La inteligencia artificial somos nosotros

En los últimos tres años no se habla de otra cosa. En el metro, en los desayunos, en la oficina, siempre hay alguien mencionando a ChatGPT, a Midjourney o a esa nueva aplicación capaz de escribir informes, hacer podcasts o componer canciones en segundos. Desde que apareció ChatGPT en 2022, la inteligencia artificial se ha colado en todas partes: en el trabajo, en la educación, en el arte y hasta en las sobremesas familiares. Se ha convertido en el tema estrella a debatir en las siguientes navidades.

Entre entusiasmo y miedo, se repiten las mismas preguntas: ¿cuándo llegará la llamada inteligencia artificial general? ¿En qué momento llegará la “singularidad tecnológica”, ese punto en que la inteligencia de las máquinas superará definitivamente la nuestra? Algunos lo dicen con admiración, otros con inquietud, pero todos –de una forma u otra– parecen convencidos de que algo trascendental está ocurriendo. Y sin embargo, antes de dejarnos arrastrar por el vértigo de las profecías tecnológicas, convendría mirar con calma qué es exactamente esta inteligencia que tanto nos deslumbra. 

¿Cómo “piensan” realmente las máquinas?

El auge actual de la IA se sustenta en los llamados Large Language Models o modelos de lenguaje a gran escala. Estos sistemas analizan cantidades inmensas de información sobre todo lo que hemos escrito durante décadas, y a partir de esos datos aprenden los patrones estadísticos con los que solemos construir nuestras frases. Cuando nos responden lo que hacen es predecir la palabra más probable que seguiría a otra, imitando la coherencia del lenguaje humano. Por ejemplo, si uno escribe “el sol sale por…”, el modelo completará “el este”, no porque sepa qué es el sol, sino porque esa combinación de palabras aparece con mayor frecuencia en los textos que ha revisado. Dicho de otro modo: la IA no sabe nada del mundo; solo conoce la forma en que el mundo ha sido descrito. Su estructura es relacional y probabilística, reproduce lo que ya fue pensado. Su inteligencia es una «inteligencia de la acumulación».

Y, aun así, escuchamos cada vez más voces que la describen como una “nueva forma de vida”. Yuval Noah Harari la ha descrito como una tecnología capaz de transmitir ideas humanas, generarlas e imponerlas, y Ray Kurzweil insiste desde hace años en que la singularidad está cerca. Esta visión, tan difundida como seductora, parte de una fe profunda en el progreso técnico: la idea de que la evolución no se detiene, de que lo artificial inevitablemente acabará reemplazando lo humano.

Sin embargo, esa fe no nace con la inteligencia artificial. Tiene raíces mucho más antiguas. Para entender de dónde viene y por qué seguimos confiando tanto en que las máquinas serán nuestras sucesoras naturales hay que retroceder un par de siglos, hasta la época en que comenzamos a medirlo todo con el ritmo de las fábricas: la Revolución Industrial.

La fábrica del pensamiento moderno

La Revolución Industrial empezó en la segunda mitad del siglo XVIII en Gran Bretaña, cuando la artesanía dio paso a la producción mecanizada y en masa. La introducción de innovaciones como la máquina de vapor, la hiladora mecánica, los telares automáticos y el uso intensivo del carbón permitieron acelerar los procesos productivos y reorganizar el trabajo humano dentro de las fábricas. Al mismo tiempo, el sistema de fábricas trajo consigo la división del trabajo, la estandarización de tareas, los turnos por horarios. El resultado fue extraordinario, se multiplicó la producción de bienes y la estructura social se transformó notablemente. Es en estas fábricas donde el cuerpo humano se empezó a ajustar a la máquina, y la jornada laboral se transformó en una coreografía de repeticiones.

Adicionalmente, esta nueva forma de producción también influyó en la manera en que hablamos y pensamos. El lenguaje se adaptó a las necesidades del trabajo industrial. En los talleres, en las oficinas, en los despachos, se empezó a hablar para coordinar tareas, emitir órdenes, registrar tiempos, controlar procesos. Las palabras se convirtieron en herramientas de gestión. Durante las más de diez horas de trabajo diarias, el ser humano aprendió a expresarse en términos funcionales: planificar, ejecutar, evaluar, optimizar, resolver. El habla se hizo técnica. La fábrica produjo una nueva gramática, una gramática de la eficiencia.

Para acelerar esa maquinaria en movimiento, los procesos se estandarizaron mediante la proliferación de manuales industriales y administrativos, diseñados para que cualquier trabajador pudiera replicar una tarea sin desviarse del método. El lenguaje debía ser claro, inequívoco, replicable: sin ambigüedades ni metáforas. De hecho, este modelo persiste hoy en entornos que podrían considerarse más sofisticados. Pensemos, por ejemplo, en el mundo financiero donde muchos analistas formulan informes que se consideran rigurosos dentro del sector y que con la precisión de un ingeniero, se escribe palabra a palabra en su respectivo marco corporativo: riesgo, exposición, rendimiento, eficiencia, probabilidad de incumplimiento. Se trata de un lenguaje que traduce el mundo en métricas.

Y esa forma de expresarnos, nacida en el trabajo, ha terminado infiltrándose en todos los ámbitos de nuestra vida. A día de hoy medimos todo. Los pasos que damos al correr por la mañana, las horas de sueño, las calorías consumidas, los likes que recibimos en una foto, utilizamos aplicaciones que monitorizan nuestro ritmo cardíaco con la misma lógica con la que, hace dos siglos, se medía la eficiencia de una máquina. Decimos “optimizar mi tiempo”, “gestionar mis emociones”, “evaluar mis resultados”, “cumplir mis objetivos” como si nuestras vidas fueran una extensión de los informes de rendimiento empresariales. Incluso el ocio se ha vuelto cuantificable: vemos series por su posición en un ranking, e incluso puntuamos los restaurantes donde comemos.

El resultado de esta doble transformación, la del trabajo y la del lenguaje, tiene su origen en una forma de pensamiento que Max Horkheimer y Theodor W. Adorno denominaron con el nombre de razón instrumental, una razón centrada en calcular los medios más eficientes para alcanzar un fin, sin detenerse a reflexionar sobre el valor de esos fines. En Dialéctica de la Ilustración (1944), ambos filósofos sostuvieron que la razón moderna, en su intento por dominar la naturaleza, había terminado dominando también al propio ser humano. El constante perfeccionamiento del aparato instrumental intensificó el control sobre el mundo natural, y terminó por extenderse al ámbito humano, reduciendo lo social a parámetros cuantificables.

A través de la industrialización se desarrolló un sistema de producción que transformó las relaciones humanas en engranajes de una maquinaria orientada al dominio, donde lo “racional” se definió por aquello que contribuyese a servir a un propósito productivo. Mientras que actividades como vivir por placer, tomarse un café con los amigos, jugar con tus hijos, hacer el amor o simplemente existir para uno mismo, han llegado a considerarse absurdas dentro de un mundo gobernado por la utilidad económica y la autorreproducción del sistema productivo.

Podemos decir, por tanto, que la inteligencia artificial no es una creación radical sino la consecuencia natural de la “industrialización del pensamiento”. Es el resultado de dos siglos de lenguaje mecanizado, de una razón que aprendió a reducir el mundo a procedimientos y fórmulas. Lo que hoy llamamos inteligencia artificial no es más que el espejo donde se refleja el lenguaje utilitario que hemos construido durante doscientos años. En resumen, hemos permitido que el pensamiento racional lidere el mundo y, al convertirlo en algoritmo, creemos haber creado inteligencia. Pero lo que realmente hemos hecho es automatizar nuestras propias limitaciones.

Las limitaciones y paradojas de la IA

Llegados a este punto, conviene preguntarse: ¿será capaz la IA de captar todas las dimensiones del pensamiento humano? Los defensores de la IA suelen responder que sí: los humanos también pensamos combinando ideas preexistentes, y por tanto, si una máquina puede hacerlo, también puede crear. Pero esta analogía es falsa. El ser humano no solo relaciona ideas: las pone en crisis. Puede imaginar lo que aún no existe, puede contradecir el marco de lo sabido y cuestionar la autoridad del conocimiento previo. Una IA, en cambio, está condenada a operar dentro de los límites de su base de datos. No puede cuestionarse lo que sabe, y lo que es peor aún, si todo el contenido escrito de una época defendiera una idea falsa, la IA la perpetuaría. Galileo habría sido refutado por una IA, y la teoría de la relatividad general de Einstein habría sido descartada. La IA no sabría reconocer una anomalía, porque su estructura no permite el salto que Thomas Kuhn (1962) llamó cambio de paradigma: ese momento en que una idea rompe el molde de su tiempo y transforma la manera en que comprendemos el mundo.

Los grandes momentos del pensamiento humano, tal y como algunos nos han hecho creer, no nacen solamente de la razón y la lógica. Nacen también de la imaginación, de la intuición, del salto hacia lo desconocido. Y eso es precisamente lo que la IA no puede hacer. Su lógica interna –por muy sofisticada que parezca– no permite la disrupción creativa, la metáfora imprevista, la irrupción de lo no programado. Por eso podemos afirmar sin ambigüedad que la IA jamás desarrollará un pensamiento propio, nunca veremos un Spinoza IA, ni un Bach IA. Puede industrializar el razonamiento consecutivo que el poeta inglés John Keats menciona en una carta de 1817, pero otras facultades de la inteligencia como la imaginación poseen una fuerza creativa que trasciende cualquier proceso mecánico. De hecho, resulta irónico que quienes más promueven la idea de una “superinteligencia” lo hagan con un discurso lleno de imaginación y de especulación. Es decir, utilizando justo lo que la IA no posee.

