La democracia no viene incluida
Hace tiempo que oímos que la democracia está en crisis. Lo decimos en las tertulias, en las columnas, en la sobremesa, casi siempre con el tono de quien comenta el tiempo. Conviene recordar de dónde viene la palabra. Krisis procede de krínō, separar, discernir, juzgar, y designaba el momento en que había que decidir. Si es así, una crisis no es solo algo que nos pasa, es algo que se nos pide. Y lo que se nos pide, en este caso, es juicio.
Los griegos llamaban idiotés al que se desentendía de lo común. La palabra viene de idios, «propio», y nombraba al particular, al que vive encerrado en sus asuntos y no pisa el ágora. Hoy es un insulto <<idiota>>, y la deriva del término dice más sobre nosotros que muchos análisis de politólogo.
Al final del primer año de la guerra del Peloponeso (431-430 a. C.), Atenas despidió en un funeral público a sus primeros caídos. Allí, según Tucídides, Pericles pronunció la oración fúnebre más célebre de la antigüedad y, en lugar de limitarse a llorar a los muertos, definió la ciudad por la que habían muerto. Dijo que su régimen se llamaba democracia porque el gobierno estaba en manos de la mayoría y no de unos pocos, y que contaba más el mérito de cada uno que su origen (II, 37). Y en II, 40 llegó a la frase que nos interesa: el que no toma parte en los asuntos de la ciudad no es, para los atenienses, un hombre tranquilo (apragmon), sino un hombre inútil (achreion).
Conviene leerlo con cautela. Es un discurso reconstruido: el propio Tucídides admite que, al reproducir los discursos, se atuvo al sentido general de lo dicho (I, 22), así que lo que leemos es tanto Tucídides como Pericles. Es además el retrato de una democracia con límites, porque aquella participación se reservaba a los varones adultos nacidos de ciudadanos atenienses, y quedaban fuera las mujeres, los esclavos y los extranjeros residentes. Aun así, el pasaje importa por lo que revela de la idea. Pericles añade que los atenienses no ven en el debate un estorbo para la acción, sino que lo dañino es actuar sin haberse informado antes discutiendo, y que los asuntos de la ciudad los deciden ellos mismos o, al menos, los piensan bien (II, 40). El verbo que usa para decir «deciden» (krínomen) es de la misma familia que krisis, la palabra con la que empezábamos. Participar no era un derecho que se ejerce de vez en cuando, era el modo de ser del ciudadano: juzgar, y hacerlo en común.1
Frente a eso, nuestra costumbre es tratar la democracia como un servicio. Pagamos impuestos, votamos de vez en cuando y reclamamos si algo falla, igual que con la compañía del teléfono. El cliente reclama cuando el servicio falla y espera que otro lo arregle. El ciudadano, en el sentido de Pericles, sabe que si algo falla en la ciudad una parte del fallo es suya, porque la ciudad no es un proveedor, es lo que hacen juntos quienes la habitan. La diferencia: el cliente se queja, el ciudadano se hace cargo. Para Pericles, la democracia era algo que se hacía.
De ahí viene, creo, el desencanto político. «Todos son iguales», «a mí la política no me interesa», «para qué votar»… Se dicen con el aire cansado del que ya lo ha visto todo, y por eso suenan a lucidez. Pero funcionan como coartada, porque quien da por hecho que nada se puede cambiar queda liberado de intentarlo. Además, la profecía se cumple, porque los que se marchan dejan el campo a los que se quedan, y estos suelen ser los más interesados en que los demás se marchen.
