La arqueología del saber (1969) es una de las obras más importantes de Michel Foucault y uno de los textos fundamentales de la epistemología del siglo XX. En este libro, Foucault plantea una pregunta decisiva: ¿cómo se forma el conocimiento y quién determina aquello que una época considera verdadero?
Para Michel Foucault, la historia no debe entenderse como una sucesión continua de acontecimientos, sino como una serie de rupturas y discontinuidades. Es precisamente en esas rupturas donde aparecen nuevos discursos, nuevos saberes y nuevas formas de comprender la realidad.
El centro de La arqueología del saber es el análisis del discurso. Foucault sostiene que ningún discurso surge espontáneamente. Todo saber depende de determinadas condiciones históricas, culturales y sociales que hacen posible que unas ideas puedan decirse y otras permanezcan excluidas.
De ahí nace uno de sus conceptos más importantes: la episteme. Para Foucault, la episteme es el conjunto de prácticas discursivas que caracteriza a una época y organiza aquello que puede aceptarse como conocimiento. Nadie habla completamente fuera de su tiempo; todo pensamiento está condicionado por su contexto histórico.
En este proceso también desempeña un papel esencial la gramática, ya que establece las reglas de validez, normatividad y actualidad que permiten distinguir qué discursos adquieren legitimidad y cuáles permanecen en los márgenes.
A partir de estas ideas, Michel Foucault comienza a vincular el saber con el poder. Antes de dominar a las personas, se domina el discurso. Antes de ejercer poder sobre los sujetos, se determina qué puede conocerse, decirse y aceptarse como verdad.
Con La arqueología del saber, Foucault transforma la pregunta por el conocimiento en una pregunta por las condiciones que hacen posible el conocimiento mismo. Una obra imprescindible para comprender cómo nacen las verdades que organizan nuestra manera de pensar y entender el mundo.
El juego como libertad, el fútbol como industria y la distancia entre los dos
Hay algo que el cuerpo recuerda antes que la mente. El impacto del pie sobre el balón. El ruido sordo sobre el asfalto. La trayectoria, normalmente torcida e imperfecta, hacia dos pivotes, los cuales han sido colocados para prohibir la entrada de coches a una calle peatonal, porque no había otra portería o, quizás, dos mochilas. Fui esa niña. Jugaba en descampados, en calles peatonales, en los parques y en los patios de los colegios cuando los dejaban abiertos y, si no lo estaban, saltaba la valla. Recuerdo cuando en mi primera comunión me regalaron una Barbie y no un balón (la cabeza acabó siendo un pequeña pelota)
2018
No había espectadores. No había cámara. Nadie anotaba nada, salvo los y las participantes del juego por diversión. Y eso, que entonces parecía simplemente la normalidad del juego, ahora me parece una forma de libertad que se está perdiendo. (por lo general, en la zona en la que vivo, apenas veo niños ni niñas jugando al fútbol sino es con un equipo detrás,)
Para entender qué se pierde cuando el fútbol deja de ser un juego jugado por quien quiere jugarlo me remito a la Filosofía, ¿a qué si no?
La filosofía tarda en tomarse en serio las cosas que parecen triviales. El juego fue durante siglos una categoría menor: algo que los niños hacen antes de volverse adultos. Esa idea es, precisamente, la que Johan Huizinga desmontó en 1938 con Homo Ludens. «El juego no es un subproducto de la cultura humana. Es su origen«
Antes de construir ciudades, antes de codificar leyes, antes de escribir, el ser humano jugó. Y en ese juego -delimitado, voluntario, gobernado por reglas propias- se formaron los rituales, el arte, el derecho, incluso la guerra. El juego, dice Huizinga, es «más antiguo que la cultura». El impulso lúdico es anterior al impulso productivo.
Lo que me parece más potente de esta idea es su consecuencia filosófica directa: si el juego es anterior a la cultura, entonces no puede ser reducido a ella. No puede ser completamente absorbido por la lógica económica sin que algo esencial se rompa. Y sin embargo, eso es exactamente lo que llevamos décadas intentando con el fútbol.
“El ser humano sólo juega cuando es humano en el pleno sentido de la palabra, y sólo es plenamente humano cuando juega.”
En estas palabras, Schiller no estaba hablando de ocio. Estaba hablando de la tensión constitutiva del ser humano: entre el impulso sensible, es decir, el cuerpo, el deseo, el instante; y el impulso formal como la razón, la norma, el deber. Esa tensión, dice, no se resuelve eligiendo un lado. Se resuelve en el juego, que es el único espacio donde los dos coexisten sin aplastarse mutuamente.
Una portería de pivotes , o de piedras, o de mochilas, tiene reglas tan reales como la de un estadio profesional. Pero nadie te obliga a respetarlas desde fuera: las respetas porque el juego lo pide y porque quieres seguir jugando. Esa diferencia entre la norma impuesta y la norma elegida es, para Schiller, la diferencia entre la servidumbre y la libertad.
Aquí cabe un escepticismo legítimo: ¿no es esto demasiado idealizado? ¿No hay también en el juego infantil jerarquías, exclusión, crueldad? Sí, las hay. Pero el punto de Schiller no es que el juego sea moralmente puro. Es que la estructura del juego, su gratuidad, su autotelismo, contiene una forma de libertad que ninguna otra actividad humana puede replicar del mismo modo.
Pero ¿qué es exactamente esa estructura? Huizinga fue más preciso que Schiller en este punto. Identificó cicinco características que definen el juego verdadero. Vale la pena detenerse en ellas, porque son exactamente las que el fútbol moderno está erosionando una por una.
El juego es libre. Nadie puede ser obligado a jugar sin que el juego deje de serlo. Cuando un niño de doce años entrena cinco días a la semana bajo un contrato de academia, supervisado por agentes y ojeadores, ¿está jugando? Hay que atreverse a decir que no del todo.
El juego es separado. Ocurre dentro de límites precisos de tiempo y espacio. El «círculo mágico» que Huizinga describe. Dentro de ese círculo, la realidad exterior queda suspendida. El problema es que ese círculo se perfora cuando el resultado tiene consecuencias económicas directas: descensos, primas, cláusulas de rescisión. La presión exterior entra y el juego se contamina.
El juego es incierto. Si el resultado está predeterminado, no hay juego. Hay actuación. Los escándalos de amaño de partidos, entre otros, no son anomalías del sistema. Son la consecuencia lógica de convertir el resultado en mercancía.