Y, sin embargo, la IA seguirá extendiéndose en nuestras vidas. A medida que los sistemas automáticos ocupen más espacios laborales, tendremos la impresión de que la IA es nuestro sustituto natural. Esa sensación crecerá a medida que la máquina asuma los trabajos que hoy desempeñamos: tareas rutinarias y mecánicas. En casi todos los sectores, desde la oficina hasta la fábrica, realizamos actividades que consisten en ejecutar procesos predefinidos. Cuando veamos que la IA ejecuta esas mismas tareas de forma más rápida y precisa, creeremos que ha alcanzado un nivel de inteligencia semejante al nuestro. Pero lo que en realidad ocurrirá es que habrá perfeccionado nuestra parte más mecanizable, esa franja del alma donde la lógica reemplazó al asombro. Y será entonces cuando lo comprendamos: no habrá un tiempo en que las máquinas piensen como nosotros o nos superen, porque hace ya mucho tiempo que nosotros aprendimos a pensar como ellas.

Reflexiones finales

La IA no representa el futuro de la inteligencia, sino el resultado de su empobrecimiento. Representa el desenlace de un largo proceso en el que la inteligencia humana fue moldeada por la lógica del rendimiento económico. Durante siglos fuimos educando a la mente en la obediencia del método racional, y al hacerlo, la inteligencia perdió su pulso imaginativo y su capacidad de intuir nuevos caminos. Lo que llamamos inteligencia artificial no es, por tanto, un salto evolutivo, sino la forma definitiva de nuestra racionalidad domesticada: la mecanización del lenguaje, la automatización del pensamiento, y la clausura del espíritu crítico bajo la apariencia del cálculo. La inteligencia artificial es el reflejo de una humanidad que aprendió a pensar como máquina y terminó por fabricar su propio retrato.

Referencias

Horkheimer, M., & Adorno, T. W. (1998). Dialéctica de la Ilustración (Trad. J.J. Sánchez). Trotta. (Trabajo original publicado en 1944).

Keats, J. (1817, 22 de noviembre). Carta a Benjamin Bailey [Carta manuscrita]. Keats Letters Project. https://keatslettersproject.com/letters/letter-35-to-benjamin-bailey-22-november-1817/

Kuhn, T. (2019). La estructura de las revoluciones científicas. Fondo de Cultura Económica. (Trabajo original publicado en 1962).

Otros:

Filo-Café: Humanos y Maquinas. El futuro del Arte y la Educación ante la emergencia de la IA con el Instituto Peruano de Inteligencia Artificial y Ciudadanía Digital

Filo-café: Inteligencia artificial. Pensar el presente

El despotismo de la indolencia

Proclama y juramento

Exordio: El Retorno al Combate

Llevo treinta y un años de vida, y siempre me rebelé contra el despotismo. Tuve presente la frase que me repetían mil veces: «Necesitamos más personas así», y yo me lo creí y lo intenté. Intenté mover esa piedra, intenté romper esa columna, y me rendí.

Hoy, veo los ojos de mis hijos y recuperé la fuerza para volver a combatir. No quiero que malinterpretes estas líneas: no quiero derramamientos de sangre. Llevamos miles de años matándonos entre nosotros por mil motivos que nada de relevancia tienen más allá que ser cortinas de humo para que los tiranos se lucren a costa de su gente.

No voy a defender el pasado ni a quemarlo, voy a aprender de él.

El Gran Sofisma y la Trampa de la Dialéctica

La humanidad siempre se batió en duelo ante términos tan importantes como libertad y tiranía. ¿Por qué si no iban los trescientos espartanos plantar cara en las Termopilas a los Persas si no fue por mantener su libertad?

No obstante, el primer gran asalto de la batalla moderna se perdió en el terreno de la filosofía y la cultura, y no en el campo económico.

Aquí es donde se establece el gran sofisma que alimenta la tiranía intelectual.

La Trascendencia de Marx y el Sofisma del Determinismo

El asalto comienza con Karl Marx y su manifiesto comunista. Si bien el postulado central del materialismo dialéctico —que la historia avanza por la lucha de opuestos— es fundamental para el análisis económico, el revisionismo histórico posterior lo llevó a una conclusión peligrosa:

El sofisma reside en el Determinismo Estructural.  Se postula que la sociedad se erige sobre una desigualdad intrínseca determinada por el sistema económico, lo cual garantiza siempre una muerte (un conflicto perpetuo e ineludible).

Este fatalismo estructural, al anular la agencia individual, es el ataque directo a la libertad ineludible que postula Jean-Paul Sartre. Nos despoja de la Responsabilidad Radical (el legado de Camus), eliminando la tercera vía constructiva. Si la historia ya está escrita en la estructura, ¿para qué pensar? Es la excusa perfecta para la Verticalidad.

El Ataque a la Razón Instrumental: Desarme y Verticalidad

La batalla de la Verticalidad no solo se libra con el Determinismo, sino con el desarme intencional de nuestras herramientas. Adorno y Horkheimer, de la Escuela de Frankfurt, hicieron un diagnóstico brillante de la alienación. Su crítica a la Razón Instrumental es legítima, pues su uso abusivo lleva a la «jaula de hierro» descrita por Max Weber. Pero la Razón Instrumental, en esencia, es la herramienta de la Provisión y la Estructura que empodera al individuo (la Horizontalidad).

El problema no es la herramienta, sino la falta de Humanismo en su aplicación. La solución debería ser alimentar la ética de forma voluntaria, mediante el esfuerzo y la disciplina. Sin embargo, la EF y sus herederos buscan desarmar esta herramienta esencial, cayendo en la trampa dialéctica de la Ingeniería Social. El objetivo es imponer una nueva Verticalidad al desmantelar lo objetivo (la Razón) y reemplazarlo por lo subjetivo (el sentimiento de clase/identidad). Esto convierte los debates de la Horizontalidad (búsqueda de soluciones comunes) en una división y una búsqueda de victoria impuesta por encima de la construcción.

El Triunfo del Sofisma y la Indolencia

Es en este vacío de objetividad y disciplina—en esta falta de pensamiento crítico que Hannah Arendt identificó como precursora de la Tiranía—donde se instala la Verticalidad. Y el arma de esa tiranía son los sofismas.

Y es que toda esa banda de cainitas—y no los defino así por animadversión personal sino por repudio intelectual frente a hipócritas que venderían sus principios por tener relevancia— decidió transformar la retórica en un arma de conversión mediática.

Se busca segar el pensamiento crítico (la simplificación que anula el juicio) y machacar el intelecto humano (la pobreza de criterio y de opciones).

Estoy hablando de la retórica y los sofismas. Variantes filosóficas que, como vimos en el primer artículo (Racionalismo crítico, un puente entre milenios), aunque de forma negativa, pueden ser interesantes como ejercicio de calentamiento para cualquiera que se inicie en esto de la filosofía o del pensamiento en general.

Peroratio: La Demarcación y el Juramento Final

Yo no soy nadie, yo no sé nada, pero sí sé una cosa: esta batalla por el alma de la humanidad no está planteada correctamente.

La libertad solo es libertad cuando se defiende al individuo y se le entrega sin condiciones. Es la Horizontalidad de la Razón y el Diálogo.

La tiranía es esa Verticalidad que te obliga a renunciar a tus principios por comer. 

Olvídate de sofismas: lo único que prevalece es si al final del día eres libre o si, al contrario, abrazas la bola que tienes al cuello.

Próximo Artículo: La Verticalidad del Sofisma

En el próximo análisis detallado, abordaremos cómo las técnicas retóricas se han convertido en la herramienta de la Verticalidad política para fomentar la Pereza Existencial en la ciudadanía, desgranando cómo el falso dilema y el Argumentum ad Hominem empobrecen la conciencia y el intelecto.


Apéndice Bibliográfico 

Llegar a ser quien eres

PARA TIEMPOS DIFÍCILES “LLEGAR A SER QUIEN ERES” DE FRIEDRICH NIETZSCHE 
por: Alfredo Rivera Roggero, Lima (Perú).

Ante las diversas dificultades el ser humano pasa por momentos en dónde no ve solución próxima para los mismos. ¿porque no puede ver la solución a las dificultades que experimenta? Una respuesta está en culpar a su entorno y no mirarse así mismo, este detalle lo señala Jaime Ancajima: “El principal impedimento para no emprender, avanzar o vencer las adversidades somos nosotros mismos. Los obstáculos que ponemos en nuestra mente son fundamentales para no dar el siguiente paso.”1 Entonces, al darse cuenta que genera en su mente obstáculos, se pregunta: ¿cómo superar ese obstáculo? Una respuesta la encontramos en la frase de Nietzsche: llega a ser quien eres« la misma dentro de estos tiempos está orientada de una forma general a qué el individuo se reconozca, se acepte, y desarrolle una auténtica individualidad. Por eso para superar las dificultades que la vida le presenta, debe primero ser sincero consigo mismo de una forma original, y no porque otros lo digan. Ahora bien, ¿De dónde toma Nietzsche está frase? Diversos estudios nos indican que la toma de Pindaro: y según Manzano Arzate señala que: “la traduce Alfonso Ortega como “¡Hazte el que eres!”. La frase, que corresponde a la Pítica II, 72, sugiere que en el hombre subyace un destino natural oscurecido por las perspectivas interpretativas.”2 Entonces el pensamiento de Pindaro nos indica que para superar las dificultades de la vida hay que darse cuenta que tenemos un destino natural que permite responder satisfactoriamente a esa situación difícil, ¿como se puede construir ese proceso?, dos ideas importantes: 

  • Primero se reconoce que somos algo en potencia: Cada ser humano tiene una naturaleza, un carácter, o un destino propio que lo define desde el origen. Debe buscarlo desde su experiencia..
  • Ese “ser” no está completo todavía: Aunque ya existe una esencia o un “núcleo” propio, este no está plenamente desarrollado.
Búsqueda de identidad desde una perspectiva existencial.
Evocación de profundidad y quietud reflexiva.

