El balón no sabe cuánto vale

El juego como libertad, el fútbol como industria y la distancia entre los dos

Hay algo que el cuerpo recuerda antes que la mente. El impacto del pie sobre el balón. El ruido sordo sobre el asfalto. La trayectoria, normalmente torcida e imperfecta, hacia dos pivotes, los cuales han sido colocados para prohibir la entrada de coches a una calle peatonal, porque no había otra portería o, quizás, dos mochilas. Fui esa niña. Jugaba en descampados, en calles peatonales, en los parques y en los patios de los colegios cuando los dejaban abiertos y, si no lo estaban, saltaba la valla. Recuerdo cuando en mi primera comunión me regalaron una Barbie y no un balón (la cabeza acabó siendo un pequeña pelota)

2018

No había espectadores. No había cámara. Nadie anotaba nada, salvo los y las participantes del juego por diversión. Y eso, que entonces parecía simplemente la normalidad del juego, ahora me parece una forma de libertad que se está perdiendo. (por lo general, en la zona en la que vivo, apenas veo niños ni niñas jugando al fútbol sino es con un equipo detrás,)

Para entender qué se pierde cuando el fútbol deja de ser un juego jugado por quien quiere jugarlo me remito a la Filosofía, ¿a qué si no?

La filosofía tarda en tomarse en serio las cosas que parecen triviales. El juego fue durante siglos una categoría menor: algo que los niños hacen antes de volverse adultos. Esa idea es, precisamente, la que Johan Huizinga desmontó en 1938 con Homo Ludens. «El juego no es un subproducto de la cultura humana. Es su origen«

Antes de construir ciudades, antes de codificar leyes, antes de escribir, el ser humano jugó. Y en ese juego -delimitado, voluntario, gobernado por reglas propias- se formaron los rituales, el arte, el derecho, incluso la guerra. El juego, dice Huizinga, es «más antiguo que la cultura». El impulso lúdico es anterior al impulso productivo.

Lo que me parece más potente de esta idea es su consecuencia filosófica directa: si el juego es anterior a la cultura, entonces no puede ser reducido a ella. No puede ser completamente absorbido por la lógica económica sin que algo esencial se rompa. Y sin embargo, eso es exactamente lo que llevamos décadas intentando con el fútbol.

“El ser humano sólo juega cuando es humano en el pleno sentido de la palabra, y sólo es plenamente humano cuando juega.”

Friedrich Schiller, Cartas sobre la educación estética del hombre, 1795

En estas palabras, Schiller no estaba hablando de ocio. Estaba hablando de la tensión constitutiva del ser humano: entre el impulso sensible, es decir, el cuerpo, el deseo, el instante; y el impulso formal como la razón, la norma, el deber. Esa tensión, dice, no se resuelve eligiendo un lado. Se resuelve en el juego, que es el único espacio donde los dos coexisten sin aplastarse mutuamente.

Imagen de Vilius Kukanauskas en Pixabay

Una portería de pivotes , o de piedras, o de mochilas, tiene reglas tan reales como la de un estadio profesional. Pero nadie te obliga a respetarlas desde fuera: las respetas porque el juego lo pide y porque quieres seguir jugando. Esa diferencia entre la norma impuesta y la norma elegida es, para Schiller, la diferencia entre la servidumbre y la libertad.

Aquí cabe un escepticismo legítimo: ¿no es esto demasiado idealizado? ¿No hay también en el juego infantil jerarquías, exclusión, crueldad? Sí, las hay. Pero el punto de Schiller no es que el juego sea moralmente puro. Es que la estructura del juego, su gratuidad, su autotelismo, contiene una forma de libertad que ninguna otra actividad humana puede replicar del mismo modo.

Pero ¿qué es exactamente esa estructura? Huizinga fue más preciso que Schiller en este punto. Identificó cicinco características que definen el juego verdadero. Vale la pena detenerse en ellas, porque son exactamente las que el fútbol moderno está erosionando una por una.

  1. El juego es libre. Nadie puede ser obligado a jugar sin que el juego deje de serlo. Cuando un niño de doce años entrena cinco días a la semana bajo un contrato de academia, supervisado por agentes y ojeadores, ¿está jugando? Hay que atreverse a decir que no del todo.
  2. El juego es separado. Ocurre dentro de límites precisos de tiempo y espacio. El «círculo mágico» que Huizinga describe. Dentro de ese círculo, la realidad exterior queda suspendida. El problema es que ese círculo se perfora cuando el resultado tiene consecuencias económicas directas: descensos, primas, cláusulas de rescisión. La presión exterior entra y el juego se contamina.
  3. El juego es incierto. Si el resultado está predeterminado, no hay juego. Hay actuación. Los escándalos de amaño de partidos, entre otros, no son anomalías del sistema. Son la consecuencia lógica de convertir el resultado en mercancía.
  4. El juego es improductivo. No crea riqueza, no produce bienes, no tiene utilidad exterior a sí mismo. El filósofo Eugen Fink lo llamó el único fenómeno ontológicamente autotélico. En cuanto el juego produce algo como es el dinero, la fama y el poder, deja de ser puro juego para convertirse en trabajo disfrazado.
  5. El juego está gobernado por reglas propias (me atrevo a decir que es lo que menos se discute). Cuando esas reglas empiezan a ser subordinadas a criterios externos como la rentabilidad televisiva que dicta los horarios, el marketing que dicta los calendarios, las reglas ya no son del juego. Son del negocio.
Jugando al fútbol – 2018

Estas cinco condiciones no son abstracciones académicas. Describen algo que cualquiera que haya jugado alguna vez reconoce de inmediato. Y describen también, por contraste, lo que ocurre cuando dejas de jugar y empiezas a mirar cómo otros juegan.