El juego es improductivo. No crea riqueza, no produce bienes, no tiene utilidad exterior a sí mismo. El filósofo Eugen Fink lo llamó el único fenómeno ontológicamente autotélico. En cuanto el juego produce algo como es el dinero, la fama y el poder, deja de ser puro juego para convertirse en trabajo disfrazado.
El juego está gobernado por reglas propias (me atrevo a decir que es lo que menos se discute). Cuando esas reglas empiezan a ser subordinadas a criterios externos como la rentabilidad televisiva que dicta los horarios, el marketing que dicta los calendarios, las reglas ya no son del juego. Son del negocio.
Jugando al fútbol – 2018
Estas cinco condiciones no son abstracciones académicas. Describen algo que cualquiera que haya jugado alguna vez reconoce de inmediato. Y describen también, por contraste, lo que ocurre cuando dejas de jugar y empiezas a mirar cómo otros juegan.
Hay una transformación que ha ocurrido de forma tan gradual que casi no la hemos visto, hemos pasado de ser una sociedad de jugadores a ser una sociedad de espectadores del juego ajeno. Y eso no es neutral.
Cada vez que un locutor de fútbol menciona el «campo de juego», algo en la frase nos hace pensa. Campo, sí. ¿Juego? Ahí la cosa se complica. Porque lo que ocurre dentro de ese rectángulo de césped perfectamente medido, con árbitros de vídeo, primas por rendimiento y contratos firmados años antes del debut, se parece cada vez menos a lo que Huizinga, Schiller o cualquier niño con un balón entendería por juego. El locutor usa la palabra correcta. Solo que ya no describe lo mismo.
El filósofo Bernard Suits definió al jugador como alguien que acepta obstáculos innecesarios para alcanzar un objetivo. Eso es exactamente lo que hace quien patea un balón hacia una portería cuando podría simplemente llevarlo con la mano. La restricción voluntaria, como son las reglas del juego, es lo que crea el desafío y, con él, el placer. El espectador, en cambio, no acepta ningún obstáculo. Observa cómo otros los aceptan. Y esa diferencia no es menor: es la diferencia entre la experiencia vivida y la experiencia contemplada.
La industria del fútbol ha invertido cantidades enormes en hacer que la contemplación sea cada vez más perfecta y que la participación sea cada vez menos necesaria. Pantallas más grandes, ángulos más nítidos, estadísticas en tiempo real. El producto está diseñado para consumirse, no para imitarse.
Esto merece un juicio directo: la espectacularización del fútbol no es inocente. Es una sustitución. Lo que se ofrece como acceso al juego es, en realidad, un acceso al relato del juego. Y el relato no da lo mismo que el juego. Quien cuenta la historia del ascenso en montaña no ha subido la montaña, me dijo una vez mi madre.
Y sin embargo, el negocio sigue creciendo. Lo que vale el fútbol hoy, en euros, en dólares, en derechos televisivos, difícilmente puede ignorarse. ¿Ese precio tiene algo que ver con lo que el fútbol realmente vale?
El fútbol vale hoy cifras que desafían la comprensión: derechos televisivos, cláusulas de rescisión, patrocinios de nombres de estadios. Y sin embargo, lo que hace que el fútbol importe como es la incertidumbre real, la emoción no fabricada, el gol que nadie esperaba, es exactamente lo que no puede comprarse ni garantizarse.
Karl Marx diría que hemos fetichizado el fútbol: le hemos atribuido a la mercancía (la camiseta, el partido, la marca) el valor que en realidad reside en otra cosa. En la relación humana que el juego hace posible. En el placer físico de correr. En la inteligencia colectiva de una jugada que se arma entre varios cuerpos sin que nadie dé una orden.
¿Puede convivir el gran negocio con el juego auténtico? Probablemente sí, en parte. Hay partidos donde el círculo mágico se mantiene intacto pese a todo. La pregunta es otra: ¿estamos educando a las nuevas generaciones para jugar al fútbol, o para consumir fútbol? ¿Para participar, o para ser audiencia de otros que participan?
La respuesta no está en ningún estadio. Está, si acaso, en un descampado, en esa calle peatonal. O en el recuerdo de una.
Los pivotes de la calle no aparecen en ninguna estadística. El gol marcado en un descampado no existe en ninguna base de datos. Nadie lo grabó, nadie lo contó, nadie pagó por verlo. Y sin embargo, algo de eso permanece en el cuerpo, en la memoria, en la convicción de que eso importaba, con una solidez que ningún partido de televisión ha conseguido igualar.
2018
No digo esto por nostalgia. Lo digo porque la experiencia del juego vivido en primera persona tiene una densidad existencial que la experiencia del juego observado no puede replicar. Schiller tenía razón, aunque no pensara en descampados. Huizinga tenía razón, aunque no pensara en pivotes.
El balón sigue rodando igual. No ha cambiado. Lo que ha cambiado es el suelo bajo el que rueda. Antes era tierra, asfalto, hierba sin marcar. Ahora es, a menudo, una pantalla.
Y la pantalla no devuelve el pase.
Referencias:
Huizinga, Johan. Homo Ludens. Madrid: Alianza Editorial
Entre el absurdo, la dignidad humana y la responsabilidad de elegir nuestro propio camino
por: Alfredo Rivera Roggero, Lima (Perú).
En estos tiempos, el ser humano se encuentra con una variedad de alternativas que en muchas ocasiones le complican la vida misma, en ese sentido es interesante reflexionar sobre la práctica de la libertad, de manera especial, sobre la capacidad para escoger algunas de las alternativas que ella exige.
Sobre este detalle, Camargo Ricardo nos señala que: “la noción de libertad exige la no existencia de restricciones externas que imposibiliten el despliegue de la voluntad asociada (libertad de no interferencia). Si esto es así, entonces ello implica correlativamente que quien es libre tiene siempre la habilidad de seleccionar una opción dentro de un conjunto de alternativas posibles dispuestas en diferentes momentos de nuestras vidas”1
Entonces, para reflexionar sobre el ejercicio de la libertad, hay que preguntar: ¿debemos pensar en las restricciones al acto humano o en la posibilidad que tiene el individuo para elegir entre diversas opciones?
