​¿Quién manda aquí?

De la avería del sistema a la recuperación de nuestra libertad

​Hace poco escribí una denuncia sobre cómo están las cosas y me prometí volver con un tema más ligero. Pero os soy sincero: no puedo. La gravedad de lo que vivimos no me permite andar con rodeos ni cortesías de despacho. No vengo a hablaros de filósofos antiguos como si fueran estatuas de museo, sino como gente que ya avisó de lo que nos está pasando hoy. El humanismo de verdad tiene una regla de oro: el ser humano es lo primero. Y desde ahí hay que mirar lo que viene.

​En estos tiempos nos están quitando dos cosas sagradas: nuestra capacidad de decidir (soberanía) y nuestro valor como personas (dignidad). Se ve claramente en el silencio que rodea accidentes como el de los trenes. No es solo un fallo de una pieza; es un sistema que prefiere que no preguntes «por qué» para que no se vean las costuras de una gestión negligente.

​La «soldadura» que se ha roto no es la de un raíl, sino la de nuestra sociedad. La estructura política actual se ha vuelto un club cerrado que solo se mira a sí mismo. Han dado la vuelta a la lógica: en lugar de estar ellos a nuestro servicio, parece que nosotros estamos aquí para mantener su ritmo de vida y sus estructuras, culpándonos incluso de no ser «productivos» cuando las cosas van mal.

​Mi propuesta es recuperar el Arjé, una palabra griega que significa «el origen» o «el mando». 

Quiero que volvamos a lo básico: que la Economía y las Leyes trabajen juntas para que seamos una sociedad libre, no una gestionada por intereses ajenos. El ciudadano no es el último mono de la fila; es el que debe tener el mando real.

​Si habéis llegado hasta aquí, os pido que no os quedéis de brazos cruzados. La única forma de que esto cambie es que dejemos de alimentar a esas estructuras que viven de nuestro esfuerzo sin aportar nada a cambio. Su trabajo debería ser el de un servidor que se esfuerza para que el resto crezca, no el de alguien que usa las instituciones para sus propios intereses.

​Os lanzo una pregunta para los comentarios: ¿Hacia dónde vamos ahora? ¿Dejamos que todo se rompa del todo o nos ponemos a trabajar para entender dónde perdimos nuestra libertad y cómo recuperarla?


​Si quieres profundizar en estas ideas y entender de dónde vienen, te recomiendo echar un vistazo a estos autores:

​Azpilcueta, M. (1556). Comentario resolutorio de cambios. Aquí verás cómo la moral, el dinero y las leyes deben ir de la mano para que una sociedad sea justa.

​García-Trevijano, A. (2010). Teoría pura de la república. Fundamental para entender por qué en España no tenemos una democracia real (libertad política) y qué falló en la Transición.

​Mariana, J. (1599). De rege et regis institutione. Un libro valiente que explica que el gobernante debe estar al servicio del pueblo y que, si se convierte en un tirano, el ciudadano tiene derecho a resistirse.

​Vitoria, F. (1539). De potestate civili. Explica que el poder no cae del cielo, sino que nace de la propia sociedad y que el ser humano es el principio de todo.

Diario de un profesor de filosofía, de Francisco Huertas:

La huella de un maestro y la memoria compartida

Hay libros que no se leen solo con la razón, sino también con la memoria y la gratitud. Diario de un profesor de filosofía (1989–2023), de Francisco Huertas, es uno de esos textos que invitan a una lectura lenta, atenta, casi íntima. No es un manual pedagógico ni un ensayo académico al uso, sino un cuaderno de vida donde la experiencia docente, la reflexión filosófica y una sensibilidad literaria muy cuidada se entrelazan a lo largo de más de tres décadas.

En mi caso, la lectura tiene además un matiz personal: Francisco fue mi primer profesor de filosofía, y en el libro aparecen mencionados algunos antiguos alumnos, entre los que me encuentro. Es un detalle que emociona, pero que, sobre todo, confirma el carácter humano y relacional de la enseñanza, entendida como un intercambio que deja huellas en ambas direcciones.

Un diario que es memoria viva

“Ya sabéis cómo disfruto dando clase. Enseñar es una tarea prometeica, cada vez más. Robar el fuego de la sabiduría, y llevarlo a los estudiantes, más como afán interrogador y curiosidad que como sistema”

El libro se construye a partir de entradas breves, anotaciones, recuerdos y reflexiones que conforman una especie de autobiografía intelectual. No hay una narración lineal cerrada, sino una sucesión de fragmentos que recrean escenas de aula, pensamientos íntimos y preguntas abiertas sobre el sentido de educar y de pensar.

El libro se encuentra dividido en cuatro prólogos (prólogo analógico, ontológico, eistemológico y jubiloso) y en dos partes:

La primera parte tiene un tono más narrativo, centrado en la experiencia vital del docente: los inicios, las expectativas, los encuentros con alumnos, las dificultades cotidianas y la evolución personal. En la segunda parte, el texto adquiere un carácter más reflexivo y filosófico, con meditaciones sobre el tiempo, la cultura, la infancia, la memoria y el conocimiento.

Esta estructura fragmentaria funciona como un reflejo honesto de la propia vida: no todo sigue un orden claro, pero todo va construyendo una identidad y una mirada.

La vocación docente: entre el ideal y la realidad

Uno de los ejes más sólidos del libro es la reflexión sobre la vocación. Para Huertas, enseñar no es solo transmitir contenidos, sino despertar el deseo de comprender el mundo, cultivar la sensibilidad y mantener vivo el pensamiento crítico. La educación aparece como un acto profundamente ético y cultural.

“La traslación del docente supone modificación del proceso mismo de la educación. No se trata de imitar a Sócrates con diálogos en las plazas, sino de reproducir funciones represivas de control social. No es la mente la que dirige, sino el cuerpo. En el aula se disciplinan mentes a través del entrenamientocognitivo, pero en pasillo y patios se ordenan los cuerpos, con sus posiciones, sonidos y ritmos” (p.196)

Al mismo tiempo, no se oculta las tensiones del oficio: el cansancio, la burocracia, la dificultad para conectar con los alumnos en un contexto dominado por la inmediatez y la tecnología, o la sensación de que ciertos valores pierden peso en la escuela contemporánea. Esa contradicción entre ideales y realidad atraviesa el texto y le otorga una notable honestidad.

Lejos de caer en el pesimismo, el libro sostiene una defensa serena de la educación como espacio de resistencia cultural y humana.

Infancia, tiempo y memoria

La infancia ocupa un lugar simbólico importante en el diario. Aparece como territorio de apertura, curiosidad y fragilidad, pero también como una referencia constante para comprender la tarea educativa. Enseñar implica, en cierto modo, preservar esa capacidad de asombro y cuidado.

“¿Qué significa ser pequeño? ¿Por qué el saber nos elva? ¿Puede el alumno ser pequeño y grande a la vez? La educación es el camino por el que marchan los pequeños mientras van creciendo cada día. Este camino nos hace grandes. La atención, la responsabilidad y el hábito, de los que habla el profesor Gil, son el mapa que permite recorrer la senda, el cuidado en no perder los pasos del Maestro, de no salirse de los linderos, no caer por el precipicio” (p.135)

El tiempo es otro gran protagonista. Huertas reflexiona sobre el paso de los años, la memoria, la repetición, el desgaste y la permanencia. Escribir se convierte en una forma de ordenar la experiencia y de no dejar que lo vivido se diluya en el olvido. El diario funciona así como un ejercicio de conciencia y de fidelidad a lo esencial.

Una escritura que invita a la pausa

El estilo del libro es claramente literario y poético. Abundan los aforismos, las imágenes sugerentes vividas en primera persona, las referencias al cine, la música, la literatura y la filosofía, así como una prosa que prioriza la evocación antes que la explicación sistemática. No busca ofrecer respuestas cerradas, sino abrir espacios de reflexión.

