El racionalismo crítico: Un puente entre milenios

I. Introducción: La Tiranía de las Premisas y el Deber de la Crítica

La historia de la filosofía, desde sus inicios en la polis griega, ha sido una lucha constante contra la pereza intelectual y el dogmatismo. Sin embargo, las amenazas más insidiosas a la autonomía del individuo no residen en las falacias obvias, sino en los sofismas: estructuras argumentales meticulosamente construidas que, partiendo de premisas aparentemente verdaderas, conducen a conclusiones paralizantes o, peor aún, peligrosas.

Este análisis se propone examinar dos sofismas paradigmáticos separados por dos milenios –la Paradoja de Protágoras (el sofisma lógico) y la Paradoja de la Tolerancia de Karl Popper (el sofisma político)— para demostrar que la clave para desmantelarlos no reside en refutar sus conclusiones, sino en exponer la estructura fallida de sus premisas. Al hacer esto, defendemos la vigencia del Racionalismo Crítico como la única vía para sostener una Sociedad Abierta y garantizar la responsabilidad ética del individuo.

II. El Sofisma Lógico: Protágoras y la Desaparición de la Ley

El famoso dilema entre Protágoras y su alumno Evatlo se presenta como un acertijo irresoluble: el maestro exige el pago de la enseñanza con la condición de que Evatlo gane su primer pleito. El dilema se activa cuando Protágoras demanda al alumno, generando una paradoja lógica pura:

El sistema se cierra sobre sí mismo, creando un bucle infinito (una verticalidad lógica) donde la sentencia es simultáneamente la causa y el efecto de la deuda, paralizando el juicio. El sofisma asume que la única fuente de verdad es la lógica abstracta del contrato y la sentencia inmediata del tribunal.

La Solución: El Rescate de la Razón Pragmática

La trampa colapsa al aplicar la racionalidad procesal y el derecho contractual. Al mover el problema del plano abstracto de la lógica al plano pragmático del derecho ateniense, la paradoja desaparece. La demanda era prematura. El derecho al cobro de Protágoras aún no había «nacido» porque la condición suspensiva (que Evatlo ganara un pleito) no se había cumplido.

La respuesta filosófica es el rescate de la razón pragmática: la verdad se encuentra en la estructura legal y temporal que el sofista intentó evadir.

Lección: Los sofismas lógicos nos exigen reintroducir el contexto, la ley y el tiempo allí donde la lógica abstracta busca aislar y paralizar el juicio.

III. El Sofisma Político: Popper y la Paradoja de la Causalidad

La Paradoja de la Tolerancia de Popper advierte que la sociedad debe ser intolerante con la intolerancia para sobrevivir.

  • La Premisa Viciosa: El dilema presupone una causalidad simple: la tolerancia es la debilidad que el intolerante explota para destruir el sistema. Esto desliza la responsabilidad desde la estructura hacia el ciudadano, legitimando una verticalidad de protección impuesta por el Estado.

El Desarme: La Inversión de la Responsabilidad Estructural

El análisis histórico (la República de Weimar, las crisis en la Transición Española) demuestra que la premisa de Popper es tardía y de causalidad invertida:

  1. Causalidad Fallida: La intolerancia solo triunfa cuando el sistema ya ha sido gravemente debilitado.
  2. El Verdadero Motor del Colapso: La caída es causada por la traición interna de las élites; la arbitrariedad legal, el abuso de poder y la negación del diálogo racional. La intolerancia externa es el síntoma y el catalizador, no la causa raíz.

Al invertir la causalidad, se revela que la solución de Popper es peligrosa: justificar la supresión de la intolerancia en un sistema ya polarizado puede usarse fácilmente como excusa para reprimir la disidencia legítima y consolidar el poder de las élites corruptas. El remedio para la intolerancia no es la censura, sino la fortaleza institucional y el Racionalismo Crítico inquebrantable de la base.

Lección: Los sofismas políticos nos exigen cuestionar quién se beneficia de la polarización y reorientar la crítica hacia la estructura (vertical) que promueve la Pereza intelectual y la Soberbia de los dogmas.

IV. Conclusión: El Centro Radical y la Autonomía Ética

La lucha contra los sofismas no es un juego intelectual; es una defensa de la dignidad humana y la libertad. El camino hacia la autonomía ética —la Horizontalidad de las ideas y la libertad de crecimiento del individuo— se logra solo al rechazar el dogmatismo simplista que ambos sofismas buscan imponer:

  1. Rechazar la Pereza Intelectual: Negarse a aceptar soluciones binarias y cómodas. Exigir la complejidad y el contexto.
  2. Abrazar la Responsabilidad Radical: Reconocer que si no hay un «bien mayor o un propósito más elevado» que nos marque el camino (Camus), somos plenamente responsables de la ética de nuestros pensamientos y acciones.

El verdadero acto revolucionario en un mundo polarizado no es unirse a un extremo, sino situarse en el Centro Radical de la Crítica Racional, desde donde se defiende el debate amplio y la autonomía de la conciencia. La Filosofía es la única disciplina diseñada para desmantelar estas trampas y garantizar que la búsqueda de la verdad continúe.

Síntesis: ¿Qué significa estar sano?

Síntesis del pasado FILOCAFÉ: ¿Qué significa estar sano?

El debate tuvo lugar en un Filocafé, un espacio abierto para reflexionar y dialogar en torno a una pregunta que parece sencilla, pero encierra una gran complejidad: ¿Qué significa estar sano? Lo que comenzó como una charla informal sobre filosofía y salud, se convirtió en un diálogo rico y multidisciplinar, donde varios interlocutores aportaron sus perspectivas desde la filosofía, la sociología, la psicología y la experiencia personal para cuestionar nuestras ideas preconcebidas sobre el bienestar.

Sin más preámbulos, nos dejamos llevar por el viento del logos para explorar, entre todos, las múltiples capas de este concepto.

Debate completo en: YOUTUBE

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Más allá del modelo biomédico: ¿salud = ausencia de enfermedad?

Tradicionalmente, la medicina ha definido la salud como la ausencia de síntomas o disfunciones físicas. Según este enfoque, estar sano sería simplemente no estar enfermo. Pero, ¿es suficiente? La Organización Mundial de la Salud (OMS) propone una definición más amplia: «un estado completo de bienestar físico, mental y social». Sin embargo, esta idea, aunque inspiradora, también ha sido criticada por ser demasiado idealista. ¿Acaso alguien puede alcanzar un «completo bienestar» en todas las áreas de su vida? ¿O, bajo este criterio, casi todos seríamos, en algún momento, «no sanos»?

En el debate, surgió una pregunta clave: ¿Puede alguien estar físicamente sano, pero no mental o emocionalmente? La respuesta fue unánime: la salud no es solo un asunto del cuerpo, sino de la persona en su totalidad. Factores como la cultura, la sociedad, el entorno e incluso la política juegan un papel fundamental.


La salud como equilibrio dinámico: adaptación y resiliencia

Uno de los momentos más interesantes del diálogo fue cuando mencionamos a George Canguilhem, filósofo francés que define la salud como la capacidad de adaptarse a las condiciones de la vida y recuperarse de las crisis. Esta idea resonó con fuerza: estar sano no sería un estado fijo de perfección, sino la habilidad de encontrar equilibrio en medio del caos.

Ejemplos concretos que ilustran esto:

  • La accesibilidad como «cura»: Una persona con movilidad reducida puede ser considerada «enferma» en un entorno con barreras arquitectónicas, pero «sana» en una ciudad accesible. ¿No es la sociedad, entonces, la que a veces nos enferma?
  • Neurodiversidad y autismo: En un entorno que no atiende a las necesidades de las personas neurodivergentes, rasgos como los del espectro autista pueden ser vistos como «problemas». Pero, ¿no es el entorno el que debe adaptarse, en lugar de patologizar la diversidad?
  • Enfermedades culturales modernas: El estrés, la adicción a las pantallas o el síndrome del pensamiento acelerado (que Augusto Cury describe como una hiperactividad funcional, no genética) son ejemplos de cómo la cultura y la tecnología redefinen lo que consideramos patológico.

La política y la ideología: ¿Quién decide qué es una enfermedad?

Aquí el debate se volvió especialmente intenso. ¿Cómo influyen el sistema político, la economía y las ideologías en nuestra percepción de la salud?

  • Medicalización de la vida: Vivimos en una sociedad que, por un lado, nos exige ser productivos y, por otro, medicaliza cualquier desvío de la «normalidad». ¿Es casualidad que el estrés, la ansiedad o incluso la menstruación dolorosa sean a veces minimizados o, por el contrario, hipermedicalizados según el contexto?
  • El caso de los tratamientos hormonales en menores transgénero: Algunos participantes cuestionaron si la creciente demanda de estos tratamientos responde a una genuina necesidad médica o a presiones sociales y culturales que empujan a los jóvenes a buscar soluciones rápidas en un mundo que les exige encajar.
  • Lo cultural vs. lo formal: Erica compartió cómo, en Suecia, la gripe se normaliza («es parte de la vida»), mientras que en otros países se trata con antibióticos al primer síntoma. Esto refleja que lo que consideramos «salud» o «enfermedad» depende, en gran medida, de nuestra cultura y nuestro sistema de valores.

¿Podemos curarnos a través de la accesibilidad y la conexión?

Una de las ideas más esperanzadoras que surgió fue que la accesibilidad —física, social, emocional— puede ser una forma de «curación». Cuando el entorno se adapta a las necesidades de las personas (ya sea con rampas, políticas inclusivas o espacios seguros), muchas «enfermedades» dejan de ser un obstáculo.

