miguel, Apolinar LA FALTA DE RECONOCIMIENTO DEL OTRO, AFECTA LA CONVIVENCIA ESCOLAR Ra Ximhai, vol. 12, núm. 3, enero-junio, 2016, pp. 445-455 Universidad Autónoma Indígena de México El Fuerte, México ↩︎
IZA VILLACÍS, V.A. El rostro y la otredad de Emmanuel Levinas como elementos de alteridad y su implicación en el personalismo cristiano. In: IZA VILLACÍS, V.A., ed. Persona, educación y filosofía: reflexiones desde la educación universitaria [online]. Quito: Editorial Abya-Yala, 2018, pp. 67-84. ISBN: 978-9978-10-493-4 ↩︎
He leído el libro de mi amiga Carolina en unos días en los que he sentido bastante frío y desánimo. Los que tenemos la buena costumbre de leer sabemos que los libros, misteriosamente, se colocan en nuestras manos cuando ellos quieren. O quizás seamos nosotros, en realidad, los que sepamos ciegamente cuándo necesitamos algo de ellos. Y Carolina, que es una persona a la que quiero mucho, se me ha hecho palabra. Leerla ha sido como escucharla. Y eso pasa a veces: leer y escuchar es la misma cosa. Y esto es un alivio.
El libro recoge los fundamentos filosóficos de la psicoterapia existencial, una manera de entender la terapia psicológica como un acompañamiento alejado de los diagnósticos precipitados y las pautas milagrosas, un proceso que tiene que ver con la escucha atenta, con el diálogo, con la mirada humanista… Palabra, silencio, cuidado. Una filosofía para la vida, al modo de los clásicos. O eso entiendo yo.
Carolina sabe, además, y nos lo hace saber de una manera bellísima, que la literatura juega un papel crucial en todo esto. El consuelo ante el desamparo o la pérdida de sentido, ante el inesperado frío que congela el alma a veces, viene de la mano de las novelas, de la poesía, de la música, de la pintura… Yo no sé si el arte salva o es la herida, pero, en cualquier caso, es importante para dotar a una vida de orientación. De cierta orientación. El lenguaje, así, cumple en nosotros una función médica, hospitalaria, tal y como se esfuerza en remarcar Carolina, siguiendo la estela de Josep Maria Esquirol. Palabra y casa. Qué hermoso. El buen decir, el mimo en el discurso que entregamos al otro, la selección meditada y cuidada de nuestro vocabulario son nuestra mejor ofrenda, cobijo o brújula para aquellos a los que amamos y que necesitan ayuda. Ayudar para ayudarnos. Salvar para salvarnos, como San Manuel.
Confesaré, no sin algo de pudor, que yo mismo transito por los caminos de esta terapia desde hace unos cuantos años. He intentado probar otros enfoques psicológicos, pero siempre me han resultado insuficientes y demasiado apegados a lo clasificatorio, medible o pautable. La propuesta existencial, sin embargo, y que la autora desarrolla en esta tesis doctoral convertida en ensayo, subraya la importancia del misterio, huye del concepto de curación y del diagnóstico, convierte al terapeuta en un acompañante que sabe escuchar la particularidad y permitir el silencio. Porque no hay música, de hecho, sin silencio. O dicho de otro modo: la música es el silencio.
En un tiempo en el que cualquiera se publicita como víctima de algo, es importante lo que nos plantea la autora: nuestra existencia nos compromete a hacernos cargo responsablemente de nosotros mismos y también de los demás. La vida, efectivamente, nos pone ante la tesitura de andar eligiendo constantemente y no podemos escapar de eso. Apartar la mirada ante este asunto solo nos llevaría al dolor y a la angustia. Pero es reconfortante pensar que, aunque presos de unas determinadas circunstancias, podemos elegir. Yo qué sé. Elegir leer o no leer. Elegir pasar tiempo con ese amigo. Elegir regresar. Elegir repetir. Elegir parar. Elegir un verbo. Elegir un adjetivo. Elegir un color. Elegir un beso. Elegir llamar a un familiar a quien echamos de menos. Elegir renunciar a una relación que nos hace daño. Elegir y mirarse honestamente en un espejo. Elegirse a uno mismo.