Esto convierte la lectura en una experiencia que requiere tiempo y atención. No es un libro para leer de manera apresurada, sino para dejarse acompañar por las ideas, subrayar, releer y dialogar interiormente con el texto.

Lectura y experiencia personal

Leer este libro desde la experiencia de haber sido alumna de Francisco Huertas añade una capa reveladora a la lectura. No solo permite reconocer la coherencia entre pensamiento y práctica, entre lo que se defiende en la reflexión y lo que se encarna en el aula, sino que también invita a mirarse en ese espejo desde el propio presente. Hoy, ya situada en el lugar de quien enseña -aunque en un territorio distinto, el de la filosofía con los más pequeños y con un poco de experiencia con adolescentes-, muchas de sus intuiciones resuenan de forma inesperada: la paciencia, la escucha, la importancia del asombro, la fragilidad del vínculo educativo, la necesidad de cuidar el deseo de pensar. Con todavía poca experiencia docente, pero con una vocación en construcción, la lectura se transforma en un diálogo silencioso entre generaciones, donde se reconocen afinidades, aprendizajes heredados y una misma confianza en la filosofía como forma de acompañar el crecimiento humano.

Conclusión

Diario de un profesor de filosofía es una obra que trasciende el testimonio profesional para convertirse en una reflexión sobre la educación, el tiempo, la cultura y la condición humana. Donde logra transformar su experiencia personal en una mirada universal, capaz de interpelar tanto a docentes como a lectores interesados en el pensamiento y la vida interior.

Un libro para leer despacio, para dejar que las ideas maduren y para recordar que educar no consiste solo en transmitir conocimientos, sino en acompañar procesos de crecimiento y de búsqueda de sentido.


Venta disponible de manera particular a través del correo electrónico del autor:

Bachilleratocinefilo@gmail.com

Sexta Filípica: La Cuestión Hispánica y el Retorno a la Razón.

​I. Introducción: Año Nuevo, Vida Antigua.

​Iniciamos este ciclo con la inercia de quien sabe que el tiempo no se detiene, pero que la verdad permanece. Si bien en la anterior entrega os hablé sobre el auge y la caída de los imperios, prometí realizar un desglose de la historia de España y su tiempo. La palabra es deuda, y yo la pago siempre.

​Dicen que año nuevo implica vida nueva, pero yo prefiero decir: Año Nuevo, Vida Antigua. Porque solo regresando a los fundamentos que nos hicieron grandes podremos entender el colapso que nos rodea. Debemos mirar atrás para proyectar el futuro de esta Patria que hoy, más que nunca, clama por Justicia.

​II. España: La Resistencia en el Corazón.

​España era España incluso antes de ser nombrada. Antes de que los romanos nos dotaran con el nombre de Hispania, esta tierra ya inundaba los corazones de sus residentes con una contumaz resistencia a los mandatos extranjeros.

​Esa soberanía del criterio propio se manifestó en los pueblos celtíberos, que no se sometían, sino que elegían bando según su propia visión del mundo. Al final, aceptaron la Lex Romana, pero no como una cadena, sino como la tierra fértil donde crecer. Fue en esa Ley donde España dio al Imperio su momento de máxima expansión bajo el mando del más grande de los emperadores: Trajano. Roma se sostuvo sobre la punta de las lanzas de legiones hispanas; nosotros sostuvimos la soberanía de la civilización. Y cuando el Imperio cruzó el Rubicón de su propia caída, España siguió formándose en la penumbra de los tiempos.

​III. El Rosetón de la Libertad y el Pacto Hispánico.

​España siempre ha sido un crisol de diversidad, un rosetón de catedral donde cada opinión y pensamiento es una pieza de color que, unida, trasluce una luz celestial.

​Mientras en el resto de Europa se hablaba de reyes por derecho divino, en España hablábamos de Reyes elegidos y pactos de sesión. El soberano aquí era un Primus inter pares que debía respetar los fueros y la voluntad de los ciudadanos. Esto lo entendió bien Carlos V, cuyo vasallaje fue aceptado por las voluntades de toda una España unida, convirtiéndola en el centro neurálgico del Sacro Imperio Hispánico.

​IV. Salamanca: El Límite al César.

​Pero la verdadera cumbre de nuestra razón se alcanzó en las aulas de Salamanca. Allí, frente al gran César Carlos V, se colocó un humilde clérigo para recordarle la verdad más absoluta: «Eres humano y sangras».

​Fue en Salamanca donde nació el verdadero humanismo. Allí se sentenció que el ciudadano es soberano de su alma, pues Dios se la entregó libre. Se estableció que el poder reside en la conjunción de las voluntades individuales de los ciudadanos. El gobernante no es el dueño de nada; es el garante de la propiedad privada indivisible de sus ciudadanos. Salamanca nos dio el derecho al derrocamiento del tirano, pues es tirano quien se cree «señor» de lo que no le pertenece. Allí se esbozó la democracia de verdad, para liberar a las personas de aquellos que fingen que Dios les habla solo a ellos, cuando Dios nos habla a todos.

​V. El Robo de las Etiquetas y la Traición de 1812.

​Francia e Inglaterra entendieron estas ideas, pero de forma sesgada y retorcida. Cambiaron las etiquetas sin entender el envasado ni el contexto. Este espíritu de soberanía se hizo carne en la Constitución de 1812, pero fue traicionado en 1814. Los liberales no hicieron lo que debían: respetar a su pueblo antes que a un tirano. Esa falta de pulso dejó nuestro pensamiento inconexo, una tarea que José Antonio Primo de Rivera intentó retomar pero que el destino dejó inconclusa.

​VI. Conclusión: O tempora, o mores!

​¡Qué tiempos, qué costumbres! Vivimos el momento más exaltado de la deriva decadente de una partidocracia que se alimenta de un pueblo sumiso y fragmentado, frente a un tirano que solo invoca viejos fantasmas.

​Ante esto, yo aquí me levanto y digo: ¡Presente! Invoco el llamamiento de mis padres para que volvamos a colocar la Razón en su lugar. Mientras el Estado defina la vida de los ciudadanos, siempre seremos siervos. Si no somos capaces de tomar las riendas de nuestro propio templo, nunca construiremos una Catedral que se mantenga eterna.

​Con esta invitación cierro la saga, señalando que solo la Nación puede ser la conjunción de las voluntades coordinadas de los individuos. Todo debe ir del ciudadano a la Nación, y de la Nación al Estado.

​Pan, Patria y Justicia.

​P.D. Una vez señalada la situación y la urgente necesidad de implicarnos —más allá de la mera responsabilidad individual—, cerraré este ciclo para volver con otros temas y otra filosofía. Pero lo haré siempre desde la misma ética: la de quien no descansará hasta devolver al ciudadano su dignidad y su posición como soberano de su propio destino.


Referencias Bibliográficas:

​Elliot, J. H. (2006). Imperios del mundo atlántico: España y Gran Bretaña en América (1492-1830). Madrid: Taurus. (Para el contraste entre los modelos de expansión y la gestión de la ley).

​Fernández de la Mora, G. (1977). La partitocracia. Madrid: Instituto de Estudios Políticos. (Referencia para la crítica al sistema de partidos frente a la representación nacional).

​Mariana, J. de (1599). De Rege et regis institutione (De la soberanía del Rey y de la institución real). (Base para la doctrina del tiranicidio y los límites del poder real).

​Primo de Rivera, J. A. (2007). Obras Completas. Madrid: Plataforma 2003. (Para el análisis del pensamiento inconexo y la síntesis de tradición y justicia).

​Sánchez-Albornoz, C. (1956). España, un enigma histórico. Buenos Aires: Sudamericana. (Fundamento de la identidad hispana persistente y la resistencia ancestral).