La complejidad de la pregunta nos lleva a mirar la respuesta en el pensamiento del filósofo Albert Camus y para entenderlo prestamos atención a lo que dice Garcia Aguilar:
“bajo el enfoque camusiano, la libertad humana no cuenta con un carácter terminante, no puede tenerse como absoluta, porque ella misma “tiene sus límites en todas partes donde hay un ser humano” (Camus, El hombre 366),”2
Vemos así que, el ejercicio de la libertad significa que el individuo se de cuenta de los límites de su actuar y debe asumirlo siendo consciente de sus consecuencias. Esto se entiende desde Camus con el ejercicio de la rebelión, así nos lo indica Málishev Krasnova, al referirse al hombre rebelde: “Para el rebelde ese “algo” vale más que su propia vida, ya que en su rebeldía tiene riesgo de perderla. En la rebelión, ese “algo” se eleva al rango de derecho inalienable que pertenece tanto al alzado como a sus semejantes, incluso al amo que le insulta y oprime; ese “algo” es la dignidad propia de todo el género humano, (…)”3
¿A qué se refiere Camus con ese “algo”?, desde la práctica se habla del respeto por la vida humana y eso está referido a la naturaleza humana, así nos lo señala Málishev Krasnova: “La naturaleza está presente en todas las manifestaciones y transformaciones del ser humano, y le obliga a tomarla en consideración en cada uno de sus actos, por libres que sean”4 y Camus en “El hombre rebelde” nos señala que:
La rebelión auténtica no es egoísta: cuando alguien se rebela contra la injusticia, lo hace también en nombre de los demás. Así, comprender al otro significa reconocer que su dignidad también es la nuestra.5
Finalmente, para entender el ejercicio de la libertad desde la filosofía de Camus, es importante ser consciente de los límites del actuar, de manera puntual el reconocer el valor de la vida humana en sí mismo y en su relación con los demás. Esto lo debemos entender desde la filosofía de Camus cuando el ser humano busca sentido, orden y claridad, pero el mundo no siempre responde a esa búsqueda. De esta tensión surge el absurdo. Sin embargo, el absurdo no significa que la vida no valga, sino que debemos vivirla plenamente aun sabiendo que no tiene un sentido definitivo. Entonces ¿cómo ejercer la libertad en estos tiempos? Al no existir un destino fijo o un sentido impuesto, el ser humano tiene la posibilidad de crear su propio camino. Al ser creador de su destino, es responsable de sus actos y entonces la vida se vuelve importante porque es el espacio donde ejerce su propia libertad.
Para el lector: ¿puede ejercer su libertad siendo consciente de sus límites frente a los otros de su entorno ? usted tiene la palabra, espero su comentario.
Alfredo Rivera Roggero Filósofo, investigador social y escritor. Especialista en temas vinculados a conflicto social, violencia familiar y comunicación efectiva. Publica artículos sobre seguridad ciudadana en dos revistas peruanas.
Camargo, Ricardo. (2023). Libertad, ¿con o más allá de la responsabilidad moral?: el desafío de Frankfurt.Signos filosóficos, 25(49), 90-110. Epub 03 de noviembre de 2025 ↩︎
García Aguilar, Juan Francisco. (2024). Camus, la libertad como límite y afirmación de sí mismo.Valenciana, 17(33), 87-112. Epub 31 de mayo de 2024 ↩︎
Málishev Krasnova, Mijaíl Albert Camus: de la conciencia de lo absurdo a la rebelión. Ciencia Ergo Sum, vol. 7, núm. 3, noviembre, 2000 Universidad Autónoma del Estado de México Toluca, México ↩︎
En este Club de Lectura dialogaremos entorno a la Novela de ajedrez de Stefan Zweig, una obra breve y perturbadora sobre la mente humana sometida a la soledad extrema y la opresión.
A través de una narración intensa y psicológica, Zweig muestra cómo el aislamiento impuesto por la violencia totalitaria puede fracturar la identidad, pero también generar formas inesperadas de resistencia interior. El ajedrez aparece así como refugio, obsesión y campo de batalla mental, revelando hasta qué punto la imaginación puede salvar y, a la vez, poner en riesgo la cordura.
Con este pretexto, el libro nos invita a reflexionar sobre los límites de la mente, el precio psicológico de sobrevivir y la delgada frontera entre lucidez y delirio. Una mirada humana sobre la dignidad, la fragilidad y la necesidad de sentido incluso en las circunstancias más deshumanizadoras.
“No nos hacían nada, se limitaban a situarnos en el vacío más absoluto, y es bien sabido que nada en el mundo puede oprimir tanto el corazón del hombre como la nada» — Stefan Zweig, Novela de ajedrez
La actividad estará guiada por Alejandro Martínez y Miguel Ángel Mozún, licenciados de Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid.
Apúntate y disfruta del placer de hacer filosofía en vivo. El encuentro será de aproximadamente 1 hora.
¿Está realmente en crisis la democracia o lo que vivimos es, más bien, un cambio silencioso en la forma en que nos organizamos como sociedades?
Desde hace siglos, la democracia despierta dudas y entusiasmos a partes iguales. Platón ya desconfiaba de ella, temiendo que el gobierno de muchos terminara en caos y demagogia. Mucho después, Tocqueville vio en la democracia una fuerza transformadora, capaz de igualar condiciones y redefinir la vida social. Entre la cautela y la esperanza se ha movido la experiencia democrática hasta nuestros días.
Podría considerarse que, la democracia ha adoptado formas muy distintas: a veces más directa, otras más representativa; en ocasiones centrada en la deliberación pública y en otras en la estabilidad institucional; abierta a la participación cotidiana o limitada casi exclusivamente a las urnas. Cada una de estas versiones intenta responder a una pregunta que no pierde vigencia, ¿cómo convertir la diversidad de una sociedad en decisiones comunes sin borrar las diferencias?
Hoy, sin embargo, parece instalarse una sensación de desgaste. La distancia entre ciudadanos e instituciones, la fragmentación del espacio público, la velocidad de los cambios sociales y tecnológicos… todo ello alimenta la impresión de que los mecanismos que conocemos ya no alcanzan. ¿Estamos ante una crisis profunda o simplemente ante un reajuste inevitable en tiempos de transformación?
Quizá preguntarnos por la crisis de la democracia sea también preguntarnos por lo que esperamos de ella. ¿Le exigimos demasiado o participamos demasiado poco? ¿El ideal democrático ha perdido fuerza o solo ha cambiado la manera en que se expresa? Pensar en estas cuestiones es pensar qué significa hoy convivir bajo reglas que nos damos (o que aspiramos a darnos) entre todos.
En este espacio que Arjephilo dedica al pensamiento compartido, no hace falta ser experto en filosofía, basta el deseo de escuchar, preguntar y, quizá, volver a jugar con las ideas mientras nos dejamos llevar por el viento del logos.