Quien mejor entendió lo que le pasa a una democracia cuando se deja de ejercer fue Tocqueville en La democracia en América, aunque nunca usó la palabra idiotés, distingue el individualismo del egoísmo. El egoísta ama demasiado lo suyo. El individualista, en cambio, es un ciudadano apacible que, rodeado de su familia y sus amigos, concluye que ya tiene bastante mundo y deja el resto a la sociedad (II, parte 2, cap. 2). Nadie lo hace por maldad, lo hace por comodidad. Y de esa comodidad, advierte, nace un poder nuevo (II, parte 4, cap. 6) un previsor, una autoridad inmensa, minuiciosa, previsora y suave, que se encarga de la felicidad de ciudadanos entretenidos con sus pequeños placeres. Ese poder no rompe voluntades, las ablanda hasta que dejan de usarse. Tocqueville lo compara con la autoridad paterna, con la diferencia de que el padre prepara a sus hijos para ser adultos y este nuevo poder los quiere niños para siempre.
Aquí la idea de Tocqueville se encuentra con la de Kant, que en 1784 llamó «minoría de edad» a la incapacidad de servirse del propio entendimiento sin la guía de otro. Y añadió que es culpable, porque se alimenta de pereza y cobardía, y resulta muy cómodo que otro piense por nosotros (Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?). Juntos describen al idiotés moderno: no es un ignorante, es alguien que ha aprendido a no necesitar decidir.
A pesar de ello, el idiotés de hoy no se queda callado. El mismo que dice «yo paso de política» por la mañana es, con frecuencia, el mismo que comparte por la noche, indignado, el mensaje que le ha llegado. Se retira del debate y, a la vez, se deja arrastrar por él. No se trata de dos personas distintas con dos pensamientos distintos, es la misma persona pero a distinta hora del día.
Ortega lo describió en La rebelión de las masas. Para él, la masa no depende del número ni de la clase social. Es un modo de ser de quien no se exige nada a sí mismo, se siente «como todo el mundo» y, lejos de angustiarse por ello, se encuentra a gusto en esa semejanza. Y advierte que esa actitud aparece también entre gente muy instruida. Tener estudios no vacuna contra pensar lo que piensa todo el mundo. Lo vemos a diario: opiniones que se defienden con vehemencia y que nadie ha pensado, indignaciones por consigna, certezas que se adquieren por repetición. Decimos «pienso» cuando queremos decir «me ha llegado». Ya Tocqueville observaba que, en una sociedad de mayorías, la presión por pensar como los demás puede ser más eficaz que cualquier censura (I, parte 2, cap. 7).
El que se retira y el que se deja llevar tienen algo en común: ninguno de los dos juzga por cuenta propia. Uno delega su opinión en el silencio, el otro en el ruido. En ambos casos, alguien piensa por nosotros y nosotros nos quedamos con la sensación de estar posicionados. Y la democracia, cuando se queda sin juicio, conserva las urnas pero pierde lo que las justificaba. Votar sin juzgar es un ritual.

Vuelvo a la palabra crisis. La crisis es el momento en que hay que decidir. Quizá el verdadero problema no sea que haya una crisis de la democracia, como se ha mencionado al principio, sino que hayamos perdido la costumbre de juzgar, que es justo lo que la crisis exige. Votar sin juicio es solo un ritual. La unidad básica de una democracia no es el voto, es el juicio de cada ciudadano, y el voto es apenas su último eslabón.
En un filocafé nos preguntamos si está en crisis la democracia. Hoy prefiero cambiar esa pregunta por otra: ¿cuánto de idiotés hay en cada uno de nosotros, y qué estamos dispuestos a hacer con eso? Si la democracia es una tarea y no un servicio, su estado depende menos de lo que hagan «ellos» que de lo que dejemos de hacer nosotros.
Bibliografía
Kant, Immanuel. «¿Qué es la Ilustración?». Alianza Editorial.
Tocqueville, Alexis de. La democracia en América. Alianza Editorial.
Tucídides. Historia de la guerra del Peloponeso, libro II. Madrid: Gredos.
La democracia de los idiotas (idiotés): lo común y lo propio La marea por Ana Carrasco-Conde
Han, Byung-Chul. En el enjambre. Barcelona: Herder, 2014.
- Apuntes propios <<Filosofía del Derecho>> (2009-2010) ↩︎