​Vitoria, F. de (2011). Relecciones del Estado, de los indios, y del derecho de guerra. Madrid: Tecnos. (Base del humanismo jurídico y la soberanía del individuo frente al Estado).

Lo que el ajedrez me enseñó

Hay juegos de mesa que, tras unas cuantas indicaciones, todos somos capaces de jugar con cierta destreza. Tengo incluso la suerte de contar con amigos muy inteligentes de expedientes universitarios brillantes que, como un relámpago, aprenden las reglas y juegan a un nivel alto varios de estos juegos. En todos ellos me suelen ganar con bastante facilidad, pero no en el ajedrez. Este noble juego requiere mucho más que saberse las instrucciones.

No deseo remontarme a los orígenes históricos del ajedrez. Doy por sentado que el lector entiende, al menos en un nivel muy básico, en qué consiste el juego: un tablero de 64 casillas que se juega con ocho peones, dos caballos, dos alfiles, dos torres, un rey y una dama por cada jugador, cada tipo de pieza tiene movimientos definidos y un objetivo claro: ganarle la partida al rival. Más bien me gustaría centrarme en aquello que esta disciplina milenaria puede enseñarnos sobre el comportamiento humano.

El juego “infinito”

Antes de adentrarnos en sus enseñanzas, empecemos con un aspecto que me fascinó profundamente sobre este juego. En ese tablero se despliega un universo de posibilidades tan inmenso que supera con creces nuestra capacidad de previsión. Ese pequeño espacio de madera encierra más combinaciones de jugadas que átomos hay en el universo conocido y, sin embargo, lo sostenemos entre nuestras manos, lo jugamos en una mesita con amigos o lo llevamos a la playa en vacaciones. 

Es un hecho bien documentado que, en el ajedrez profesional, la repetición exacta de partidas completas es extremadamente rara. Aunque puedan comenzar de una manera similar, cada una termina divergiendo en un universo propio de decisiones y consecuencias. Esa proliferación inagotable de variantes permitió dar sentido a la vida del Dr. B en la Novela de ajedrez de Stefan Zweig. Aislado por la Gestapo en una habitación sin estímulos, privado de libros, de conversaciones y casi de identidad, el Dr. B descubre en el ajedrez un refugio mental inesperado. El juego se convierte para él en un universo interior capaz de reemplazar aquel mundo exterior que le había sido arrebatado. Cada partida imaginada, cada combinación reconstruida de memoria, le ofrecía una forma de resistencia intelectual frente a la aniquilación psicológica a la que estaba siendo sometido.

La riqueza de variantes en el ajedrez también me recuerda ciertas ideas de la ciencia contemporánea, especialmente aquellas relacionadas con la teoría del caos, que estudia cómo en sistemas regidos por reglas fijas, pequeñas variaciones en las condiciones iniciales pueden producir consecuencias drásticamente distintas. Del mismo modo, en una partida de ajedrez, un movimiento prematuro, una defensa mal planteada o una pieza colocada con ligera imprecisión puede derivar, unas jugadas después, en una catástrofe estratégica. 

Las enseñanzas del ajedrez

Debemos admitir que lo más valioso del ajedrez no es esa lectura casi mística que acabamos de hacer, sino más bien su plano ético. El ajedrez nos enseña lecciones reveladoras sobre la condición humana. Permite “leer el pensamiento” del otro, y eso requiere empatía y análisis al mismo tiempo. Además, el ajedrez expresa la máxima forma de respeto ante la derrota. Al levantar la mano y rendirse se encarna una nobleza que pocas actividades humanas requieren explícitamente. Cierto es que en la modalidad online no siempre se conserva esa cortesía; no obstante, el gesto tradicional sigue siendo un recordatorio moral de que la dignidad no está en ganar, sino en cómo se afronta la derrota.

Este juego también me ha hecho pensar en otras prácticas humanas aparentemente dispares. Por ejemplo, siempre me he preguntado por qué los jugadores de tenis ejecutan su saque de esa manera tan peculiar: toman la bola, la elevan y coordinan su cuerpo con la raqueta para ejecutar un golpe seco con una precisión milimétrica, imponiendo su voluntad desde el primer momento. El ajedrez, como el tenis, es un juego de iniciativa. En el saque, el tenista busca dominar el ritmo desde el inicio; en el tablero, las blancas, al mover primero, tienen la oportunidad de tomar el centro y marcar el compás de la partida. En ambos casos, la clave está en no renunciar a la iniciativa: dominar antes de ser dominado.

Numerosos autores han explorado este juego más allá del tablero. Garry Kasparov, ex campeón mundial, en su libro Cómo la vida imita al ajedrez, traslada las experiencias de la máxima competición a decisiones estratégicas en los ámbitos profesional y personal, destacando la importancia de evaluar recursos, tiempo y calidad de las decisiones con una mirada amplia y flexible. Y más atrás en el tiempo, Benjamin Franklin, además de ser uno de los padres fundadores de Estados Unidos, escribió en The Morals of Chess que el juego no es un mero pasatiempo, sino una forma de adquirir cualidades útiles para la vida cotidiana. En última instancia, el ajedrez nos ofrece reflexiones sobre nuestra propia condición humana.

El ajedrez como espejo de la condición humana

Llegados a este punto, me propongo comprender con mayor claridad esa parte de la condición humana que se refleja en este pequeño tablero de posibilidades infinitas. Más allá de la teoría y la estrategia, el ajedrez me ha enseñado a mirar a sus piezas como si fuesen rostros de nuestra propia naturaleza. Por eso, en lo que sigue, me dispongo a comentar brevemente lo que he aprendido de ellas a lo largo de los años en los que he practicado este maravilloso juego.

El papel del peón en el juego es el de un soldado muy modesto, avanza con pasos cortos. Es la pieza más limitada del juego pero si corona, es decir, si alcanza la última fila se convierte en una pieza de mayor valor, generalmente en dama. El juego lo permite porque sino sería un absurdo haber llegado tan lejos para quedarse como antes. Y, sin embargo, coronar no es fácil. A diferencia de lo que predican los libros de autoayuda, el peón no llega a la octava fila en un tablero intacto. Lo hace, si lo hace, después de una batalla larga y costosa, cuando apenas quedan piezas en pie. Por tanto, el peón no representa la promesa fácil del éxito, no se transforma solo con desearlo, sino porque ha sobrevivido lo suficiente. Y cuando lo logra, ya no es el mismo: para coronar, ha debido renunciar incluso a ser quien era, y debe tomar nuevas responsabilidades en el juego.

El caballo representa al espíritu singular que no obedece trayectorias rectas. Su movimiento característico en L desafía la lógica lineal de este juego, y su capacidad de saltar sobre las demás piezas sugiere una comprensión distinta del espacio: como si intuyera una dimensión secreta. Como ocurre con quienes no siguen los caminos habituales, la lógica del caballo resulta tan distinta que muchos jugadores no alcanzan a comprender el sentido de sus movimientos hasta que ya es demasiado tarde. Se le subestima porque no parece avanzar “conforme a las reglas”, pero precisamente por eso, cuando se usa con sabiduría, puede desestabilizar cualquier esquema del rival.

Hay otras piezas, como los alfiles, cuyo poderío se ejecuta desde la distancia: se deslizan en diagonales que atraviesan el campo de juego de un lado al otro, pero lo hacen sin cruzarse. Cada alfil está destinado a expresarse bajo un solo color. Por eso, funcionan mejor en pareja. Juntos, pueden cubrir una mayor parte del tablero. Un buen jugador lo sabe: no se gana una partida pensando en blanco o en negro. Los alfiles utilizados sin coordinación nos recuerdan a esos equipos que trabajan, cada uno de manera local y encerrado en su propio procedimiento, incapaces de ver más allá de su lógica interna. El trabajo ejecutado de esta manera tiene un alcance muy limitado; para llevarlo a cabo con verdadera eficacia, es necesario “salir de nuestro mundo” y aprender a combinar formas de trabajo que, aunque en el día a día no se comuniquen, resultan indispensables cuando se busca una estrategia de escala global.