Además, se habló de cómo la desconexión de uno mismo y de los demás (especialmente en los jóvenes, inmersos en redes sociales y pantallas) está generando nuevas formas de malestar. Como señalaba Jazmín, citando a Augusto Cury: «El exceso de pensamientos, la paranoia del consumismo y la falta de interiorización nos están robando el placer por las pequeñas cosas».


Conclusión: la salud como un viaje, no como un destino

Al final del Filocafé, quedamos con más preguntas que respuestas, pero con una certeza: la salud no es un estado estático, sino un proceso dinámico de adaptación y resiliencia. Como dijo uno de los participantes, citando a Canguilhem: «Estar sano es poder caer enfermo y recuperarse».

En un mundo que nos bombardea con ideales de productividad, perfección y bienestar absoluto, quizá la verdadera salud consista en aceptar nuestra vulnerabilidad, cuidar nuestros entornos y encontrar, cada uno a su manera, el equilibrio entre el cuerpo, la mente y el mundo que nos rodea.

La filosofía de la medicina es un campo rico para cuestionar qué nos hace humanos y cómo construimos colectivamente el bienestar.

Imagen cedida por uno de los participantes creada por IA según su propia síntesis

«La salud como adaptación»

Descripción: Una persona caminando por un puente de madera roto o irregular, pero manteniendo el equilibrio. Al fondo, un paisaje que mezcla ciudad (sistema) y naturaleza (resiliencia).
Mensaje: La salud como capacidad de adaptarse a un entorno cambiante.

Las ciudades del mundo

Desde que tengo memoria, mi vida ha sido un constante deambular entre ciudades de distintos tamaños, formas y velocidades. Esta peregrinación accidental ha sido una excusa para reflexionar sobre la versión moderna de ese anhelo que, me atrevo a decir, fue el sueño de los antiguos filósofos griegos: la búsqueda de la ciudad ideal.

Soy consciente de que estos filósofos no se imaginaban el sonido de los semáforos ni la sombra imponente de los rascacielos cuando tenían en mente “la ciudad ideal”. Sin embargo, su esencia persiste: la aspiración de hallar el lienzo perfecto para el alma humana. Porque en el corazón de cada ciudad, bajo cada pedazo de hormigón, late una dinámica social secreta, una personalidad que las define y las hace únicas. La ciudad se convierte así en un espejo del alma colectiva, y entre el concreto y la carne humana se va tejiendo una relación que narra una historia muy específica pero a la vez muy nuestra.

Lo que aquí comparto es un ejercicio empírico de mi propia existencia. Un paseo breve por las luces y sombras de algunas de las ciudades más importantes de mi vida. No pretendo que esto sea un resumen estereotipado, sino más bien una confesión particular con pinceladas filosóficas. Es mi manera de ser, un observador que se pierde en el pulso de las ciudades para encontrarse a sí mismo.

Guayaquil

“Tú eres perla que surgiste del más grande ignoto mar” así cantaba el legendario cantante guayaquileño Julio Jaramillo. Guayaquil, la perla del Pacífico y mi primer hogar, se despliega en la región costera de Ecuador justo a orillas del río Guayas. Su arquitectura de cemento revela la influencia americana en sus calles divididas en cuadras y numeradas con una eficiencia importada. Mientras sus arterias más antiguas fueron bautizadas con nombres de próceres, lo que recuerda también su influencia española. 

Si uno mide cualitativamente su superficie y se imagina recorriéndola vacía durante la pandemia, podrá notar que es una ciudad de tamaño medio. Sin embargo, en tiempos normales el tráfico hace que su apariencia se dilate en el espacio y en el tiempo y se convierta en un organismo caótico donde las normas de tránsito son más una sugerencia que una ley. Los semáforos, con la caída del sol, se convierten en una mera decoración; la intuición y la precaución dictan la ley en un ballet de coches con ventanas tímidamente oscurecidas y motos intrépidas que serpentean entre ellos, a la espera o no de que suceda una tragedia. En este juego, la confianza es un lujo que pocos se pueden permitir. La gente es amable, sí, pero siempre con una barrera de desconfianza ante el desconocido al otro lado del cristal.

Esa desconfianza es la esencia del guayaquileño, un “avispado” que ha aprendido a leer la ciudad. Se le conoce por su capacidad de “prometer el oro y el moro”, de encontrar siempre el agujero legal, el atajo que le da un poco de ventaja. Esa misma audacia que lo lleva por las noches a cruzar un semáforo en rojo por seguridad es la que usa de día para sobrevivir al límite de las normas. El guayaquileño se convierte en el reflejo de una ciudad que te obliga a estar alerta, y que entre números y nombres te enseña por dónde puedes y por dónde no debes dirigirte.

Al final del año, toda esa tensión se consume en una hoguera colectiva. Los miedos y las inseguridades arden en montones de monigotes construidos con papel, madera, clavos y cubiertos de petardos. La tradición alivia las tensiones, pero las cenizas y los clavos quedan al filo de las calles, tanto así que nadie se atreve a salir en coche tras la Quema del Año Viejo. El peligro para los vehículos ya no proviene de la delincuencia, sino de los restos afilados de una catarsis popular. Al cabo de unas horas, la ciudad amanece oliendo a pólvora, con una resaca colectiva que enturbia el primer café del nuevo calendario, y uno entiende que Guayaquil no quema solo un año, sino también la certeza de que, aquí, sobrevivir siempre será un acto de ingenio.

Madrid

Al llegar a Madrid, justo antes de cumplir la mayoría de edad, la primera impresión que tuve fue la de una ciudad con una densidad de bares y bancos por esquina que me pareció asombrosa. Por un momento, llegué a pensar que los españoles, después de haber administrado con astucia su herencia imperial, se dedicaban a un ritual cotidiano: sacar dinero del banco para gastarlo inmediatamente en la barra de bar más cercana.

Con el tiempo, los bancos desaparecieron y solo quedaron los bares, y con ellos, su gente. El madrileño es una persona muy agradable, además de ser el mejor guía de su ciudad. Sus indicaciones, lejos de ser mecánicas, son auténticas odiseas verbales, más divagantes que cualquier pasaje del Quijote de Cervantes. Son poetas de la dirección, describiendo calles no por su nombre, sino por el recuerdo de sus bares, sus rincones, sus historias personales. Es como si en sus cabezas existiera una conexión muy peculiar que fusiona la memoria literaria con geolocalización afectiva, un rasgo que los hace únicos.

Sin embargo, Madrid también me enseñó que la belleza de su Gran Vía esconde la intensidad de una jornada laboral que devora los días de la semana. Un ambiente de país de primer mundo pero que a menudo exige más de doce horas al día, muchas de ellas improductivas. Aunque la verdadera productividad de Madrid no radica en su capital monetario, todos sabemos que comprar un piso aquí es casi una quimera, sino más bien en su capital humano. Un capital que se nutre de pausas de casi dos horas para comer, donde las risas compensan las interminables horas frente a los ordenadores. En esas comidas conocí a mis mejores amigos, desde donde me animan y me esperan a que vuelva. El ritual de Nochevieja es comer doce uvas de forma apresurada, pero con la esperanza de que, en un futuro, esas uvas se reduzcan a siete u ocho, una por cada hora de trabajo, para así reconciliar la vida con el tiempo de calidad.

Nueva York

Recientemente el destino me ha traído a la ciudad con la que muchos soñamos. No es tanto el tiempo que he pasado aquí, pero su energía es tan intensa que te posee y sinceramente creo que no soy yo el que la valora, sino que quizás sea ella misma autodescribiéndose en las siguientes líneas a través de mis manos.

“La ciudad” está llena de rascacielos inmensos, impresionantes muros de concreto que uno puede ver tanto al despegar como al aterrizar, las vistas incluso mejoran cuando uno se sienta desde el otro lado del Hudson. La vista humana se queda anonadada ante tanta maravilla de la modernidad, donde el hombre se ve a sí mismo y observa de lo que es capaz con mucho esfuerzo. Las luces están bien señalizadas, no hay apenas fallos de transporte, todo está hecho para ser eficiente, incluso sus ciudadanos de manera eficiente se saltan las señales de tráfico para poder marcar su jornada laboral e irse cuanto antes.

Nueva York, la ciudad que nunca duerme, simplemente delira en un movimiento perpetuo. ¿Y por qué habría de descansar? Este macro cuerpo ignora la fatiga humana, o más bien, la transforma en un motor implacable. Tan implacable que ver a un loco vociferando en la calle no es la excepción, sino una muestra más del espíritu de esta jungla de concreto donde los sueños se hacen realidad. ¿Son acaso los locos los que mejor reflejan la esencia de la ciudad? Ellos, quienes han perdido el sentido y ahora caminan sin rumbo, actuando en perfecta sincronía con esta ciudad que nos invita a perder la cabeza en la búsqueda de nuestros sueños y ambiciones.

El neoyorquino es un ciudadano del mundo, o mejor dicho, Nueva York es la tierra de todos los ciudadanos del mundo. El sueño es tan real que en menos de treinta minutos te plantas en ambientes culturales tan distintos: barrios coreanos, italianos, chinos… no hay lugar para la homogeneidad. “La variedad es la sal de la vida” es un principio que define a esta ciudad. En Nueva York siempre te llevas un aprendizaje, una sorpresa. Un aprendizaje que en fin de año se transforma. La ciudad que nunca descansa tiene sus momentos de quietud. Cuando el reloj marca la medianoche en Nochevieja, Times Square se detiene por un instante. Miles de personas de todo el mundo, unidas en un solo momento, observan aquella bola descender. Es un ritual de fe en el futuro, pero también un recordatorio de que, en esta ciudad, incluso la quietud es una forma de caos. La esperanza se enciende y la ciudad entera, en un fugaz respiro, parece decir: aquí, en medio de la locura y la diversidad, siempre hay espacio para un nuevo comienzo.

