Filocafé: ¿Por qué ya no jugamos?

El juego como forma de libertad

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Síntesis: El poder del juego. Filocafé con Gregorio Luri


¿Por qué ya no jugamos? ¿En qué momento el juego dejó de ser una forma natural de aprender, de descubrir el mundo y de pensar con libertad?

Jugar no es perder el tiempo, es ensayar el sentido de la vida. En el juego se entrelazan imaginación y regla, impulso y forma; ahí es donde el niño -y también el adulto- se educa en la sorpresa, en el riesgo y en la cooperación. En él se revela que aprender no es solo acumular información, sino experimentar, equivocarse, crear y descubrirse.

En este sentido, Gregorio Luri ha insistido en que la educación no puede reducirse a técnicas o metodologías de moda, porque educar es siempre introducir al niño en mundo que ya estaba ahí antes que él.  En ese tránsito, el juego cumple una función decisiva en el que el juego permite al niño apropiarse de ese mundo a su ritmo, desde la curiosidad y la sorpresa, sin la presión de la utilidad inmediata. Cada partida, cada experimento lúdico, enseña a asumir límites, a dialogar con la realidad y a descubrir que la libertad florece cuando se la encuadra, no cuando todo vale.

La escuela tiende a medirlo todo y la vida adulta confunde aprender con acumular destrezas, recuperar el juego es recuperar la educación como aventura. En él se aprende a obedecer reglas, pero también a negociarlas; a competir, pero también a cooperar; a perder, pero sin perderse. Un modo de habitar el mundo sin darlo por sabido. Jugar, como educar, es mantener vivo el asombro.

¿Qué nos dice nuestra manera de jugar sobre la libertad que ejercemos? ¿Qué revela sobre la educación que recibimos y la que ofrecemos? ¿qué perdemos cuando dejamos de jugar y qué podría devolvernos el juego si lo recuperáramos como actitud vital?

Para pensar y para dialogar sobre el juego como forma de libertad, de aprendizaje y de cultura, nos acompañará Gregorio Luri, filósofo, pedagogo y escritor,

En este espacio que Arjephilo dedica al pensamiento compartido, no hace falta ser experto en filosofía, basta el deseo de escuchar, preguntar y, quizá, volver a jugar con las ideas mientras nos dejamos llevar por el viento del logos.


Para conversar y debatir sobre toda esta cuestión contaremos con:

Gregorio Luri Medrano, maestro, filósofo y pedagogo, una de las voces más influyentes en el debate educativo actual en España. Licenciado en Ciencias de la Educación y doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona, ha ejercido como maestro de primaria, profesor de filosofía en bachillerato y docente universitario, además de formador de profesores.

Autor de numerosos ensayos sobre escuela, familia y cultura, entre sus obras destacan La escuela contra el mundo, Prohibido repetir, La escuela no es un parque de atracciones y Elogio de las familias sensatamente imperfectas. Su último libro: La dignidad del mediocre. Pequeña filosofía de lo inacabado.

Participa habitualmente en proyectos de divulgación y en medios de comunicación, donde reflexiona sobre cómo educar en la responsabilidad, el sentido común y el arraigo cultural en un mundo marcado por la prisa y la sobreprotección.


– Luri, G. La escuela no es un parque de atracciones. Ed. Ariel (2022)

Aprendemos juntos BBVA: Gregorio Luri, maestro. Padres imperfectos, familias sensatas

«Cuando la educación se convierte en maltrato» con Gregorio Luri en el programa Aladetres | 157

Gregorio Luri: «Más importante que recibir educación emocional es vivir aventuras« EL Mundo

“Entrevista a Gregorio Luri” (Branding Escolar) donde insiste en virtud, esfuerzo y formación del carácter, fácilmente enlazable con la dimensión educativa del juego.

Victoria De Julián y Andre Quispe, entrevista Gregorio Luri: «Sobreproteger es una forma de maltrato» Nuestro tiempo, Universidad de Navarra.