La soledad es otro de los temas fundamentales que aborda el ensayo junto con la muerte. Y es la poesía, sobre todo, la que yo creo que puede hacer saber al mundo de una forma emotiva y verdadera de la existencia del yo y de acortar la distancia con el otro para saberse más comprendido, más acompañado, menos solo. Por el libro, además, se van dejando caer, con una pertinencia asombrosa y muy agradable, autores como Unamuno, Piedad Bonett, Sartre, Heidegger, Sergio del Molino, Pablo d’Ors, Esquirol, Camus, Yalom, Borges, Benedetti, Byu Chul-Hang… Los cito de memoria, según me vienen a la cabeza. Autores contemporáneos y clásicos, novelistas y poetas, filósofos… A partir de esta polifonía textual, podemos entender mejor la cercanía que se da entre pensamiento y belleza, entre realidad y ficción, entre poesía y conocimiento (muy Zambrano esto, por cierto). Es esta la textura del ensayo y viene de aquí la diversión y la felicidad que me produce su lectura, porque los ejemplos literarios actúan como cápsulas de tiempo, como pequeños instantes fijos que nos permiten analizar y entender lo humano. Qué buen gusto tiene Carolina.
Los que hemos tenido que afrontar algunas experiencias dolorosas y traumáticas (yo creo que casi todos, en realidad) sabemos del escozor que produce vivir con una herida que nunca acaba de cicatrizar. Son demasiadas las preguntas, demasiados los desvelos. El camino, a veces, es errático, indeciso, torpe. Se va al pasado, se va al futuro, se huye del presente. Y la sanación, se entiende más tarde, viene de una comprensión de la propia historia, de un saber encauzar la rabia que ese daño produjo y que nos haga saber que, claro que no, «no merecíamos eso». El planteamiento que sigue la autora, además, no tiene nada que ver con esos discursos públicos actuales, absolutamente lacrimógenos y publicitarios, que buscan constantemente la restitución y se dirigen hacia terceros con agresividad y ansias de venganza.
Como explica Carolina, se trata de tomar ese sentimiento colérico como una energía transformadora que nos haga conscientes de lo que ocurrió y no debería seguir ocurriendo. Pienso que ojalá algún día nuestros familiares más queridos, nuestros amigos, también puedan, como tratamos de hacer nosotros, aceptar que algo fue injusto, que estuvo mal, pero que siempre se está a tiempo de sofocar la angustia y de aprender a andar otra vez de nuevo, como si realmente nos hubiesen mirado bien, como si nos hubiesen mecido pacientemente con una nana interminable en la noche, como si nos hubiesen sostenido cuando debieron hacerlo y nos hubiesen señalado amorosamente los peligros y los límites del mundo, sus afueras y su intemperie (en terminología esquiroliana).
Mientras terminaba de leer sus páginas, escuchaba una canción de Nacho Vegas, que es el gran maestro de los tristes, que se titula «Los asombros», ya ves tú la tontería, y he encontrado una conexión inesperada entre ambos textos y que tiene que ver con la esperanza y el cambio («y así surge un resplandor»), con el llanto que nos hace fuertes desde la fragilidad («permitirse llorar en cada hora fantasmal/comprender que vivir es fuga y fragilidad»), con la capacidad de sorprenderse ante la belleza y lo que nos ofrece la vida, tal y como expresaban los griegos con el término «thaumazein» («yo me vuelvo a asombrar: es mi gran habilidad»), y con la apertura que nos permitimos ante el mundo para ser un poco más libres y vivir con más sentido («pero ahora entran pájaros por las ventanas sin cerrar»).
Cuando la vida duele, retomando el título del ensayo, trae la paz haber elegido conscientemente el abrazo amigo que nunca se acaba. Tengo mucha suerte y muchas manos a mi alrededor que, al modo del San Manuel de Unamuno, me sostienen y estabilizan como poderosas anclas.
¿Por qué necesitamos música? No como mero adorno, sino como forma esencial de habitar el tiempo, de pensar con sonidos y de revelar la existencia misma.
La música nos permite experimentar el flujo temporal de un modo único: retiene el pasado en la memoria auditiva, anticipa el futuro en cada nota y une instantes fugaces en una totalidad que las palabras no alcanzan a capturar.