Reflexiones finales

Cada ciudad, con sus ritmos y contradicciones, es un espejo distinto del alma humana. Platón y Aristóteles imaginaron la ciudad ideal como un espacio donde la virtud pudiera florecer; yo, en cambio, la descubro en fragmentos dispersos: en un cruce caótico de Guayaquil donde el instinto dicta las reglas, en una sobremesa interminable de Madrid donde el tiempo se detiene para que las voces se encuentren, en un instante suspendido de Nueva York donde miles de desconocidos comparten la misma cuenta atrás.

Es posible que la ciudad ideal no exista más allá de nuestros pensamientos, y se manifieste más bien como una suma de momentos que recogemos en nuestro caminar: una esquina iluminada donde sentimos tensión, una voz que nos guía en un sitio desconocido, un silencio en medio del ruido. Y es en esa colección muy personal de recuerdos donde cada uno edifica su propia polis. Porque, al final, la “ciudad ideal” es el relato que construimos con las calles que hemos amado, las que hemos temido y las que aún nos esperan.

El hombre en busca de sentido

Decir que el ser humano busca sentido en la vida no es ninguna novedad, pero a lo mejor sí lo es comprender hasta qué punto esa búsqueda nos define. La palabra “sentido” encierra muchas acepciones: puede referirse a algo físico (los sentidos que nos conectan con el mundo), a lo emocional (“mi más sentido pésame”), pero hay una acepción que pesa más que todas las demás: la de propósito, la de tener una razón para levantarse por la mañana y seguir adelante. Es ahí donde la filosofía, la psicología y la experiencia se cruzan.

¿Qué es el sentido y por qué lo necesitamos?

Desde una mirada más cercana, podríamos decir que el sentido es aquello que le da forma a nuestras vidas. Es lo que nos permite conectar los momentos que vivimos, entender nuestras decisiones y reconocer un hilo conductor entre lo que hacemos y lo que sentimos. A través de nuestras experiencias, recuerdos y relatos, vamos construyendo una visión del mundo que nos da cierta estabilidad y dirección. Pero cuando esa conexión se pierde –como suele ocurrir ante una pérdida, un trauma o una crisis existencial–, emerge con fuerza una pregunta que puede sacudirnos por dentro: ¿para qué todo esto?

Esa es, precisamente, la pregunta central en la obra de Viktor Frankl: El hombre en busca de sentido. Frankl fue un psiquiatra de origen austríaco y superviviente de los campos de concentración nazis. Su libro es un testimonio del horror que experimentó en carne propia, además de una meditación sobre la capacidad humana para encontrar un propósito incluso en medio del sufrimiento más extremo. Uno de los fragmentos más conmovedores del libro se produce cuando Frankl, en una especie de despedida premonitoria, le pide a su amigo que le diga a su esposa cuánto la ha amado:

Escucha, Otto, si no regreso a casa con mi mujer y tú la vuelves a ver, dile, en primer lugar, que hablábamos de ella todos los días, a todas horas. Recuérdalo. En segundo lugar, dile que la he amado más que a nadie en el mundo. Y en tercer lugar, que el breve tiempo de felicidad de nuestro matrimonio me ha compensado de todo, incluso el sufrimiento que aquí hemos tenido que soportar (Frankl 2020/1946, p. 86).

En un entorno donde la vida humana valía menos que una ración de pan, Frankl observó algo revelador: aquellos que conservaban un propósito –por mínimo o abstracto que fuera– sobrevivían con más entereza. No porque el sufrimiento desapareciera, sino porque tenía un “para qué”. Esta idea dio lugar a su propuesta terapéutica, la logoterapia, basada precisamente en eso: en ayudar a las personas a encontrar su sentido vital.

El arte de sobrevivir al caos: Nietzsche y la tragedia griega

Muchos años antes que Frankl escribiera su libro, otro pensador había abordado la cuestión del sufrimiento desde otro ángulo. El filósofo alemán Friedrich Nietzsche, en El nacimiento de la tragedia, expone que los griegos reconocían la existencia del sufrimiento como una faceta de la vida. Es destacable el sufrimiento de Prometeo frente a los buitres, la angustia de Edipo o la turbación de Orestes, quien cometió un parricidio. A pesar de este sufrimiento, los griegos no se sumían en el pesimismo; más bien, transformaban la realidad a través del arte, convirtiéndola en un fenómeno estético. Nietzsche describe esta transformación a través de dos fuerzas: la apolínea y la dionisíaca.

La fuerza apolínea, vinculada al dios Apolo, representa el orden, la forma, la racionalidad y la moderación. Apolo es el dios del sol, la luz, los sueños y la claridad, y está asociado con la creación de formas armónicas y la belleza serena. En el arte, lo apolíneo se refleja en el principio de individuación que delimita al individuo quien se encierra sobre sí mismo, y se expresa mediante la escultura o la arquitectura.

Por otro lado, la fuerza dionisíaca está vinculada a Dioniso, dios del vino, la embriaguez y el éxtasis. Simboliza lo irracional, el caos, la transitoriedad y el cambio continuo. Lo dionisíaco impulsa al ser humano a trascender las barreras de la individualidad, entregándose a la pasión descontrolada y al éxtasis creativo, lo cual se manifiesta en la música, la danza y el ritual. 

Para ejemplificar mejor lo apolíneo y lo dionisíaco con una analogía marítima, podemos imaginar lo dionisíaco como el océano en plena tormenta: salvaje, indómito, con olas descontroladas que reflejan la intensidad y el caos de la naturaleza en su estado más puro. En contraste, lo apolíneo sería el mar en calma tras la tormenta, cuando las aguas han recuperado su serenidad y fluidez, mostrando un equilibrio tranquilo y ordenado, donde todo está en su lugar.

La tragedia griega, según Nietzsche, es el ejemplo perfecto donde se equilibran estas fuerzas. La tragedia no es simplemente una obra teatral con un final triste, es más bien una representación de la vida humana, en la que el dolor y el caos (dionisíaco) son encauzados y dotados de forma y significado mediante el lenguaje (apolíneo). Esta combinación permitía a la comunidad griega canalizar su dolor y sus pasiones, sin perder el control. En la tragedia, el sufrimiento no se eliminaba, se le daba forma, sentido.

Si bien el resultado de nuestro análisis nos ha llevado a afirmar que, en la tragedia, lo apolíneo, gracias a la ilusión, obtiene una victoria completa sobre el elemento originario y musical de lo dionisíaco, y hace uso de este último para sus propios fines con objeto de dotar de la mayor claridad al drama, no por ello habría que dejar de añadir una restricción muy importante: la ilusión apolínea ha quedado quebrada y destruida en el punto más importante. Con la ayuda de la música, el drama se despliega ante nosotros con una nitidez tan elocuente, con tal iluminación interior de todos sus movimientos y figuras, que nos causa la impresión de ver surgir el tejido en el telar mientras sube y baja; el drama produce por tanto, entendido como totalidad, un efecto que va más lejos que todos los posibles efectos del arte apolíneo […] Dioniso habla el lenguaje de Apolo, pero Apolo finalmente, habla la lengua de Dioniso: es así como se alcanza el fin supremo de la tragedia y del arte en general (Cano 2014 p. 139 / Nietzsche 1872 Capítulo 21).

¿El trabajo como sentido?

Os propongo la siguiente reflexión ¿Se han imaginado alguna vez a las jirafas enfundadas en trajes de oficina, tecleando diligentemente en sus ordenadores y ajustando la altura de sus monitores previo a enviar, cautelosamente, correos electrónicos a su “jirafa jefe”? ¿O a niños que, al describir sus futuras profesiones, mencionan con entusiasmo que desean convertirse en consultores financieros o en empresarios exitosos? Indudablemente, la respuesta a estas preguntas es un “no” rotundo.

Hoy en día, muchas personas viven con la sensación de estar atrapadas en trabajos sin alma, rutinas agotadoras y objetivos que no eligieron. Nos pasamos la vida corriendo, produciendo, cumpliendo expectativas. Pero al final del día, como señala el antropólogo estadounidense David Graeber, nadie quiere ser recordado por su puesto en la empresa:

Si uno visita un cementerio, buscará en vano una lápida en la que se describa al difunto como “instalador de radiadores” o “vicepresidente ejecutivo”. Tras la muerte, la esencia del paso de un alma por el mundo se recuerda por el amor que sintieron por sus maridos, esposas e hijos y el que recibieron de ellos […] (Graeber 2023, p. 317). 

Quizás, las rutinas laborales que adoptamos son meros reemplazos del proceso de búsqueda de significado, o simplemente un intento de hacer más llevadera la carga de la existencia. Al fin y al cabo, otro tipo de sentido. Nos aferramos a ocupaciones que nunca soñamos tener, etiquetándonos en un mundo que creamos de manera colectiva para amortiguar la crudeza de la vida, o quizás, de la muerte.

Reflexiones finales

Aunque separados por contextos históricos y trayectorias muy diferentes, Frankl y Nietzsche parecen haber llegado a una conclusión similar: el ser humano puede soportar casi cualquier cosa, si encuentra un sentido para hacerlo. Frankl lo vivió en carne propia. Nietzsche lo dedujo observando el arte, la cultura y la historia. Ambos, sin embargo, coinciden en que el sufrimiento no es el final del camino, sino una etapa inevitable del proceso de creación de significado.

En las vidas de cada uno de nosotros hay momentos dionisíacos de descontrol, de dolor, de pasiones desbordadas… y momentos apolíneos en los que necesitamos claridad, estructura y calma. En el horror más absoluto podemos encontrar sentido si no dejamos de amar y de luchar. Además, vivir con sentido también es crear belleza a partir del sufrimiento, como hacían los griegos al construir templos después de una guerra o al escribir tragedias después de una peste.

