¿Por qué habríamos de convertirnos en fantasmas?

Se deduce otra pregunta respecto al cuestionamiento de este título: 

¿qué denominamos fantasmas?

Refiriéndonos a Baudrillard, podría tratarse implícitamente de un simulacro; una representación que actúa como realidad aunque no forme parte de ella. Pero no obstante, la representación funciona como propia realidad.

Y es que un fantasma representa a una idea, un recuerdo y en algunas realidades se presencian incluso imágenes o signos. Es por ello que, ¿qué sentido tendría tildar de no cuerdos a aquellos que viven alucinaciones?

¿Y si esta realidad es tan insoportable que vivimos sirviéndonos del propio simulacro?

R.D Laing, denominaba ciertas afecciones mentales como un mecanismo adaptativo del sujeto hacia un entorno hostil.

Por lo tanto, ¿qué nos da tanto miedo si ya vivimos dentro del simulacro? 

Estamos asistiendo a una realidad dotada de representaciones no necesariamente de la realidad propia. Cada vez existe un tejido social más ínfimo y sin embargo las conexiones con internautas no paran de crecer, pero, ¿en qué hemos convertido la realidad sino en lo que Baudrillard denomina hiperrealidad?

El autor refiere este término como cuando se desdibujan los límites entre la realidad propia, las relaciones humanas, lo natural y el simulacro.

No perdura el contacto físico ni el contacto con lo natural, con lo que la realidad perece permanentemente. Ahora la cámara de fotos no la llevas en la mano, la llevas en unas lentes visuales. Y no vives, ahora solo proyectas. La hiperrealidad se da en el mero hecho de preguntarse, ¿imitamos lo que vemos en las redes sociales, nos crean necesidades que no teníamos o las necesidades ya existían?

Hoy en día, la abstracción ya no es la del mapa, la del doble, la del espejo o la del concepto. La simulación no corresponde a un territorio, a una referencia, a una sustancia, sino que es la generación por los modelos de algo real sin origen ni realidad: lo hiperreal. El territorio ya no precede al mapa ni le sobrevive. En adelante será el mapa el que preceda al territorio y el que lo engendre, y si fuera preciso retomar la fábula, hoy serían los jirones del territorio los que se pudrirían lentamente sobre la superficie del mapa, los que todavía subsisten esparcidos por unos desiertos que ya no son los del Imperio, sino nuestro desierto. El propio desierto de lo real.” (Baudrillard, 1978)

simulación
Fotografía de Lucía Moreno Guzmán

El fin es común pero la experiencia y el sufrimiento colectivo son subjetivos. Es la única realidad a la que aferrarnos, pero, siendo realistas, ¿cómo confiar si es cuestión de perspectiva? Ahora dime, ¿quién es el fantasma?


La Casa del Dragón: Clausewitz, Foucault y Baudrillard explican el poder

El segundo episodio de La Casa del Dragón (House of the Dragon) ofrece una brillante reflexión sobre el poder. Más allá del conflicto por un huevo de dragón, la serie muestra cómo los símbolos pueden ser más importantes que la fuerza misma.

La escena entre Daemon Targaryen, Otto Hightower y Rhaenyra Targaryen recuerda la célebre idea de Carl von Clausewitz: «La guerra es la continuación de la política por otros medios». Antes del combate aparecen la negociación, la diplomacia y la amenaza. Solo cuando estos recursos fracasan surge la guerra.

Sin embargo, Michel Foucault invierte esta fórmula en Defender la sociedad: no es la guerra la continuación de la política, sino la política la continuación de la guerra. Incluso en tiempos de paz permanecen las relaciones de fuerza, la estrategia y la lucha por el poder.

El verdadero objeto de disputa no es el huevo de dragón, sino lo que representa. En House of the Dragon, los dragones constituyen el gran símbolo de la legitimidad de la Casa Targaryen. Recuperar ese emblema significa recuperar la imagen del poder.

Esta escena también puede entenderse desde Jean Baudrillard. En Cultura y simulacro, sostiene que el poder necesita producir constantemente los signos de su propia realidad. No basta con ser rey: hay que parecer rey. La representación es parte esencial del ejercicio del poder.

Por eso, cuando Rhaenyra enfrenta a Daemon, no solo recupera un huevo de dragón. También reafirma la autoridad del Trono de Hierro y demuestra que la política se sostiene tanto en símbolos como en decisiones.

La Casa del Dragón confirma que la fantasía puede convertirse en una extraordinaria lección de filosofía política. A través de Clausewitz, Michel Foucault y Jean Baudrillard, la serie muestra que el poder siempre necesita imágenes, representación y legitimidad para mantenerse.