Para Pindaro esto significa un trabajo interior de conocimiento y formación para descubrir lo que uno realmente es. Es una función esencial del ser humano y Perez Ruiz nos indica que: “las  palabras  de  Píndaro,  (…), sólo pueden tener como objeto al hombre. (…) porque además es el único que está expuesto al peligro de no obrar según las exigencias de su propio ser.3 De está forma, mencionamos que es importante para el ser humano el poder darse cuenta que en su interior tiene una esencia que debe ser construida y con ella enfrenta las dificultades de la vida. Por otra parte, Nietzsche toma de Pindaro la frase “llegar a ser lo que eres” y la debemos entender según Maden Jack así: “Una forma de enmarcar esto es ver nuestra vida como un proyecto artístico. Empezamos como un lienzo único, a medio formar, que recibe pinceladas de color de las normas culturales que heredamos. La tarea de la vida es, entonces, transformar este lienzo en algo hermoso, (…) Cada pincelada contribuye a la obra terminada; cada decisión que tomamos moldea quienes somos.”4 Este detalle nos evidencia que “llegar a ser lo que eres” se va logrando a lo largo de la vida de acuerdo a las decisiones que cada persona va tomando, esto es un proceso de cambio constante y que busca lograr un conocimiento de sí mismo. ¿Cómo se entiende esto desde el pensamiento de Nietzsche?, aquí un par de respuestas: 

  1. Autenticidad y creación personal:  No se trata de descubrir una esencia fija y predeterminada (como si hubiera un “yo verdadero” escondido), sino de crear activamente tu propio modo de ser.
  2. Superación de las máscaras sociales: Implica liberarse de los valores impuestos (morales, religiosos, culturales) que encadenan y uniformizan a los individuos, y dando lugar a una vida propia, más fiel a lo vital de cada uno.

Finalmente, el ser humano se encuentra a lo largo de su vida con dificultades que debe superar y para eso debe tener claro que las debe enfrentar desde su forma de ser y no siguiendo expectativas ajenas o modelos sociales preestablecidos. Está seguridad en sí mismo le permitirá  tomar la mejor decisión. Nietzsche toma la  frase de Pindaro, la aplica a la naturaleza humana y señala que esa búsqueda de “llegar a ser lo que es” se construye a lo largo de la vida y dentro un proceso continuo que tiene cambios por la diversas decisiones que se va tomando. Esto lo puede llevar a no lograr ser lo que es, y por eso siempre lucha consigo mismo y con el mundo. Queda la pregunta: ¿se puede en estos tiempos “llegar a ser lo que se es” a pesar de las diversas dificultades del mundo exterior?

El lector tiene la palabra y puede contestar al correo vocess_hc@hotmail.com 

Sobre el autor:

Alfredo Rivera Roggero
Filósofo, investigador social y escritor.
Especialista en temas vinculados a conflicto social, violencia familiar y comunicación efectiva.
Publica artículos sobre seguridad ciudadana en dos revistas peruanas.


  1.  Ancajima, Jaime: “Superando los obstáculos de la vida” en https://www.udep.edu.pe/hoy/2024/05/superando-los-obstaculos-de-la-vida
  2.  Manzano Arzate, Josue; “Nietzsche como recuperador de los olvidados” en file:///C:/Users/voces/Downloads/Dialnet-Nietzsche-5492947%20(1).pdf
  3.  Francisco Perez Ruiz S.J. “SÉ LO QUE ERES La existencia humana misión personal” en https://revistas.comillas.edu/index.php/estudioseclesiasticos/article/view/11260/10607
  4.  Maden Jack; “Nietzsche sobre lo que realmente significa «encontrar a sí mismo” https://philosophybreak-com.translate.goog/articles/nietzsche-on-what-finding-yourself-actually-means/?

El racionalismo crítico: Un puente entre milenios

I. Introducción: La Tiranía de las Premisas y el Deber de la Crítica

La historia de la filosofía, desde sus inicios en la polis griega, ha sido una lucha constante contra la pereza intelectual y el dogmatismo. Sin embargo, las amenazas más insidiosas a la autonomía del individuo no residen en las falacias obvias, sino en los sofismas: estructuras argumentales meticulosamente construidas que, partiendo de premisas aparentemente verdaderas, conducen a conclusiones paralizantes o, peor aún, peligrosas.

Este análisis se propone examinar dos sofismas paradigmáticos separados por dos milenios –la Paradoja de Protágoras (el sofisma lógico) y la Paradoja de la Tolerancia de Karl Popper (el sofisma político)— para demostrar que la clave para desmantelarlos no reside en refutar sus conclusiones, sino en exponer la estructura fallida de sus premisas. Al hacer esto, defendemos la vigencia del Racionalismo Crítico como la única vía para sostener una Sociedad Abierta y garantizar la responsabilidad ética del individuo.

II. El Sofisma Lógico: Protágoras y la Desaparición de la Ley

El famoso dilema entre Protágoras y su alumno Evatlo se presenta como un acertijo irresoluble: el maestro exige el pago de la enseñanza con la condición de que Evatlo gane su primer pleito. El dilema se activa cuando Protágoras demanda al alumno, generando una paradoja lógica pura:

El sistema se cierra sobre sí mismo, creando un bucle infinito (una verticalidad lógica) donde la sentencia es simultáneamente la causa y el efecto de la deuda, paralizando el juicio. El sofisma asume que la única fuente de verdad es la lógica abstracta del contrato y la sentencia inmediata del tribunal.

La Solución: El Rescate de la Razón Pragmática

La trampa colapsa al aplicar la racionalidad procesal y el derecho contractual. Al mover el problema del plano abstracto de la lógica al plano pragmático del derecho ateniense, la paradoja desaparece. La demanda era prematura. El derecho al cobro de Protágoras aún no había «nacido» porque la condición suspensiva (que Evatlo ganara un pleito) no se había cumplido.

La respuesta filosófica es el rescate de la razón pragmática: la verdad se encuentra en la estructura legal y temporal que el sofista intentó evadir.

Lección: Los sofismas lógicos nos exigen reintroducir el contexto, la ley y el tiempo allí donde la lógica abstracta busca aislar y paralizar el juicio.

III. El Sofisma Político: Popper y la Paradoja de la Causalidad

La Paradoja de la Tolerancia de Popper advierte que la sociedad debe ser intolerante con la intolerancia para sobrevivir.

  • La Premisa Viciosa: El dilema presupone una causalidad simple: la tolerancia es la debilidad que el intolerante explota para destruir el sistema. Esto desliza la responsabilidad desde la estructura hacia el ciudadano, legitimando una verticalidad de protección impuesta por el Estado.

El Desarme: La Inversión de la Responsabilidad Estructural

El análisis histórico (la República de Weimar, las crisis en la Transición Española) demuestra que la premisa de Popper es tardía y de causalidad invertida:

  1. Causalidad Fallida: La intolerancia solo triunfa cuando el sistema ya ha sido gravemente debilitado.
  2. El Verdadero Motor del Colapso: La caída es causada por la traición interna de las élites; la arbitrariedad legal, el abuso de poder y la negación del diálogo racional. La intolerancia externa es el síntoma y el catalizador, no la causa raíz.

Al invertir la causalidad, se revela que la solución de Popper es peligrosa: justificar la supresión de la intolerancia en un sistema ya polarizado puede usarse fácilmente como excusa para reprimir la disidencia legítima y consolidar el poder de las élites corruptas. El remedio para la intolerancia no es la censura, sino la fortaleza institucional y el Racionalismo Crítico inquebrantable de la base.

Lección: Los sofismas políticos nos exigen cuestionar quién se beneficia de la polarización y reorientar la crítica hacia la estructura (vertical) que promueve la Pereza intelectual y la Soberbia de los dogmas.

IV. Conclusión: El Centro Radical y la Autonomía Ética

La lucha contra los sofismas no es un juego intelectual; es una defensa de la dignidad humana y la libertad. El camino hacia la autonomía ética —la Horizontalidad de las ideas y la libertad de crecimiento del individuo— se logra solo al rechazar el dogmatismo simplista que ambos sofismas buscan imponer:

  1. Rechazar la Pereza Intelectual: Negarse a aceptar soluciones binarias y cómodas. Exigir la complejidad y el contexto.
  2. Abrazar la Responsabilidad Radical: Reconocer que si no hay un «bien mayor o un propósito más elevado» que nos marque el camino (Camus), somos plenamente responsables de la ética de nuestros pensamientos y acciones.

El verdadero acto revolucionario en un mundo polarizado no es unirse a un extremo, sino situarse en el Centro Radical de la Crítica Racional, desde donde se defiende el debate amplio y la autonomía de la conciencia. La Filosofía es la única disciplina diseñada para desmantelar estas trampas y garantizar que la búsqueda de la verdad continúe.

Síntesis: ¿Qué significa estar sano?

Síntesis del pasado FILOCAFÉ: ¿Qué significa estar sano?

El debate tuvo lugar en un Filocafé, un espacio abierto para reflexionar y dialogar en torno a una pregunta que parece sencilla, pero encierra una gran complejidad: ¿Qué significa estar sano? Lo que comenzó como una charla informal sobre filosofía y salud, se convirtió en un diálogo rico y multidisciplinar, donde varios interlocutores aportaron sus perspectivas desde la filosofía, la sociología, la psicología y la experiencia personal para cuestionar nuestras ideas preconcebidas sobre el bienestar.

Sin más preámbulos, nos dejamos llevar por el viento del logos para explorar, entre todos, las múltiples capas de este concepto.

Debate completo en: YOUTUBE

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Más allá del modelo biomédico: ¿salud = ausencia de enfermedad?