En ocasiones la vida puede llegar a ser muy difícil, aunque será más llevadera si encontramos la manera de narrarla, de simbolizarla, de hacerla nuestra. Hay muchas formas de hacer que nuestra vida tenga sentido, pero si aún no lo hemos encontrado, al menos no dejemos de buscarlo.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Cano, G. (2014), El nacimiento de la tragedia, Gredos (Trabajo original de Nietzsche, F. en 1872).

Frankl, V. (2020), El hombre en busca de sentido, Editorial Herder (Trabajo original publicado en 1946).

Graeber, D. (2023), Trabajos de Mierda. Una Teoría, Editorial Ariel.

Las jerarquías de la razón

El filósofo y matemático Alfred North Whitehead llegó a decir en una ocasión que “La filosofía occidental no es más que una serie de notas a pie de página a Platón”. Con su manera única de presentar los temas filosóficos a través del diálogo nos dejó un legado que continúa vivo hasta nuestros días. 

En esta ocasión, queremos poner bajo la lupa crítica una de las tesis más representativas de ese legado: aquella que sostiene que los seres humanos tenemos acceso a distintas formas de conocimiento, y cómo esta idea finalmente se terminó reflejando en la organización “ideal” de la sociedad. Tesis cuya influencia, como veremos, ha perdurado en la configuración de las sociedades modernas.

Las formas de conocimiento en Platón

Platón sostiene que no todos los modos de conocer tienen el mismo valor. Para él, conocer a través de los sentidos –ver, oír, tocar– nos proporciona una imagen aparente, cambiante e incierta de la realidad. En cambio, el conocimiento verdadero proviene del intelecto, que permite acceder a las Formas o Ideas: realidades eternas e inmutables que constituyen la esencia de todas las cosas. Esta diferencia establece una distinción fundamental entre dos tipos de conocimiento: la doxa, basada en la percepción sensible, y la episteme, fundada en la razón.

Un ejemplo cotidiano puede ilustrar esta idea: ver a muchos perros no basta para comprender qué es un perro en esencia, ya que cada uno difiere en aspecto o comportamiento. Es mediante la reflexión racional que podemos captar aquello que todos tienen en común y que los hace pertenecer a una misma categoría. Así, Platón afirma que, aunque los sentidos nos ofrecen una primera aproximación al mundo, sólo la razón nos permite conocerlo en profundidad. Por ello, establece una jerarquía entre ambos tipos de conocimiento, situando a la razón por encima de la percepción.

Esta concepción se desarrolla de manera especialmente clara en La República, a través de la alegoría de la caverna (Eggers Lan 2011, pp. 222–225 / Stephanus 514a–517c), que Platón utiliza como recurso pedagógico. En esta narración, los prisioneros encadenados dentro de una caverna solo pueden ver sombras proyectadas en la pared, y toman esas sombras por la realidad. Las sombras simbolizan la ilusión de la percepción sensible, que nos desvía del “conocimiento auténtico”.

Más allá de la caverna existe un mundo exterior iluminado por el sol, que representa el conocimiento racional y, en última instancia, la Idea del Bien. Solo quien logra liberarse de las cadenas y ascender hacia la luz accede al conocimiento verdadero. Este proceso simboliza la educación filosófica propuesta por Platón: el tránsito desde el mundo de las apariencias hacia la comprensión de las Formas, entre ellas la Justicia, la Belleza y el Bien.

Esta misma lógica se refleja en la organización de la ciudad ideal que Platón propone en La República (Eggers Lan 2011, p. 114 / Stephanus 414). Según él, cada persona tiene una disposición natural que la hace apta para una función específica dentro de la polis. Los gobernantes o filósofos-reyes, guiados por la razón, están capacitados para conocer las Formas y, por lo tanto, para gobernar con justicia. Los guardianes o guerreros, dominados por la voluntad y el coraje, tienen la tarea de proteger la ciudad. Por último, los productores o trabajadores, guiados por el deseo, se ocupan de las funciones materiales como la agricultura, la artesanía o el comercio. De este modo, Platón establece una relación entre las formas de conocimiento y el estatus social, ya que solo quienes acceden al “saber más alto” –la razón– están en condiciones de guiar a los demás.

La caverna de Platón. Óleo sobre tabla 131 x 174 cm. Musée de la Chartreuse de Douai. Douai, Francia.

El eco de Platón en la actualidad

El mundo actual sigue siendo platónico porque aún aceptamos que existen distintas formas de conocimiento: desde lo práctico y material hasta lo abstracto y estratégico. Habitualmente, el conocimiento abstracto es más valorado, particularmente en el ámbito económico y político. Pongamos un ejemplo: imaginemos al mejor zapatero del mundo, aquel que fabrica los zapatos más cómodos y accesibles. Debido a la creciente demanda de su producto, finalmente le resulta imposible confeccionar cada par por sí mismo, lo que le lleva inevitablemente a delegar la producción en otros. Con el tiempo, pasa de ser un “simple” artesano a convertirse en un líder dentro de la industria del calzado, dirigiendo y supervisando la expansión de su empresa. En la sociedad actual, muchos empresarios inician en el mundo práctico, creando productos útiles para el consumidor (clase productora), y luego ascienden a roles donde se enfocan en la gestión y el crecimiento económico (clase gobernante).

Esto también ocurre en las estructuras internas de las empresas donde la alta dirección actúa como los “filósofos-reyes”, definiendo ambiciosos objetivos numéricos: ganancias, cuotas de mercado o ventas anuales que guían el porvenir de la empresa. Estas cifras son fijadas desde la distancia estratégica del liderazgo, mientras que los equipos de ventas, equivalentes a la clase productora, son quienes deben materializar esos objetivos en resultados concretos. Son ellos quienes lidian directamente con clientes exigentes, negociaciones complicadas y situaciones imprevistas del día a día, “produciendo” finalmente los beneficios tangibles que sostienen toda la estructura empresarial.

Adicionalmente, es preciso señalar que la teoría del conocimiento de Platón puede calificarse como “intelectualista”, dado que establece jerarquías en el acceso al conocimiento, colocando al intelecto (la razón) en la cima. Esta perspectiva filosófica pudo haber servido como justificación ideológica de las jerarquías sociales existentes en la Antigua Grecia, donde el conocimiento racional estaba reservado principalmente para ciertas élites sociales. Este énfasis en la superioridad intelectual continúa vigente hoy en día en los sistemas educativos, donde el éxito académico y las capacidades intelectuales son altamente valorados. Los estudiantes que demuestran un mayor dominio del temario y un esfuerzo intelectual “superior” suelen recibir más beneficios, como mejores calificaciones y mayores oportunidades académicas e incluso profesionales. La obtención de las mejores notas es promovida activamente, y esta promoción intensa de la competencia cognitiva medible exclusivamente por la adquisición de unos contenidos nos puede conducir a una visión estrecha del éxito.

En esta línea, diversos estudios reflejan la correlación positiva entre formación académica y salarios (Encuesta de Estructura Salarial cuatrienal 2014 del INE). En 2014, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), el salario bruto medio para alguien con educación secundaria obligatoria (ESO) era de 17.772 euros. Los graduados en Formación Profesional (FP) superior ganaban 6.700 euros más, los diplomados universitarios 10.000 euros más, y los licenciados universitarios 17.500 euros más. A los 55 años, edad en la que un trabajador medio alcanza su mayor nivel de ingresos, las diferencias salariales se amplían: los licenciados ganan 2,3 veces más que los de ESO, los diplomados 1,8 veces más, y los graduados en FP superior 1,5 veces más.

Algunos autores como Eric Hanushek y Paul Peterson van todavía más lejos en esta línea, al concluir que las calificaciones reflejan el grado de avance económico de un país (Hanushek y Peterson 2014). Para ello, analizan pruebas internacionales administradas desde los años sesenta en cincuenta países y tienen en cuenta el PIB como un indicador económico relevante de los países, con ello observan que las diferencias en el crecimiento económico a largo plazo se explican principalmente por las capacidades cognitivas medidas en estas pruebas. Según los autores, el rápido crecimiento económico de países como Corea, Taiwán, Singapur y Hong Kong puede explicarse por los excelentes resultados de sus estudiantes en dichos exámenes.

Reflexiones finales

Se puede decir que Platón acertó al vincular el conocimiento y la función político-social: cada tipo de conocimiento impulsa en muchos sentidos la actividad que un individuo puede ejercer en la sociedad. Algunos ejemplos serían el hábil zapatero que demuestra virtuosismo al recomponer y fabricar zapatos cómodos para sus clientes, o el caso de un médico competente quien utiliza su conocimiento especializado para curar a pacientes con diversas sintomatologías. 

Sin embargo, cuando el conocimiento se jerarquiza en favor de una élite social –aquellos filósofos-reyes guiados por la razón– surgen también connotaciones negativas. Por ejemplo, en la famosa expresión “el conocimiento es poder” resuena una idea marxiana de privilegio y dominación ilegítimos que ha sido puesta de relieve por Jaime Barylko (1998). Cuando ciertas personas en determinadas funciones acceden a información privilegiada, adquieren de inmediato la capacidad de influir sobre aquellos que no poseen dicha información:

Todo lo dicta la sociedad. La sociedad produce el conocimiento que más le conviene, es decir, que más le conviene a la clase que gobierna y que domina esa sociedad. Para Marx todo conocimiento tiene una finalidad que no es la verdad, sino el cuidado de los intereses de la sociedad. Los intereses de quienes dominan en la sociedad (Barylko 1998, p. 189).