-Pastor Vico, D. Era de idiotas. Educar en la confianza para crecer en sana convivencia. (Cap-1 «Los niños ya no juegan») ed. Ariel (2024)

– Johan Huizinga, Homo ludens. El juego como fundamento de la cultura Ed. Alianza (2012)

-“Juego y Cultura: Huizinga y Caillois. Visión antropológica del juego” de Carlos Morillas González


Diario de un profesor de filosofía, de Francisco Huertas:

La huella de un maestro y la memoria compartida

Hay libros que se leen con la razón, la memoria y la gratitud. Diario de un profesor de filosofía (1989–2023), de Francisco Huertas, es uno de esos textos que invitan a una lectura lenta, atenta, casi íntima. No es un manual pedagógico ni un ensayo académico al uso, sino un cuaderno de vida donde la experiencia docente, la reflexión filosófica y una sensibilidad literaria muy cuidada se entrelazan a lo largo de más de tres décadas.

En mi caso, la lectura tiene además un matiz personal: Francisco fue mi primer profesor de filosofía, y en el libro aparecen mencionados algunos antiguos alumnos, entre los que me encuentro. Es un detalle que emociona, pero que, sobre todo, confirma el carácter humano y relacional de la enseñanza, entendida como un intercambio que deja huellas en ambas direcciones.

Un diario que es memoria viva

“Ya sabéis cómo disfruto dando clase. Enseñar es una tarea prometeica, cada vez más. Robar el fuego de la sabiduría, y llevarlo a los estudiantes, más como afán interrogador y curiosidad que como sistema”

El libro se construye a partir de entradas breves, anotaciones, recuerdos y reflexiones que conforman una especie de autobiografía intelectual. No hay una narración lineal cerrada, sino una sucesión de fragmentos que recrean escenas de aula, pensamientos íntimos y preguntas abiertas sobre el sentido de educar y de pensar.

El libro se encuentra dividido en cuatro prólogos (prólogo analógico, ontológico, eistemológico y jubiloso) y en dos partes:

La primera parte tiene un tono más narrativo, centrado en la experiencia vital del docente: los inicios, las expectativas, los encuentros con alumnos, las dificultades cotidianas y la evolución personal. En la segunda parte, el texto adquiere un carácter más reflexivo y filosófico, con meditaciones sobre el tiempo, la cultura, la infancia, la memoria y el conocimiento.

Esta estructura fragmentaria funciona como un reflejo honesto de la propia vida: no todo sigue un orden claro, pero todo va construyendo una identidad y una mirada.

La vocación docente: entre el ideal y la realidad

Uno de los ejes más sólidos del libro es la reflexión sobre la vocación. Para Huertas, enseñar no es solo transmitir contenidos, sino despertar el deseo de comprender el mundo, cultivar la sensibilidad y mantener vivo el pensamiento crítico. La educación aparece como un acto profundamente ético y cultural.

“La traslación del docente supone modificación del proceso mismo de la educación. No se trata de imitar a Sócrates con diálogos en las plazas, sino de reproducir funciones represivas de control social. No es la mente la que dirige, sino el cuerpo. En el aula se disciplinan mentes a través del entrenamientocognitivo, pero en pasillo y patios se ordenan los cuerpos, con sus posiciones, sonidos y ritmos” (p.196)

Al mismo tiempo, no se oculta las tensiones del oficio: el cansancio, la burocracia, la dificultad para conectar con los alumnos en un contexto dominado por la inmediatez y la tecnología, o la sensación de que ciertos valores pierden peso en la escuela contemporánea. Esa contradicción entre ideales y realidad atraviesa el texto y le otorga una notable honestidad.

Lejos de caer en el pesimismo, el libro sostiene una defensa serena de la educación como espacio de resistencia cultural y humana.

Infancia, tiempo y memoria

La infancia ocupa un lugar simbólico importante en el diario. Aparece como territorio de apertura, curiosidad y fragilidad, pero también como una referencia constante para comprender la tarea educativa. Enseñar implica, en cierto modo, preservar esa capacidad de asombro y cuidado.