Tradicionalmente, la medicina ha definido la salud como la ausencia de síntomas o disfunciones físicas. Según este enfoque, estar sano sería simplemente no estar enfermo. Pero, ¿es suficiente? La Organización Mundial de la Salud (OMS) propone una definición más amplia: «un estado completo de bienestar físico, mental y social». Sin embargo, esta idea, aunque inspiradora, también ha sido criticada por ser demasiado idealista. ¿Acaso alguien puede alcanzar un «completo bienestar» en todas las áreas de su vida? ¿O, bajo este criterio, casi todos seríamos, en algún momento, «no sanos»?

En el debate, surgió una pregunta clave: ¿Puede alguien estar físicamente sano, pero no mental o emocionalmente? La respuesta fue unánime: la salud no es solo un asunto del cuerpo, sino de la persona en su totalidad. Factores como la cultura, la sociedad, el entorno e incluso la política juegan un papel fundamental.


La salud como equilibrio dinámico: adaptación y resiliencia

Uno de los momentos más interesantes del diálogo fue cuando mencionamos a George Canguilhem, filósofo francés que define la salud como la capacidad de adaptarse a las condiciones de la vida y recuperarse de las crisis. Esta idea resonó con fuerza: estar sano no sería un estado fijo de perfección, sino la habilidad de encontrar equilibrio en medio del caos.

Ejemplos concretos que ilustran esto:

  • La accesibilidad como «cura»: Una persona con movilidad reducida puede ser considerada «enferma» en un entorno con barreras arquitectónicas, pero «sana» en una ciudad accesible. ¿No es la sociedad, entonces, la que a veces nos enferma?
  • Neurodiversidad y autismo: En un entorno que no atiende a las necesidades de las personas neurodivergentes, rasgos como los del espectro autista pueden ser vistos como «problemas». Pero, ¿no es el entorno el que debe adaptarse, en lugar de patologizar la diversidad?
  • Enfermedades culturales modernas: El estrés, la adicción a las pantallas o el síndrome del pensamiento acelerado (que Augusto Cury describe como una hiperactividad funcional, no genética) son ejemplos de cómo la cultura y la tecnología redefinen lo que consideramos patológico.

La política y la ideología: ¿Quién decide qué es una enfermedad?

Aquí el debate se volvió especialmente intenso. ¿Cómo influyen el sistema político, la economía y las ideologías en nuestra percepción de la salud?

  • Medicalización de la vida: Vivimos en una sociedad que, por un lado, nos exige ser productivos y, por otro, medicaliza cualquier desvío de la «normalidad». ¿Es casualidad que el estrés, la ansiedad o incluso la menstruación dolorosa sean a veces minimizados o, por el contrario, hipermedicalizados según el contexto?
  • El caso de los tratamientos hormonales en menores transgénero: Algunos participantes cuestionaron si la creciente demanda de estos tratamientos responde a una genuina necesidad médica o a presiones sociales y culturales que empujan a los jóvenes a buscar soluciones rápidas en un mundo que les exige encajar.
  • Lo cultural vs. lo formal: Erica compartió cómo, en Suecia, la gripe se normaliza («es parte de la vida»), mientras que en otros países se trata con antibióticos al primer síntoma. Esto refleja que lo que consideramos «salud» o «enfermedad» depende, en gran medida, de nuestra cultura y nuestro sistema de valores.

¿Podemos curarnos a través de la accesibilidad y la conexión?

Una de las ideas más esperanzadoras que surgió fue que la accesibilidad —física, social, emocional— puede ser una forma de «curación». Cuando el entorno se adapta a las necesidades de las personas (ya sea con rampas, políticas inclusivas o espacios seguros), muchas «enfermedades» dejan de ser un obstáculo.

Además, se habló de cómo la desconexión de uno mismo y de los demás (especialmente en los jóvenes, inmersos en redes sociales y pantallas) está generando nuevas formas de malestar. Como señalaba Jazmín, citando a Augusto Cury: «El exceso de pensamientos, la paranoia del consumismo y la falta de interiorización nos están robando el placer por las pequeñas cosas».


Conclusión: la salud como un viaje, no como un destino

Al final del Filocafé, quedamos con más preguntas que respuestas, pero con una certeza: la salud no es un estado estático, sino un proceso dinámico de adaptación y resiliencia. Como dijo uno de los participantes, citando a Canguilhem: «Estar sano es poder caer enfermo y recuperarse».

En un mundo que nos bombardea con ideales de productividad, perfección y bienestar absoluto, quizá la verdadera salud consista en aceptar nuestra vulnerabilidad, cuidar nuestros entornos y encontrar, cada uno a su manera, el equilibrio entre el cuerpo, la mente y el mundo que nos rodea.

La filosofía de la medicina es un campo rico para cuestionar qué nos hace humanos y cómo construimos colectivamente el bienestar.

Imagen cedida por uno de los participantes creada por IA según su propia síntesis

«La salud como adaptación»

Descripción: Una persona caminando por un puente de madera roto o irregular, pero manteniendo el equilibrio. Al fondo, un paisaje que mezcla ciudad (sistema) y naturaleza (resiliencia).
Mensaje: La salud como capacidad de adaptarse a un entorno cambiante.

Las ciudades del mundo

Desde que tengo memoria, mi vida ha sido un constante deambular entre ciudades de distintos tamaños, formas y velocidades. Esta peregrinación accidental ha sido una excusa para reflexionar sobre la versión moderna de ese anhelo que, me atrevo a decir, fue el sueño de los antiguos filósofos griegos: la búsqueda de la ciudad ideal.

Soy consciente de que estos filósofos no se imaginaban el sonido de los semáforos ni la sombra imponente de los rascacielos cuando tenían en mente “la ciudad ideal”. Sin embargo, su esencia persiste: la aspiración de hallar el lienzo perfecto para el alma humana. Porque en el corazón de cada ciudad, bajo cada pedazo de hormigón, late una dinámica social secreta, una personalidad que las define y las hace únicas. La ciudad se convierte así en un espejo del alma colectiva, y entre el concreto y la carne humana se va tejiendo una relación que narra una historia muy específica pero a la vez muy nuestra.

Lo que aquí comparto es un ejercicio empírico de mi propia existencia. Un paseo breve por las luces y sombras de algunas de las ciudades más importantes de mi vida. No pretendo que esto sea un resumen estereotipado, sino más bien una confesión particular con pinceladas filosóficas. Es mi manera de ser, un observador que se pierde en el pulso de las ciudades para encontrarse a sí mismo.

Guayaquil

“Tú eres perla que surgiste del más grande ignoto mar” así cantaba el legendario cantante guayaquileño Julio Jaramillo. Guayaquil, la perla del Pacífico y mi primer hogar, se despliega en la región costera de Ecuador justo a orillas del río Guayas. Su arquitectura de cemento revela la influencia americana en sus calles divididas en cuadras y numeradas con una eficiencia importada. Mientras sus arterias más antiguas fueron bautizadas con nombres de próceres, lo que recuerda también su influencia española. 

Si uno mide cualitativamente su superficie y se imagina recorriéndola vacía durante la pandemia, podrá notar que es una ciudad de tamaño medio. Sin embargo, en tiempos normales el tráfico hace que su apariencia se dilate en el espacio y en el tiempo y se convierta en un organismo caótico donde las normas de tránsito son más una sugerencia que una ley. Los semáforos, con la caída del sol, se convierten en una mera decoración; la intuición y la precaución dictan la ley en un ballet de coches con ventanas tímidamente oscurecidas y motos intrépidas que serpentean entre ellos, a la espera o no de que suceda una tragedia. En este juego, la confianza es un lujo que pocos se pueden permitir. La gente es amable, sí, pero siempre con una barrera de desconfianza ante el desconocido al otro lado del cristal.

Esa desconfianza es la esencia del guayaquileño, un “avispado” que ha aprendido a leer la ciudad. Se le conoce por su capacidad de “prometer el oro y el moro”, de encontrar siempre el agujero legal, el atajo que le da un poco de ventaja. Esa misma audacia que lo lleva por las noches a cruzar un semáforo en rojo por seguridad es la que usa de día para sobrevivir al límite de las normas. El guayaquileño se convierte en el reflejo de una ciudad que te obliga a estar alerta, y que entre números y nombres te enseña por dónde puedes y por dónde no debes dirigirte.

Al final del año, toda esa tensión se consume en una hoguera colectiva. Los miedos y las inseguridades arden en montones de monigotes construidos con papel, madera, clavos y cubiertos de petardos. La tradición alivia las tensiones, pero las cenizas y los clavos quedan al filo de las calles, tanto así que nadie se atreve a salir en coche tras la Quema del Año Viejo. El peligro para los vehículos ya no proviene de la delincuencia, sino de los restos afilados de una catarsis popular. Al cabo de unas horas, la ciudad amanece oliendo a pólvora, con una resaca colectiva que enturbia el primer café del nuevo calendario, y uno entiende que Guayaquil no quema solo un año, sino también la certeza de que, aquí, sobrevivir siempre será un acto de ingenio.

Madrid

Al llegar a Madrid, justo antes de cumplir la mayoría de edad, la primera impresión que tuve fue la de una ciudad con una densidad de bares y bancos por esquina que me pareció asombrosa. Por un momento, llegué a pensar que los españoles, después de haber administrado con astucia su herencia imperial, se dedicaban a un ritual cotidiano: sacar dinero del banco para gastarlo inmediatamente en la barra de bar más cercana.

Con el tiempo, los bancos desaparecieron y solo quedaron los bares, y con ellos, su gente. El madrileño es una persona muy agradable, además de ser el mejor guía de su ciudad. Sus indicaciones, lejos de ser mecánicas, son auténticas odiseas verbales, más divagantes que cualquier pasaje del Quijote de Cervantes. Son poetas de la dirección, describiendo calles no por su nombre, sino por el recuerdo de sus bares, sus rincones, sus historias personales. Es como si en sus cabezas existiera una conexión muy peculiar que fusiona la memoria literaria con geolocalización afectiva, un rasgo que los hace únicos.