El mundo que conocíamos se está agrietando bajo el peso de una Omertà Dialéctica: un pacto de silencio donde las palabras han sido vaciadas de su significado y el individuo ha sido reducido a un engranaje de la técnica. Sin embargo, en los márgenes del mapa, algo está cambiando.
No es una teoría; es una praxis. Desde las calles de Sofía hasta las plazas de Ciudad de México, una nueva estirpe de ciudadanos está rompiendo la inercia. Ya no esperan el permiso de una oficina para ser libres; están plantando su propia bandera. Este texto es una hoja de ruta para entender esa Voluntad de Goma: esa resiliencia atemporal que, inspirada en la sabiduría de Salamanca y la rebeldía de Camus, se niega a caminar a cuatro patas.
La historia no ha muerto; simplemente ha cambiado de ritmo. ¿Estás listo para escuchar los tambores?
I. La Tergiversación del Cinismo y la Rueda de Hámster
El lenguaje contemporáneo ha perpetrado un crimen semántico: ha convertido el término «cínico» en el refugio del hipócrita. Donde Diógenes de Sinope practicaba la parrhesía (la verdad sin filtros) para alcanzar la autárkeia (autosuficiencia), el político moderno utiliza el cinismo para blindar su amoralidad. Esta evolución no es accidental, sino el resultado de una linealidad horizontal del progreso que prioriza la técnica sobre la sabiduría. Como hámsteres en una rueda de «títulos super otorgados» por instituciones anquilosadas, el ciudadano ha dejado de mirar las estrellas para observar raíces que ya no comprende, atrapado en una inercia que castiga a quien se atreve a preguntar: «¿Para qué?».
II. La Cadena de Hierro y la Omertà Política
La neblina intelectual en la que caminamos a cuatro patas tiene arquitectos con nombres propios. Existe un hilo negro que conecta los deseos oscuros de Sila y Catilina con la modernidad estatista de Hegel, donde el individuo es sacrificado en el altar del Estado. Marx, Lenin y Mussolini, pese a sus disfraces, compartieron la misma raíz colectivista, perfeccionada después por la Escuela de Frankfurt y el concepto de hegemonía cultural de Gramsci. El resultado es la Omertà política: un pacto de silencio y una ingeniería social que embota el pensamiento crítico para que nadie cuestione la estructura del poder.
III. El Hilo Rojo y la Voluntad de Goma
Frente a la cadena de hierro, existe un hilo rojo de la voluntad que conecta eras. Esta estirpe de los libres nace con la virtus de Escipión y se compila en la Escuela de Salamanca, donde los escolásticos demostraron que la dignidad humana y el derecho natural están por encima de cualquier soberano. Este testigo fue recogido por la Escuela Austriaca (Mises, Hayek) para devolverle al ciudadano su soberanía.
Es aquí donde el arte contemporáneo ofrece un faro. La figura del chico de goma con una bandera como estandarte encarna la Voluntad de Goma. No es solo una capacidad física; es la voluntad atemporal que se estira ante la opresión pero jamás se dobla. Es la rebelión de Albert Camus adaptada a nuestro tiempo: la negativa a caminar a cuatro patas incluso cuando el sistema intenta aplastar nuestra identidad.
IV. La Praxis de la Libertad: El Despertar de la Vitola
Si el lector duda de esta estirpe, solo tiene que mirar los acontecimientos recientes en Bulgaria, Indonesia o México. Allí donde la voluntad parecía haber desaparecido bajo la neblina, estamos viendo cómo la gente se levanta, rompiendo la Omertà y desafiando las estructuras que pretendían inmovilizarlos.
¿Por qué razón la Generación Z, por la que nadie apostaba, está recuperando la vitola del Jolly Roger? Contra todo pronóstico, estos jóvenes han entendido que la libertad no es un permiso otorgado por una oficina, sino una bandera que se planta en la propia tierra. La voluntad ha vuelto, y tiene la resiliencia de la goma: cuanto más intentan comprimirla o silenciarla, más fuerte es el impacto de su regreso.
La historia ha llegado a un punto de no retorno. Tú, que lees esto, tienes la última palabra:
¿Quieres escuchar esos tambores o, por el contrario, prefieres meterte en la cueva?
V. El Calendario de la Voluntad: Hechos de una Estirpe que Despierta
Para aquellos que creen que la neblina es eterna, la realidad reciente dicta una sentencia distinta. La «Voluntad de Goma» se está manifestando en coordenadas precisas, rompiendo la inercia de décadas:
Agosto de 2024 – Indonesia: El despertar de la «Generación Z» indonesia frente a los intentos de manipulación de las leyes electorales. Miles de jóvenes salieron a las calles de Yakarta, no para pedir permiso, sino para defender la integridad de su soberanía frente al nepotismo dinástico. La bandera del Jolly Roger no era un disfraz, era un símbolo de abordaje al poder establecido.
Noviembre de 2024 – Bulgaria: En medio de un bloqueo político sistémico y la apatía institucional, el surgimiento de movimientos civiles que exigen una ruptura con la vieja guardia post-soviética. La sociedad búlgara ha empezado a preguntar ese «¿Para qué?» que tanto teme la tecnocracia europea.
Enero de 2025 – México: El robustecimiento de la resistencia civil y judicial frente a la concentración de poder. Ciudadanos de a pie, juristas y jóvenes están articulando una defensa del derecho natural y la división de poderes que recuerda a las tesis más puras de la Escuela de Salamanca: la ley no es lo que diga el soberano, sino lo que dicta la justicia.
Febrero de 2025 – Singapur: Bajo la superficie de la eficiencia tecnológica, emerge una nueva voz que cuestiona el contrato social de obediencia a cambio de estabilidad. El individuo está reclamando su espacio frente a la planificación centralizada, demostrando que incluso en el sistema más optimizado, la chispa de la libertad es inextinguible.
La cronología es clara. Los tambores están sonando en cada rincón del globo. La pregunta ya no es si el sistema intentará comprimirnos, sino cuánto tiempo crees que podrás ignorar el impacto de nuestro regreso.
Bibliografía.
Bastiat, F. (2005). La Ley. Unión Editorial. (Obra original publicada en 1850).
De la avería del sistema a la recuperación de nuestra libertad
Hace poco escribí una denuncia sobre cómo están las cosas y me prometí volver con un tema más ligero. Pero os soy sincero: no puedo. La gravedad de lo que vivimos no me permite andar con rodeos ni cortesías de despacho. No vengo a hablaros de filósofos antiguos como si fueran estatuas de museo, sino como gente que ya avisó de lo que nos está pasando hoy. El humanismo de verdad tiene una regla de oro: el ser humano es lo primero. Y desde ahí hay que mirar lo que viene.