“¿Qué significa ser pequeño? ¿Por qué el saber nos elva? ¿Puede el alumno ser pequeño y grande a la vez? La educación es el camino por el que marchan los pequeños mientras van creciendo cada día. Este camino nos hace grandes. La atención, la responsabilidad y el hábito, de los que habla el profesor Gil, son el mapa que permite recorrer la senda, el cuidado en no perder los pasos del Maestro, de no salirse de los linderos, no caer por el precipicio” (p.135)

El tiempo es otro gran protagonista. Huertas reflexiona sobre el paso de los años, la memoria, la repetición, el desgaste y la permanencia. Escribir se convierte en una forma de ordenar la experiencia y de no dejar que lo vivido se diluya en el olvido. El diario funciona así como un ejercicio de conciencia y de fidelidad a lo esencial.

Una escritura que invita a la pausa

El estilo del libro es claramente literario y poético. Abundan los aforismos, las imágenes sugerentes vividas en primera persona, las referencias al cine, la música, la literatura y la filosofía, así como una prosa que prioriza la evocación antes que la explicación sistemática. Está claro que no se pretende buscar u ofrecer respuestas cerradas, sino todo lo contrario, abrir espacios para la reflexión.

Por este motivo, la lectura se convierte en una experiencia que requiere tiempo y atención, lo que le convierte en un libro para no ser leido de manera apresurada, sino que invita a dejarse acompañar por las ideas, subrayar, releer y dialogar interiormente con el texto.

Lectura y experiencia personal

Leer este libro desde la experiencia de haber sido alumna de Francisco Huertas añade una capa personal a la lectura, y por ello, no solo me ha permitido reconocer la coherencia entre pensamiento y práctica, entre lo que se defiende en la reflexión y lo que se encarna en el aula, sino que también me ha invitado a mirarme en ese espejo desde el propio presente. Hoy, ya situada en el lugar de quien enseña -aunque en un territorio distinto, el de la filosofía con los más pequeños y con un poco de experiencia con adolescentes-, muchas de sus intuiciones resuenan de forma inesperada: la paciencia, la escucha, la importancia del asombro, la fragilidad del vínculo educativo, la necesidad de cuidar el deseo de pensar. Con todavía poca experiencia docente, pero con una vocación en construcción, la lectura me transforma en un diálogo silencioso entre generaciones, donde se reconocen afinidades, aprendizajes heredados y una misma confianza en la filosofía como forma de acompañar el crecimiento humano.

Conclusión

Un libro para leer despacio, para dejar que las ideas maduren y para recordar que educar no consiste solo en transmitir conocimientos, sino en acompañar procesos de crecimiento y de búsqueda de sentido.


Venta disponible de manera particular a través del correo electrónico del autor:

Bachilleratocinefilo@gmail.com

Sexta Filípica: La Cuestión Hispánica y el Retorno a la Razón.

​I. Introducción: Año Nuevo, Vida Antigua.

​Iniciamos este ciclo con la inercia de quien sabe que el tiempo no se detiene, pero que la verdad permanece. Si bien en la anterior entrega os hablé sobre el auge y la caída de los imperios, prometí realizar un desglose de la historia de España y su tiempo. La palabra es deuda, y yo la pago siempre.

​Dicen que año nuevo implica vida nueva, pero yo prefiero decir: Año Nuevo, Vida Antigua. Porque solo regresando a los fundamentos que nos hicieron grandes podremos entender el colapso que nos rodea. Debemos mirar atrás para proyectar el futuro de esta Patria que hoy, más que nunca, clama por Justicia.

​II. España: La Resistencia en el Corazón.

​España era España incluso antes de ser nombrada. Antes de que los romanos nos dotaran con el nombre de Hispania, esta tierra ya inundaba los corazones de sus residentes con una contumaz resistencia a los mandatos extranjeros.

​Esa soberanía del criterio propio se manifestó en los pueblos celtíberos, que no se sometían, sino que elegían bando según su propia visión del mundo. Al final, aceptaron la Lex Romana, pero no como una cadena, sino como la tierra fértil donde crecer. Fue en esa Ley donde España dio al Imperio su momento de máxima expansión bajo el mando del más grande de los emperadores: Trajano. Roma se sostuvo sobre la punta de las lanzas de legiones hispanas; nosotros sostuvimos la soberanía de la civilización. Y cuando el Imperio cruzó el Rubicón de su propia caída, España siguió formándose en la penumbra de los tiempos.