Sin embargo, Madrid también me enseñó que la belleza de su Gran Vía esconde la intensidad de una jornada laboral que devora los días de la semana. Un ambiente de país de primer mundo pero que a menudo exige más de doce horas al día, muchas de ellas improductivas. Aunque la verdadera productividad de Madrid no radica en su capital monetario, todos sabemos que comprar un piso aquí es casi una quimera, sino más bien en su capital humano. Un capital que se nutre de pausas de casi dos horas para comer, donde las risas compensan las interminables horas frente a los ordenadores. En esas comidas conocí a mis mejores amigos, desde donde me animan y me esperan a que vuelva. El ritual de Nochevieja es comer doce uvas de forma apresurada, pero con la esperanza de que, en un futuro, esas uvas se reduzcan a siete u ocho, una por cada hora de trabajo, para así reconciliar la vida con el tiempo de calidad.

Nueva York

Recientemente el destino me ha traído a la ciudad con la que muchos soñamos. No es tanto el tiempo que he pasado aquí, pero su energía es tan intensa que te posee y sinceramente creo que no soy yo el que la valora, sino que quizás sea ella misma autodescribiéndose en las siguientes líneas a través de mis manos.

“La ciudad” está llena de rascacielos inmensos, impresionantes muros de concreto que uno puede ver tanto al despegar como al aterrizar, las vistas incluso mejoran cuando uno se sienta desde el otro lado del Hudson. La vista humana se queda anonadada ante tanta maravilla de la modernidad, donde el hombre se ve a sí mismo y observa de lo que es capaz con mucho esfuerzo. Las luces están bien señalizadas, no hay apenas fallos de transporte, todo está hecho para ser eficiente, incluso sus ciudadanos de manera eficiente se saltan las señales de tráfico para poder marcar su jornada laboral e irse cuanto antes.

Nueva York, la ciudad que nunca duerme, simplemente delira en un movimiento perpetuo. ¿Y por qué habría de descansar? Este macro cuerpo ignora la fatiga humana, o más bien, la transforma en un motor implacable. Tan implacable que ver a un loco vociferando en la calle no es la excepción, sino una muestra más del espíritu de esta jungla de concreto donde los sueños se hacen realidad. ¿Son acaso los locos los que mejor reflejan la esencia de la ciudad? Ellos, quienes han perdido el sentido y ahora caminan sin rumbo, actuando en perfecta sincronía con esta ciudad que nos invita a perder la cabeza en la búsqueda de nuestros sueños y ambiciones.

El neoyorquino es un ciudadano del mundo, o mejor dicho, Nueva York es la tierra de todos los ciudadanos del mundo. El sueño es tan real que en menos de treinta minutos te plantas en ambientes culturales tan distintos: barrios coreanos, italianos, chinos… no hay lugar para la homogeneidad. “La variedad es la sal de la vida” es un principio que define a esta ciudad. En Nueva York siempre te llevas un aprendizaje, una sorpresa. Un aprendizaje que en fin de año se transforma. La ciudad que nunca descansa tiene sus momentos de quietud. Cuando el reloj marca la medianoche en Nochevieja, Times Square se detiene por un instante. Miles de personas de todo el mundo, unidas en un solo momento, observan aquella bola descender. Es un ritual de fe en el futuro, pero también un recordatorio de que, en esta ciudad, incluso la quietud es una forma de caos. La esperanza se enciende y la ciudad entera, en un fugaz respiro, parece decir: aquí, en medio de la locura y la diversidad, siempre hay espacio para un nuevo comienzo.

Reflexiones finales

Cada ciudad, con sus ritmos y contradicciones, es un espejo distinto del alma humana. Platón y Aristóteles imaginaron la ciudad ideal como un espacio donde la virtud pudiera florecer; yo, en cambio, la descubro en fragmentos dispersos: en un cruce caótico de Guayaquil donde el instinto dicta las reglas, en una sobremesa interminable de Madrid donde el tiempo se detiene para que las voces se encuentren, en un instante suspendido de Nueva York donde miles de desconocidos comparten la misma cuenta atrás.

Es posible que la ciudad ideal no exista más allá de nuestros pensamientos, y se manifieste más bien como una suma de momentos que recogemos en nuestro caminar: una esquina iluminada donde sentimos tensión, una voz que nos guía en un sitio desconocido, un silencio en medio del ruido. Y es en esa colección muy personal de recuerdos donde cada uno edifica su propia polis. Porque, al final, la “ciudad ideal” es el relato que construimos con las calles que hemos amado, las que hemos temido y las que aún nos esperan.

El hombre en busca de sentido

Decir que el ser humano busca sentido en la vida no es ninguna novedad, pero a lo mejor sí lo es comprender hasta qué punto esa búsqueda nos define. La palabra “sentido” encierra muchas acepciones: puede referirse a algo físico (los sentidos que nos conectan con el mundo), a lo emocional (“mi más sentido pésame”), pero hay una acepción que pesa más que todas las demás: la de propósito, la de tener una razón para levantarse por la mañana y seguir adelante. Es ahí donde la filosofía, la psicología y la experiencia se cruzan.

¿Qué es el sentido y por qué lo necesitamos?

Desde una mirada más cercana, podríamos decir que el sentido es aquello que le da forma a nuestras vidas. Es lo que nos permite conectar los momentos que vivimos, entender nuestras decisiones y reconocer un hilo conductor entre lo que hacemos y lo que sentimos. A través de nuestras experiencias, recuerdos y relatos, vamos construyendo una visión del mundo que nos da cierta estabilidad y dirección. Pero cuando esa conexión se pierde –como suele ocurrir ante una pérdida, un trauma o una crisis existencial–, emerge con fuerza una pregunta que puede sacudirnos por dentro: ¿para qué todo esto?

Esa es, precisamente, la pregunta central en la obra de Viktor Frankl: El hombre en busca de sentido. Frankl fue un psiquiatra de origen austríaco y superviviente de los campos de concentración nazis. Su libro es un testimonio del horror que experimentó en carne propia, además de una meditación sobre la capacidad humana para encontrar un propósito incluso en medio del sufrimiento más extremo. Uno de los fragmentos más conmovedores del libro se produce cuando Frankl, en una especie de despedida premonitoria, le pide a su amigo que le diga a su esposa cuánto la ha amado:

Escucha, Otto, si no regreso a casa con mi mujer y tú la vuelves a ver, dile, en primer lugar, que hablábamos de ella todos los días, a todas horas. Recuérdalo. En segundo lugar, dile que la he amado más que a nadie en el mundo. Y en tercer lugar, que el breve tiempo de felicidad de nuestro matrimonio me ha compensado de todo, incluso el sufrimiento que aquí hemos tenido que soportar (Frankl 2020/1946, p. 86).

En un entorno donde la vida humana valía menos que una ración de pan, Frankl observó algo revelador: aquellos que conservaban un propósito –por mínimo o abstracto que fuera– sobrevivían con más entereza. No porque el sufrimiento desapareciera, sino porque tenía un “para qué”. Esta idea dio lugar a su propuesta terapéutica, la logoterapia, basada precisamente en eso: en ayudar a las personas a encontrar su sentido vital.

El arte de sobrevivir al caos: Nietzsche y la tragedia griega

Muchos años antes que Frankl escribiera su libro, otro pensador había abordado la cuestión del sufrimiento desde otro ángulo. El filósofo alemán Friedrich Nietzsche, en El nacimiento de la tragedia, expone que los griegos reconocían la existencia del sufrimiento como una faceta de la vida. Es destacable el sufrimiento de Prometeo frente a los buitres, la angustia de Edipo o la turbación de Orestes, quien cometió un parricidio. A pesar de este sufrimiento, los griegos no se sumían en el pesimismo; más bien, transformaban la realidad a través del arte, convirtiéndola en un fenómeno estético. Nietzsche describe esta transformación a través de dos fuerzas: la apolínea y la dionisíaca.

La fuerza apolínea, vinculada al dios Apolo, representa el orden, la forma, la racionalidad y la moderación. Apolo es el dios del sol, la luz, los sueños y la claridad, y está asociado con la creación de formas armónicas y la belleza serena. En el arte, lo apolíneo se refleja en el principio de individuación que delimita al individuo quien se encierra sobre sí mismo, y se expresa mediante la escultura o la arquitectura.

Por otro lado, la fuerza dionisíaca está vinculada a Dioniso, dios del vino, la embriaguez y el éxtasis. Simboliza lo irracional, el caos, la transitoriedad y el cambio continuo. Lo dionisíaco impulsa al ser humano a trascender las barreras de la individualidad, entregándose a la pasión descontrolada y al éxtasis creativo, lo cual se manifiesta en la música, la danza y el ritual. 

Para ejemplificar mejor lo apolíneo y lo dionisíaco con una analogía marítima, podemos imaginar lo dionisíaco como el océano en plena tormenta: salvaje, indómito, con olas descontroladas que reflejan la intensidad y el caos de la naturaleza en su estado más puro. En contraste, lo apolíneo sería el mar en calma tras la tormenta, cuando las aguas han recuperado su serenidad y fluidez, mostrando un equilibrio tranquilo y ordenado, donde todo está en su lugar.

La tragedia griega, según Nietzsche, es el ejemplo perfecto donde se equilibran estas fuerzas. La tragedia no es simplemente una obra teatral con un final triste, es más bien una representación de la vida humana, en la que el dolor y el caos (dionisíaco) son encauzados y dotados de forma y significado mediante el lenguaje (apolíneo). Esta combinación permitía a la comunidad griega canalizar su dolor y sus pasiones, sin perder el control. En la tragedia, el sufrimiento no se eliminaba, se le daba forma, sentido.

