Marc Augé: los no lugares y la sobremodernidad explicados de forma sencilla

¿Qué son los no lugares de Marc Augé? ¿Qué significa la sobremodernidad y por qué no es lo mismo que la posmodernidad? En el primer capítulo de Los no lugares, el antropólogo francés Marc Augé propone una de las reflexiones más importantes sobre el mundo contemporáneo.

Para Marc Augé, la antropología debe estudiar la relación con el otro. Existe el otro cultural, el otro social y el otro íntimo. La identidad nunca se construye en aislamiento, sino en relación con los demás. Sin embargo, la sobremodernidad ha transformado profundamente esa experiencia.

La sobremodernidad no debe confundirse con la posmodernidad filosófica. Mientras la posmodernidad cuestiona los grandes relatos, la sobremodernidad describe un exceso: exceso de acontecimientos, exceso de información y exceso de espacios. Vivimos rodeados de noticias, imágenes y datos que se acumulan a una velocidad nunca antes vista.

Marc Augé sostiene que esta aceleración modifica nuestra experiencia del tiempo y del espacio. Los medios de transporte, las redes de comunicación, los satélites e internet reducen las distancias y convierten al planeta en un espacio cada vez más accesible. Paradójicamente, mientras el mundo parece hacerse más pequeño, también resulta más difícil comprenderlo.

Es precisamente en este contexto donde aparecen los no lugares. Aeropuertos, autopistas, centros comerciales, estaciones y otros espacios de tránsito dejan de construir identidad, memoria o pertenencia. Son lugares funcionales, pero no antropológicos; espacios donde millones de personas circulan sin establecer vínculos duraderos.

Para Marc Augé, el gran desafío de la antropología consiste en aprender a mirar nuevamente este mundo acelerado. La sobremodernidad nos obliga a repensar el tiempo, el espacio y nuestra propia identidad en una realidad donde los no lugares ocupan cada vez más espacio en nuestra vida cotidiana.

¿Qué es el ser humano?

El ser humano es, ante todo, un ser social. No vive aislado, se define en relación con los demás. Esta fue la tesis que Aristóteles formuló como zoon politikon («animal político» o «animal social»), fuera de la comunidad, decía, solo puede vivir una bestia o un dios, nunca un hombre. Pero esta no puede ser la única respuesta posible.

Cuatro respuestas, cuatro definiciones incompletas

Pongámonos en situación. Imaginemos que nos encontramos en una sala, en el interior de ella se encuentran un médico, un juez, un sociólogo y un filósofo, a quienes se les lanza la misma pregunta: ¿qué es el ser humanos?

Quizás estas puedan ser sus respuestas: por un lado, el médico diría que el ser humano es un ser que sufre, porque el objetivo de la medicina es sanar al ser de sus dolencias (físicas); por otro lado, el juez dirá que el ser humano es un ser con derechos, porque el objetivo del derecho sería cumplir y garantizar la ciudadanía; mientras tanto, el sociólogo diría que el ser humano es un ser que se encuentra determinado por la sociedad, en la medida en que participa de ella; y por último, el filósofo diría, más ampliamente, que el ser humano es un ser racional.

serhumano

¿Por qué ninguna deinición basta por sí sola?

Cada respuesta se rompe posí sola.

  • No todos vivimos el sufrimiento de la misma manera, ¿es por este motivo que unos serán más humanos que otros?
  • No todos tenemos los mismos derechos, ¿dejan de ser humanos quienes carecen de ellos?
  • La sociedad nos condiciona, pero no nos determina: ¿es humano aquel que se deja esclavizar por el consumo, por ejemplo?
  • Todos poseemos racionalidad -aunque a veces se dude de ella-. El filósofo es el que abarca lo que se ha de entender como ser humano, por su esencia, pese a las dificultades argumentativas con las que se pueda encontrar. No admite excepciones.

De esta manera, el ser humano, visto desde su propia totalidad, desde su esencia, como animal racional, nos empuja a preguntas metafísicas referidas a la realidad en su conjunto: ¿qué es el ser humano? ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? o ¿qué me cabe esperar? tendrán una respuesta diferente en función de cómo se entienda ese universo que proporciona guarida a nuestra existencia: ¿producto del azar, creación divina, o con una finalidad propia?