​III. El Rosetón de la Libertad y el Pacto Hispánico.

​España siempre ha sido un crisol de diversidad, un rosetón de catedral donde cada opinión y pensamiento es una pieza de color que, unida, trasluce una luz celestial.

​Mientras en el resto de Europa se hablaba de reyes por derecho divino, en España hablábamos de Reyes elegidos y pactos de sesión. El soberano aquí era un Primus inter pares que debía respetar los fueros y la voluntad de los ciudadanos. Esto lo entendió bien Carlos V, cuyo vasallaje fue aceptado por las voluntades de toda una España unida, convirtiéndola en el centro neurálgico del Sacro Imperio Hispánico.

​IV. Salamanca: El Límite al César.

​Pero la verdadera cumbre de nuestra razón se alcanzó en las aulas de Salamanca. Allí, frente al gran César Carlos V, se colocó un humilde clérigo para recordarle la verdad más absoluta: «Eres humano y sangras».

​Fue en Salamanca donde nació el verdadero humanismo. Allí se sentenció que el ciudadano es soberano de su alma, pues Dios se la entregó libre. Se estableció que el poder reside en la conjunción de las voluntades individuales de los ciudadanos. El gobernante no es el dueño de nada; es el garante de la propiedad privada indivisible de sus ciudadanos. Salamanca nos dio el derecho al derrocamiento del tirano, pues es tirano quien se cree «señor» de lo que no le pertenece. Allí se esbozó la democracia de verdad, para liberar a las personas de aquellos que fingen que Dios les habla solo a ellos, cuando Dios nos habla a todos.

​V. El Robo de las Etiquetas y la Traición de 1812.

​Francia e Inglaterra entendieron estas ideas, pero de forma sesgada y retorcida. Cambiaron las etiquetas sin entender el envasado ni el contexto. Este espíritu de soberanía se hizo carne en la Constitución de 1812, pero fue traicionado en 1814. Los liberales no hicieron lo que debían: respetar a su pueblo antes que a un tirano. Esa falta de pulso dejó nuestro pensamiento inconexo, una tarea que José Antonio Primo de Rivera intentó retomar pero que el destino dejó inconclusa.

​VI. Conclusión: O tempora, o mores!

​¡Qué tiempos, qué costumbres! Vivimos el momento más exaltado de la deriva decadente de una partidocracia que se alimenta de un pueblo sumiso y fragmentado, frente a un tirano que solo invoca viejos fantasmas.

​Ante esto, yo aquí me levanto y digo: ¡Presente! Invoco el llamamiento de mis padres para que volvamos a colocar la Razón en su lugar. Mientras el Estado defina la vida de los ciudadanos, siempre seremos siervos. Si no somos capaces de tomar las riendas de nuestro propio templo, nunca construiremos una Catedral que se mantenga eterna.

​Con esta invitación cierro la saga, señalando que solo la Nación puede ser la conjunción de las voluntades coordinadas de los individuos. Todo debe ir del ciudadano a la Nación, y de la Nación al Estado.

​Pan, Patria y Justicia.

​P.D. Una vez señalada la situación y la urgente necesidad de implicarnos —más allá de la mera responsabilidad individual—, cerraré este ciclo para volver con otros temas y otra filosofía. Pero lo haré siempre desde la misma ética: la de quien no descansará hasta devolver al ciudadano su dignidad y su posición como soberano de su propio destino.


Referencias Bibliográficas:

​Elliot, J. H. (2006). Imperios del mundo atlántico: España y Gran Bretaña en América (1492-1830). Madrid: Taurus. (Para el contraste entre los modelos de expansión y la gestión de la ley).

​Fernández de la Mora, G. (1977). La partitocracia. Madrid: Instituto de Estudios Políticos. (Referencia para la crítica al sistema de partidos frente a la representación nacional).

​Mariana, J. de (1599). De Rege et regis institutione (De la soberanía del Rey y de la institución real). (Base para la doctrina del tiranicidio y los límites del poder real).