Si bien el resultado de nuestro análisis nos ha llevado a afirmar que, en la tragedia, lo apolíneo, gracias a la ilusión, obtiene una victoria completa sobre el elemento originario y musical de lo dionisíaco, y hace uso de este último para sus propios fines con objeto de dotar de la mayor claridad al drama, no por ello habría que dejar de añadir una restricción muy importante: la ilusión apolínea ha quedado quebrada y destruida en el punto más importante. Con la ayuda de la música, el drama se despliega ante nosotros con una nitidez tan elocuente, con tal iluminación interior de todos sus movimientos y figuras, que nos causa la impresión de ver surgir el tejido en el telar mientras sube y baja; el drama produce por tanto, entendido como totalidad, un efecto que va más lejos que todos los posibles efectos del arte apolíneo […] Dioniso habla el lenguaje de Apolo, pero Apolo finalmente, habla la lengua de Dioniso: es así como se alcanza el fin supremo de la tragedia y del arte en general (Cano 2014 p. 139 / Nietzsche 1872 Capítulo 21).

¿El trabajo como sentido?

Os propongo la siguiente reflexión ¿Se han imaginado alguna vez a las jirafas enfundadas en trajes de oficina, tecleando diligentemente en sus ordenadores y ajustando la altura de sus monitores previo a enviar, cautelosamente, correos electrónicos a su “jirafa jefe”? ¿O a niños que, al describir sus futuras profesiones, mencionan con entusiasmo que desean convertirse en consultores financieros o en empresarios exitosos? Indudablemente, la respuesta a estas preguntas es un “no” rotundo.

Hoy en día, muchas personas viven con la sensación de estar atrapadas en trabajos sin alma, rutinas agotadoras y objetivos que no eligieron. Nos pasamos la vida corriendo, produciendo, cumpliendo expectativas. Pero al final del día, como señala el antropólogo estadounidense David Graeber, nadie quiere ser recordado por su puesto en la empresa:

Si uno visita un cementerio, buscará en vano una lápida en la que se describa al difunto como “instalador de radiadores” o “vicepresidente ejecutivo”. Tras la muerte, la esencia del paso de un alma por el mundo se recuerda por el amor que sintieron por sus maridos, esposas e hijos y el que recibieron de ellos […] (Graeber 2023, p. 317). 

Quizás, las rutinas laborales que adoptamos son meros reemplazos del proceso de búsqueda de significado, o simplemente un intento de hacer más llevadera la carga de la existencia. Al fin y al cabo, otro tipo de sentido. Nos aferramos a ocupaciones que nunca soñamos tener, etiquetándonos en un mundo que creamos de manera colectiva para amortiguar la crudeza de la vida, o quizás, de la muerte.

Reflexiones finales

Aunque separados por contextos históricos y trayectorias muy diferentes, Frankl y Nietzsche parecen haber llegado a una conclusión similar: el ser humano puede soportar casi cualquier cosa, si encuentra un sentido para hacerlo. Frankl lo vivió en carne propia. Nietzsche lo dedujo observando el arte, la cultura y la historia. Ambos, sin embargo, coinciden en que el sufrimiento no es el final del camino, sino una etapa inevitable del proceso de creación de significado.

En las vidas de cada uno de nosotros hay momentos dionisíacos de descontrol, de dolor, de pasiones desbordadas… y momentos apolíneos en los que necesitamos claridad, estructura y calma. En el horror más absoluto podemos encontrar sentido si no dejamos de amar y de luchar. Además, vivir con sentido también es crear belleza a partir del sufrimiento, como hacían los griegos al construir templos después de una guerra o al escribir tragedias después de una peste.

En ocasiones la vida puede llegar a ser muy difícil, aunque será más llevadera si encontramos la manera de narrarla, de simbolizarla, de hacerla nuestra. Hay muchas formas de hacer que nuestra vida tenga sentido, pero si aún no lo hemos encontrado, al menos no dejemos de buscarlo.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Cano, G. (2014), El nacimiento de la tragedia, Gredos (Trabajo original de Nietzsche, F. en 1872).

Frankl, V. (2020), El hombre en busca de sentido, Editorial Herder (Trabajo original publicado en 1946).

Graeber, D. (2023), Trabajos de Mierda. Una Teoría, Editorial Ariel.

Las jerarquías de la razón

El filósofo y matemático Alfred North Whitehead llegó a decir en una ocasión que “La filosofía occidental no es más que una serie de notas a pie de página a Platón”. Con su manera única de presentar los temas filosóficos a través del diálogo nos dejó un legado que continúa vivo hasta nuestros días. 

En esta ocasión, queremos poner bajo la lupa crítica una de las tesis más representativas de ese legado: aquella que sostiene que los seres humanos tenemos acceso a distintas formas de conocimiento, y cómo esta idea finalmente se terminó reflejando en la organización “ideal” de la sociedad. Tesis cuya influencia, como veremos, ha perdurado en la configuración de las sociedades modernas.

Las formas de conocimiento en Platón

Platón sostiene que no todos los modos de conocer tienen el mismo valor. Para él, conocer a través de los sentidos –ver, oír, tocar– nos proporciona una imagen aparente, cambiante e incierta de la realidad. En cambio, el conocimiento verdadero proviene del intelecto, que permite acceder a las Formas o Ideas: realidades eternas e inmutables que constituyen la esencia de todas las cosas. Esta diferencia establece una distinción fundamental entre dos tipos de conocimiento: la doxa, basada en la percepción sensible, y la episteme, fundada en la razón.

Un ejemplo cotidiano puede ilustrar esta idea: ver a muchos perros no basta para comprender qué es un perro en esencia, ya que cada uno difiere en aspecto o comportamiento. Es mediante la reflexión racional que podemos captar aquello que todos tienen en común y que los hace pertenecer a una misma categoría. Así, Platón afirma que, aunque los sentidos nos ofrecen una primera aproximación al mundo, sólo la razón nos permite conocerlo en profundidad. Por ello, establece una jerarquía entre ambos tipos de conocimiento, situando a la razón por encima de la percepción.

Esta concepción se desarrolla de manera especialmente clara en La República, a través de la alegoría de la caverna (Eggers Lan 2011, pp. 222–225 / Stephanus 514a–517c), que Platón utiliza como recurso pedagógico. En esta narración, los prisioneros encadenados dentro de una caverna solo pueden ver sombras proyectadas en la pared, y toman esas sombras por la realidad. Las sombras simbolizan la ilusión de la percepción sensible, que nos desvía del “conocimiento auténtico”.

Más allá de la caverna existe un mundo exterior iluminado por el sol, que representa el conocimiento racional y, en última instancia, la Idea del Bien. Solo quien logra liberarse de las cadenas y ascender hacia la luz accede al conocimiento verdadero. Este proceso simboliza la educación filosófica propuesta por Platón: el tránsito desde el mundo de las apariencias hacia la comprensión de las Formas, entre ellas la Justicia, la Belleza y el Bien.

Esta misma lógica se refleja en la organización de la ciudad ideal que Platón propone en La República (Eggers Lan 2011, p. 114 / Stephanus 414). Según él, cada persona tiene una disposición natural que la hace apta para una función específica dentro de la polis. Los gobernantes o filósofos-reyes, guiados por la razón, están capacitados para conocer las Formas y, por lo tanto, para gobernar con justicia. Los guardianes o guerreros, dominados por la voluntad y el coraje, tienen la tarea de proteger la ciudad. Por último, los productores o trabajadores, guiados por el deseo, se ocupan de las funciones materiales como la agricultura, la artesanía o el comercio. De este modo, Platón establece una relación entre las formas de conocimiento y el estatus social, ya que solo quienes acceden al “saber más alto” –la razón– están en condiciones de guiar a los demás.

La caverna de Platón. Óleo sobre tabla 131 x 174 cm. Musée de la Chartreuse de Douai. Douai, Francia.

El eco de Platón en la actualidad

El mundo actual sigue siendo platónico porque aún aceptamos que existen distintas formas de conocimiento: desde lo práctico y material hasta lo abstracto y estratégico. Habitualmente, el conocimiento abstracto es más valorado, particularmente en el ámbito económico y político. Pongamos un ejemplo: imaginemos al mejor zapatero del mundo, aquel que fabrica los zapatos más cómodos y accesibles. Debido a la creciente demanda de su producto, finalmente le resulta imposible confeccionar cada par por sí mismo, lo que le lleva inevitablemente a delegar la producción en otros. Con el tiempo, pasa de ser un “simple” artesano a convertirse en un líder dentro de la industria del calzado, dirigiendo y supervisando la expansión de su empresa. En la sociedad actual, muchos empresarios inician en el mundo práctico, creando productos útiles para el consumidor (clase productora), y luego ascienden a roles donde se enfocan en la gestión y el crecimiento económico (clase gobernante).

Esto también ocurre en las estructuras internas de las empresas donde la alta dirección actúa como los “filósofos-reyes”, definiendo ambiciosos objetivos numéricos: ganancias, cuotas de mercado o ventas anuales que guían el porvenir de la empresa. Estas cifras son fijadas desde la distancia estratégica del liderazgo, mientras que los equipos de ventas, equivalentes a la clase productora, son quienes deben materializar esos objetivos en resultados concretos. Son ellos quienes lidian directamente con clientes exigentes, negociaciones complicadas y situaciones imprevistas del día a día, “produciendo” finalmente los beneficios tangibles que sostienen toda la estructura empresarial.