Finalmente, esta tendencia intelectualista contrasta notablemente con la perspectiva sofista del conocimiento relativo, que sostiene que ningún conocimiento es intrínsecamente “superior”. En la Atenas clásica, los sofistas fueron figuras influyentes que enseñaban retórica y argumentación. A diferencia de filósofos como Platón o Sócrates, los sofistas no buscaban verdades universales, sino que defendían la idea de que la verdad es relativa y depende de quien la argumenta con mayor eficacia. Esta postura los convirtió en los principales antagonistas intelectuales de la filosofía platónica.

En términos actuales, de acuerdo con el planteamiento sofista no se debería pagar más a una persona exclusivamente sobre la base de un conocimiento académico “superior”, porque esto daría por supuesto que tal persona goza de un acceso a una suerte de “verdad absoluta” o de conocimiento privilegiado. Mientras que Platón estableció su Academia seleccionando rigurosamente a sus alumnos, los sofistas ofrecían sus enseñanzas a cualquier individuo dispuesto a pagar por ellas, sin imponer restricciones intelectuales de acceso.

Por último, cabe señalar que el ideal platónico de una verdad única, estable y alcanzable por unos pocos –los más racionales, los más sabios– puede llevar a una postura elitista y excluyente, donde quienes no acceden a esa especie de conocimiento “superior” quedan automáticamente descalificados. Esta jerarquización del saber corre el riesgo de confundirse con una jerarquización de las personas, y eso ya no es filosofía, sino dominación encubierta.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Barylko, J. (1998), La Filosofía. Una invitación a pensar, Grupo Editorial Planeta.

Eggers Lan, C. (2011), Platón. Diálogos, Gredos (Trabajo original de Stephanus, H. en 1578).

Hanushek, E. A.; y Peterson, P. E. (2014), Higher grades, higher GDP. Research and opinion on public policy 2014. The Hoover Institution. Stanford University.

El espejismo del crecimiento económico

La trampa del consumismo navideño

Con la llegada de la Navidad, las ciudades se llenan de luces, los escaparates compiten por atraer miradas, y un ambiente de consumo domina las calles, poniendo a prueba los presupuestos familiares. Este frenesí no es casualidad, sino el reflejo de un sistema económico que ha hecho del crecimiento su principio rector.

La Navidad, celebración religiosa que conmemora el nacimiento de Jesucristo, ha evolucionado hasta convertirse en una de las temporadas comerciales más lucrativas a nivel mundial. En esta época, las familias tienden a gastar más, impulsadas por el espíritu festivo, las tradiciones y la presión social de cumplir con las expectativas de regalos y celebraciones. Los datos son reveladores:

  • En Estados Unidos, el gasto navideño ha mostrado una tendencia creciente en los últimos años. Según una encuesta de The Conference Board (ver informe de 2024), los consumidores estadounidenses planean gastar un promedio de 1.063 dólares en compras relacionadas con las fiestas, lo que representa un incremento del 7,9% respecto a los 985 dólares de 2023.
  • En España, la Organización de Consumidores y Usuarios (ver informe de la OCU) estimó en noviembre de 2023 que los españoles destinarán una media de 745 euros durante la Navidad, distribuidos principalmente en 396 euros para regalos y 190 euros para celebraciones y comidas, consolidando una tendencia al alza en el consumo navideño.

El creciente gasto navideño evidencia cómo el sistema económico transforma nuestras tradiciones culturales en oportunidades para impulsar el consumo de bienes y servicios. Esto nos invita a una reflexión clave: ¿es sostenible un modelo económico que constantemente nos exige gastar y producir más?

El crecimiento económico: historia y contradicciones

Retrocedamos al siglo XVIII, cuando surgieron las primeras tesis sobre el crecimiento de la mano de Adam Smith, considerado el padre de la economía moderna. En su obra, La riqueza de las naciones, argumentó de manera convincente que la división del trabajo, el comercio libre y la inversión en capital son los pilares fundamentales para aumentar la productividad y, por ende, propiciar el crecimiento económico. Un mercado libre y competitivo permitiría a las naciones incrementar su riqueza al fomentar una mayor producción de bienes y servicios (Smith 2011/1776).

David Ricardo, otro destacado economista clásico, adoptó un enfoque más cauteloso y se centró en los factores productivos como la tierra y el trabajo, introduciendo la teoría de los rendimientos decrecientes. Esta teoría postula que, al aumentar la cantidad de un recurso utilizado en la producción, la cantidad adicional obtenida disminuye progresivamente (Ricardo 2015/1817). Es decir, llega un momento en que poner más esfuerzo produciendo algo no compensa porque el beneficio extra que se obtiene cada vez es menor, y esto es así porque los recursos naturales son limitados y escasos, por lo que no pueden explotarse indefinidamente y, al mismo tiempo esperar mantener niveles de producción crecientes o constantes.

Para bien o para mal, Ricardo no pudo anticipar las transformaciones que desencadenaría la Revolución Industrial, período que marcó un avance extraordinario en la producción, impulsado por la mecanización, la expansión del comercio y una gestión más eficiente de los recursos naturales, todo ello favorecido también por innovaciones tecnológicas. Este periodo despertó en el imaginario colectivo la idea de un crecimiento económico que no conoce límites.

No obstante, las mismas dinámicas de crecimiento que marcaron ese periodo han dado lugar a nuevos desafíos que cuestionan su sostenibilidad, la explotación masiva de recursos nos está llevando a una crisis climática sin precedentes. Esto se ve reflejado en el Earth Overshoot Day, una fecha simbólica que indica el día en que hemos consumido más recursos de los que el planeta puede regenerar en un año. Los datos son preocupantes ya que por ejemplo en este año dicha fecha cayó el 1 de agosto. Es decir, hemos consumido la biocapacidad de la Tierra de un año en 212 días, esto implica que necesitaríamos 1,72 (365/212) Tierras para mantener nuestro estilo de vida durante 2024. A continuación, valoremos tres factores clave que pueden ayudarnos a entender mejor esta tendencia alarmante de crecimiento desmedido.

  1. El sesgo del crecimiento exponencial

Uno de los mayores obstáculos para entender los límites del crecimiento económico es que tendemos a pensar de manera lineal, mientras que muchos eventos siguen patrones exponenciales. Un ejemplo claro lo vimos durante la pandemia de COVID-19. Al principio, los contagios parecían manejables, pero en poco tiempo los casos se dispararon porque cada persona infectada podía contagiar a varias más, y así sucesivamente. Lo que parecía un problema pequeño creció tan rápido que desbordó nuestros sistemas sanitarios y nos forzó a tomar medidas drásticas.

Con el crecimiento económico ocurre algo similar. Al principio, la explotación de recursos como el agua, la energía o los minerales parece sostenible. Pero a medida que la demanda aumenta, su agotamiento se acelera, y los costos ecológicos y sociales se disparan. Esto genera una presión cada vez mayor sobre los recursos disponibles, exigiendo ajustes en cómo se gestionan para hacer frente a estas demandas aceleradas.

  1. El círculo vicioso del crédito

Otro aspecto que impulsa el crecimiento económico está relacionado con cómo funciona nuestra economía. Muchas personas recurren a créditos y préstamos para financiar sus gastos, como aquellos de las fiestas navideñas. Esta inclinación a gastar más se conecta con lo que Yuval Noah Harari describe en Sapiens como la base del crecimiento económico moderno: un sistema sostenido por la imaginación colectiva y la confianza en un futuro mejor que se sostiene a través del crédito. El crédito nos permite construir el presente a expensas del futuro.

Dicha confianza creó crédito, el crédito produjo crecimiento económico real; y el crecimiento reforzó la confianza en el futuro y abrió el camino para más crédito todavía (Harari 2016, p. 342).

  1. El mito del progreso tecnológico

Finalmente, otro elemento que perpetúa la idea de un crecimiento económico ilimitado es la fe inquebrantable en la tecnología para superar cualquier barrera. Esta creencia se ha consolidado a lo largo de los últimos doscientos años, alimentada por los avances que nos ha dejado la Revolución Industrial, que parece confirmar la noción de que siempre habrá soluciones técnicas para los desafíos económicos y ecológicos. Tal como lo advierten Meadows et al. (2004/1972):

La idea de que pueda haber límites al crecimiento es para mucha gente imposible de imaginar. Los límites son innombrables desde el punto de vista político e impensables desde el punto de vista económico. La cultura tiende a negar la posibilidad de que existan límites, confiando profundamente en el poder de la tecnología, en el funcionamiento del libre mercado y en el crecimiento de la economía como solución a todos los problemas, incluso a los creados por el crecimiento (Meadows et al. 2004, p. 203).

Rain, Steam, and Speed – The Great Western Railway. Óleo sobre lienzo 91 x 121.8 cm. Galería Nacional de Londres. Londres, Reino Unido.

¿Una Navidad diferente?

En este contexto, es necesario replantear nuestra relación con el consumo, y algunas iniciativas ya están marcando el camino como por ejemplo el proyecto buy nothing que fomenta el intercambio de bienes en lugar de comprarlos, promoviendo una economía de regalo que fortalece las conexiones comunitarias y con ello ayuda a reducir el consumo excesivo.

A nivel personal, podemos reflexionar sobre nuestras prioridades. ¿Es necesario comprar el último gadget tecnológico o acumular regalos materiales para demostrar afecto? Optar por regalos hechos a mano, experiencias compartidas o donaciones a causas sociales son alternativas que pueden reducir nuestra huella ecológica.

El consumismo navideño es un síntoma de nuestro sistema económico, pero también es una oportunidad para cuestionarlo. Mientras seguimos celebrando la imaginación colectiva y su capacidad para generar confianza en el futuro y reforzar las bases del capitalismo, debemos recordar que esta misma imaginación puede ayudarnos a visualizar un futuro diferente. Un futuro basado en límites sostenibles, el cual requiere un cambio importante en nuestras expectativas, prioridades y comportamientos. Un cambio que podría comenzar con pequeñas decisiones, como reconsiderar nuestras compras navideñas para este año.