​Primo de Rivera, J. A. (2007). Obras Completas. Madrid: Plataforma 2003. (Para el análisis del pensamiento inconexo y la síntesis de tradición y justicia).

​Sánchez-Albornoz, C. (1956). España, un enigma histórico. Buenos Aires: Sudamericana. (Fundamento de la identidad hispana persistente y la resistencia ancestral).

​Vitoria, F. de (2011). Relecciones del Estado, de los indios, y del derecho de guerra. Madrid: Tecnos. (Base del humanismo jurídico y la soberanía del individuo frente al Estado).

Lo que el ajedrez me enseñó

Hay juegos de mesa que, tras unas cuantas indicaciones, todos somos capaces de jugar con cierta destreza. Tengo incluso la suerte de contar con amigos muy inteligentes de expedientes universitarios brillantes que, como un relámpago, aprenden las reglas y juegan a un nivel alto varios de estos juegos. En todos ellos me suelen ganar con bastante facilidad, pero no en el ajedrez. Este noble juego requiere mucho más que saberse las instrucciones.

No deseo remontarme a los orígenes históricos del ajedrez. Doy por sentado que el lector entiende, al menos en un nivel muy básico, en qué consiste el juego: un tablero de 64 casillas que se juega con ocho peones, dos caballos, dos alfiles, dos torres, un rey y una dama por cada jugador, cada tipo de pieza tiene movimientos definidos y un objetivo claro: ganarle la partida al rival. Más bien me gustaría centrarme en aquello que esta disciplina milenaria puede enseñarnos sobre el comportamiento humano.

El juego “infinito”

Antes de adentrarnos en sus enseñanzas, empecemos con un aspecto que me fascinó profundamente sobre este juego. En ese tablero se despliega un universo de posibilidades tan inmenso que supera con creces nuestra capacidad de previsión. Ese pequeño espacio de madera encierra más combinaciones de jugadas que átomos hay en el universo conocido y, sin embargo, lo sostenemos entre nuestras manos, lo jugamos en una mesita con amigos o lo llevamos a la playa en vacaciones. 

Es un hecho bien documentado que, en el ajedrez profesional, la repetición exacta de partidas completas es extremadamente rara. Aunque puedan comenzar de una manera similar, cada una termina divergiendo en un universo propio de decisiones y consecuencias. Esa proliferación inagotable de variantes permitió dar sentido a la vida del Dr. B en la Novela de ajedrez de Stefan Zweig. Aislado por la Gestapo en una habitación sin estímulos, privado de libros, de conversaciones y casi de identidad, el Dr. B descubre en el ajedrez un refugio mental inesperado. El juego se convierte para él en un universo interior capaz de reemplazar aquel mundo exterior que le había sido arrebatado. Cada partida imaginada, cada combinación reconstruida de memoria, le ofrecía una forma de resistencia intelectual frente a la aniquilación psicológica a la que estaba siendo sometido.

La riqueza de variantes en el ajedrez también me recuerda ciertas ideas de la ciencia contemporánea, especialmente aquellas relacionadas con la teoría del caos, que estudia cómo en sistemas regidos por reglas fijas, pequeñas variaciones en las condiciones iniciales pueden producir consecuencias drásticamente distintas. Del mismo modo, en una partida de ajedrez, un movimiento prematuro, una defensa mal planteada o una pieza colocada con ligera imprecisión puede derivar, unas jugadas después, en una catástrofe estratégica. 

Las enseñanzas del ajedrez

Debemos admitir que lo más valioso del ajedrez no es esa lectura casi mística que acabamos de hacer, sino más bien su plano ético. El ajedrez nos enseña lecciones reveladoras sobre la condición humana. Permite “leer el pensamiento” del otro, y eso requiere empatía y análisis al mismo tiempo. Además, el ajedrez expresa la máxima forma de respeto ante la derrota. Al levantar la mano y rendirse se encarna una nobleza que pocas actividades humanas requieren explícitamente. Cierto es que en la modalidad online no siempre se conserva esa cortesía; no obstante, el gesto tradicional sigue siendo un recordatorio moral de que la dignidad no está en ganar, sino en cómo se afronta la derrota.

