La muerte en la filosofía: Heidegger, Sartre, Wittgenstein y Derrida

La muerte es uno de los grandes temas de la filosofía. Puede entenderse como la culminación de la vida, aquello que finalmente le da sentido, pero también como un proceso que nos acompaña diariamente. Cuando cumplimos años, en cierto sentido no celebramos solamente un año más de vida, sino un año más cerca de la muerte.

En Juego de Tronos, Samwell Tarly plantea una idea fundamental: “La muerte es olvidar y ser olvidado”. Si olvidamos dónde hemos estado y qué hemos hecho, dejamos de existir en la memoria de los demás. Esta idea también aparece en Borges, quien en El inmortal afirma que la muerte hace preciosos a los humanos. La condición de despedirnos está relacionada precisamente con nuestra condición mortal.

La muerte ha sido central en la filosofía. Platón reflexionó sobre ella y la reencarnación; Heidegger, en Ser y tiempo, la relacionó con la existencia humana. Para Heidegger, el ser humano es un ser arrojado al mundo, un Dasein. La muerte representa la posibilidad de la imposibilidad absoluta del Dasein: no es simplemente la negación del ser, sino la imposibilidad de seguir siendo ahí, de continuar ocupando un lugar en el mundo.

Sartre, en El ser y la nada, plantea que no podemos experimentar nuestra propia muerte como experiencia. Podemos esperar la muerte de otro, pero nuestra propia muerte nos llega desde afuera. Incluso si alcanzáramos la inmortalidad, seguiríamos siendo seres finitos.

Wittgenstein, por su parte, sostiene en el Tractatus que la muerte no es un acontecimiento de la vida: no vivimos nuestra propia muerte.

Derrida, en Aporías, aborda la muerte como frontera. La muerte puede entenderse como negación, como límite entre un “más acá” y un “más allá”, pero también como el paso que atraviesa esa frontera.

La filosofía ha intentado comprender la muerte, aunque quizá la pregunta más profunda no sea cómo evitarla, sino cómo vivir sabiendo que somos mortales.

Como dijo Sócrates antes de morir: “Ya es hora de que vayamos: yo a morir y ustedes a vivir”.

Ludwig Wittgenstein: el lenguaje, el mundo y lo inexpresable

Ludwig Wittgenstein es uno de los filósofos más influyentes del siglo XX. Ingeniero, profesor, jardinero, camillero de guerra y constructor, publicó en vida un solo libro: el Tractatus Logico-Philosophicus, escrito en medio de la Primera Guerra Mundial.

La filosofía de Wittgenstein comienza con una pregunta: ¿cuál es la relación entre el lenguaje y el mundo? En el Tractatus, el lenguaje representa la realidad. Por eso afirma: «Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo». La estructura del lenguaje es también la estructura de la realidad.

El Tractatus se compone de siete partes. La última contiene únicamente una sentencia: «De lo que no se puede hablar, es mejor callar». Más que una crítica a la metafísica, esta frase muestra que la filosofía no puede hablar de todo. Para Wittgenstein, existe algo inexpresable que solo puede mostrarse: lo místico.

Aunque suele hablarse de un primer y un segundo Wittgenstein, entre el Tractatus y las Investigaciones filosóficas existe un desarrollo de su pensamiento. En Observaciones filosóficas profundiza en la gramática y en la pregunta sobre cómo conocemos.

Más adelante, en las Investigaciones filosóficas, Wittgenstein ya no busca establecer cómo debe usarse el lenguaje, sino comprender cómo lo usamos. Surgen así los juegos de lenguaje. Cada lenguaje posee reglas y cada uso expresa una forma de vida. Lo importante ya no es únicamente qué significa una palabra, sino cómo funciona.

Sin embargo, una idea permanece: no todo puede expresarse mediante el lenguaje. «Lo que puede ser mostrado no puede ser dicho». El lenguaje explica cómo son los hechos, pero existen límites que no puede atravesar.

Por eso, para Ludwig Wittgenstein, la filosofía no demuestra nada: solo puede mostrar. Y quizás, ante lo verdaderamente inexpresable, el método filosófico más profundo sea guardar silencio.

Los crímenes de Oxford

“De lo que no se puede hablar, mejor hacer silencio”, tal como dice el enunciado de Wittgenstein varias veces repetido en el film por uno de sus protagonistas principales.

Elijah Wood le da vida a Martin, un joven norteamericano, estudiante de lógica y matemáticas que llega a Oxford para terminar sus estudios de doctorado bajo la tutela del profesor Arthur Seldom (John Hurt).

«¿Podemos conocer la verdad?» El calado filosófico de la cuestión que plantea Seldom es innegable. Inspirado en la filosofía de Wittgenstein especialmente a su obra Tractatus logicus philosophicus, comienza un continuo de proposiciones que va desencadenando la idea de la realidad y del mundo a partir de hechos, y la relación entre lenguaje y pensamiento.

Varios son los momentos de la película en la que se producen discusiones entre Martin y Seldom respecto las certezas matemáticas y las certezas empíricas. Así mismo, la posición de Martin puede relacionarse en mayor medida con el realismo platónico y pitagórico sobre la existencia de los números y las ideas abstractas, en contra, la postura de Seldom, que se muestra mucho más escéptico ante esta postura.

La película, no únicamente se centra en problemas lógicos y epistemológicos, sino que emergen cuestiones y dilemas morales.

La historia de Los crímenes de Oxford parece mostrar que sí, que las preguntas filosóficas sobre la verdad y la muerte pueden abordarse desde proposiciones del entendimiento lógico.

“De lo que no se puede hablar, mejor hacer silencio”, tal como dice el enunciado de Wittgenstein varias veces repetido en el film por uno de sus protagonistas principales.

 

Fuente: Tras las pistas filosóficas