En La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han sostiene que el mayor problema de nuestra época no es la falta de información, sino su exceso. El exceso de positividad se manifiesta como un exceso de información, estímulos y tareas que terminan fragmentando nuestra atención y agotando profundamente nuestra capacidad de concentración.
Vivimos convencidos de que la multitarea y la optimización del tiempo representan un progreso. Sin embargo, Byung-Chul Han afirma exactamente lo contrario: la atención multitarea dispersa nuestra mente y nos convierte en sujetos incapaces de desarrollar una atención profunda. El resultado es una sociedad del cansancio, marcada por el agotamiento mental y la hiperactividad permanente.
Los grandes logros culturales, filosóficos y artísticos de la humanidad no surgieron de la velocidad, sino de la contemplación. La cultura necesita silencio, lentitud y una atención profunda. Sin embargo, la sociedad contemporánea reemplaza esa experiencia por una hiperatención que cambia constantemente de un estímulo a otro, impidiendo cualquier proceso de reflexión prolongada.
Para Byung-Chul Han, incluso el aburrimiento posee un enorme valor. Así como el sueño permite el descanso del cuerpo, el aburrimiento profundo ofrece un descanso espiritual indispensable para la creatividad. Sin momentos de ocio, contemplación y pausa, desaparece la posibilidad de crear, pensar y escuchar verdaderamente.
La pérdida de la atención profunda también destruye la capacidad de asombro. La vida contemplativa, que durante siglos permitió comprender el mundo con mayor profundidad, ha sido sustituida por una aceleración constante donde todo exige productividad inmediata.
La sociedad del cansancio no solo produce estrés y agotamiento. Produce individuos incapaces de detenerse, escuchar y contemplar. Byung-Chul Han nos recuerda que recuperar la atención profunda, el silencio y la vida contemplativa no es un lujo, sino una condición necesaria para volver a pensar, crear y vivir con mayor plenitud.
La pandemia y el coronavirus nos obligaron a enfrentar una pregunta que normalmente evitamos: la muerte. En Muerte y alteridad, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han propone una de las reflexiones más profundas sobre este tema y sobre el papel del otro en nuestra existencia.
Publicado en 2012 y traducido al español en 2018, Muerte y alteridad muestra cómo la muerte no puede comprenderse únicamente desde el individuo. Siempre experimentamos la muerte desde la alteridad: el muerto es el otro. La pérdida del ser amado nos transforma, deja una huella y nos obliga a preguntarnos por el sentido de la vida.
Siguiendo el diálogo con Heidegger, Lévinas, Hegel y Kant, Byung-Chul Han retoma la idea del ser hacia la muerte, pero añade un elemento decisivo: la aceptación serena de nuestra finitud. La muerte no solo representa el límite de la existencia, sino también una oportunidad para vivir de manera más auténtica.
Una de las ideas más conmovedoras del libro afirma que la única posibilidad de inmortalidad es el amor. Quien ama permanece en la memoria del otro y continúa existiendo como una presencia que trasciende la ausencia física. La muerte, entonces, no solo habla del final, sino también del vínculo que permanece.
Byung-Chul Han también critica la sociedad contemporánea por mantenernos distraídos en una hiperrealidad que nos aleja de la reflexión sobre nuestra propia existencia. Vivimos acelerados, evitando pensar en la muerte, cuando precisamente esa conciencia puede darle un sentido más profundo a nuestra vida.
Muerte y alteridad no es únicamente un libro sobre la muerte. Es una invitación filosófica a comprender la alteridad, el amor, la existencia y el significado de vivir sabiendo que somos seres finitos. Quizá solo cuando aceptamos nuestra condición mortal comenzamos realmente a vivir.
¿Vivimos todavía en la sociedad disciplinaria descrita por Michel Foucault? Para Byung-Chul Han, la respuesta es no. En La sociedad del cansancio, el filósofo sostiene que el modelo disciplinario quedó atrás y fue reemplazado por la sociedad del rendimiento, una nueva forma de poder mucho más eficaz.
La sociedad disciplinaria de Michel Foucault estaba organizada alrededor de instituciones como cárceles, cuarteles, hospitales, universidades y psiquiátricos. Su lógica era la prohibición: decirle al sujeto lo que no podía hacer. El objetivo era producir obediencia, normalización y disciplina.
Sin embargo, Byung-Chul Han afirma que el siglo XXI ya no funciona mediante la prohibición, sino mediante la positividad. El sujeto ya no escucha «no puedes», sino «sí puedes». El mandato permanente es emprender, producir, superarse y rendir cada vez más. Así nace el sujeto de rendimiento, que deja de ser un sujeto de obediencia para convertirse en un emprendedor de sí mismo.
La gran paradoja es que esta nueva forma de poder resulta mucho más eficiente. Ya no hace falta un vigilante externo porque el propio individuo se exige constantemente. La sociedad del rendimiento transforma la libertad en autoexplotación. El sujeto cree que actúa libremente, cuando en realidad se encuentra sometido a una obligación permanente de producir más.