Este juego también me ha hecho pensar en otras prácticas humanas aparentemente dispares. Por ejemplo, siempre me he preguntado por qué los jugadores de tenis ejecutan su saque de esa manera tan peculiar: toman la bola, la elevan y coordinan su cuerpo con la raqueta para ejecutar un golpe seco con una precisión milimétrica, imponiendo su voluntad desde el primer momento. El ajedrez, como el tenis, es un juego de iniciativa. En el saque, el tenista busca dominar el ritmo desde el inicio; en el tablero, las blancas, al mover primero, tienen la oportunidad de tomar el centro y marcar el compás de la partida. En ambos casos, la clave está en no renunciar a la iniciativa: dominar antes de ser dominado.

Numerosos autores han explorado este juego más allá del tablero. Garry Kasparov, ex campeón mundial, en su libro Cómo la vida imita al ajedrez, traslada las experiencias de la máxima competición a decisiones estratégicas en los ámbitos profesional y personal, destacando la importancia de evaluar recursos, tiempo y calidad de las decisiones con una mirada amplia y flexible. Y más atrás en el tiempo, Benjamin Franklin, además de ser uno de los padres fundadores de Estados Unidos, escribió en The Morals of Chess que el juego no es un mero pasatiempo, sino una forma de adquirir cualidades útiles para la vida cotidiana. En última instancia, el ajedrez nos ofrece reflexiones sobre nuestra propia condición humana.

El ajedrez como espejo de la condición humana

Llegados a este punto, me propongo comprender con mayor claridad esa parte de la condición humana que se refleja en este pequeño tablero de posibilidades infinitas. Más allá de la teoría y la estrategia, el ajedrez me ha enseñado a mirar a sus piezas como si fuesen rostros de nuestra propia naturaleza. Por eso, en lo que sigue, me dispongo a comentar brevemente lo que he aprendido de ellas a lo largo de los años en los que he practicado este maravilloso juego.

El papel del peón en el juego es el de un soldado muy modesto, avanza con pasos cortos. Es la pieza más limitada del juego pero si corona, es decir, si alcanza la última fila se convierte en una pieza de mayor valor, generalmente en dama. El juego lo permite porque sino sería un absurdo haber llegado tan lejos para quedarse como antes. Y, sin embargo, coronar no es fácil. A diferencia de lo que predican los libros de autoayuda, el peón no llega a la octava fila en un tablero intacto. Lo hace, si lo hace, después de una batalla larga y costosa, cuando apenas quedan piezas en pie. Por tanto, el peón no representa la promesa fácil del éxito, no se transforma solo con desearlo, sino porque ha sobrevivido lo suficiente. Y cuando lo logra, ya no es el mismo: para coronar, ha debido renunciar incluso a ser quien era, y debe tomar nuevas responsabilidades en el juego.

El caballo representa al espíritu singular que no obedece trayectorias rectas. Su movimiento característico en L desafía la lógica lineal de este juego, y su capacidad de saltar sobre las demás piezas sugiere una comprensión distinta del espacio: como si intuyera una dimensión secreta. Como ocurre con quienes no siguen los caminos habituales, la lógica del caballo resulta tan distinta que muchos jugadores no alcanzan a comprender el sentido de sus movimientos hasta que ya es demasiado tarde. Se le subestima porque no parece avanzar “conforme a las reglas”, pero precisamente por eso, cuando se usa con sabiduría, puede desestabilizar cualquier esquema del rival.

Hay otras piezas, como los alfiles, cuyo poderío se ejecuta desde la distancia: se deslizan en diagonales que atraviesan el campo de juego de un lado al otro, pero lo hacen sin cruzarse. Cada alfil está destinado a expresarse bajo un solo color. Por eso, funcionan mejor en pareja. Juntos, pueden cubrir una mayor parte del tablero. Un buen jugador lo sabe: no se gana una partida pensando en blanco o en negro. Los alfiles utilizados sin coordinación nos recuerdan a esos equipos que trabajan, cada uno de manera local y encerrado en su propio procedimiento, incapaces de ver más allá de su lógica interna. El trabajo ejecutado de esta manera tiene un alcance muy limitado; para llevarlo a cabo con verdadera eficacia, es necesario “salir de nuestro mundo” y aprender a combinar formas de trabajo que, aunque en el día a día no se comuniquen, resultan indispensables cuando se busca una estrategia de escala global.

