Heráclito de Éfeso

Heráclito uno de los filósofos más peculiares y enigmáticos de la Antigüedad. Su personalidad difícil resultaba misteriosa para sus conciudadanos efesios, por lo que recibió el apelativo de “el oscuro”. Hacia el año 504 a.C. alcanzó su plenitud, es decir, los 40 años.

Son innumerables las anécdotas (si falsas o ciertas no lo sabemos) que los comentaristas nos han transmitido sobre él. Parece cierto que pertenecía a la aristocracia y que voluntariamente renunció al gobierno de la ciudad, tarea que le correspondería por nacimiento. Esta actitud, así como el desprecio crítico que manifestaba ante sus conciudadanos le han hecho pasar a la posteridad como el prototipo del filósofo que rechaza los asuntos de la sociedad para encerrarse en sus investigaciones y en su propia sabiduría. Todo esto parece ser una imagen deformada, ya que hoy pensamos que precisamente la preocupación básica que atraviesa su obra (hoy apenas conservada en una serie de fragmentos, no siempre de fácil interpretación) es la necesidad de reformar la ciudad y establecer un nuevo ámbito político capaz de sacarla de su decadencia y de las dificultades que le plantea su permanente guerra contra los vecinos persas.

Presunto busto de Heráclito que se halla en la «Sala dei filosofi» de los Museos Capitolinos de Roma. (Fuente: Wikipedia)

En cualquier caso no debía ser un personaje muy querido, ya que en los fragmentos conservados que se le atribuyen no se recata en insultar a la gente que vive alejada de la verdad: “Todo lo que se arrastra se reparte la tierra” (frag. 10), “Como no saben escuchar, tampoco saben hablar” (frag.19), “Sin inteligencia, escuchando parecen sordos; el refrán lo atestigua para ellos: presentes están ausentes”(frag.34), “Lo que merecen los efesios adultos es ser muertos todos y dejar la ciudad a los niños…” (frag. 121).

Para este autor la realidad se caracteriza por su devenir, por su movimiento y cambio constante. Todo se mueve, nada permanece. Lo real es el devenir; la apariencia es la estabilidad.

Este devenir no es azaroso o arbitrario, sino que se rige por una razón universal. Heráclito considera que el arché es material, al modo de la escuela de Mileto, pero considera adecuado afirmar que es el fuego, ya que es el elemento que permanece en constante cambio -apréciese la paradoja-.

El equilibrio del cosmos procede precisamente del constante cambio, de la perpetua lucha entre opuestos. “En los mismos ríos entramos y no entramos, estamos y no estamos”(frag. 49a.) “No comprenden en qué sentido conviene lo que se opone a sí mismo: tensa armonía como la del arco y la lira” (frag. 51), “Fases del fuego: primero el mar, del mar la mitad tierra, y la mitad tormenta… la tierra se disuelve en mar y se mide en la misma proporción que antes de devenir tierra” (frag.31), “Todas las cosas se cambian por fuego y el fuego por todas, como el oro por moneda y la moneda por oro” (frag.90), “No es posible entrar dos veces en el mismo río” (frag.91).

La tensión entre los opuestos es lo que genera el movimiento que produce la armonía de los elementos. Las diferencias entre los elementos existentes en la Physis: aire/fuego, amor/odios, frío/calor,… mantienen estos en una tensión permanente e irresoluble, pues no se anulan el uno al otro, ni tampoco se logra una síntesis superadora, sino que permanecen en una armonía tensa que hace posible la existencia de la pluralidad y el orden.

Lo que rige el ritmo del cambio Heráclito lo llama el destino, la jusicia cósmica (diké), la razón del mundo (lógos), esto todo lo unifica y orienta. Por lo tanto, el orden es el lógos, pero el cambio no es caótico.

Ese mismo lógos no es accesible a los sentidos, pues lo que aparece a los sentidos es erróneo. Este lógos se encuentra en los hombres, constituyendo su propia razón, y es al que deben atender para formar las ciudades y crear un logos común en las mismas, eliminando la pluralidad de oposiciones.

Cuando razono, doy cuenta del lógos del mundo, de su naturaleza interna, que es igual que la de mi pensamiento.

Como novedad con respecto a los filósofos anteriores podemos señalar que si bien Heráclito se mantiene en la órbita del monismo materialista, percibe la profunda unidad del cosmos en sus procesos y estructuras, en sus relaciones de oposición y cambio, enunciando lo que puede parecer una paradoja: lo permanente es el cambio.