De Aristóteles a la Ilustración: la definición como esencia fija

Para Aristóteles, ser zoon politikon es la condición misma de la naturaleza humana, quien pudiera bastarse a sí mismo fuera de la ciudad (la polis) no sería un hombre, sino una bestia o un dios. El lenguaje mismo, decía, existe para expresar lo justo de la injusto, lo cual solo tiene sentido entre seres que conviven.

La tradición filosófica medieval, durante siglos, buscó una esencia fija del ser humano. El filósofo romano Boecio la resumió en la fórmula escolástica animal rationale mortale (animal racional y mortal ) que Tomás de Aquino integró en su síntesis entre razón aristotélica y fe cristiana. El ser humano como criatura racional, pero también finita y orientada a un fin último que la trasciende.

Descartes, en el siglo XVII, dio un giro, rompió con esa tesis. Redujo lo esencialmente humano al pensamiento, la res cogitans o sustancia pensante, separándolo radicalmente del cuerpo (res extensa) sustancia extensa y mecánica, regida por las mismas leyes que e resto de la materia. «Pienso, luego existo» no es solo una prueba de la propia existencia, es la afirmación de que ser humano es, ante todo, ser conciencia, y que el cuerpo es, en cierto sentido, prescindible para definir esa esencia.

Kant, un siglo después, desplazó la pregunta del terreno metafísico al ético. Añadió una dimensión que ni Aristóteles ni Descartes habían planteado. El ser humano es fin en sí mismo, nunca un simple medio para los fines de otro, precisamente porque es un ser racional capaz de darse a sí mismo sus propias leyes morales (autonomía). Es la base de lo que hoy llamamos dignidad humana, un valor que no depende de la utilidad, el estatus social o las capacidades de cada individuo, depende del mero hecho de ser un agente racional.

El giro existencialista: ¿tiene el ser humano una esencia fija?

En el siglo XX, Jean-Paul Sartre invirtió por completo el planteamiento clásico con una frase que se volvió el lema del existencialismo: «la existencia precede a la esencia«. Un abrecartas, decía Sartre, tiene una esencia antes de existir, porque su fabricante lo concibió con un propósito determinado. El ser humano, en cambio, no nace con una naturaleza ya determinada, primero existe, y solo después, a través de sus elecciones, se define a sí mismo. No hay un «manual» del ser humano al que ajustarse; cada persona se construye mediante lo que hace, no mediante una esencia que la precede. De ahí que Sartre hable de una libertad radical donde «estamos condenados a ser libres», porque ni Dios ni una naturaleza fija deciden por nosotros quiénes somos.

Esta idea conecta con otra que recorre buena parte de la filosofía del siglo XX: la de Ortega y Gasset, para quien «yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo«. El ser humano no puede entenderse al margen del contexto histórico y social en el que le toca vivir, pero tampoco se reduce a él. La vida humana consiste, precisamente, en el diálogo constante entre lo que uno es y las circunstancias que no eligió.

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La respuesta siempre está incompleta.

Ninguna de estas respuestas anula a las anteriores; más bien se van acumulando como capas de la misma pregunta. Arístoteles nos da la dimensión social y racional; la escolástica, la finitud y el destino que trasciende al indviduo; Descartes, la primacía de la conciencia; Kant, la dignidad y la autonmía moral; Sartre, la libertad radical de no tener una naturaleza predeterminada; Ortega, la circunstancia como parte constitutiva de quién somos.

Cualquier definición del ser humano queda condicionada por la época, la cultura y el entorno social en el que se formula. Y es precisamente ese entorno social el que, en último término, decide: el ser humano no es solo un animal racional en abstracto, ni una sustancia pensante aislada, ni una esencia fija anterior a su existencia. Es un animal racional que necesita de los demás para llegar a serlo, y que se construye, como diría Sartre, en el propio acto de vivir su circunstancia, como diría Ortega.

¿Qué es el ser humano? ¿Tiene sentido su existencia?



Aristóteles. Política (M. García Valdés, Trad.). Gredos.

Boecio. Sobre la persona y las dos naturalezas

Tomás de Aquino. Suma teológica

Descartes, R. Meditaciones metafísicas. Alianza Editorial

Kant, I. Fundamentación para una metafísica de las costumbres. Alianza Editorial.

Sartre, J.-P. El existencialismo es un humanismo Edhasa.

Ortega y Gasset, J. Meditaciones del Quijote. Ediciones Cátedra