Las torres superan a los alfiles en fuerza de juego, y esto se debe a que su función no está determinada por el color de las casillas del tablero. Ambas torres tienen permitido avanzar por filas y columnas sin ambigüedad alguna. Una de sus funciones principales es brindar protección al rey, y su actividad resulta admirable cuando ambas permanecen comunicadas y el camino está despejado, como ocurre en los finales de partida; entonces imponen toda su fuerza y parecen inapelables. Pero ese poderío depende del orden. La torre no improvisa ni se adapta al caos: necesita líneas abiertas. Cuando el tablero se vuelve confuso y los caminos se obstruyen, su capacidad de influencia en el juego disminuye. A diferencia del caballo, que prospera en el enredo, la torre representa a quienes sostienen el orden y sólo pueden ejercer plenamente su poder mientras ese orden se sostenga.

Prosigamos con la figura del rey. El monarca al comienzo de cada partida parece débil, se mantiene a resguardo mientras otros combaten. Pero su poder se despliega de manera gradual a medida que transcurre la partida. Cuando la batalla avanza y el campo de juego queda con menos piezas, es entonces cuando el rey empieza a moverse: paso a paso, entra en el corazón del conflicto. Llegado al tramo final, el rey puede llegar a ser más valioso que un caballo, y su presencia en el centro del tablero inclina la balanza hacia uno de los jugadores. Un buen rey no se precipita: al principio da órdenes desde la retaguardia, asegurando su posición y sólo cuando el campo está despejado revela su verdadero alcance.

Finalmente, hablemos de la dama: la soberana absoluta del juego. En este mundo bidimensional, la dama no conoce límite: su potencia se despliega desde la apertura y se mantiene hasta el final. Concentra en sí el alcance diagonal y coordinado de los alfiles y el dominio rectilíneo de las torres, sin restricciones de ningún tipo. En ella también se materializan los deseos de los peones que sueñan con ser dama. Ella es la libertad geométrica en su forma más pura: puede ir a casi cualquier lugar, casi en cualquier momento. Si la felicidad en el ajedrez consistiera en la capacidad de expresarse plenamente, entonces la dama sería su emblema. Pero incluso ella tiene un límite: no puede moverse como el caballo. Esa pequeña anomalía, ese salto en L que escapa a toda lógica lineal o diagonal, le está vedado. Esto nos recuerda que incluso en los sistemas donde una pieza lo puede casi todo, hay algo que le falta. Tal vez la felicidad que tanto perseguimos también sea así: brillante, expansiva, pero incompleta. Y quizá, al igual que el caballo, requiera un tipo de movimiento –un salto de fe– que aún no terminamos de comprender.

Reflexiones finales

El ajedrez, con sus piezas estrictamente codificadas y su universo de posibilidades impredecibles, ha producido a lo largo del tiempo partidas que muchos jugadores describen como obras de arte. Quien empieza a comprender el juego advierte que existen combinaciones que despiertan una admiración comparable a la que provoca la contemplación de un cuadro de El Greco o una escena cuidadosamente compuesta del cine de Stanley Kubrick.

Además, a través del juego se nos han revelado aspectos esenciales de la condición humana. Cada pieza, con su movimiento propio y su destino nos habla de nuestras formas de actuar, de aspirar y de resistir. Y al contemplar este pequeño mundo regido por normas simples pero fértiles, uno se pregunta si no estaremos ante algo más que un juego: ¿acaso proyectamos en él un orden ideal que la vida no nos da, o es que la vida misma funciona como un juego cuyas reglas desconocemos y al que jugamos como buenamente podemos? En cualquier caso me quedaría con una enseñanza de todo esto, y es que incluso en un pequeño tablero de 64 casillas, la inteligencia humana encuentra espacio para gobernarse a sí misma.