Adicionalmente, es preciso señalar que la teoría del conocimiento de Platón puede calificarse como “intelectualista”, dado que establece jerarquías en el acceso al conocimiento, colocando al intelecto (la razón) en la cima. Esta perspectiva filosófica pudo haber servido como justificación ideológica de las jerarquías sociales existentes en la Antigua Grecia, donde el conocimiento racional estaba reservado principalmente para ciertas élites sociales. Este énfasis en la superioridad intelectual continúa vigente hoy en día en los sistemas educativos, donde el éxito académico y las capacidades intelectuales son altamente valorados. Los estudiantes que demuestran un mayor dominio del temario y un esfuerzo intelectual “superior” suelen recibir más beneficios, como mejores calificaciones y mayores oportunidades académicas e incluso profesionales. La obtención de las mejores notas es promovida activamente, y esta promoción intensa de la competencia cognitiva medible exclusivamente por la adquisición de unos contenidos nos puede conducir a una visión estrecha del éxito.

En esta línea, diversos estudios reflejan la correlación positiva entre formación académica y salarios (Encuesta de Estructura Salarial cuatrienal 2014 del INE). En 2014, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), el salario bruto medio para alguien con educación secundaria obligatoria (ESO) era de 17.772 euros. Los graduados en Formación Profesional (FP) superior ganaban 6.700 euros más, los diplomados universitarios 10.000 euros más, y los licenciados universitarios 17.500 euros más. A los 55 años, edad en la que un trabajador medio alcanza su mayor nivel de ingresos, las diferencias salariales se amplían: los licenciados ganan 2,3 veces más que los de ESO, los diplomados 1,8 veces más, y los graduados en FP superior 1,5 veces más.

Algunos autores como Eric Hanushek y Paul Peterson van todavía más lejos en esta línea, al concluir que las calificaciones reflejan el grado de avance económico de un país (Hanushek y Peterson 2014). Para ello, analizan pruebas internacionales administradas desde los años sesenta en cincuenta países y tienen en cuenta el PIB como un indicador económico relevante de los países, con ello observan que las diferencias en el crecimiento económico a largo plazo se explican principalmente por las capacidades cognitivas medidas en estas pruebas. Según los autores, el rápido crecimiento económico de países como Corea, Taiwán, Singapur y Hong Kong puede explicarse por los excelentes resultados de sus estudiantes en dichos exámenes.

Reflexiones finales

Se puede decir que Platón acertó al vincular el conocimiento y la función político-social: cada tipo de conocimiento impulsa en muchos sentidos la actividad que un individuo puede ejercer en la sociedad. Algunos ejemplos serían el hábil zapatero que demuestra virtuosismo al recomponer y fabricar zapatos cómodos para sus clientes, o el caso de un médico competente quien utiliza su conocimiento especializado para curar a pacientes con diversas sintomatologías. 

Sin embargo, cuando el conocimiento se jerarquiza en favor de una élite social –aquellos filósofos-reyes guiados por la razón– surgen también connotaciones negativas. Por ejemplo, en la famosa expresión “el conocimiento es poder” resuena una idea marxiana de privilegio y dominación ilegítimos que ha sido puesta de relieve por Jaime Barylko (1998). Cuando ciertas personas en determinadas funciones acceden a información privilegiada, adquieren de inmediato la capacidad de influir sobre aquellos que no poseen dicha información:

Todo lo dicta la sociedad. La sociedad produce el conocimiento que más le conviene, es decir, que más le conviene a la clase que gobierna y que domina esa sociedad. Para Marx todo conocimiento tiene una finalidad que no es la verdad, sino el cuidado de los intereses de la sociedad. Los intereses de quienes dominan en la sociedad (Barylko 1998, p. 189).

Finalmente, esta tendencia intelectualista contrasta notablemente con la perspectiva sofista del conocimiento relativo, que sostiene que ningún conocimiento es intrínsecamente “superior”. En la Atenas clásica, los sofistas fueron figuras influyentes que enseñaban retórica y argumentación. A diferencia de filósofos como Platón o Sócrates, los sofistas no buscaban verdades universales, sino que defendían la idea de que la verdad es relativa y depende de quien la argumenta con mayor eficacia. Esta postura los convirtió en los principales antagonistas intelectuales de la filosofía platónica.

En términos actuales, de acuerdo con el planteamiento sofista no se debería pagar más a una persona exclusivamente sobre la base de un conocimiento académico “superior”, porque esto daría por supuesto que tal persona goza de un acceso a una suerte de “verdad absoluta” o de conocimiento privilegiado. Mientras que Platón estableció su Academia seleccionando rigurosamente a sus alumnos, los sofistas ofrecían sus enseñanzas a cualquier individuo dispuesto a pagar por ellas, sin imponer restricciones intelectuales de acceso.

Por último, cabe señalar que el ideal platónico de una verdad única, estable y alcanzable por unos pocos –los más racionales, los más sabios– puede llevar a una postura elitista y excluyente, donde quienes no acceden a esa especie de conocimiento “superior” quedan automáticamente descalificados. Esta jerarquización del saber corre el riesgo de confundirse con una jerarquización de las personas, y eso ya no es filosofía, sino dominación encubierta.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Barylko, J. (1998), La Filosofía. Una invitación a pensar, Grupo Editorial Planeta.

Eggers Lan, C. (2011), Platón. Diálogos, Gredos (Trabajo original de Stephanus, H. en 1578).

Hanushek, E. A.; y Peterson, P. E. (2014), Higher grades, higher GDP. Research and opinion on public policy 2014. The Hoover Institution. Stanford University.

El espejismo del crecimiento económico

La trampa del consumismo navideño

Con la llegada de la Navidad, las ciudades se llenan de luces, los escaparates compiten por atraer miradas, y un ambiente de consumo domina las calles, poniendo a prueba los presupuestos familiares. Este frenesí no es casualidad, sino el reflejo de un sistema económico que ha hecho del crecimiento su principio rector.

La Navidad, celebración religiosa que conmemora el nacimiento de Jesucristo, ha evolucionado hasta convertirse en una de las temporadas comerciales más lucrativas a nivel mundial. En esta época, las familias tienden a gastar más, impulsadas por el espíritu festivo, las tradiciones y la presión social de cumplir con las expectativas de regalos y celebraciones. Los datos son reveladores:

  • En Estados Unidos, el gasto navideño ha mostrado una tendencia creciente en los últimos años. Según una encuesta de The Conference Board (ver informe de 2024), los consumidores estadounidenses planean gastar un promedio de 1.063 dólares en compras relacionadas con las fiestas, lo que representa un incremento del 7,9% respecto a los 985 dólares de 2023.
  • En España, la Organización de Consumidores y Usuarios (ver informe de la OCU) estimó en noviembre de 2023 que los españoles destinarán una media de 745 euros durante la Navidad, distribuidos principalmente en 396 euros para regalos y 190 euros para celebraciones y comidas, consolidando una tendencia al alza en el consumo navideño.

El creciente gasto navideño evidencia cómo el sistema económico transforma nuestras tradiciones culturales en oportunidades para impulsar el consumo de bienes y servicios. Esto nos invita a una reflexión clave: ¿es sostenible un modelo económico que constantemente nos exige gastar y producir más?

El crecimiento económico: historia y contradicciones

Retrocedamos al siglo XVIII, cuando surgieron las primeras tesis sobre el crecimiento de la mano de Adam Smith, considerado el padre de la economía moderna. En su obra, La riqueza de las naciones, argumentó de manera convincente que la división del trabajo, el comercio libre y la inversión en capital son los pilares fundamentales para aumentar la productividad y, por ende, propiciar el crecimiento económico. Un mercado libre y competitivo permitiría a las naciones incrementar su riqueza al fomentar una mayor producción de bienes y servicios (Smith 2011/1776).

David Ricardo, otro destacado economista clásico, adoptó un enfoque más cauteloso y se centró en los factores productivos como la tierra y el trabajo, introduciendo la teoría de los rendimientos decrecientes. Esta teoría postula que, al aumentar la cantidad de un recurso utilizado en la producción, la cantidad adicional obtenida disminuye progresivamente (Ricardo 2015/1817). Es decir, llega un momento en que poner más esfuerzo produciendo algo no compensa porque el beneficio extra que se obtiene cada vez es menor, y esto es así porque los recursos naturales son limitados y escasos, por lo que no pueden explotarse indefinidamente y, al mismo tiempo esperar mantener niveles de producción crecientes o constantes.

Para bien o para mal, Ricardo no pudo anticipar las transformaciones que desencadenaría la Revolución Industrial, período que marcó un avance extraordinario en la producción, impulsado por la mecanización, la expansión del comercio y una gestión más eficiente de los recursos naturales, todo ello favorecido también por innovaciones tecnológicas. Este periodo despertó en el imaginario colectivo la idea de un crecimiento económico que no conoce límites.

No obstante, las mismas dinámicas de crecimiento que marcaron ese periodo han dado lugar a nuevos desafíos que cuestionan su sostenibilidad, la explotación masiva de recursos nos está llevando a una crisis climática sin precedentes. Esto se ve reflejado en el Earth Overshoot Day, una fecha simbólica que indica el día en que hemos consumido más recursos de los que el planeta puede regenerar en un año. Los datos son preocupantes ya que por ejemplo en este año dicha fecha cayó el 1 de agosto. Es decir, hemos consumido la biocapacidad de la Tierra de un año en 212 días, esto implica que necesitaríamos 1,72 (365/212) Tierras para mantener nuestro estilo de vida durante 2024. A continuación, valoremos tres factores clave que pueden ayudarnos a entender mejor esta tendencia alarmante de crecimiento desmedido.

  1. El sesgo del crecimiento exponencial

Uno de los mayores obstáculos para entender los límites del crecimiento económico es que tendemos a pensar de manera lineal, mientras que muchos eventos siguen patrones exponenciales. Un ejemplo claro lo vimos durante la pandemia de COVID-19. Al principio, los contagios parecían manejables, pero en poco tiempo los casos se dispararon porque cada persona infectada podía contagiar a varias más, y así sucesivamente. Lo que parecía un problema pequeño creció tan rápido que desbordó nuestros sistemas sanitarios y nos forzó a tomar medidas drásticas.