Las torres superan a los alfiles en fuerza de juego, y esto se debe a que su función no está determinada por el color de las casillas del tablero. Ambas torres tienen permitido avanzar por filas y columnas sin ambigüedad alguna. Una de sus funciones principales es brindar protección al rey, y su actividad resulta admirable cuando ambas permanecen comunicadas y el camino está despejado, como ocurre en los finales de partida; entonces imponen toda su fuerza y parecen inapelables. Pero ese poderío depende del orden. La torre no improvisa ni se adapta al caos: necesita líneas abiertas. Cuando el tablero se vuelve confuso y los caminos se obstruyen, su capacidad de influencia en el juego disminuye. A diferencia del caballo, que prospera en el enredo, la torre representa a quienes sostienen el orden y sólo pueden ejercer plenamente su poder mientras ese orden se sostenga.

Prosigamos con la figura del rey. El monarca al comienzo de cada partida parece débil, se mantiene a resguardo mientras otros combaten. Pero su poder se despliega de manera gradual a medida que transcurre la partida. Cuando la batalla avanza y el campo de juego queda con menos piezas, es entonces cuando el rey empieza a moverse: paso a paso, entra en el corazón del conflicto. Llegado al tramo final, el rey puede llegar a ser más valioso que un caballo, y su presencia en el centro del tablero inclina la balanza hacia uno de los jugadores. Un buen rey no se precipita: al principio da órdenes desde la retaguardia, asegurando su posición y sólo cuando el campo está despejado revela su verdadero alcance.

Finalmente, hablemos de la dama: la soberana absoluta del juego. En este mundo bidimensional, la dama no conoce límite: su potencia se despliega desde la apertura y se mantiene hasta el final. Concentra en sí el alcance diagonal y coordinado de los alfiles y el dominio rectilíneo de las torres, sin restricciones de ningún tipo. En ella también se materializan los deseos de los peones que sueñan con ser dama. Ella es la libertad geométrica en su forma más pura: puede ir a casi cualquier lugar, casi en cualquier momento. Si la felicidad en el ajedrez consistiera en la capacidad de expresarse plenamente, entonces la dama sería su emblema. Pero incluso ella tiene un límite: no puede moverse como el caballo. Esa pequeña anomalía, ese salto en L que escapa a toda lógica lineal o diagonal, le está vedado. Esto nos recuerda que incluso en los sistemas donde una pieza lo puede casi todo, hay algo que le falta. Tal vez la felicidad que tanto perseguimos también sea así: brillante, expansiva, pero incompleta. Y quizá, al igual que el caballo, requiera un tipo de movimiento –un salto de fe– que aún no terminamos de comprender.

Reflexiones finales

El ajedrez, con sus piezas estrictamente codificadas y su universo de posibilidades impredecibles, ha producido a lo largo del tiempo partidas que muchos jugadores describen como obras de arte. Quien empieza a comprender el juego advierte que existen combinaciones que despiertan una admiración comparable a la que provoca la contemplación de un cuadro de El Greco o una escena cuidadosamente compuesta del cine de Stanley Kubrick.

Además, a través del juego se nos han revelado aspectos esenciales de la condición humana. Cada pieza, con su movimiento propio y su destino nos habla de nuestras formas de actuar, de aspirar y de resistir. Y al contemplar este pequeño mundo regido por normas simples pero fértiles, uno se pregunta si no estaremos ante algo más que un juego: ¿acaso proyectamos en él un orden ideal que la vida no nos da, o es que la vida misma funciona como un juego cuyas reglas desconocemos y al que jugamos como buenamente podemos? En cualquier caso me quedaría con una enseñanza de todo esto, y es que incluso en un pequeño tablero de 64 casillas, la inteligencia humana encuentra espacio para gobernarse a sí misma.

En defensa del pianista de crucero (o de la excelencia de lo invisible)

Hay frases que se pronuncian con ligereza y que, sin pretenderlo, dejan al descubierto cómo juzgamos el valor de las personas. Hace muchos años, en un programa de televisión español dedicado a la búsqueda de nuevos cantantes, un miembro del jurado sentenció a un joven músico diciéndole que, como mucho, sería un pianista de hotel; más tarde, con aparente condescendencia, lo “promovió” a pianista de crucero. El tiempo, que posee una pedagogía más precisa que cualquier tertulia televisiva, corrigió aquel juicio. El artista se consolidó y actualmente es una figura reconocida en el panorama musical español, hasta el punto de que aquel miembro del jurado acabó reconociendo públicamente su error.

Esta situación anecdótica merece ser recordada no como un ajuste de cuentas personales, sino porque pone de relieve un sesgo cognitivo más vinculado a la aplicación de ciertos presupuestos culturales que a un error individual. En la valoración de aquel miembro del jurado operaban dos ideas muy arraigadas en nuestra forma de entender el talento. La primera, que el talento auténtico debe manifestarse de manera inmediata y sin ambigüedades. La segunda, que existe un molde previo –una suerte de plantilla– de lo que consideramos talento legítimo. Esa plantilla está históricamente escrita en la figura del genio: singular, disruptivo, excepcional, casi milagroso. Al beber de esta tradición, aquel miembro del jurado proyectó dicho ideal sobre un talento emergente y, de este modo, lo que comenzó como un juicio de valor terminó convirtiéndose en un prejuicio.

El prejuicio de la grandeza visible

En el mundo occidental vivimos obsesionados con los nombres propios. Nuestra educación, la divulgación cultural y la conversación ilustrada están pobladas de genios. La historia se nos presenta como una sucesión de momentos estelares de la humanidad, episodios luminosos en los que parece que todo el progreso se concentra en unos pocos eventos liderados por algunas personas extraordinarias. Leemos sobre la edad de oro inglesa y desfilan nombres como William Shakespeare, John Milton o Isaac Newton; la edad de oro holandesa se encarna en Rembrandt van Rijn, Johannes Vermeer o Christiaan Huygens; incluso en Dinamarca evocan sus años dorados nombres como Søren Kierkegaard o Hans Christian Andersen. Cada disciplina parece avanzar a saltos, impulsada por individuos casi míticos. 

Este modo de narrar el progreso no se limita a las artes o a las ciencias. Incluso sin ir más lejos, en la facultad de Economía donde estudié, los distintos modelos económicos se explicaban a través de nombres propios: David Ricardo, John Maynard Keynes, Milton Friedman. Las teorías parecían importar menos por su aplicación concreta que por la autoridad del apellido que las respaldaba.

Reconocer la aportación de estas personas es justo y necesario. La historia exige selección, y no puede narrarse como un inventario exhaustivo de lo ordinario. Sin embargo, el error aparece cuando tomamos la excepcionalidad histórica como norma para evaluar el talento humano. Cuando medimos toda capacidad humana con una vara diseñada para lo extraordinario acabamos despreciando casi todo lo “ordinario”. Como si el valor de una vida, de un oficio o de una obra dependiera de su capacidad para ser recordada siglos después. Esta idea no solo es empobrecedora y prejuiciosa sino que además es sencillamente falsa.

El pianista de crucero y la excelencia que nadie ve

Un pianista de crucero no es un aficionado simpático que toca de oído mientras los pasajeros beben cócteles. Es un profesional altamente competente: domina su instrumento, se adapta a estilos diversos, mantiene una calidad constante noche tras noche y comprende algo importante de la condición humana: saber acompañar sin reclamar atención.