En última instancia, la verdadera magia de la Navidad no surge de las cosas que vayamos a comprar, sino de los valores que decidamos compartir. Esto nos invita a reflexionar sobre quiénes queremos ser en un mundo que, con demasiada frecuencia, nos define por lo que acumulamos más que por lo que somos. Quizá estas fiestas nos brinden la ocasión para formularnos una pregunta esencial: si el sistema económico actual se halla en conflicto con los límites del planeta y con nuestros valores más profundos, ¿qué sistema —y qué humanidad— queremos dejar a las generaciones venideras?

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Harari, Y. N. (2016), Sapiens de animales a dioses, Breve historia de la humanidad, Editorial Debate.

Meadows, D. H., Randers, J., & Meadows, D. L. (2004/1972), The Limits to Growth: The 30-Year Update, Chelsea Green Publishing.

Ricardo, D. (2015/1817), Principios de economía política y tributación, Editorial Fondo de Cultura Económica.

Smith, A. (2011/1776), La riqueza de las naciones, Alianza Editorial.

Enlace a la página web de Earth Overshoot Day: https://overshoot.footprintnetwork.org/

Enlace a la página web del proyecto buy nothing: https://www.buynothingproject.org/

Apología al No

El hombre libre es aquel que no teme decir ‘No’.


El “No” es mucho más que una simple negación; es una afirmación enmascarada, una declaración contundente de existencia, identidad y límites. EN un mundo obsesionado por el “Sí”, con la afirmación constante y la búsqueda interminable de aprobación, el “No” se erige como un acto de resistencia, un baluarte de la autonomía y una forma profunda de pensamiento crítico. Decir “No” es un ejercicio de libertad. Cada vez que lo pronunciamos, trazamos una línea que protege nuestro espacio interior y establece una barrera ante las imposiciones externas. Es, en esencia, la forma más pura de declarar que tenemos una voluntad propia y que no estamos dispuestos a diluirnos en el flujo de lo esperado.

La filosofía misma nació de una negación. Los primeros pensadores se atrevieron a rechazar las explicaciones dogmáticas y las creencias cómodas de su tiempo, apostando por la incertidumbre y la duda. De hecho, el mismoRené Descartes llegó a su célebre “Pienso, luego existo” tras negar todo lo que pudiera ser falso, esto quiere decir que muchos de esos noes en la historia del pensamiento humano ha sido una pequeña, o grande, chispa de renovación. Se puede considerar que, lejos de destruir, el «No» abre la puerta a nuevas formas de entender el mundo, a preguntas que antes no nos atrevíamos a formular. Es, por tanto,un acto profundamente creativo, un motor de transformación que impulsa tanto al individuo como a la sociedad hacia territorios inexplorados.

Sin embargo, el «No» no solo tiene un valor intelectual o filosófico. ¿Qué nos sugiere la negación dentro del ámbito ético?  Se puede considerar de que se trata de una herramienta esencial para delimitar lo que no estamos dispuestos a tolerar como individuos y como humanidad. Decir «No» a la violencia, a la injusticia o a la discriminación no es solo un acto de rechazo, sino una afirmación de principios que define quiénes somos. Pero esta negación no debe ser impulsiva ni sistemática; requiere reflexión, convicción y responsabilidad. Un «No» vacío puede ser destructivo, mientras que un «No» bien pensado, es una forma de defender la integridad y la dignidad.

Tambien lo encontramos en el plano personal, la negación tiene una dimensión profundamente íntima. Aprender a decir «No» es aprender a cuidar de nosotros mismos. Es el acto mediante el cual protegemos nuestra energía, establecemos límites saludables y nos negamos a aceptar demandas que nos agotan o relaciones que nos destruyen. El «No» es, en este sentido, un gesto de amor propio, una forma de recordarnos que no somos infinitos ni omnipotentes, y que proteger nuestra esencia es tan importante como compartirla. Como afirmó Rainer Maria Rilke, «la soledad es el lugar donde se encuentra la verdad» en Cartas a un joven poeta. Y muchas veces, el «No» es el primer paso hacia esa soledad necesaria, hacia ese encuentro con nuestra voz más auténtica.

Si el «No» es tan poderoso, tan esencial para nuestra libertad, creatividad y dignidad, cabe preguntarse: ¿por qué nos cuesta tanto decirlo? ¿Es el miedo al conflicto, a la soledad o al rechazo lo que nos paraliza? ¿Cuántas veces aceptamos algo por inercia, traicionando nuestra esencia en el proceso? ¿Qué nos dice esto sobre nuestra sociedad, que premia el «Sí» como un símbolo de cooperación, pero castiga el «No» como un acto de disidencia?

El «No» no es, como podría parecer, un símbolo de negatividad, sino de posibilidad. Es el cimiento sobre el que construimos nuestras decisiones, nuestras convicciones y nuestra identidad. Es el acto de resistencia que desafía la inercia del conformismo, la semilla del pensamiento crítico y la frontera que protege nuestra humanidad. Defender el «No» es defender la libertad, la creatividad y la autenticidad. En un mundo que idolatra el «Sí», que premia la complacencia y castiga la disidencia, el «No» es un acto revolucionario. ¿Cuántos «Noes» valientes están pendientes en tu vida? ¿Cuántos «Noes» necesitas pronunciar para ser quien realmente eres?


Nota: Este texto surgió a partir de una conversación en la que se demostró -o se intentó demostrar- la importancia de saber decir «No», especialmente a una persona que afirma «no saber cómo hacerlo o que nunca dice no». Como ejemplo, se utilizó la figura del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, entre otros. Si a él se le hubiera dicho «No» en lugar de llevar a cabo los ataques a Palestina, es posible que hubiera acatado esa orden. Este ejemplo ilustra cómo el «No» puede ser un acto de resistencia y una herramienta para evitar decisiones destructivas. Si todos tuviéramos la capacidad de decir «No» de manera firme y reflexiva, podríamos evitar muchas de las injusticias y daños que surgen cuando se cede ante presiones externas o la complacencia. El «No» es, en última instancia, un acto de responsabilidad que, si se emplea con convicción, puede prevenir la perpetuación de abusos y opresiones.

La zona gris de la humanidad

A lo largo de los siglos, la humanidad ha oscilado entre el bien y el mal, la guerra y la paz, la libertad y el control. Estos conceptos no son solo parte de nuestra historia, sino de nuestra esencia. Los actos de violencia y opresión contrastan con nuestros ideales de justicia y convivencia, y nos empujan a reflexionar sobre nuestra naturaleza, nuestras elecciones y las estructuras que nos moldean. 

El mal, en sus múltiples formas, nos confronta con las facetas más oscuras de nuestra condición. Actos como la tortura, el genocidio o la esclavitud, aunque formalmente condenados hoy, no son solo una herencia del pasado: persisten en el presente, revelando que el mal no es un anacronismo, sino una realidad. Lo vemos en muchos de los conflictos armados que están ahora mismo sobre la palestra, mensajes en RRSS, entre otros…

Hannah Arendt, al observar el juicio del nazi Adolf Eichmann, describió el mal como «banal», encarnado no en un monstruo, sino en un hombre corriente que renunció a pensar y obedeció órdenes. Esto pone en duda la idea de que el mal solo reside en intenciones malignas, sugiriendo que, muchas veces, las circunstancias y la falta de reflexión son los verdaderos catalizadores del daño. 

Si aceptamos esta perspectiva, surge una pregunta esencial: ¿cuánta responsabilidad tiene un individuo que actúa bajo presión o en un sistema que fomenta el mal? ¿Es la obediencia ciega tan peligrosa como el odio deliberado? 

Ilustración de un taller de FpN sobre ¿Qué es el mal? (12-14 años)

Experimentos como el de Stanley Milgram refuerzan esta idea: personas comunes, en situaciones controladas, son capaces de causar sufrimiento grave simplemente porque una figura de autoridad se lo pide. Este fenómeno plantea una cuestión inquietante: ¿cómo evitamos que las estructuras sociales nos conviertan en agentes de daño? 

Esto nos lleva a tratar otro tema, el bien y el mal, como algo que está más allá de lo maniqueo.

La filosofía ha intentado desentrañar esta dualidad. Desde la visión de Hobbes, quien veía al ser humano como egoísta por naturaleza, hasta Rousseau, que lo consideraba bondadoso hasta que la propiedad y la sociedad lo corrompían, las perspectivas son diversas. Sartre, por su parte, negó una naturaleza fija, afirmando que somos lo que hacemos con nuestra libertad. 

La literatura también ha explorado estas tensiones. En “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, Stevenson muestra cómo el mal puede ser una parte latente de nuestra identidad, lista para emerger cuando las circunstancias lo permiten. Si nuestras acciones no siempre obedecen a intenciones claras, ¿qué nos define: ¿lo que hacemos, lo que deseamos o lo que intentamos evitar?  ¿Es posible que el mal sea, en cierto sentido, necesario para comprender y valorar el bien? ¿O deberíamos aspirar a eliminarlo completamente, si eso fuera posible? 

He mencionado la palabra libertad, una de las más evocadoras y manipulables del lenguaje humano. Su capacidad para inspirar, movilizar y justificar acciones de todo tipo la ha convertido en un concepto poderoso, pero también ambiguo. Aunque a primera vista parece ser un ideal universal, su significado cambia según quien la emplee y el contexto en el que se invoque. Históricamente, ha sido la bandera de ideologías y movimientos opuestos: fascistas, comunistas, dictadores y revolucionarios han encontrado en ella un símbolo adaptable para sus causas, ya sea para justificar una guerra, promover un genocidio o defender derechos fundamentales. Esta versatilidad no solo refleja su atractivo retórico, sino también su capacidad para ser tergiversada y servir a intereses particulares.