En estos tiempos nos están quitando dos cosas sagradas: nuestra capacidad de decidir (soberanía) y nuestro valor como personas (dignidad). Se ve claramente en el silencio que rodea accidentes como el de los trenes. No es solo un fallo de una pieza; es un sistema que prefiere que no preguntes «por qué» para que no se vean las costuras de una gestión negligente.
La «soldadura» que se ha roto no es la de un raíl, sino la de nuestra sociedad. La estructura política actual se ha vuelto un club cerrado que solo se mira a sí mismo. Han dado la vuelta a la lógica: en lugar de estar ellos a nuestro servicio, parece que nosotros estamos aquí para mantener su ritmo de vida y sus estructuras, culpándonos incluso de no ser «productivos» cuando las cosas van mal.
Mi propuesta es recuperar el Arjé, una palabra griega que significa «el origen» o «el mando».
Quiero que volvamos a lo básico: que la Economía y las Leyes trabajen juntas para que seamos una sociedad libre, no una gestionada por intereses ajenos. El ciudadano no es el último mono de la fila; es el que debe tener el mando real.
Si habéis llegado hasta aquí, os pido que no os quedéis de brazos cruzados. La única forma de que esto cambie es que dejemos de alimentar a esas estructuras que viven de nuestro esfuerzo sin aportar nada a cambio. Su trabajo debería ser el de un servidor que se esfuerza para que el resto crezca, no el de alguien que usa las instituciones para sus propios intereses.
Os lanzo una pregunta para los comentarios: ¿Hacia dónde vamos ahora? ¿Dejamos que todo se rompa del todo o nos ponemos a trabajar para entender dónde perdimos nuestra libertad y cómo recuperarla?
Para saber más (Bibliografía de referencia):
Si quieres profundizar en estas ideas y entender de dónde vienen, te recomiendo echar un vistazo a estos autores:
Azpilcueta, M. (1556). Comentario resolutorio de cambios. Aquí verás cómo la moral, el dinero y las leyes deben ir de la mano para que una sociedad sea justa.
García-Trevijano, A. (2010). Teoría pura de la república.Fundamental para entender por qué en España no tenemos una democracia real (libertad política) y qué falló en la Transición.
Mariana, J. (1599). De rege et regis institutione. Un libro valiente que explica que el gobernante debe estar al servicio del pueblo y que, si se convierte en un tirano, el ciudadano tiene derecho a resistirse.
Vitoria, F. (1539). De potestate civili. Explica que el poder no cae del cielo, sino que nace de la propia sociedad y que el ser humano es el principio de todo.
Hay libros que se leen con la razón, la memoria y la gratitud. Diario de un profesor de filosofía (1989–2023), de Francisco Huertas, es uno de esos textos que invitan a una lectura lenta, atenta, casi íntima. Un cuaderno de vida donde la experiencia docente, la reflexión filosófica y una sensibilidad literaria muy cuidada se entrelazan a lo largo de más de tres décadas.
En mi caso, la lectura tiene además un matiz personal: Francisco fue mi primer profesor de filosofía, y en el libro aparecen mencionados algunos antiguos alumnos, entre los que me encuentro. Es un detalle que emociona, pero que, sobre todo, confirma el carácter humano y relacional de la enseñanza, entendida como un intercambio que deja huellas en ambas direcciones.
“Ya sabéis cómo disfruto dando clase. Enseñar es una tarea prometeica, cada vez más. Robar el fuego de la sabiduría, y llevarlo a los estudiantes, más como afán interrogador y curiosidad que como sistema”
El libro se construye a partir de entradas breves, anotaciones, recuerdos y reflexiones que conforman una especie de autobiografía intelectual. No hay una narración lineal cerrada, sino una sucesión de fragmentos que recrean escenas de aula, pensamientos íntimos y preguntas abiertas sobre el sentido de educar y de pensar.
El libro se encuentra dividido en cuatro prólogos (prólogo analógico, ontológico, eistemológico y jubiloso) y en dos partes:
La primera parte tiene un tono más narrativo, centrado en la experiencia vital del docente: los inicios, las expectativas, los encuentros con alumnos, las dificultades cotidianas y la evolución personal. En la segunda parte, el texto adquiere un carácter más reflexivo y filosófico, con meditaciones sobre el tiempo, la cultura, la infancia, la memoria y el conocimiento.
Esta estructura fragmentaria funciona como un reflejo honesto de la propia vida: no todo sigue un orden claro, pero todo va construyendo una identidad y una mirada.
La vocación docente: entre el ideal y la realidad
Uno de los ejes más sólidos del libro es la reflexión sobre la vocación. Para Huertas, enseñar no es solo transmitir contenidos, sino despertar el deseo de comprender el mundo, cultivar la sensibilidad y mantener vivo el pensamiento crítico. La educación aparece como un acto profundamente ético y cultural.
“La traslación del docente supone modificación del proceso mismo de la educación. No se trata de imitar a Sócrates con diálogos en las plazas, sino de reproducir funciones represivas de control social. No es la mente la que dirige, sino el cuerpo. En el aula se disciplinan mentes a través del entrenamientocognitivo, pero en pasillo y patios se ordenan los cuerpos, con sus posiciones, sonidos y ritmos” (p.196)
Al mismo tiempo, no se oculta las tensiones del oficio: el cansancio, la burocracia, la dificultad para conectar con los alumnos en un contexto dominado por la inmediatez y la tecnología, o la sensación de que ciertos valores pierden peso en la escuela contemporánea. Esa contradicción entre ideales y realidad atraviesa el texto y le otorga una notable honestidad.
Lejos de caer en el pesimismo, el libro sostiene una defensa serena de la educación como espacio de resistencia cultural y humana.
Infancia, tiempo y memoria
La infancia ocupa un lugar simbólico importante en el diario. Aparece como territorio de apertura, curiosidad y fragilidad, pero también como una referencia constante para comprender la tarea educativa. Enseñar implica, en cierto modo, preservar esa capacidad de asombro y cuidado.
