Una defensa de la lejanía en tiempos de inmediatez.

He leído Elogio de la distancia de David Nava Gutiérrez en un ejemplar que he trabajado a lápiz, con anotaciones propias en los márgenes: Schopenhauer rodeado con un círculo, una flecha señalando «esperar ya no está de moda«, una nota junto al primer párrafo que apunté al empezar, «qué nos presenta la distancia». Volver a un libro así, con las huellas de una lectura anterior encima, es una manera de acercarse a un ensayo que cuando una relee el elogio de lo lejano convive con la cercanía de quien fue, hace un tiempo, más joven o más impaciente.
¿Cómo vamos a poder tomar control de nuestro instante si la vida se nos echa encima?
Es un libro pequeño, de formato casi de bolsillo, cuidado en la edición, de esos que una se lleva la mochila sin pensarlo. El índice adelanta la estructura del argumento.
Está dividido en tres bloques:
- Cuando la distancia se pierde
- Cuando la distancia resiste
- Cuando la distancia florece


Dentro de ellos van los trece capítulos, cada uno con su propio título breve, cerrando con un epílogo sobre el tiempo necesario. El indice marca el recorrido, de la queja inicial contra la inmediatez hacia una especie de reconciliación final con la distancia, y eso ayuda a leer el libro sabiendo hacia dónde va, aunque cada capítulo se sostenga también por separado.
El libro se abre con una pregunta: ¿por qué rechazamos la distancia si su ausencia es, quizás, la peor de las condenas? El autor no defiende solo la distancia física, defiende algo más difícil de nombrar: la distancia temporal, el intervalo, el «durante» que se ha vuelto sospechoso en una época que solo quiere llegar al final. Toca, por lo tanto, algo que posiblemente muchos y muchas de nosotros/as hemos sentido, esa manía contemporánea de devorar temporadas enteras de una serie de golpe, de querer el mensaje de vuelta al instante, de no soportar ni un segundo de la espera que antes era, sencillamente, parte de querer a alguien.
Sabemos que la espera, en sí misma, duele, pero también que es en ella, únicamente en ella, donde se hacen más grandes nuestros sentimientos.
Hay un capítulo, el del amor y la demora, que habla de las cartas -quien me conoce sabe el amor y arraigo que le tengo al género epistolar-, de esas cartas que se separarán «de una caja» y se verterán en otra, de las decenas de manos anónimas que las tocan en su viaje antes de llegar a su destinatario, y las compara con el WhatsApp de hoy, que llega, dice, «sin remedio, al instante». No hay nostalgia barata en esa comparación, hay una pregunta: ¿puede el amor sostenerse sin la distancia que antes lo obligaba a esperar? David cree que no, que aprendemos a la fuerza que «el amor necesita distancia para no evaporarse».

Byung-Chul Han aparece una y otra vez, casi como columna vertebral del libro entero: la sociedad de la transparencia, la desaparición del misterio, la cercanía que ciega en vez de iluminar. A ratos pensé que el libro también funciona, como una manera cálida y accesible de acercarse a Han para quien no lo ha leído todavía. Pero también aparecen Bergson, Lévinas con la distancia irreductible del otro que no hay que anular sino habitar, Baudrillard de quien recupera esa frase suya de que lo real «nunca ha interesado a nadie» y, al final, Byung-Chul Han y Gueorgui Gospodínov dialogando sobre la muerte a través de la imagen del jardín: «Mi padre era jardinero. Hoy es jardín«. Una invitación a contemplar la muerte desde lo vivo. La importancia de la atención en la distancia, una distancia cargada de vida.

Resalto en este momento el noveno capítulo «Escribir es demorarse». Hasta ese punto la distancia parecía algo que hay que defender frente al mundo exterior, frente a las pantallas y la inmediatez; aquí la traslada al acto mismo de leer y escribir. Mientras las redes sociales nos obligan a estar siempre disponibles, siempre conectados, bajo lo que llama «la demanda del otro», los libros hacen justo lo contrario, «nos abren y nos posibilitan».
«Leer nos hace libres, del yo y del otro».
Me gustó también cómo entra en la idea, menos citada, de que un texto necesita huecos para que el lector pueda instalarse en él, apoyándose en Barthes y en Proust para defender que la lectura verdadera es la que nos deja escribir, a nuestra vez, sobre lo leído. Y llega a decir, con la misma convicción que había mostrado en el capítulo del amor, que escribir puede ser «una forma de tomar distancia»: de una experiencia, de un dolor, de una misma.
El juego, también aparece como idea, aunque muy brevemente al final del capítulo ocho “El giro que nos salva”. En el juego, dice, «todo puede pasar«, porque «las tácticas solo se dan en campo abierto«, “Las travesuras eran propias del viraje” y el viraje es la modificación del rumbo, cambiar. En este sentido el viraje en los niños y niñas, en el juego que represetan es romper con lo establecido, ir contra las reglas, imaginar mundos donde todo es posible, y reglas donde si se quebrantan no tienes muchas represalias porque es “campo abierto”. La distancia es la condición de posibilidad de casi todo lo que valoramos aplicada a algo tan simple como jugar una partida.

El libro-ensayo defiende la distancia como tema y la ejerce como forma. Deja huecos, no lo cierra todo, invita a que una piense en su propia vida en vez de limitarse a asentir. Eso es coherencia entre fondo y forma, algo que no siempre se consigue en este tipo de ensayo.
No considero que se trate de un libro que avance con un argumento cerrado de principio a fin; es más bien una colección de estancias, cada una con su propia luz, unidas por la misma obsesión: que la vida necesita espacio para respirar, que el aquí y ahora al que nos hemos entregado sin condiciones nos está quitando algo que no sabemos nombrar del todo. Lo leí despacio -muy despacio-, en varias sesiones, sin prisa, cosa que, dado el tema, me pareció la única forma honesta de leerlo. Y salí de él con ganas de poner pausa -eso hice este verano- y de escribir una carta de verdad, a mano, aunque solo fuera para comprobar si todavía sé hacerlo.
Título: Elogio de la distancia. Una defensa de la lejanía en tiempos de inmediatez
Autor: David Nava Gutiérrez
Editorial: LaJunglaDElasLEtras
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