Ha invertido miles de horas en adquirir una técnica que, precisamente por ser sólida, pasa desapercibida. Su éxito consiste en no interrumpir la conversación, en no forzar la emoción, en sostener una atmósfera. Para quien escucha distraídamente, su música parece fácil; para quien sabe, es el resultado de una disciplina exigente. El pianista de crucero busca la excelencia, pero lo hace de manera silenciosa. No es casual que muchos músicos de primer nivel hayan pasado en sus inicios por hoteles, salas pequeñas o cruceros. Espacios donde la música no busca precisamente deslumbrar. Pianistas de sesión, acompañantes, directores musicales han construido, desde esa discreción, una competencia que luego nutre a la industria cultural en su conjunto.

Hay innumerables tareas humanas que no son sensibles a la memoria histórica, pero sin las cuales la vida cotidiana se derrumbaría con una rapidez alarmante. Primero pensemos en algunas tareas a nivel micro: nadie recuerda al ingeniero que diseñó un sistema que nunca falla, precisamente porque nunca falla. Nadie celebra al programador que dedica semanas a depurar un error que, una vez resuelto, nadie vuelve a percibir. Pensemos en un cirujano frente a un paciente. No hay épica visible en una operación que sale bien: solo silencio, precisión, decisiones tomadas en segundos gracias a una vida entera de preparación. Para el paciente, esa intervención es la diferencia entre vivir o morir. Sin embargo, ese acto de excelencia rara vez trasciende la habitación del hospital.

Pensemos también a nivel macro, y centrémonos por un momento en las infraestructuras que sostienen nuestra vida moderna. Las carreteras por las que circulan los alimentos que encontramos cada mañana en el supermercado; los aeropuertos que permiten que familias separadas por continentes puedan abrazarse de nuevo; las redes eléctricas que hacen posible una cena entre amigos a altas horas de la noche, con luz, calor y normalidad; los sistemas de telecomunicaciones que convierten una llamada lejana en una conversación íntima; la expansión de internet, que ha transformado la forma en que trabajamos, aprendemos y nos organizamos. Ninguna de estas obras nació de una intuición genial aislada, más bien son el resultado de décadas de trabajo competente, coordinado y acumulativo.

A esto hay que añadir que, gracias a esta infraestructura invisible construida a partir de la excelencia constante de miles de personas, hoy muchas de las mentes más brillantes del mundo pueden colaborar entre sí de manera inmediata. Como consecuencia, nuestra idea de cómo se producen los grandes avances de la humanidad está siendo cuestionada. Los nuevos hitos del conocimiento ya no responden al modelo del genio solitario, entendido como aquella persona aislada que producía avances significativos desde su talento excepcional, sino que surgen de redes y formas de cooperación que atraviesan países, instituciones y disciplinas de diversa índole.

Prueba de este cambio es que, en las últimas décadas, muchos premios Nobel han dejado de recaer en una única persona para reconocer trabajos compartidos. Además este cambio de tendencia también se hizo visible durante la pandemia del COVID. El desarrollo de vacunas en un tiempo récord fue el fruto de una colaboración científica global sin precedentes. Laboratorios públicos y privados compartieron datos desde los primeros días del brote; equipos de investigación de distintos países trabajaron de forma simultánea sobre plataformas ya existentes; hospitales de todo el mundo aportaron datos clínicos en tiempo real. Las vacunas fueron posibles gracias a décadas de investigación previa en biología molecular, a infraestructuras consolidadas y a una comunidad internacional de científicos, técnicos y sanitarios que supo cooperar con rigor y rapidez.

Reflexiones finales

Aspirar a ser un pianista de crucero no tiene porqué ser entendido como una renuncia a la excelencia. Significa hacer bien lo que hacemos incluso cuando nadie nos observa. Hemos aprendido a identificar el mérito con lo excepcional, y en ese aprendizaje hemos pasado por alto que el mundo no funciona solamente gracias a acontecimientos extraordinarios, sino también gracias a la repetición fiable de actos silenciosos pero bien ejecutados.

En todas las disciplinas existen profesionales que no inauguran épocas ni alteran el curso de la historia, pero cuya ausencia se notaría de inmediato. Estas personas no destacan por su «genialidad» pero precisamente por eso son indispensables, porque trabajan cada día lejos del reconocimiento, cumpliendo con competencia y responsabilidad, y es en esa constancia silenciosa donde se manifiesta una de las formas más honestas y genuinas de excelencia.

El rostro del otro según la filosofía de E. Levinas

UN CAMINO PARA MEJORAR LAS RELACIONES SOCIALES

por: Alfredo Rivera Roggero, Lima (Perú).

En el proceso de desarrollo social, las relaciones entre los seres humanos se están volviendo cada día más complicadas, hay diversas acciones que vienen afectando la aceptación del otro y ¿por qué sucede esto?

Lopez – Miguel nos da una respuesta: “al otro lo concebimos como alguien que se puede llevar a cabo con fines propios, es decir, un ente numerable, cuantificable e indiferente, que solo es utilizado para un determinado fin, condicionalmente lo sentimos como un obstáculo, lo miramos y tratamos como un objeto, luego entonces nos estorba y por ello tratamos de discriminarlo y lo eliminamos del camino, pues nos causa un conflicto, toda vez que nunca se entabla un relación personal con el otro.” 1 Según el texto podemos entender que la relación con el otro se vuelve difícil porque lo buscamos por utilidad, o por lograr algún beneficio personal, si no hay esto se le ve como un estorbo y por eso las relaciones sociales se vienen deteriorando de una forma preocupante.

Frente a este panorama, es importante para tratar de resolver este problema prestar atención a lo que dice Iza Villacis: “Infinitas son las posibilidades de que las cosas fueran distintas a como son y sin embargo son así como están y cómo se las conoce. Nos develan verdades que no son absolutas pues cada una de ellas ayuda a otras a develarse.” 2Vemos así que las cosas son distintas a como las percibimos y así se les debe conocer, dicho punto de vista se aplica al otro, de esa forma debemos conocerlo en su forma distinta, esto es un paso difícil porque buscamos conocerlo bajo los parámetros propios. De alguna forma así nos lo da a entender Iza Villacis: “El conocimiento es el lenguaje del mundo académico. El sentir como siempre está ligado a un mundo de sospecha y de subjetividades que no alcanzan a relacionarse del todo en un mundo normalizado y reglamentado en una homogeneidad que reclama igualdad pero que vomita de su boca a lo distinto.” 3

Frente al acto de conocimiento de la diversidad para buscar más adelante mejorar las
relaciones sociales cabe preguntar ¿qué motiva a buscar conocer al otro del entorno
cercano?
Una respuesta está en el Filósofo Emmanuel Levinas al referirse al rostro del
otro como una realidad que no es solo una apariencia física, sino una presencia ética que
interpela y exige responsabilidad. Este rostro habla sin palabras y expresa una
vulnerabilidad que no puede ser reducida a conceptos ni categorías. Frente al rostro del
otro, el “yo” descubre que no es dueño del mundo, sino que está llamado a responder.

Pero ¿cómo entender desde la filosofía de Levinas el rostro del otro?, aquí unas
ideas importantes:

  • Comprende que el rostro rompe tu egoísmo: Cuando aparece el otro, aparece
    un límite a tu libertad. El rostro te saca de ti mismo y te hace ver que no eres el
    centro del mundo.
  • El rostro siempre exige responsabilidad infinita: No hay un límite claro para la
    responsabilidad ante el otro. El rostro te pide cuidado, acogida, respeto, incluso
    más allá de lo “razonable”.
  • Recuerda que el rostro está antes que cualquier teoría o conocimiento: Para
    Levinas, la ética viene antes que la filosofía, la política, o la psicología. La relación
    ética con el otro es el fundamento de todo.