“¿Qué significa ser pequeño? ¿Por qué el saber nos elva? ¿Puede el alumno ser pequeño y grande a la vez? La educación es el camino por el que marchan los pequeños mientras van creciendo cada día. Este camino nos hace grandes. La atención, la responsabilidad y el hábito, de los que habla el profesor Gil, son el mapa que permite recorrer la senda, el cuidado en no perder los pasos del Maestro, de no salirse de los linderos, no caer por el precipicio” (p.135)
El tiempo es otro gran protagonista. Huertas reflexiona sobre el paso de los años, la memoria, la repetición, el desgaste y la permanencia. Escribir se convierte en una forma de ordenar la experiencia y de no dejar que lo vivido se diluya en el olvido. El diario funciona así como un ejercicio de conciencia y de fidelidad a lo esencial.
Una escritura que invita a la pausa
El estilo del libro es claramente literario y poético. Abundan los aforismos, las imágenes sugerentes vividas en primera persona, las referencias al cine, la música, la literatura y la filosofía, así como una prosa que prioriza la evocación antes que la explicación sistemática. Está claro que no se pretende buscar u ofrecer respuestas cerradas, sino todo lo contrario, abrir espacios para la reflexión.
Por este motivo, la lectura se convierte en una experiencia que requiere tiempo y atención, lo que le convierte en un libro para no ser leido de manera apresurada, sino que invita a dejarse acompañar por las ideas, subrayar, releer y dialogar interiormente con el texto.
Lectura y experiencia personal
Leer este libro desde la experiencia de haber sido alumna de Francisco Huertas añade una capa personal a la lectura, y por ello, no solo me ha permitido reconocer la coherencia entre pensamiento y práctica, entre lo que se defiende en la reflexión y lo que se encarna en el aula, sino que también me ha invitado a mirarme en ese espejo desde el propio presente. Hoy, ya situada en el lugar de quien enseña -aunque en un territorio distinto, el de la filosofía con los más pequeños y con un poco de experiencia con adolescentes-, muchas de sus intuiciones resuenan de forma inesperada: la paciencia, la escucha, la importancia del asombro, la fragilidad del vínculo educativo, la necesidad de cuidar el deseo de pensar. Con todavía poca experiencia docente, pero con una vocación en construcción, la lectura me transforma en un diálogo silencioso entre generaciones, donde se reconocen afinidades, aprendizajes heredados y una misma confianza en la filosofía como forma de acompañar el crecimiento humano.
Iniciamos este ciclo con la inercia de quien sabe que el tiempo no se detiene, pero que la verdad permanece. Si bien en la anterior entrega os hablé sobre el auge y la caída de los imperios, prometí realizar un desglose de la historia de España y su tiempo. La palabra es deuda, y yo la pago siempre.
Dicen que año nuevo implica vida nueva, pero yo prefiero decir: Año Nuevo, Vida Antigua. Porque solo regresando a los fundamentos que nos hicieron grandes podremos entender el colapso que nos rodea. Debemos mirar atrás para proyectar el futuro de esta Patria que hoy, más que nunca, clama por Justicia.
II. España: La Resistencia en el Corazón.
España era España incluso antes de ser nombrada. Antes de que los romanos nos dotaran con el nombre de Hispania, esta tierra ya inundaba los corazones de sus residentes con una contumaz resistencia a los mandatos extranjeros.
Esa soberanía del criterio propio se manifestó en los pueblos celtíberos, que no se sometían, sino que elegían bando según su propia visión del mundo. Al final, aceptaron la Lex Romana, pero no como una cadena, sino como la tierra fértil donde crecer. Fue en esa Ley donde España dio al Imperio su momento de máxima expansión bajo el mando del más grande de los emperadores: Trajano. Roma se sostuvo sobre la punta de las lanzas de legiones hispanas; nosotros sostuvimos la soberanía de la civilización. Y cuando el Imperio cruzó el Rubicón de su propia caída, España siguió formándose en la penumbra de los tiempos.
III. El Rosetón de la Libertad y el Pacto Hispánico.
España siempre ha sido un crisol de diversidad, un rosetón de catedral donde cada opinión y pensamiento es una pieza de color que, unida, trasluce una luz celestial.
Mientras en el resto de Europa se hablaba de reyes por derecho divino, en España hablábamos de Reyes elegidos y pactos de sesión. El soberano aquí era un Primus inter pares que debía respetar los fueros y la voluntad de los ciudadanos. Esto lo entendió bien Carlos V, cuyo vasallaje fue aceptado por las voluntades de toda una España unida, convirtiéndola en el centro neurálgico del Sacro Imperio Hispánico.
IV. Salamanca: El Límite al César.
Pero la verdadera cumbre de nuestra razón se alcanzó en las aulas de Salamanca. Allí, frente al gran César Carlos V, se colocó un humilde clérigo para recordarle la verdad más absoluta: «Eres humano y sangras».
Fue en Salamanca donde nació el verdadero humanismo. Allí se sentenció que el ciudadano es soberano de su alma, pues Dios se la entregó libre. Se estableció que el poder reside en la conjunción de las voluntades individuales de los ciudadanos. El gobernante no es el dueño de nada; es el garante de la propiedad privada indivisible de sus ciudadanos. Salamanca nos dio el derecho al derrocamiento del tirano, pues es tirano quien se cree «señor» de lo que no le pertenece. Allí se esbozó la democracia de verdad, para liberar a las personas de aquellos que fingen que Dios les habla solo a ellos, cuando Dios nos habla a todos.
V. El Robo de las Etiquetas y la Traición de 1812.
Francia e Inglaterra entendieron estas ideas, pero de forma sesgada y retorcida. Cambiaron las etiquetas sin entender el envasado ni el contexto. Este espíritu de soberanía se hizo carne en la Constitución de 1812, pero fue traicionado en 1814. Los liberales no hicieron lo que debían: respetar a su pueblo antes que a un tirano. Esa falta de pulso dejó nuestro pensamiento inconexo, una tarea que José Antonio Primo de Rivera intentó retomar pero que el destino dejó inconclusa.
VI. Conclusión: O tempora, o mores!
¡Qué tiempos, qué costumbres! Vivimos el momento más exaltado de la deriva decadente de una partidocracia que se alimenta de un pueblo sumiso y fragmentado, frente a un tirano que solo invoca viejos fantasmas.
Ante esto, yo aquí me levanto y digo: ¡Presente! Invoco el llamamiento de mis padres para que volvamos a colocar la Razón en su lugar. Mientras el Estado defina la vida de los ciudadanos, siempre seremos siervos. Si no somos capaces de tomar las riendas de nuestro propio templo, nunca construiremos una Catedral que se mantenga eterna.