Para Byung-Chul Han, mientras la sociedad disciplinaria generaba presos y locos, la sociedad del rendimiento produce depresivos, agotados y fracasados. La depresión, el síndrome de desgaste profesional y el cansancio mental dejan de ser problemas individuales para convertirse en patologías propias de una sociedad dominada por la hiperproductividad.
La gran crítica de Byung-Chul Han consiste en mostrar que el poder ya no necesita imponerse mediante la fuerza. Basta con convencer al individuo de que siempre puede rendir más. El resultado es una sociedad donde nada parece imposible, pero donde el precio es el agotamiento permanente.
En definitiva, La sociedad del cansancio explica cómo el poder ha pasado de disciplinar los cuerpos a explotar la libertad de las personas. El sujeto de rendimiento es, al mismo tiempo, víctima y verdugo de sí mismo.
En La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han sostiene que cada época tiene sus propias enfermedades. Si el siglo XIX estuvo marcado por las enfermedades bacteriológicas y el siglo XX por las virales, el siglo XXI se caracteriza por las enfermedades neuronales.
En el primer capítulo, «La violencia neuronal», Han dialoga con Jean Baudrillard para explicar un cambio de paradigma ocurrido tras el fin de la Guerra Fría. La antigua lógica inmunológica, basada en distinguir entre el amigo y el enemigo, el adentro y el afuera, comienza a desaparecer con la globalización y la disolución de la otredad.
Para Byung-Chul Han, el problema actual ya no es la negatividad, sino el exceso de positividad. No enfermamos por falta, sino por exceso: exceso de trabajo, de información, de comunicación, de rendimiento y de productividad. De ahí surgen fenómenos como la depresión, el déficit de atención, la hiperactividad, el agotamiento y el estrés.
La violencia neuronal ya no proviene de un enemigo externo. Es una violencia que nace dentro del propio sistema. Mientras la violencia del siglo XX se dirigía contra el otro, la del siglo XXI recae sobre lo idéntico: sobre nosotros mismos.
Han sostiene que la globalización ha debilitado las fronteras tradicionales y ha transformado la forma en que opera la violencia. El sistema ya no necesita excluir; ahora exige producir más, comunicar más y rendir más. Esa sobreabundancia termina generando fatiga, asfixia y desgaste.
Inspirado en Jean Baudrillard, Byung-Chul Han advierte que vivimos en una sociedad saturada de información y positividad. El verdadero conflicto ya no se encuentra fuera del sistema, sino en su interior.
La gran pregunta de La sociedad del cansancio sigue vigente: ¿hasta qué punto somos víctimas de una violencia que ya no combate al otro, sino que nos obliga a agotarnos a nosotros mismos?
En el quinto capítulo de, La sociedad del cansancio, este texto que, como hemos dichos en ocasiones se resumen en creer que el triunfar hoy en día es autoexplotarse, Byung Chul Han va a dialogar con nada más que con el Filósofo del Bigote, el Filósofo del Martillo, el que habló del Eterno Retorno de la serie Dark, del Superhombre en la serie The Umbrella Academy, el que vio cómo su propia mató a Dios producto del nihilismo de su época ilustrada.
Han va a dialogar en este capítulo llamado, Pedagogía del mirar, con Friedrich Nietzsche. Y nada más y nada menos que con su libro, El ocaso de los ídolos.
Si has llegado a este artículos y no has visto los capítulos anteriores de La Sociedad del Cansancio, te lo dejo acá abajo.
BYUNG CHUL HAN Y NIETZSCHE RETOMAN LA VITA CONTEMPLATIVA
Hay una presunción de aprender a mirar, de reaprender a mirar, de tener una pedagogía del mirar, si es que queremos rescatar una vita contemplativa, una vida contemplativa.
Han explicando a Nietzsche nos dice que en el, Ocaso de los Ídolos, hay tres tareas por las que son necesarias un educador:
Aprender a mirar
Aprender a pensar
Aprender a hablar y escribir
Por supuesto, viniendo de Nietzsche el sentido de estas tareas es la cultura superior del Übermensch (el Superhombre).
Ese aprender a mirar es acostumbrar al ojo a ver con calma y paciencia, es dejar que eso que miras se acerque al ojo. Es educar la mirada para que sea más profunda, atenta, contemplativa.
Y, contrario a lo que muchos niegan de la filosofía de Nietzsche, esta primera tarea es la primera enseñanza de carácter espiritual. Byung Chul Han nos explica que el mismísimo Nietzsche enseña a no responder inmediatamente a un impulso sino controlar los instintos, no ser dominados por ellos. Para Nietzsche, quien es consciente del impulso de Dioniso, sucumbir a los impulsos es una enfermedad.
Hay que recordar que el Übermensh, el Sobrehumano, el superhombre, se conoce a sí mismo (como dicta en el primer capítulo de la Genealogía de la Moral), se vence constantemente a sí mismo (como lo expresa en Zaratustra).