Finalmente, para mejorar las relaciones sociales en estos tiempos, es importante darnos
cuenta que los otros son diferentes a uno mismo y que al relacionarnos con ellos
debemos mirar más allá del beneficio personal, se debe buscar comprender al otro para
poder comprenderse a sí mismo. Para lograr estos detalles es importante seguir el
pensamiento de Levinas donde se parte de ser crítico del “yo autónomo” y autosuficiente
a un real sentido a la vida individual por medio de las relaciones sociales, para entender
esta idea Levinas propone un yo descentrado, que no se define desde sí mismo, sino
desde su obligación hacia el Otro. Queda para el lector de estos tiempos la pregunta:
¿que implicaría ser interpelado por el rostro del otro de mi entorno cercano?


El lector tiene la palabra y puede contestar al correo vocess_hc@hotmail.com 

Sobre el autor:

Alfredo Rivera Roggero
Filósofo, investigador social y escritor.
Especialista en temas vinculados a conflicto social, violencia familiar y comunicación efectiva.
Publica artículos sobre seguridad ciudadana en dos revistas peruanas.


  1. López – Miguel, Apolinar LA FALTA DE RECONOCIMIENTO DEL OTRO, AFECTA LA CONVIVENCIA ESCOLAR Ra
    Ximhai, vol. 12, núm. 3, enero-junio, 2016, pp. 445-455 Universidad Autónoma Indígena de México El Fuerte, México ↩︎
  2. IZA VILLACÍS, V.A. El rostro y la otredad de Emmanuel Levinas como elementos de alteridad y su implicación en el personalismo cristiano. In: IZA VILLACÍS, V.A., ed. Persona, educación y filosofía: reflexiones desde la educación universitaria [online]. Quito: Editorial Abya-Yala, 2018, pp. 67-84. ISBN: 978-9978-10-493-4 ↩︎
  3. Ibidem ↩︎

Cuando la vida duele

Fundamentos filosóficos de la psicoterapia existencial.

Una reseña de Luis Baeza

He leído el libro de mi amiga Carolina en unos días en los que he sentido bastante frío y desánimo. Los que tenemos la buena costumbre de leer sabemos que los libros, misteriosamente, se colocan en nuestras manos cuando ellos quieren. O quizás seamos nosotros, en realidad, los que sepamos ciegamente cuándo necesitamos algo de ellos. Y Carolina, que es una persona a la que quiero mucho, se me ha hecho palabra. Leerla ha sido como escucharla. Y eso pasa a veces: leer y escuchar es la misma cosa. Y esto es un alivio.

El libro recoge los fundamentos filosóficos de la psicoterapia existencial, una manera de entender la terapia psicológica como un acompañamiento alejado de los diagnósticos precipitados y las pautas milagrosas, un proceso que tiene que ver con la escucha atenta, con el diálogo, con la mirada humanista… Palabra, silencio, cuidado. Una filosofía para la vida, al modo de los clásicos. O eso entiendo yo.

Carolina sabe, además, y nos lo hace saber de una manera bellísima, que la literatura juega un papel crucial en todo esto. El consuelo ante el desamparo o la pérdida de sentido, ante el inesperado frío que congela el alma a veces, viene de la mano de las novelas, de la poesía, de la música, de la pintura… Yo no sé si el arte salva o es la herida, pero, en cualquier caso, es importante para dotar a una vida de orientación. De cierta orientación. El lenguaje, así, cumple en nosotros una función médica, hospitalaria, tal y como se esfuerza en remarcar Carolina, siguiendo la estela de Josep Maria Esquirol. Palabra y casa. Qué hermoso. El buen decir, el mimo en el discurso que entregamos al otro, la selección meditada y cuidada de nuestro vocabulario son nuestra mejor ofrenda, cobijo o brújula para aquellos a los que amamos y que necesitan ayuda. Ayudar para ayudarnos. Salvar para salvarnos, como San Manuel.

Confesaré, no sin algo de pudor, que yo mismo transito por los caminos de esta terapia desde hace unos cuantos años. He intentado probar otros enfoques psicológicos, pero siempre me han resultado insuficientes y demasiado apegados a lo clasificatorio, medible o pautable. La propuesta existencial, sin embargo, y que la autora desarrolla en esta tesis doctoral convertida en ensayo, subraya la importancia del misterio, huye del concepto de curación y del diagnóstico, convierte al terapeuta en un acompañante que sabe escuchar la particularidad y permitir el silencio. Porque no hay música, de hecho, sin silencio. O dicho de otro modo: la música es el silencio.

En un tiempo en el que cualquiera se publicita como víctima de algo, es importante lo que nos plantea la autora: nuestra existencia nos compromete a hacernos cargo responsablemente de nosotros mismos y también de los demás. La vida, efectivamente, nos pone ante la tesitura de andar eligiendo constantemente y no podemos escapar de eso. Apartar la mirada ante este asunto solo nos llevaría al dolor y a la angustia. Pero es reconfortante pensar que, aunque presos de unas determinadas circunstancias, podemos elegir. Yo qué sé. Elegir leer o no leer. Elegir pasar tiempo con ese amigo. Elegir regresar. Elegir repetir. Elegir parar. Elegir un verbo. Elegir un adjetivo. Elegir un color. Elegir un beso. Elegir llamar a un familiar a quien echamos de menos. Elegir renunciar a una relación que nos hace daño. Elegir y mirarse honestamente en un espejo. Elegirse a uno mismo.

La soledad es otro de los temas fundamentales que aborda el ensayo junto con la muerte. Y es la poesía, sobre todo, la que yo creo que puede hacer saber al mundo de una forma emotiva y verdadera de la existencia del yo y de acortar la distancia con el otro para saberse más comprendido, más acompañado, menos solo. Por el libro, además, se van dejando caer, con una pertinencia asombrosa y muy agradable, autores como Unamuno, Piedad Bonett, Sartre, Heidegger, Sergio del Molino, Pablo d’Ors, Esquirol, Camus, Yalom, Borges, Benedetti, Byu Chul-Hang… Los cito de memoria, según me vienen a la cabeza. Autores contemporáneos y clásicos, novelistas y poetas, filósofos… A partir de esta polifonía textual, podemos entender mejor la cercanía que se da entre pensamiento y belleza, entre realidad y ficción, entre poesía y conocimiento (muy Zambrano esto, por cierto). Es esta la textura del ensayo y viene de aquí la diversión y la felicidad que me produce su lectura, porque los ejemplos literarios actúan como cápsulas de tiempo, como pequeños instantes fijos que nos permiten analizar y entender lo humano. Qué buen gusto tiene Carolina.

Los que hemos tenido que afrontar algunas experiencias dolorosas y traumáticas (yo creo que casi todos, en realidad) sabemos del escozor que produce vivir con una herida que nunca acaba de cicatrizar. Son demasiadas las preguntas, demasiados los desvelos. El camino, a veces, es errático, indeciso, torpe. Se va al pasado, se va al futuro, se huye del presente. Y la sanación, se entiende más tarde, viene de una comprensión de la propia historia, de un saber encauzar la rabia que ese daño produjo y que nos haga saber que, claro que no, «no merecíamos eso». El planteamiento que sigue la autora, además, no tiene nada que ver con esos discursos públicos actuales, absolutamente lacrimógenos y publicitarios, que buscan constantemente la restitución y se dirigen hacia terceros con agresividad y ansias de venganza.

Como explica Carolina, se trata de tomar ese sentimiento colérico como una energía transformadora que nos haga conscientes de lo que ocurrió y no debería seguir ocurriendo. Pienso que ojalá algún día nuestros familiares más queridos, nuestros amigos, también puedan, como tratamos de hacer nosotros, aceptar que algo fue injusto, que estuvo mal, pero que siempre se está a tiempo de sofocar la angustia y de aprender a andar otra vez de nuevo, como si realmente nos hubiesen mirado bien, como si nos hubiesen mecido pacientemente con una nana interminable en la noche, como si nos hubiesen sostenido cuando debieron hacerlo y nos hubiesen señalado amorosamente los peligros y los límites del mundo, sus afueras y su intemperie (en terminología esquiroliana).