Con esta invitación cierro la saga, señalando que solo la Nación puede ser la conjunción de las voluntades coordinadas de los individuos. Todo debe ir del ciudadano a la Nación, y de la Nación al Estado.
Pan, Patria y Justicia.
P.D. Una vez señalada la situación y la urgente necesidad de implicarnos —más allá de la mera responsabilidad individual—, cerraré este ciclo para volver con otros temas y otra filosofía. Pero lo haré siempre desde la misma ética: la de quien no descansará hasta devolver al ciudadano su dignidad y su posición como soberano de su propio destino.
Fernández de la Mora, G. (1977). La partitocracia. Madrid: Instituto de Estudios Políticos. (Referencia para la crítica al sistema de partidos frente a la representación nacional).
Mariana, J. de (1599). De Rege et regis institutione (De la soberanía del Rey y de la institución real). (Base para la doctrina del tiranicidio y los límites del poder real).
Primo de Rivera, J. A. (2007). Obras Completas. Madrid: Plataforma 2003. (Para el análisis del pensamiento inconexo y la síntesis de tradición y justicia).
Sánchez-Albornoz, C. (1956). España, un enigma histórico. Buenos Aires: Sudamericana. (Fundamento de la identidad hispana persistente y la resistencia ancestral).
Vitoria, F. de (2011). Relecciones del Estado, de los indios, y del derecho de guerra. Madrid: Tecnos. (Base del humanismo jurídico y la soberanía del individuo frente al Estado).
Hay juegos de mesa que, tras unas cuantas indicaciones, todos somos capaces de jugar con cierta destreza. Tengo incluso la suerte de contar con amigos muy inteligentes de expedientes universitarios brillantes que, como un relámpago, aprenden las reglas y juegan a un nivel alto varios de estos juegos. En todos ellos me suelen ganar con bastante facilidad, pero no en el ajedrez. Este noble juego requiere mucho más que saberse las instrucciones.
No deseo remontarme a los orígenes históricos del ajedrez. Doy por sentado que el lector entiende, al menos en un nivel muy básico, en qué consiste el juego: un tablero de 64 casillas que se juega con ocho peones, dos caballos, dos alfiles, dos torres, un rey y una dama por cada jugador, cada tipo de pieza tiene movimientos definidos y un objetivo claro: ganarle la partida al rival. Más bien me gustaría centrarme en aquello que esta disciplina milenaria puede enseñarnos sobre el comportamiento humano.
El juego “infinito”
Antes de adentrarnos en sus enseñanzas, empecemos con un aspecto que me fascinó profundamente sobre este juego. En ese tablero se despliega un universo de posibilidades tan inmenso que supera con creces nuestra capacidad de previsión. Ese pequeño espacio de madera encierra más combinaciones de jugadas que átomos hay en el universo conocido y, sin embargo, lo sostenemos entre nuestras manos, lo jugamos en una mesita con amigos o lo llevamos a la playa en vacaciones.
Es un hecho bien documentado que, en el ajedrez profesional, la repetición exacta de partidas completas es extremadamente rara. Aunque puedan comenzar de una manera similar, cada una termina divergiendo en un universo propio de decisiones y consecuencias. Esa proliferación inagotable de variantes permitió dar sentido a la vida del Dr. B en la Novela de ajedrez de Stefan Zweig. Aislado por la Gestapo en una habitación sin estímulos, privado de libros, de conversaciones y casi de identidad, el Dr. B descubre en el ajedrez un refugio mental inesperado. El juego se convierte para él en un universo interior capaz de reemplazar aquel mundo exterior que le había sido arrebatado. Cada partida imaginada, cada combinación reconstruida de memoria, le ofrecía una forma de resistencia intelectual frente a la aniquilación psicológica a la que estaba siendo sometido.
La riqueza de variantes en el ajedrez también me recuerda ciertas ideas de la ciencia contemporánea, especialmente aquellas relacionadas con la teoría del caos, que estudia cómo en sistemas regidos por reglas fijas, pequeñas variaciones en las condiciones iniciales pueden producir consecuencias drásticamente distintas. Del mismo modo, en una partida de ajedrez, un movimiento prematuro, una defensa mal planteada o una pieza colocada con ligera imprecisión puede derivar, unas jugadas después, en una catástrofe estratégica.
Las enseñanzas del ajedrez
Debemos admitir que lo más valioso del ajedrez no es esa lectura casi mística que acabamos de hacer, sino más bien su plano ético. El ajedrez nos enseña lecciones reveladoras sobre la condición humana. Permite “leer el pensamiento” del otro, y eso requiere empatía y análisis al mismo tiempo. Además, el ajedrez expresa la máxima forma de respeto ante la derrota. Al levantar la mano y rendirse se encarna una nobleza que pocas actividades humanas requieren explícitamente. Cierto es que en la modalidad online no siempre se conserva esa cortesía; no obstante, el gesto tradicional sigue siendo un recordatorio moral de que la dignidad no está en ganar, sino en cómo se afronta la derrota.
Este juego también me ha hecho pensar en otras prácticas humanas aparentemente dispares. Por ejemplo, siempre me he preguntado por qué los jugadores de tenis ejecutan su saque de esa manera tan peculiar: toman la bola, la elevan y coordinan su cuerpo con la raqueta para ejecutar un golpe seco con una precisión milimétrica, imponiendo su voluntad desde el primer momento. El ajedrez, como el tenis, es un juego de iniciativa. En el saque, el tenista busca dominar el ritmo desde el inicio; en el tablero, las blancas, al mover primero, tienen la oportunidad de tomar el centro y marcar el compás de la partida. En ambos casos, la clave está en no renunciar a la iniciativa: dominar antes de ser dominado.
Numerosos autores han explorado este juego más allá del tablero. Garry Kasparov, ex campeón mundial, en su libro Cómo la vida imita al ajedrez, traslada las experiencias de la máxima competición a decisiones estratégicas en los ámbitos profesional y personal, destacando la importancia de evaluar recursos, tiempo y calidad de las decisiones con una mirada amplia y flexible. Y más atrás en el tiempo, Benjamin Franklin, además de ser uno de los padres fundadores de Estados Unidos, escribió en The Morals of Chessque el juego no es un mero pasatiempo, sino una forma de adquirir cualidades útiles para la vida cotidiana. En última instancia, el ajedrez nos ofrece reflexiones sobre nuestra propia condición humana.