Filósofos como Schopenhauer la ven como expresión directa de la voluntad profunda de la vida, como deseo, tensión y resolución, mientras Nietzsche la celebra como fuerza dionisíaca que libera del rígido orden apolíneo, moldeando nuestra sensibilidad ética y nuestra conexión con los demás.
Componer es filosofar sin conceptos: ¿descubrimos armonías eternas inscritas en el cosmos o inventamos mundos posibles que antes no sonaban? Escuchar, a su vez, no es pasivo, sino un acto creativo donde recomponemos la obra desde nuestro cuerpo e historia, inaugurando esperanzas y sentidos nuevos, como en rituales colectivos que marcan comienzos, como el Concierto de Año Nuevo de Viena o la primera canción del año.
Para dar respuesta a la cuestión, ¿componer es pensar el ser con sonidos? ¿Qué revela la música sobre cómo queremos existir en el tiempo? Nos acompañará Rubén Jordán, compositor, director de orquesta e investigador en musicología por la Universidad de Salamanca.
En este espacio que Arjephilo brinda para la reflexión y el diálogo. No es necesario ser un experto en filosofía para participar; solo se necesita el deseo de escuchar, cuestionar, aprender y , por supuesto, dejarse llevar por el viento del logos.
Ponente:
Para conversar y debatir sobre toda esta cuestión contaremos con el siguiente invitado:
Rubén Jordán, músico y director orquestal con numerosos títulos académicos, incluidos másteres en dirección orquestal, musicología, filosofía y cinematografía. Ha estudiado con reconocidos directores y realizado funciones como director asistente en varias agrupaciones. A lo largo de su carrera, ha dirigido a distintas bandas y orquestas, incluyendo la Banda Municipal de Urda y el Coro Filarmonía de Madrid. También es compositor, con un amplio catálogo de obras que abarca diversas formaciones y ha recibido encargos de renombradas instituciones. Su trabajo musical incluye orquesta de cuerdas, música de cámara y composiciones para medios audiovisuales. Además, tiene una fuerte implicación en la docencia, siendo profesor en el Centro Profesional de Música «Vila de Sant Joan» y en otras instituciones. Actualmente, es doctorando en musicología y está involucrado en múltiples proyectos de investigación y composición.
¿Cómo puedes saber que algo es verdad? Con esta pregunta, el Mayor en los Jardines de la Reflexión siembra en Calista una duda que le llevará a cuestionar todo lo que cree conocer. Desde Epistemoria, Calista nos invita a descubrir que la verdad no se encuentra: se construye al caminar, al dudar y al escuchar-tanto a los demás como a uno mismo. Una historia filosófica que invita a jóvenes y adultos a explorar, a través de los ojos de Calista, el arte de preguntar, el valor de la incertidumbre y la belleza de las verdades que, como el sol, iluminan pero también pueden quemar. Para quienes creen que las respuestas son el final y para quienes saben que las preguntas son solo el principio
“Calista, el misterio de la verdad” y “Calista: El misterio del yo y de la libertad“ no son un relato más en la estantería; son una invitación a embarcarse en un diálogo entre niños, niñas, familias y educadores. Estas obras van acompañadas de una guía práctica para fomentar el diálogo filosófico, ofreciendo recursos y propuestas que facilitan la reflexión compartida y el pensamiento crítico. Una experiencia filosófica diseñada para dejar una huella en las mentes y corazones de los más jóvenes, alentándolos a descubrir y afirmar su sentido de identidad y autonomía.
Les animo a compartir anécdotas y experiencias derivadas de la interacción con el libro. ¿Cómo ha influido la historia en la forma en que los niños y niñas abordan su vida diaria y las elecciones que hacen? ¿Qué preguntas han surgido? ¿Cómo ha ido la experiencia? ¿Han encendido sus mentes con nuevas preguntas? ¿Habéis realizado alguna de las actividades sugeridas en el libro o habéis creado vuestras propias prácticas inspiradas en la travesía de Calista? ¿Qué dinámica habéis empleado para explorar los conceptos filosóficos?
Puedes contármelo enviándome un correo a: info@arjekids.com o rellenando esta ficha de contacto.