Mientras terminaba de leer sus páginas, escuchaba una canción de Nacho Vegas, que es el gran maestro de los tristes, que se titula «Los asombros», ya ves tú la tontería, y he encontrado una conexión inesperada entre ambos textos y que tiene que ver con la esperanza y el cambio («y así surge un resplandor»), con el llanto que nos hace fuertes desde la fragilidad («permitirse llorar en cada hora fantasmal/comprender que vivir es fuga y fragilidad»), con la capacidad de sorprenderse ante la belleza y lo que nos ofrece la vida, tal y como expresaban los griegos con el término «thaumazein» («yo me vuelvo a asombrar: es mi gran habilidad»), y con la apertura que nos permitimos ante el mundo para ser un poco más libres y vivir con más sentido («pero ahora entran pájaros por las ventanas sin cerrar»).

Cuando la vida duele, retomando el título del ensayo, trae la paz haber elegido conscientemente el abrazo amigo que nunca se acaba. Tengo mucha suerte y muchas manos a mi alrededor que, al modo del San Manuel de Unamuno, me sostienen y estabilizan como poderosas anclas.


Autora: Lucía Carolina Fernández Jiménez
Editorial: Eikaisa

Entrevista en: Palabras desde el sótano

Curso Michel Foucault: El poder

¿Por qué a Michel Foucault le interesó el tema del poder? ¿Hay poder en las primeras obras de Foucault? ¿Cuál es el tema transversal en toda la obra de Foucault y que no es el poder?
Michel Foucault fue un doctor en filosofía, psicólogo, psicopatólogo y psicólogo experimental francés que se dedicó toda su vida a explicarnos como los discursos, el poder y la verdad moldean la conducta de las sociedades.

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Marcos Represas.

Filocafé: ¿Por qué necesitamos música?

Componer, escuchar y pensar desde la filosofía




​¿Por qué necesitamos música? No como mero adorno, sino como forma esencial de habitar el tiempo, de pensar con sonidos y de revelar la existencia misma.​

La música nos permite experimentar el flujo temporal de un modo único: retiene el pasado en la memoria auditiva, anticipa el futuro en cada nota y une instantes fugaces en una totalidad que las palabras no alcanzan a capturar.

Filósofos como Schopenhauer la ven como expresión directa de la voluntad profunda de la vida, como deseo, tensión y resolución, mientras Nietzsche la celebra como fuerza dionisíaca que libera del rígido orden apolíneo, moldeando nuestra sensibilidad ética y nuestra conexión con los demás.​

Componer es filosofar sin conceptos: ¿descubrimos armonías eternas inscritas en el cosmos o inventamos mundos posibles que antes no sonaban? Escuchar, a su vez, no es pasivo, sino un acto creativo donde recomponemos la obra desde nuestro cuerpo e historia, inaugurando esperanzas y sentidos nuevos, como en rituales colectivos que marcan comienzos, como el Concierto de Año Nuevo de Viena o la primera canción del año.​

Para dar respuesta a la cuestión, ¿componer es pensar el ser con sonidos? ¿Qué revela la música sobre cómo queremos existir en el tiempo? Nos acompañará Rubén Jordán, compositor, director de orquesta e investigador en musicología por la Universidad de Salamanca.

En este espacio que Arjephilo brinda para la reflexión y el diálogo. No es necesario ser un experto en filosofía para participar; solo se necesita el deseo de escuchar, cuestionar, aprender y , por supuesto, dejarse llevar por el viento del logos.


Para conversar y debatir sobre toda esta cuestión contaremos con el siguiente invitado:

Rubén Jordán, músico y director orquestal con numerosos títulos académicos, incluidos másteres en dirección orquestal, musicología, filosofía y cinematografía. Ha estudiado con reconocidos directores y realizado funciones como director asistente en varias agrupaciones. A lo largo de su carrera, ha dirigido a distintas bandas y orquestas, incluyendo la Banda Municipal de Urda y el Coro Filarmonía de Madrid. También es compositor, con un amplio catálogo de obras que abarca diversas formaciones y ha recibido encargos de renombradas instituciones. Su trabajo musical incluye orquesta de cuerdas, música de cámara y composiciones para medios audiovisuales. Además, tiene una fuerte implicación en la docencia, siendo profesor en el Centro Profesional de Música «Vila de Sant Joan» y en otras instituciones. Actualmente, es doctorando en musicología y está involucrado en múltiples proyectos de investigación y composición.


González-Cobo, R. Filosofía y consuelo de la música Ed. Acantilado

Barenboim, D. La música despierta el tiempo Ed. Acantilado

Nieremberg, J. E Oculta Filosofía Ed. Acantilado

La conexión entre la filosofía y la música, Sol Maria Catolino

La música en la Filosofía de Nietzsche, Carlos Roldan

La música como experiencia filosófica en Schopenhauer, Omar Alberto Alvarado y Héctor Fabio García

Filosofía y música; maneras de inquirir


Cuarta Filípica: El Dominio del Miedo

Relaciones Internacionales

I. Introducción: De la Razón Burocrática a la Ley de la Selva

Si vis pacem, para bellum. Permíteme la licencia del latinajo que, lejos de invocar al demonio, evoca una contradicción que lleva rigiendo las relaciones internacionales desde que se fundaron las sociedades.

No sé si alguna vez te has dado cuenta de que cuando miras una estrella y la ves brillar en el firmamento, no estás mirando esa estrella, sino el recuerdo de lo que queda de ella. Porque la distancia que hay entre la emisión de la luz y la recepción que tiene tu ojo hace que, en muchas ocasiones, esa estrella hace tiempo que se apagase.

Algo muy similar a lo que ocurre con nuestro compañero Vegecio, que fue el que escribió Si vis pacem, para bellum. Esa famosa frase que se le atribuye a César erróneamente, es, en realidad, el eco de una verdad histórica que ya no existe.

Dicho esto, y antes de entrar en materia, te pido recuerdes lo visto en la anterior Filípica: desmantelamos al Leviatán Burocrático que nos asfixia con reglamentos. Hoy tienes que enfrentarte al Leviatán Primigenio: el sistema mundial regido por la ausencia de Ley y el dogma del miedo.

Tras ver cómo el Sofisma de la Complejidad fomenta la Pereza Existencial en casa, debemos preguntarnos: ¿Es la anarquía internacional un destino fatal, o es el resultado de un Gran Sofisma que nos obliga a renunciar a la Horizontalidad?

El paradigma dominante de la política global es el Realismo Político. Este es, en esencia, la aplicación del Determinismo Estructural a la esfera internacional, y debes rechazarlo.

II. El Gran Sofisma Global: La Inevitabilidad del Conflicto

El Realismo, fundado por pensadores como Morgenthau, postula que la naturaleza humana es egoísta y que los Estados se comportarán siempre bajo la lógica de la lucha de poder. En la arena internacional, la ausencia de un gobierno central (anarquía) convierte el miedo y la fuerza en la única ley.

Te tengo que decir que en el caso de Vegecio, debemos ser claros con la realidad de su tiempo. Si bien voy a seguir dando la turra con el Imperio Romano, porque considero que es un referente ineludible para nuestra historia, nuestra filosofía, nuestra cultura y nuestra política, te pido mirar al contexto:

Vegecio, con su tratado para la guerra (De Re Militari), no invocaba una regla de oro de la conquista, sino que señalaba la ineficiencia y la corrupción. El problema que él veía era la falta de disciplina y la falta de capacidad de un imperio que ya se había partido en dos. El Leviatán se pudría desde dentro.