Nietzsche, escribe Han, revitaliza la necesidad de una Vita Contemplativa, de una vida contemplativa que no sucumbe a lo que pasa en nuestro exterior y que se ejerce una mirada con soberanía.
LA SOCIEDAD DEL CANSANCIO Y LOS HOMBRES ACTIVOS DE NIETZSCHE
Han da una demoledora reflexión en este capítulo porque nos explica que es una ilusión pensar que si soy más activo, hiperactivo, más libre soy o más libre podré ser.
Así como hoy en día vivimos en un mundo precario, pobre y faltante de de momentos de pausa, de entre-tiempos, de interrupciones, porque esta aceleración constante en la que vivimos auto-sometidos elimina cualquier pausa, cualquier entre-tiempo que nos permita parar, reflexionar, contemplar.
Y aquí, Byung Chul Han cita el libro de Nietzsche llamado, Humano demasiado humano, mostrando que el principal defecto de los hombres es ser activos: A los activos, escribe Nietzsche, les falta normalmente una actividad superior… Los activos ruedan como piedras conforme a la estupidez de la mecánica.
Es decir, los activos, a los hiperactivos, los que no han educado su mirada contemplativa, como son súbditos de sus impulsos y de lo que pasa en su exterior, viven una vida mecánica como una piedra que va rodando sin parar, sin pausa, porque tiene pobreza de interrupciones.
LA SOCIEDAD CANSADA ANULA EL DASEIN DE HEIDEGGER
El futuro se nos ha acortado en una prolongación de un presente acelerado. Y esto, también ha negado toda posibilidad de una mirada hacia el otro, hacia lo otro, hacia la otredad, hacia lo distinto a mi.
Es curioso que Han incluso hable en este capítulo de la rabia como una posibilidad de interrupción de este tiempo acelerado, porque cuestiona el presente, es un estado capaz de interrumpir inmediatamente lo que esté pasando y de recomenzar lo que se está haciendo.
Hay una importancia en la sociedad actual y es que no solo hay una negatividad, una negación hacia lo otro, sino también al cambio en uno mismo, a cambios decisivos en nuestra vida.
Esta vida acelerada, en su aceleración no permite mirar contemplativamente, pausarse, detenerse, interrumpirse, vivir desde la pasividad de la contemplación para reflexionar para poder cambiar las cosas, para poder cambiarse y transformarse.
Por lo tanto, quebranta y anula toda posibilidad del Dasein de Heidegger, de ese ser que existe abierto a todas las posibilidades del mundo viviendo una vida auténtica consciente de que en cualquier momento puede llegar la posibilidad de la muerte.
SER HIPERACTIVOS NO NOS PERMITE REFLEXIONAR
Este exceso de positividad de la sociedad actual, esta posivitización del mundo, es decir, lo positivo, lo fáctico, lo que se presenta, lo que se hace, lo activo, lo constantemente activo, anula incluso los estímulos e instintos como la rabia, como el miedo, como la tristeza, que representan una negación del momento, es decir, de parar en el momento.
Estas emociones son negativas, pero en su sentido filosófico no como comúnmente se dice, son negativas no porque sean malas sino porque hacen una negación del momento, paralizan el momento, porque provocan una ausencia de actividad provocando la reflexión, la autorevisón, el cambio decisivo en nosotros.
Y en este mundo hiperactivo no se permite sentir rabia, tristeza y miedo, se nos permite solo rodar como la roca, con una vida mecánica, sin pausas.
Esa negatividad, esa negación es precisamente el no-hacer, es pasividad.
Este mundo hiperactivo solo nos permite ser unas máquinas hiperactivas egocéntricas carentes de negatividad, de ausencia de actividad y de espiritualidad.
Solo podemos ser una máquina de rendimiento que tiene que hacer muchos esfuerzos por maximizar su propio rendimiento.
Incluso, nos escribe Han que el mismo Hegel explica que la negatividad mantiene en nosotros la existencia llena de vida.
En palabras de Han eso es la importancia de existir, vivir, desde una mirada contemplativa.
¿SOMOS LIBRES EN ESTA SOCIEDAD DEL CANSANCIO?
En la reflexión podemos ver la contemplación. Porque hay que parar para poder reflexionar, hay que pausarse, detenerse, interrumpirse. En esto se diferencia el pensar al reflexionar.
El pensar es activo, la reflexión es pasiva.
Esta sociedad cansada no se da cuenta que pasa siempre en un estado de “seguir-pensando” incapaz de reflexionar, de contemplar.
La hiperactividad no nos permite ser libres, no nos permite una acción libre y mucho menos espontánea. Por ello, necesitamos reeducar y reaprender a mirar, ahora, más detenidamente, despacio, sin sucumbir ante reacciones y así poder ver, contemplar y reflexionar qué estamos haciendo de nuestra vida.