El ajedrez como espejo de la condición humana
Llegados a este punto, me propongo comprender con mayor claridad esa parte de la condición humana que se refleja en este pequeño tablero de posibilidades infinitas. Más allá de la teoría y la estrategia, el ajedrez me ha enseñado a mirar a sus piezas como si fuesen rostros de nuestra propia naturaleza. Por eso, en lo que sigue, me dispongo a comentar brevemente lo que he aprendido de ellas a lo largo de los años en los que he practicado este maravilloso juego.
El papel del peón en el juego es el de un soldado muy modesto, avanza con pasos cortos. Es la pieza más limitada del juego pero si corona, es decir, si alcanza la última fila se convierte en una pieza de mayor valor, generalmente en dama. El juego lo permite porque sino sería un absurdo haber llegado tan lejos para quedarse como antes. Y, sin embargo, coronar no es fácil. A diferencia de lo que predican los libros de autoayuda, el peón no llega a la octava fila en un tablero intacto. Lo hace, si lo hace, después de una batalla larga y costosa, cuando apenas quedan piezas en pie. Por tanto, el peón no representa la promesa fácil del éxito, no se transforma solo con desearlo, sino porque ha sobrevivido lo suficiente. Y cuando lo logra, ya no es el mismo: para coronar, ha debido renunciar incluso a ser quien era, y debe tomar nuevas responsabilidades en el juego.
El caballo representa al espíritu singular que no obedece trayectorias rectas. Su movimiento característico en L desafía la lógica lineal de este juego, y su capacidad de saltar sobre las demás piezas sugiere una comprensión distinta del espacio: como si intuyera una dimensión secreta. Como ocurre con quienes no siguen los caminos habituales, la lógica del caballo resulta tan distinta que muchos jugadores no alcanzan a comprender el sentido de sus movimientos hasta que ya es demasiado tarde. Se le subestima porque no parece avanzar “conforme a las reglas”, pero precisamente por eso, cuando se usa con sabiduría, puede desestabilizar cualquier esquema del rival.
Hay otras piezas, como los alfiles, cuyo poderío se ejecuta desde la distancia: se deslizan en diagonales que atraviesan el campo de juego de un lado al otro, pero lo hacen sin cruzarse. Cada alfil está destinado a expresarse bajo un solo color. Por eso, funcionan mejor en pareja. Juntos, pueden cubrir una mayor parte del tablero. Un buen jugador lo sabe: no se gana una partida pensando en blanco o en negro. Los alfiles utilizados sin coordinación nos recuerdan a esos equipos que trabajan, cada uno de manera local y encerrado en su propio procedimiento, incapaces de ver más allá de su lógica interna. El trabajo ejecutado de esta manera tiene un alcance muy limitado; para llevarlo a cabo con verdadera eficacia, es necesario “salir de nuestro mundo” y aprender a combinar formas de trabajo que, aunque en el día a día no se comuniquen, resultan indispensables cuando se busca una estrategia de escala global.
Las torres superan a los alfiles en fuerza de juego, y esto se debe a que su función no está determinada por el color de las casillas del tablero. Ambas torres tienen permitido avanzar por filas y columnas sin ambigüedad alguna. Una de sus funciones principales es brindar protección al rey, y su actividad resulta admirable cuando ambas permanecen comunicadas y el camino está despejado, como ocurre en los finales de partida; entonces imponen toda su fuerza y parecen inapelables. Pero ese poderío depende del orden. La torre no improvisa ni se adapta al caos: necesita líneas abiertas. Cuando el tablero se vuelve confuso y los caminos se obstruyen, su capacidad de influencia en el juego disminuye. A diferencia del caballo, que prospera en el enredo, la torre representa a quienes sostienen el orden y sólo pueden ejercer plenamente su poder mientras ese orden se sostenga.
Prosigamos con la figura del rey. El monarca al comienzo de cada partida parece débil, se mantiene a resguardo mientras otros combaten. Pero su poder se despliega de manera gradual a medida que transcurre la partida. Cuando la batalla avanza y el campo de juego queda con menos piezas, es entonces cuando el rey empieza a moverse: paso a paso, entra en el corazón del conflicto. Llegado al tramo final, el rey puede llegar a ser más valioso que un caballo, y su presencia en el centro del tablero inclina la balanza hacia uno de los jugadores. Un buen rey no se precipita: al principio da órdenes desde la retaguardia, asegurando su posición y sólo cuando el campo está despejado revela su verdadero alcance.
Finalmente, hablemos de la dama: la soberana absoluta del juego. En este mundo bidimensional, la dama no conoce límite: su potencia se despliega desde la apertura y se mantiene hasta el final. Concentra en sí el alcance diagonal y coordinado de los alfiles y el dominio rectilíneo de las torres, sin restricciones de ningún tipo. En ella también se materializan los deseos de los peones que sueñan con ser dama. Ella es la libertad geométrica en su forma más pura: puede ir a casi cualquier lugar, casi en cualquier momento. Si la felicidad en el ajedrez consistiera en la capacidad de expresarse plenamente, entonces la dama sería su emblema. Pero incluso ella tiene un límite: no puede moverse como el caballo. Esa pequeña anomalía, ese salto en L que escapa a toda lógica lineal o diagonal, le está vedado. Esto nos recuerda que incluso en los sistemas donde una pieza lo puede casi todo, hay algo que le falta. Tal vez la felicidad que tanto perseguimos también sea así: brillante, expansiva, pero incompleta. Y quizá, al igual que el caballo, requiera un tipo de movimiento –un salto de fe– que aún no terminamos de comprender.
Reflexiones finales
El ajedrez, con sus piezas estrictamente codificadas y su universo de posibilidades impredecibles, ha producido a lo largo del tiempo partidas que muchos jugadores describen como obras de arte. Quien empieza a comprender el juego advierte que existen combinaciones que despiertan una admiración comparable a la que provoca la contemplación de un cuadro de El Greco o una escena cuidadosamente compuesta del cine de Stanley Kubrick.
Además, a través del juego se nos han revelado aspectos esenciales de la condición humana. Cada pieza, con su movimiento propio y su destino nos habla de nuestras formas de actuar, de aspirar y de resistir. Y al contemplar este pequeño mundo regido por normas simples pero fértiles, uno se pregunta si no estaremos ante algo más que un juego: ¿acaso proyectamos en él un orden ideal que la vida no nos da, o es que la vida misma funciona como un juego cuyas reglas desconocemos y al que jugamos como buenamente podemos? En cualquier caso me quedaría con una enseñanza de todo esto, y es que incluso en un pequeño tablero de 64 casillas, la inteligencia humana encuentra espacio para gobernarse a sí misma.