Hay una transformación que ha ocurrido de forma tan gradual que casi no la hemos visto, hemos pasado de ser una sociedad de jugadores a ser una sociedad de espectadores del juego ajeno. Y eso no es neutral.

Cada vez que un locutor de fútbol menciona el «campo de juego», algo en la frase nos hace pensa. Campo, sí. ¿Juego? Ahí la cosa se complica. Porque lo que ocurre dentro de ese rectángulo de césped perfectamente medido, con árbitros de vídeo, primas por rendimiento y contratos firmados años antes del debut, se parece cada vez menos a lo que Huizinga, Schiller o cualquier niño con un balón entendería por juego. El locutor usa la palabra correcta. Solo que ya no describe lo mismo.

El filósofo Bernard Suits definió al jugador como alguien que acepta obstáculos innecesarios para alcanzar un objetivo. Eso es exactamente lo que hace quien patea un balón hacia una portería cuando podría simplemente llevarlo con la mano. La restricción voluntaria, como son las reglas del juego, es lo que crea el desafío y, con él, el placer. El espectador, en cambio, no acepta ningún obstáculo. Observa cómo otros los aceptan. Y esa diferencia no es menor: es la diferencia entre la experiencia vivida y la experiencia contemplada.

La industria del fútbol ha invertido cantidades enormes en hacer que la contemplación sea cada vez más perfecta y que la participación sea cada vez menos necesaria. Pantallas más grandes, ángulos más nítidos, estadísticas en tiempo real. El producto está diseñado para consumirse, no para imitarse.

Esto merece un juicio directo: la espectacularización del fútbol no es inocente. Es una sustitución. Lo que se ofrece como acceso al juego es, en realidad, un acceso al relato del juego. Y el relato no da lo mismo que el juego. Quien cuenta la historia del ascenso en montaña no ha subido la montaña, me dijo una vez mi madre.

Y sin embargo, el negocio sigue creciendo. Lo que vale el fútbol hoy, en euros, en dólares, en derechos televisivos, difícilmente puede ignorarse. ¿Ese precio tiene algo que ver con lo que el fútbol realmente vale?

«El fútbol tiene que ser otra cosa»

Claudia Sheinbaum, Presidenta de México

El fútbol vale hoy cifras que desafían la comprensión: derechos televisivos, cláusulas de rescisión, patrocinios de nombres de estadios. Y sin embargo, lo que hace que el fútbol importe como es la incertidumbre real, la emoción no fabricada, el gol que nadie esperaba, es exactamente lo que no puede comprarse ni garantizarse.

Karl Marx diría que hemos fetichizado el fútbol: le hemos atribuido a la mercancía (la camiseta, el partido, la marca) el valor que en realidad reside en otra cosa. En la relación humana que el juego hace posible. En el placer físico de correr. En la inteligencia colectiva de una jugada que se arma entre varios cuerpos sin que nadie dé una orden.

¿Puede convivir el gran negocio con el juego auténtico? Probablemente sí, en parte. Hay partidos donde el círculo mágico se mantiene intacto pese a todo. La pregunta es otra: ¿estamos educando a las nuevas generaciones para jugar al fútbol, o para consumir fútbol? ¿Para participar, o para ser audiencia de otros que participan?

La respuesta no está en ningún estadio. Está, si acaso, en un descampado, en esa calle peatonal. O en el recuerdo de una.

Los pivotes de la calle no aparecen en ninguna estadística. El gol marcado en un descampado no existe en ninguna base de datos. Nadie lo grabó, nadie lo contó, nadie pagó por verlo. Y sin embargo, algo de eso permanece en el cuerpo, en la memoria, en la convicción de que eso importaba, con una solidez que ningún partido de televisión ha conseguido igualar.

2018

No digo esto por nostalgia. Lo digo porque la experiencia del juego vivido en primera persona tiene una densidad existencial que la experiencia del juego observado no puede replicar. Schiller tenía razón, aunque no pensara en descampados. Huizinga tenía razón, aunque no pensara en pivotes.

El balón sigue rodando igual. No ha cambiado. Lo que ha cambiado es el suelo bajo el que rueda. Antes era tierra, asfalto, hierba sin marcar. Ahora es, a menudo, una pantalla.

Y la pantalla no devuelve el pase.