En esencia, la libertad es un concepto positivo. Sin embargo, cuando se utiliza como herramienta discursiva, puede convertirse en un arma para legitimar actos de opresión y violencia. Esto nos enfrenta a una paradoja esencial: ¿es la libertad un fin en sí mismo o un medio para alcanzar otros objetivos? En muchos casos, la libertad pierde su sentido original y deja de ser una condición para la convivencia y la autorrealización, transformándose en un pretexto para dividir, destruir y dominar.

Esta omnipresencia contribuye a banalizar su valor y a desviar la atención de cuestiones esenciales: ¿para qué sirve la libertad y a quién beneficia realmente? Cuando tanto opresores como oprimidos la reclaman como bandera, se hace evidente la necesidad de cuestionar su uso, su contexto y su autenticidad.

La libertad auténtica no puede ser la simple ausencia de restricciones ni la capacidad de imponer la propia voluntad sobre otros. Su significado más profundo radica en el equilibrio entre derechos y responsabilidades. Si el ejercicio de la libertad de unos implica la opresión o el sufrimiento de otros, deja de ser una verdadera libertad en el sentido ético y humano. Este equilibrio exige una reflexión mucho más profunda, ya que no se trata solo de defender la libertad como un principio abstracto, sino de considerar sus implicaciones y límites en nuestras relaciones, sociedades y sistemas.

En fin, la filosofía contemporánea, lejos de quedarse en preguntas sin respuesta, puede ofrecernos herramientas para enfrentar estos desafíos. Como sugiere Foucault en “La hermenéutica del sujeto”, debemos volver al gnothi seauton (conócete a ti mismo) para reflexionar sobre cómo vivir éticamente en un mundo lleno de sombras. Esta mirada introspectiva nos invita a construir una vida más consciente, basada en la bondad, la convivencia y el respeto por las libertades. 

Al final, somos seres complejos, grises, atrapados entre luces y sombras, no todo es blanco o negro. Pero la cuestión es, ¿es esta «zona gris» una excusa para la inacción o una oportunidad para elegir el bien a pesar de nuestras imperfecciones?  Porque, aunque el camino sea difícil, el objetivo es claro: construir un futuro donde el bien prevalezca, donde la paz supere a la guerra, y donde la libertad no sea un privilegio, sino un derecho inalienable. 


El texto fue escrito a partir de algunas de las ideas de las introducciones de los filocafés: ¿Hay personas completamente malas? (partes 1 y 2), Diálogos sobre guerra y paz, y Libertad y control.


Un recorrido muy breve por la razón

Cuando hablamos de la razón, solemos definirla como una herramienta que utilizamos los seres humanos que nos distingue del resto de las criaturas de este planeta y que, nos permite reflexionar para formarnos un juicio sobre algo. La gestión de la razón nos exige mucho esfuerzo, y no la podemos considerar como un don divino caído del cielo, como se suele decir más bien de la imaginación. Su historia contada desde una perspectiva occidental es larga y compleja, y se remonta a un contexto que hoy podríamos considerar inesperado: el mito.

El paso del mito al logos: el nacimiento de la filosofía

En la antigua Grecia las sociedades explicaban la realidad a través de relatos míticos. Los mitos eran su manera de darle sentido a los fenómenos naturales y a los misterios de la existencia. En esas narrativas, los dioses tomaban decisiones, imponían castigos y explicaban el orden del cosmos. El mito no era considerado como algo irracional; era, más bien, un lenguaje simbólico para interpretar lo desconocido.

Sin embargo, en algún punto, los griegos comenzaron a pensar de manera distinta. La aparición del logos marcó un punto de inflexión en la historia del pensamiento. A través del logos, se dejó de lado la idea de que todo lo que ocurría era voluntad de los dioses, y se comenzó a buscar explicaciones basadas en la naturaleza observable. Los primeros filósofos griegos comenzaron a buscar principios fundamentales que explicaran el universo sin recurrir al mito. Tales de Mileto, por ejemplo, propuso que el agua era el origen de todas las cosas. Anaximandro habló del ápeiron, algo indefinido e ilimitado. Anaxímenes pensó en el aire, Heráclito en el fuego, y Demócrito en los átomos. Todos ellos compartían una ambición: encontrar el arjé, el principio que sostenía y explicaba la estructura del cosmos.

En su búsqueda, estos pensadores dieron un paso enorme al abandonar las explicaciones basadas en lo sobrenatural y, aunque sus conclusiones nos pueden parecer ingenuas desde una perspectiva moderna, su mérito radica en el intento de buscar respuestas en el mundo observable y la experiencia. De esta manera, la filosofía, mediante el logos, se convirtió en una herramienta para interpretar la realidad, marcando el inicio del pensamiento racional tal como lo conocemos.

El logos sofista versus el logos de Platón

Con el surgimiento de la democracia en Atenas, el logos adquirió un nuevo significado. En un sistema donde la participación política dependía de la capacidad de persuadir a otros, la palabra se convirtió en un arma poderosa. Aquí entran en escena los sofistas, maestros de la retórica que enseñaban a los ciudadanos este arte de persuadir mediante el uso del lenguaje. Para ellos, el logos no era una herramienta para buscar la verdad, sino un medio para influir y convencer.

Este uso del logos como instrumento de persuasión generó un debate intenso. Platón, uno de los críticos más feroces de los sofistas, les acusó de manipular el conocimiento en favor de intereses particulares. Para él, el logos debía ir más allá de la retórica; debía ser un camino hacia la verdad. En los diálogos platónicos, los interlocutores buscan acuerdos en cada fase del debate, solicitan aclaraciones y formulan objeciones hasta que se alcanza una respuesta satisfactoria, permitiendo la construcción conjunta del argumento. Este arte del diálogo, denominado también como dialéctica, se presenta como una oposición frontal a la retórica sofista, al proponer un camino consensuado en lugar de la persuasión estratégica.

Fue con Platón que el logos adquirió un carácter más reflexivo, y bajo esta óptica el filósofo formuló su “teoría de los dos mundos” (véase p.e. Di Camillo 2016). Un mundo sensible que se compone de opiniones simples y cambiantes (doxa). Y un mundo inteligible basado en un conocimiento justificado como verdad (episteme) que proviene de la reflexión y de un discurso bien argumentado, el cual nos dirige hacia un conocimiento universal. Este último sería “el mundo de la razón”.

El paso del logos a la ratio de la ciencia moderna

La historia de la razón continuó su curso, y con la transición del pensamiento griego al romano se produjo un cambio conceptual. La razón se empezó a vincular con la palabra ratio, fundamentándose en que, en latín, esta palabra se asociaba principalmente con el cálculo. Las rationes representaban las cuentas realizadas por los comerciantes al sumar o restar el valor de sus mercancías. Al traducir logos por ratio, los escritores latinos trasladaron el ámbito semántico de la ratio, de la “palabra” al “número”. El logos transitó del lenguaje de los filósofos griegos a la ratio de los mercaderes romanos, que necesitaban calcular sus transacciones económicas (Casadesús Bordoy 2000, pp. 33-34 y 129-136). 

Este cambio de tendencia de la razón marcó el inicio de un proceso en el que el número se consolidó como herramienta de conocimiento. Con el tiempo, las proporciones matemáticas y el álgebra reforzaron esta tendencia. Durante la Edad Media, el trabajo de matemáticos árabes como Al-Juarismi, quien sistematizó el uso del álgebra, permitió que las relaciones numéricas fueran aplicadas de manera más abstracta y universal, estableciendo una base para las ciencias modernas. El número se erigió como el fundamento del pensamiento científico, hasta convertirse en un lenguaje indispensable para comprender la realidad. Bajo esta nueva perspectiva Galileo Galilei llegó a afirmar que el universo “está escrito en lenguaje matemático”

El Hombre de Vitruvio. Dibujo (punta de metal, pluma y tinta, toques de acuarela sobre papel blanco). Galería de la Academia de Venecia, Venecia, Italia.

La razón bajo la lupa de Descartes, Hume y Kant

René Descartes acompañó a Galileo en su empresa, pero lo hizo desde el ámbito del pensamiento como embajador de la filosofía racionalista, aquella que considera a la razón como fuente principal de conocimiento. Para este filósofo, el origen de todo conocimiento residía en las ideas innatas que la razón contenía, accesibles mediante la reflexión. A través de su duda metódica, propuso que todo aquello que no pudiera ser probado con certeza debía ser cuestionado. Esta postura culminó en su célebre cogito, ergo sum (“Pienso, luego existo”), que encapsulaba su primera certeza: el yo pensante, el cogito, no podía ser puesto en duda, ya que su propia existencia se confirmaba en el acto de pensar (Díaz 2011, p. 19 / Descartes 1641, Segunda meditación)​. Para Descartes, Dios jugaba un papel crucial en la naturaleza del conocimiento, y garantizaba la veracidad de las ideas claras y distintas. De este modo, si el universo, como afirmaba Galileo, está escrito en lenguaje matemático, es Dios quien escribe ese lenguaje. Y es mediante el uso correcto de la razón que los seres humanos pueden acceder a esas verdades universales.

A pesar de los avances de la razón, no todos estaban convencidos de su capacidad para desentrañar los misterios del universo. David Hume, uno de los filósofos más relevantes del empirismo, criticó la idea de que la razón pudiera revelar verdades universales. Para él, no existía un “orden superior” que rija la realidad desde una perspectiva puramente racional. En lugar de eso, Hume insistía en que todo nuestro conocimiento proviene de la observación empírica, que es lo que realmente nos permite navegar por el mundo y generar conocimientos válidos (Tasset y Díaz 2012 / Hume 1739)​.