Con el crecimiento económico ocurre algo similar. Al principio, la explotación de recursos como el agua, la energía o los minerales parece sostenible. Pero a medida que la demanda aumenta, su agotamiento se acelera, y los costos ecológicos y sociales se disparan. Esto genera una presión cada vez mayor sobre los recursos disponibles, exigiendo ajustes en cómo se gestionan para hacer frente a estas demandas aceleradas.

  1. El círculo vicioso del crédito

Otro aspecto que impulsa el crecimiento económico está relacionado con cómo funciona nuestra economía. Muchas personas recurren a créditos y préstamos para financiar sus gastos, como aquellos de las fiestas navideñas. Esta inclinación a gastar más se conecta con lo que Yuval Noah Harari describe en Sapiens como la base del crecimiento económico moderno: un sistema sostenido por la imaginación colectiva y la confianza en un futuro mejor que se sostiene a través del crédito. El crédito nos permite construir el presente a expensas del futuro.

Dicha confianza creó crédito, el crédito produjo crecimiento económico real; y el crecimiento reforzó la confianza en el futuro y abrió el camino para más crédito todavía (Harari 2016, p. 342).

  1. El mito del progreso tecnológico

Finalmente, otro elemento que perpetúa la idea de un crecimiento económico ilimitado es la fe inquebrantable en la tecnología para superar cualquier barrera. Esta creencia se ha consolidado a lo largo de los últimos doscientos años, alimentada por los avances que nos ha dejado la Revolución Industrial, que parece confirmar la noción de que siempre habrá soluciones técnicas para los desafíos económicos y ecológicos. Tal como lo advierten Meadows et al. (2004/1972):

La idea de que pueda haber límites al crecimiento es para mucha gente imposible de imaginar. Los límites son innombrables desde el punto de vista político e impensables desde el punto de vista económico. La cultura tiende a negar la posibilidad de que existan límites, confiando profundamente en el poder de la tecnología, en el funcionamiento del libre mercado y en el crecimiento de la economía como solución a todos los problemas, incluso a los creados por el crecimiento (Meadows et al. 2004, p. 203).

Rain, Steam, and Speed – The Great Western Railway. Óleo sobre lienzo 91 x 121.8 cm. Galería Nacional de Londres. Londres, Reino Unido.

¿Una Navidad diferente?

En este contexto, es necesario replantear nuestra relación con el consumo, y algunas iniciativas ya están marcando el camino como por ejemplo el proyecto buy nothing que fomenta el intercambio de bienes en lugar de comprarlos, promoviendo una economía de regalo que fortalece las conexiones comunitarias y con ello ayuda a reducir el consumo excesivo.

A nivel personal, podemos reflexionar sobre nuestras prioridades. ¿Es necesario comprar el último gadget tecnológico o acumular regalos materiales para demostrar afecto? Optar por regalos hechos a mano, experiencias compartidas o donaciones a causas sociales son alternativas que pueden reducir nuestra huella ecológica.

El consumismo navideño es un síntoma de nuestro sistema económico, pero también es una oportunidad para cuestionarlo. Mientras seguimos celebrando la imaginación colectiva y su capacidad para generar confianza en el futuro y reforzar las bases del capitalismo, debemos recordar que esta misma imaginación puede ayudarnos a visualizar un futuro diferente. Un futuro basado en límites sostenibles, el cual requiere un cambio importante en nuestras expectativas, prioridades y comportamientos. Un cambio que podría comenzar con pequeñas decisiones, como reconsiderar nuestras compras navideñas para este año.

En última instancia, la verdadera magia de la Navidad no surge de las cosas que vayamos a comprar, sino de los valores que decidamos compartir. Esto nos invita a reflexionar sobre quiénes queremos ser en un mundo que, con demasiada frecuencia, nos define por lo que acumulamos más que por lo que somos. Quizá estas fiestas nos brinden la ocasión para formularnos una pregunta esencial: si el sistema económico actual se halla en conflicto con los límites del planeta y con nuestros valores más profundos, ¿qué sistema —y qué humanidad— queremos dejar a las generaciones venideras?

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Harari, Y. N. (2016), Sapiens de animales a dioses, Breve historia de la humanidad, Editorial Debate.

Meadows, D. H., Randers, J., & Meadows, D. L. (2004/1972), The Limits to Growth: The 30-Year Update, Chelsea Green Publishing.

Ricardo, D. (2015/1817), Principios de economía política y tributación, Editorial Fondo de Cultura Económica.

Smith, A. (2011/1776), La riqueza de las naciones, Alianza Editorial.

Enlace a la página web de Earth Overshoot Day: https://overshoot.footprintnetwork.org/

Enlace a la página web del proyecto buy nothing: https://www.buynothingproject.org/

Apología al No

El hombre libre es aquel que no teme decir ‘No’.


El “No” es mucho más que una simple negación; es una afirmación enmascarada, una declaración contundente de existencia, identidad y límites. EN un mundo obsesionado por el “Sí”, con la afirmación constante y la búsqueda interminable de aprobación, el “No” se erige como un acto de resistencia, un baluarte de la autonomía y una forma profunda de pensamiento crítico. Decir “No” es un ejercicio de libertad. Cada vez que lo pronunciamos, trazamos una línea que protege nuestro espacio interior y establece una barrera ante las imposiciones externas. Es, en esencia, la forma más pura de declarar que tenemos una voluntad propia y que no estamos dispuestos a diluirnos en el flujo de lo esperado.

La filosofía misma nació de una negación. Los primeros pensadores se atrevieron a rechazar las explicaciones dogmáticas y las creencias cómodas de su tiempo, apostando por la incertidumbre y la duda. De hecho, el mismoRené Descartes llegó a su célebre “Pienso, luego existo” tras negar todo lo que pudiera ser falso, esto quiere decir que muchos de esos noes en la historia del pensamiento humano ha sido una pequeña, o grande, chispa de renovación. Se puede considerar que, lejos de destruir, el «No» abre la puerta a nuevas formas de entender el mundo, a preguntas que antes no nos atrevíamos a formular. Es, por tanto,un acto profundamente creativo, un motor de transformación que impulsa tanto al individuo como a la sociedad hacia territorios inexplorados.

Sin embargo, el «No» no solo tiene un valor intelectual o filosófico. ¿Qué nos sugiere la negación dentro del ámbito ético?  Se puede considerar de que se trata de una herramienta esencial para delimitar lo que no estamos dispuestos a tolerar como individuos y como humanidad. Decir «No» a la violencia, a la injusticia o a la discriminación no es solo un acto de rechazo, sino una afirmación de principios que define quiénes somos. Pero esta negación no debe ser impulsiva ni sistemática; requiere reflexión, convicción y responsabilidad. Un «No» vacío puede ser destructivo, mientras que un «No» bien pensado, es una forma de defender la integridad y la dignidad.

Tambien lo encontramos en el plano personal, la negación tiene una dimensión profundamente íntima. Aprender a decir «No» es aprender a cuidar de nosotros mismos. Es el acto mediante el cual protegemos nuestra energía, establecemos límites saludables y nos negamos a aceptar demandas que nos agotan o relaciones que nos destruyen. El «No» es, en este sentido, un gesto de amor propio, una forma de recordarnos que no somos infinitos ni omnipotentes, y que proteger nuestra esencia es tan importante como compartirla. Como afirmó Rainer Maria Rilke, «la soledad es el lugar donde se encuentra la verdad» en Cartas a un joven poeta. Y muchas veces, el «No» es el primer paso hacia esa soledad necesaria, hacia ese encuentro con nuestra voz más auténtica.

Si el «No» es tan poderoso, tan esencial para nuestra libertad, creatividad y dignidad, cabe preguntarse: ¿por qué nos cuesta tanto decirlo? ¿Es el miedo al conflicto, a la soledad o al rechazo lo que nos paraliza? ¿Cuántas veces aceptamos algo por inercia, traicionando nuestra esencia en el proceso? ¿Qué nos dice esto sobre nuestra sociedad, que premia el «Sí» como un símbolo de cooperación, pero castiga el «No» como un acto de disidencia?

El «No» no es, como podría parecer, un símbolo de negatividad, sino de posibilidad. Es el cimiento sobre el que construimos nuestras decisiones, nuestras convicciones y nuestra identidad. Es el acto de resistencia que desafía la inercia del conformismo, la semilla del pensamiento crítico y la frontera que protege nuestra humanidad. Defender el «No» es defender la libertad, la creatividad y la autenticidad. En un mundo que idolatra el «Sí», que premia la complacencia y castiga la disidencia, el «No» es un acto revolucionario. ¿Cuántos «Noes» valientes están pendientes en tu vida? ¿Cuántos «Noes» necesitas pronunciar para ser quien realmente eres?


Nota: Este texto surgió a partir de una conversación en la que se demostró -o se intentó demostrar- la importancia de saber decir «No», especialmente a una persona que afirma «no saber cómo hacerlo o que nunca dice no». Como ejemplo, se utilizó la figura del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, entre otros. Si a él se le hubiera dicho «No» en lugar de llevar a cabo los ataques a Palestina, es posible que hubiera acatado esa orden. Este ejemplo ilustra cómo el «No» puede ser un acto de resistencia y una herramienta para evitar decisiones destructivas. Si todos tuviéramos la capacidad de decir «No» de manera firme y reflexiva, podríamos evitar muchas de las injusticias y daños que surgen cuando se cede ante presiones externas o la complacencia. El «No» es, en última instancia, un acto de responsabilidad que, si se emplea con convicción, puede prevenir la perpetuación de abusos y opresiones.