Referencias:

Huizinga, Johan. Homo Ludens. Madrid: Alianza Editorial

Schiller, Friedrich. Cartas sobre la educación estética del hombre. Ed. Acantilado

Fink, Eugen. El juego como símbolo del mundo. Madrid: Fondo de Cultura Económica, 2018.


Filocafé: ¿Por qué ya no jugamos? con Gregorio Luri

Síntesis: El poder del juego. Filocafé con Gregorio Luri

El impulso del juego como principio de acción de la belleza en F. Schiller del Blog Perspectivas Estéticas.

Díaz Velasco, Andrés. La importancia de lo que está en juego. Lúdica pedagógica. Vol 2, No. 18 (2013)

Homo Ludens – El Club de la lucha creativa

Filocafé: ¿Por qué ya no jugamos?

El juego como forma de libertad

¿Te lo perdiste? Puedes verlo en YOUTUBE o escucharlo a través de iVoox:

Síntesis: El poder del juego. Filocafé con Gregorio Luri


¿Por qué ya no jugamos? ¿En qué momento el juego dejó de ser una forma natural de aprender, de descubrir el mundo y de pensar con libertad?

Jugar no es perder el tiempo, es ensayar el sentido de la vida. En el juego se entrelazan imaginación y regla, impulso y forma; ahí es donde el niño -y también el adulto- se educa en la sorpresa, en el riesgo y en la cooperación. En él se revela que aprender no es solo acumular información, sino experimentar, equivocarse, crear y descubrirse.

En este sentido, Gregorio Luri ha insistido en que la educación no puede reducirse a técnicas o metodologías de moda, porque educar es siempre introducir al niño en mundo que ya estaba ahí antes que él.  En ese tránsito, el juego cumple una función decisiva en el que el juego permite al niño apropiarse de ese mundo a su ritmo, desde la curiosidad y la sorpresa, sin la presión de la utilidad inmediata. Cada partida, cada experimento lúdico, enseña a asumir límites, a dialogar con la realidad y a descubrir que la libertad florece cuando se la encuadra, no cuando todo vale.

La escuela tiende a medirlo todo y la vida adulta confunde aprender con acumular destrezas, recuperar el juego es recuperar la educación como aventura. En él se aprende a obedecer reglas, pero también a negociarlas; a competir, pero también a cooperar; a perder, pero sin perderse. Un modo de habitar el mundo sin darlo por sabido. Jugar, como educar, es mantener vivo el asombro.

¿Qué nos dice nuestra manera de jugar sobre la libertad que ejercemos? ¿Qué revela sobre la educación que recibimos y la que ofrecemos? ¿qué perdemos cuando dejamos de jugar y qué podría devolvernos el juego si lo recuperáramos como actitud vital?

Para pensar y para dialogar sobre el juego como forma de libertad, de aprendizaje y de cultura, nos acompañará Gregorio Luri, filósofo, pedagogo y escritor,

En este espacio que Arjephilo dedica al pensamiento compartido, no hace falta ser experto en filosofía, basta el deseo de escuchar, preguntar y, quizá, volver a jugar con las ideas mientras nos dejamos llevar por el viento del logos.


Para conversar y debatir sobre toda esta cuestión contaremos con:

Gregorio Luri Medrano, maestro, filósofo y pedagogo, una de las voces más influyentes en el debate educativo actual en España. Licenciado en Ciencias de la Educación y doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona, ha ejercido como maestro de primaria, profesor de filosofía en bachillerato y docente universitario, además de formador de profesores.

Autor de numerosos ensayos sobre escuela, familia y cultura, entre sus obras destacan La escuela contra el mundo, Prohibido repetir, La escuela no es un parque de atracciones y Elogio de las familias sensatamente imperfectas. Su último libro: La dignidad del mediocre. Pequeña filosofía de lo inacabado.

Participa habitualmente en proyectos de divulgación y en medios de comunicación, donde reflexiona sobre cómo educar en la responsabilidad, el sentido común y el arraigo cultural en un mundo marcado por la prisa y la sobreprotección.


– Luri, G. La escuela no es un parque de atracciones. Ed. Ariel (2022)

Aprendemos juntos BBVA: Gregorio Luri, maestro. Padres imperfectos, familias sensatas

«Cuando la educación se convierte en maltrato» con Gregorio Luri en el programa Aladetres | 157

Gregorio Luri: «Más importante que recibir educación emocional es vivir aventuras« EL Mundo

“Entrevista a Gregorio Luri” (Branding Escolar) donde insiste en virtud, esfuerzo y formación del carácter, fácilmente enlazable con la dimensión educativa del juego.

Victoria De Julián y Andre Quispe, entrevista Gregorio Luri: «Sobreproteger es una forma de maltrato» Nuestro tiempo, Universidad de Navarra.

-Pastor Vico, D. Era de idiotas. Educar en la confianza para crecer en sana convivencia. (Cap-1 «Los niños ya no juegan») ed. Ariel (2024)

– Johan Huizinga, Homo ludens. El juego como fundamento de la cultura Ed. Alianza (2012)

-“Juego y Cultura: Huizinga y Caillois. Visión antropológica del juego” de Carlos Morillas González