Fue gracias a Hume que Immanuel Kant despertó de su sueño dogmático. Mientras que los racionalistas creían que el ser humano nacía con la facultad innata de “conocer la verdad” y que el error surgía de un mal uso de la razón, Kant fue más allá, cuestionando cómo era posible que el conocimiento adquirido fuera “verdadero”. Su respuesta fue la creación de un marco trascendental bajo el cual sostuvo que para obtener conocimiento debemos considerar tanto los conceptos a priori que afectan nuestra sensibilidad así como la experiencia que obtenemos del mundo, sintetizando de esta manera las ideas de los racionalistas y empiristas. Fue él quien acuñó el término fenómeno para referirse a la percepción que tenemos del mundo tal y como se nos presenta (Ribas 2018, Kant 1781).

Sin embargo, su teoría no está exenta de ambivalencias. Mientras que, por un lado, soluciona el problema de la posibilidad del conocimiento a través de la experiencia y de la razón, por el otro, postula que nuestra forma de conocer es limitada y que no podemos conocer la realidad tal cual es: a esto Kant lo llamó con el nombre de noúmeno. Según este filósofo, sólo podemos conocer las cosas en función de nuestras capacidades humanas y no en función de alguna suerte de conocimiento absoluto. Las cosas ya no tienen una relación directa con nosotros; somos nosotros quienes les damos un sentido en base a cómo se nos presentan.

El legado conceptual de estos pensadores sigue siendo relevante hoy en día y sus ideas han dejado una huella significativa en la comprensión del concepto de razón. Steven Pinker (2021) aborda el papel fundamental que esta facultad ha desempeñado en nuestro avance científico. A pesar de los notables logros de la humanidad, Pinker señala una tendencia preocupante hacia la irracionalidad. En respuesta, ofrece herramientas para enfrentar las pseudociencias, las noticias falsas y otros engaños, y sostiene que el uso insuficiente de herramientas de razonamiento es un factor crucial en la propagación de la irracionalidad colectiva.

Por su parte, Julian Baggini adopta un enfoque escéptico y argumenta que nunca podemos ser totalmente objetivos. Para este filósofo la razón no es un juez imparcial y despersonalizado, sino una herramienta que nos ayuda a tomar decisiones. Un enfoque escéptico adecuado debería llevarnos a comprender que, en última instancia, todo lo que hacemos es ligeramente especulativo, o, expresado en sus palabras: “La razón es como una capa fina de hielo sobre la que no tenemos más remedio que patinar” (Baggini 2017, pp. 264-271).

El destino inevitable de la razón en Occidente

Finalmente, es importante considerar que a lo largo de la historia del pensamiento occidental, observamos una marcada tendencia de la razón a estructurar la experiencia mediante la formulación de oposiciones. Desde la filosofía griega, esta inclinación a dividir el mundo en categorías contrapuestas ha sido un rasgo fundamental de nuestro pensamiento. El tránsito del mito al logos en los primeros filósofos marcó el inicio de este proceso. Platón, por su parte, cristalizó esta lógica dicotómica con su distinción entre el logos de los sofistas y el logos dialéctico. Posteriormente, pasamos del logos (palabra) a la ratio (número). En la modernidad, esta estructura dual se consolidó con el racionalismo de Descartes frente al empirismo de Hume. Y finalmente Kant trazó una nueva división entre el fenómeno y el noúmeno, perpetuando la lógica dicotómica de la razón.

Una analogía matemática que nos puede ayudar a ilustrar esto mejor es el conjunto de Cantor. Este conjunto se construye eliminando iterativamente segmentos de un intervalo, sin llegar nunca a un agotamiento total del mismo. De manera similar, el pensamiento dicotómico opera mediante una división continua de la realidad en opuestos, pero sin alcanzar una comprensión exhaustiva de la misma. Al igual que en el conjunto de Cantor, donde el proceso de eliminación es infinito, la razón fundamentada en dicotomías se enfrenta a un proceso interminable de fragmentación conceptual. Este proceso, por su propia naturaleza, impide la posibilidad de una síntesis definitiva, dejando al entendimiento atrapado en una división “eterna”. 

Cabe preguntarse entonces si este es, en última instancia, el destino inevitable de la razón. Tal vez este proceso interminable de división sea el precio que debemos estar dispuestos a pagar en nuestra búsqueda de comprender el mundo. Toda explicación, por exhaustiva que sea, deja siempre fuera aquello que no logra explicar, generando nuevas preguntas y vacíos que exigen ser abordados. Asumir este riesgo, el de aceptar que cualquier síntesis es provisional y que toda comprensión es parcial, es quizá el sacrificio inherente al ejercicio racional. La razón, por su propia naturaleza, parece estar destinada a este camino de fragmentación, pero es un camino que, pese a sus limitaciones, seguimos recorriendo con la esperanza de desvelar, aunque sea de manera incompleta, la estructura de la realidad.

Conjunto de Cantor en seis etapas. 1883. Fuente: Wikimedia.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Baggini, J. (2017), Los límites de la razón, Editorial Indicios.

Casadesús Bordoy, F. (2000), “Los orígenes de la crisis de la razón: el paso del Logos a la Ratio”, Taula, quaderns de pensament.

Díaz, J. A. (2011), Meditaciones metafísicas seguidas de las objeciones y respuestas, Gredos (Trabajo original de René Descartes en 1641).

Di Camillo, S (2016). Eîdos : La teoría platónica de las ideas, La Plata : Edulp. (Libros de Cátedra. Sociales).

Pinker, S. (2021), Racionalidad, Ediciones Paidós.

Ribas, P. (2018), Crítica de la razón pura, Gredos (Trabajo original de Immanuel Kant en 1781).

Tasset, J. L. ; Díaz, R. (2012), Tratado de la naturaleza humana, Gredos (Trabajo original de David Hume en 1739).

Educación o producción

“Educar no es dar carrera para vivir, sino templar el alma para las dificultades de la vida”

Pitágoras

Desde hace unos meses, estoy cursando un Ciclo Formativo en Técnico en Educación Infantil para aprender sobre la primera infancia, motivada por mi experiencia como madre y especialista en Filosofía para niños.

Después de varios temas revisados, tareas entregadas (y las que faltan) y lecturas complementarias, he comenzado a reflexionar profundamente sobre la formación de futuros educadores y formadores.

El artículo que sigue es una reflexión final de una tarea con el tema «empleabilidad en los sectores productivos» para la asignatura «Itinerario para la empleabilidad». Esta, junto con «Digitalización aplicada a los sectores productivos» y «Sostenibilidad aplicada al sector productivo», me ha llevado a un firme “¡basta ya!”. Se trata de asignaturas enfocadas casi exclusivamente en «cómo alcanzar el éxito en la empresa», dejando a un lado «cómo alcanzar el éxito en la educación«. ¿Realmente es necesario dedicar tres asignaturas sobre empresa y producción en una formación para «Técnico en Educación Infantil»?

Desde hace aproximadamente 10 años me dedico al mundo de la docencia. Aunque esta experiencia no es extremadamente extensa, me ha permitido desarrollar una perspectiva amplia y reflexiva sobre la educación y su relación con el sector productivo no solo en relación a la asignatura de «Itinerancia para la empleabilidad», sino también en digitalización y sostenibilidad. Tres asignaturas que se centran en el concepto de empresa y deja de lado el concepto de educación -al menos en este primer tema-. Gracias a este recorrido, puedo ofrecer una crítica constructiva que subraya que el sistema educativo no debe centrarse exclusivamente en las necesidades de la empresa y el mercado, sino que debe fomentar una educación integral que promueva el desarrollo crítico, ético y humano de los estudiantes, preparándolos para ser individuos libres y pensantes, capaces de cuestionar y transformar su realidad. Pero si al formar profesionales de la educación nos guiamos únicamente por el “éxito” de la empresa, como parece ser el enfoque prioritario de algunas asignaturas, ¿qué tipo de educación estamos fomentando?

Ilustración de Frato “La máquina de la escuela”.

El sector de la educación desempeña un papel crucial en la formación de las futuras generaciones, no solo en términos de conocimientos académicos, sino también en el desarrollo de habilidades críticas, éticas y sociales que permiten a los individuos pensar de manera autónoma y cuestionar el mundo que los rodea. Sin embargo, en el contexto de un sistema capitalista de producción, la educación ha sido progresivamente transformada en una mera herramienta funcional al servicio de la reproducción del orden económico y social vigente. Este proceso se evidencia, por ejemplo, en los libros de Filosofía de 1º de Bachillerato, donde se incluyen temas centrados en la empresa y el mercado, como si las dinámicas empresariales fueran los únicos espacios significativos de desarrollo humano. Pero, ¿qué sucede con lo humano en todo esto?

En este sistema, los estudiantes son tratados no como “sujetos libres, individuales y críticos”, sino como productos de una especie de “fábrica” cuyo objetivo es generar «mercancías humanas» que se ajusten a las necesidades del mercado laboral. Esta visión instrumental de la educación reduce la capacidad de los individuos para cuestionar, reflexionar o actuar de manera autónoma, y promueve un aprendizaje que no va más allá de la adquisición de competencias técnicas que se alinean con los intereses capitalistas. De esta manera, el sector educativo se convierte en un reflejo de las dinámicas de poder, control y explotación propias del sistema capitalista, donde el verdadero objetivo de la educación se desvía de la emancipación y el empoderamiento de los individuos hacia la conformidad y la adaptación al status quo.

Entonces, si la formación docente se centra en servir los intereses de la empresa, moldeando a los futuros educadores para satisfacer las demandas del mercado, ¿qué tipo de educación estamos realmente preparando? ¿Una que libere el pensamiento o una que, irónicamente, enseñe a no pensar?

“Tan solo por la educación puede el hombre llegar a ser hombre. El hombre no es más que lo que la educación hace de él”

I. Kant