πυρὸς τε ἀνταμοιβὴ τὰ πάντα καὶ πῦρ ἁπάντων ὅκωσπερ χρυσοῦ χρήματα καὶ χρημάτων χρυσός.

Todas las cosas son un intercambio por fuego, y fuego por todas las cosas, como bienes por oro y oro por bienes.
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LA FILOSOFÍA PRESOCRÁTICA: ESENCIA, ORDEN Y ARMONÍA

La filosofía puede ser considerada en su origen como una crítica de la “sabiduría popular” y como una nueva visión de la realidad que tiende a suprimir los supuestos irracionales del mito.

Toda la filosofía presocrática surge de la convicción profunda de la unidad del cosmos, pese a su aparente multiplicidad.

Nuestra experiencia del mundo es la permanente percepción de lo múltiple (multiplicidad de objetos, multiplicidad en el tiempo de cada objeto sometido a los procesos de cambio); sin embargo, lo cierto es que podemos percibir también la constancia. En la naturaleza hay características que se repiten con una absoluta regularidad. El agua hierve siempre a los 100 grados centígrados, por ejemplo. Las estaciones del año se suceden con pasmosa regularidad y siempre al día le sigue la noche y a ésta un nuevo día.

Pero si observamos bien, nosotros cambiamos con los años pero seguimos considerando que somos los mismos; el agua puede solidificarse en forma de hielo pero seguimos diciendo que es agua. Es decir, hay una constancia profunda de los objetos naturales, constancia que va más allá de los cambios aparentes que percibimos.

Esto lleva a los filósofos a tratar de conciliar en un único sistema la antítesis que a primera vista se da entre nuestra Razón (que nos proporciona conocimiento racional, hablándonos de la permanencia y la constancia en la naturaleza) y nuestra experiencia (que nos provee de conocimiento sensible, haciéndonos ver el cambio y la multiplicidad de la naturaleza). En esto consistiría alcanzar la verdad, es decir, acceder al conocimiento de aquello que resulta ser necesario, que no puede ser negado.

La investigación sobre la unidad profunda del cosmos lleva a afirmar la existencia de una raíz común a todo. Los griegos le dan el nombre de arché, al que podemos definir, entre otras cosas, como la causa última de la unidad real de lo que se muestra a nuestros sentidos como múltiple. A partir de él se generan los seres del universo, constituye lo permanente, el sustrato último de la naturaleza y es causa, y por tanto explicación, de las transformaciones del universo: es causa del movimiento y del cambio.

Todas las escuelas presocráticas parten de esta premisa fundamental que es la necesidad de conciliar razón y experiencia para alcanzar la verdad. También parten de una concepción común de la naturaleza (physis), que tendría como características principales las siguientes:

1.- Es un todo ordenado, es decir, un cosmos, y no un desorden o caos.

2.- Es la naturaleza de cada ser la que determina su lugar en el cosmos, del que forma parte.

3.- La naturaleza es un cosmos dinámico.

4.- El movimiento es intrínseco, propio de la naturaleza misma. No le viene de fuera, sino que tiene en ella su origen y fundamento. Se concibe el cosmos como un organismo vivo, más que como una máquina, cuyo movimiento es iniciado desde el exterior.

El término “naturaleza” (physis) tiene una segunda acepción, ya que se utiliza también para denominar aquello que cada cosa es, por lo que se identifica con el concepto de “esencia”. Es decir, preguntar por la naturaleza de una cosa es preguntar por su esencia, o lo que es lo mismo, preguntar por lo que esa cosa es, para a partir de ello conocer y explicar sus movimientos y procesos. Para los griegos la Naturaleza se compone de cuatro elementos: agua, aire, tierra y fuego, siendo todo resultado de las mezclas entre ellos según distintas proporciones.

El arché es la naturaleza o esencia de las cosas, porque a partir de él se generan los seres del universo, constituye el sustrato último de todo, es decir, aquello que es permanente en las cosas y en el cosmos, y además es capaz de dar cuenta de las transformaciones que en las cosas se dan, puesto que es causa de esas transformaciones.

Los primitivos pensadores griegos se preguntan, por el arché como manera correcta de acceder a la verdad, de conocer lo permanente en el mundo, que al mismo tiempo es la explicación del cambio. Es una pregunta radical, ya que pretende llegar a la raíz de la naturaleza y de todas las cosas. Por esto, también podemos decir que se trata de una pregunta universal.

Mapa presocráticos y sofistas.
Fuente: https://auladefilosofia.net/2010/10/08/indice-de-presocraticos/