  • El Falso Dilema Geopolítico: Este paradigma nos impone un Falso Dilema brutal: «O vives bajo la perpetua amenaza de la guerra O te sometes a la hegemonía de un poder superior». No se concibe una tercera vía de cooperación basada en la Ley Racional.
  • El Fatalismo de la Pereza: Esta tesis es un poderoso inductor de la Pereza Existencial. El ciudadano, al creer que el conflicto es un destino ineludible (el Determinismo Estructural en acción), renuncia a exigir soluciones éticas. delegas la Responsabilidad Radical en el Estado, permitiendo que la Razón Instrumental (la fuerza militar y económica) actúe sin contrapeso ético.

III. La Perversión de la Provisión: La Guerra como Justificación del Estado

Hay que ver, por ejemplo, cómo esta lógica de conflicto es autorreplicante y se manifiesta históricamente. Pero en vez de estar hablando de historia por una vez, te voy a hablar de algo que acaba de ocurrir.

La autorización que le ha dado Estados Unidos a Corea del Sur para que pueda volver a desarrollar submarinos con propulsión nuclear se hace bajo la premisa de que China se está militarizando. También se le ha dado permiso para aumentar el gasto militar a Japón. Además, nos consta que Corea del Norte no solo tiene una bomba atómica, sino que también está intentando trabajar en esos submarinos de propulsión nuclear. Hazte a la idea: ese contexto es tener el arma de proyección marítima más importante.

La justificación de este rearme sigue siendo la frase aquella de Vegecio de Si vis pacem, para bellum. Y es que la remilitarización de Japón y la inversión en submarinos nucleares a Corea del Sur se hace bajo el contexto donde las potencias orientales —las que están en auge económico— son las que están marcando la pauta sobre los posibles puntos de tensión bélicos.

¿Por qué estoy haciendo tanto hincapié en estas exportaciones? Pues muy sencillo, porque la realidad es que el único benefactor de la guerra es el Estado, algo que no digo yo sino que me apoyo en un pensador contemporáneo, como es el gran profesor Miguel Ancho Bastos.

En esta lectura, nos damos cuenta de que, en el plano internacional de la Realpolitik, todo se moverá para que todo se mantenga, aunque se cambie todo para no cambiar nada. La forma de justificar el sueldo que tienen los cargos públicos es recordando continuamente que la guerra está en las puertas.

Esto también se puede ver a nivel histórico en casos como, por ejemplo, la Segunda Guerra Púnica, donde Fabio Máximo se aprovechó de la situación para socavar el Poder Popular e intentar ser dictador de Roma. El conflicto, en manos de la Verticalidad, siempre es una herramienta de acumulación de poder.

IV. La Horizontalidad como Desafío: Ley Racional vs. Fuerza Bruta

La única respuesta a este Dominio del Miedo es la defensa de la Horizontalidad Virtuosa en la esfera global.

  • El Humanismo como Ley: Si bien hemos hablado del humanismo como ley, como señala Hannah Arendt en esa lectura que hace del juicio de Núremberg, o la cooperación del riesgo como señalan Camus y Sartre, aquí es donde quería hacer otra clase de historia y hacer una reflexión respecto a la lectura.

Y esta vez, mi amigo lector, si eres español, por favor, ten la benevolencia de ver lo que planteo desde una perspectiva neutral y sin sesgos.

La Nación y la internacionalización de los conflictos están igual de unidos que los dos cantos de una moneda. El 20 de noviembre que se recuerda como la fecha en la que Franco murió, tiene otras efemérides que se deben tener en cuenta: la efeméride del 20 de noviembre del 36, el fusilamiento sumario de José Antonio Primo de Rivera en el contexto de los primeros años de la Guerra Civil.

La Segunda República fue advenediza porque se constituyó sobre unas elecciones locales y la huida del monarca. Esta situación demuestra que Arendt tiene razón: la paz no es la ausencia de guerra, sino el marco fuerte y rígido de la Ley y la Justicia.

En el momento en que los «proto-revolucionarios» decidieron «tomar el cielo con las manos,» abrieron la caja de Pandora… El conflicto interno (la Verticalidad fratricida) surgió de la anulación de la Ley Racional que debía haber protegido a la minoría.

Al hilo de esto y la guerra, tenemos la contraparte de lo que se aportó en 1975 como fue el modelo de la Transición, que es el ejemplo de salir de un régimen autoritario a uno democrático con plenas garantías. La máxima de «de la ley a la ley» se convierte en la simiente para constituir naciones fuertes estructuralmente hablando.

Más allá de eso, algo que también hay que destacar es lo que simbolizaron los Juicios de Núremberg. Se entendió que a la guerra, que permitía el «todo vale», hacía falta ponerle normas.

Entonces, si nos damos cuenta de que la guerra como individuos no nos interesa y huimos sistemáticamente de la violencia, ¿por qué permitimos que la ejerzan contra nosotros estas estructuras nacionales e internacionales?

V. La Globalización en el Sofisma: La Incoherencia de la Verticalidad

ves la paradoja: una globalización que busca quitar fronteras, ¿por qué se sigue armando y preparando un eventual conflicto? ¿Por qué se busca recuperar el orgullo nacional, si se crean figuras supranacionales que hablan y dictan cómo tienen que trabajar los estados, colocando más losas en los hombros cansados de sus ciudadanos?

Observa el derecho internacional: el propio reconocimiento de una nación depende de que la reconozcan sus pares. Hemos llegado al punto en el que una población no puede decir que tiene patria si otras naciones deciden que no lo es —caso de esto es Kosovo, Palestina o el Sáhara—. eres la Razón, y debes exigir el porqué.

La Verticalidad global te intenta señalar que el problema es la economía, que hay intereses económicos de personas malvadas que están detrás de todo. Pero ¿y si las empresas solo quieren sobrevivir y los que realmente están buscando mantenerse y lucrarse del conflicto son los que tú votas?


VI. Conclusión: El Despertar de la Razón Global

El Leviatán Burocrático y el Leviatán Global te han vendido la mentira de que la anarquía es inevitable para justificar su propia existencia y su sueldo. no eres un peón en un juego sin reglas; eres la Razón y la Responsabilidad Radical.

Debes exigir que el Leviatán Burocrático y el Leviatán Global se sometan a la Horizontalidad de la ética. La Razón Instrumental solo es moral si sirve al Humanismo y a tu dignidad, no a la acumulación de poder del cargo público.

En la próxima entrega (Filípica V), llevaremos la crítica a la escala histórica más amplia: el Auge y Caída de Imperios, para ver cómo la renuncia a la Horizontalidad ha sido siempre el preludio al colapso de las grandes Verticalidades.


Bibliografia.

Arendt, H. (1974). Los orígenes del totalitarismo. Taurus.

Bastos, M. A. (2018). Capitalismo: Curso de introducción. Unión Editorial.

Hobbes, T. (2017). Leviatán: La materia, forma y poder de un estado eclesiástico y civil. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1651).

Juliá, S. (2007). Vida y tiempo de Manuel Azaña (1880-1940). Taurus.

López Rodó, L. (1990). La larga marcha hacia la monarquía. Plaza & Janés.

Morgenthau, H. J. (1986). Política entre las naciones: La lucha por el poder y la paz. Grupo Editor Latinoamericano. (Obra original publicada en 1948).

Preston, P. (2011). El holocausto español: Odio y exterminio en la Guerra Civil y después. Debate.

Vegecio, F. (2005). Epitome de la institución militar. Cátedra. (Obra original publicada en el siglo IV d.C.).

Waltz, K. N. (2015). Teoría de la política internacional. Prometeo Libros. (Obra original publicada en 1979).