La zona gris de la humanidad

A lo largo de los siglos, la humanidad ha oscilado entre el bien y el mal, la guerra y la paz, la libertad y el control. Estos conceptos no son solo parte de nuestra historia, sino de nuestra esencia. Los actos de violencia y opresión contrastan con nuestros ideales de justicia y convivencia, y nos empujan a reflexionar sobre nuestra naturaleza, nuestras elecciones y las estructuras que nos moldean. 

El mal, en sus múltiples formas, nos confronta con las facetas más oscuras de nuestra condición. Actos como la tortura, el genocidio o la esclavitud, aunque formalmente condenados hoy, no son solo una herencia del pasado: persisten en el presente, revelando que el mal no es un anacronismo, sino una realidad. Lo vemos en muchos de los conflictos armados que están ahora mismo sobre la palestra, mensajes en RRSS, entre otros…

Hannah Arendt, al observar el juicio del nazi Adolf Eichmann, describió el mal como «banal», encarnado no en un monstruo, sino en un hombre corriente que renunció a pensar y obedeció órdenes. Esto pone en duda la idea de que el mal solo reside en intenciones malignas, sugiriendo que, muchas veces, las circunstancias y la falta de reflexión son los verdaderos catalizadores del daño. 

Si aceptamos esta perspectiva, surge una pregunta esencial: ¿cuánta responsabilidad tiene un individuo que actúa bajo presión o en un sistema que fomenta el mal? ¿Es la obediencia ciega tan peligrosa como el odio deliberado? 

Ilustración de un taller de FpN sobre ¿Qué es el mal? (12-14 años)

Experimentos como el de Stanley Milgram refuerzan esta idea: personas comunes, en situaciones controladas, son capaces de causar sufrimiento grave simplemente porque una figura de autoridad se lo pide. Este fenómeno plantea una cuestión inquietante: ¿cómo evitamos que las estructuras sociales nos conviertan en agentes de daño? 

Esto nos lleva a tratar otro tema, el bien y el mal, como algo que está más allá de lo maniqueo.

La filosofía ha intentado desentrañar esta dualidad. Desde la visión de Hobbes, quien veía al ser humano como egoísta por naturaleza, hasta Rousseau, que lo consideraba bondadoso hasta que la propiedad y la sociedad lo corrompían, las perspectivas son diversas. Sartre, por su parte, negó una naturaleza fija, afirmando que somos lo que hacemos con nuestra libertad. 

La literatura también ha explorado estas tensiones. En “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, Stevenson muestra cómo el mal puede ser una parte latente de nuestra identidad, lista para emerger cuando las circunstancias lo permiten. Si nuestras acciones no siempre obedecen a intenciones claras, ¿qué nos define: ¿lo que hacemos, lo que deseamos o lo que intentamos evitar?  ¿Es posible que el mal sea, en cierto sentido, necesario para comprender y valorar el bien? ¿O deberíamos aspirar a eliminarlo completamente, si eso fuera posible? 

He mencionado la palabra libertad, una de las más evocadoras y manipulables del lenguaje humano. Su capacidad para inspirar, movilizar y justificar acciones de todo tipo la ha convertido en un concepto poderoso, pero también ambiguo. Aunque a primera vista parece ser un ideal universal, su significado cambia según quien la emplee y el contexto en el que se invoque. Históricamente, ha sido la bandera de ideologías y movimientos opuestos: fascistas, comunistas, dictadores y revolucionarios han encontrado en ella un símbolo adaptable para sus causas, ya sea para justificar una guerra, promover un genocidio o defender derechos fundamentales. Esta versatilidad no solo refleja su atractivo retórico, sino también su capacidad para ser tergiversada y servir a intereses particulares.

En esencia, la libertad es un concepto positivo. Sin embargo, cuando se utiliza como herramienta discursiva, puede convertirse en un arma para legitimar actos de opresión y violencia. Esto nos enfrenta a una paradoja esencial: ¿es la libertad un fin en sí mismo o un medio para alcanzar otros objetivos? En muchos casos, la libertad pierde su sentido original y deja de ser una condición para la convivencia y la autorrealización, transformándose en un pretexto para dividir, destruir y dominar.

Esta omnipresencia contribuye a banalizar su valor y a desviar la atención de cuestiones esenciales: ¿para qué sirve la libertad y a quién beneficia realmente? Cuando tanto opresores como oprimidos la reclaman como bandera, se hace evidente la necesidad de cuestionar su uso, su contexto y su autenticidad.

La libertad auténtica no puede ser la simple ausencia de restricciones ni la capacidad de imponer la propia voluntad sobre otros. Su significado más profundo radica en el equilibrio entre derechos y responsabilidades. Si el ejercicio de la libertad de unos implica la opresión o el sufrimiento de otros, deja de ser una verdadera libertad en el sentido ético y humano. Este equilibrio exige una reflexión mucho más profunda, ya que no se trata solo de defender la libertad como un principio abstracto, sino de considerar sus implicaciones y límites en nuestras relaciones, sociedades y sistemas.

En fin, la filosofía contemporánea, lejos de quedarse en preguntas sin respuesta, puede ofrecernos herramientas para enfrentar estos desafíos. Como sugiere Foucault en “La hermenéutica del sujeto”, debemos volver al gnothi seauton (conócete a ti mismo) para reflexionar sobre cómo vivir éticamente en un mundo lleno de sombras. Esta mirada introspectiva nos invita a construir una vida más consciente, basada en la bondad, la convivencia y el respeto por las libertades. 

Al final, somos seres complejos, grises, atrapados entre luces y sombras, no todo es blanco o negro. Pero la cuestión es, ¿es esta «zona gris» una excusa para la inacción o una oportunidad para elegir el bien a pesar de nuestras imperfecciones?  Porque, aunque el camino sea difícil, el objetivo es claro: construir un futuro donde el bien prevalezca, donde la paz supere a la guerra, y donde la libertad no sea un privilegio, sino un derecho inalienable. 


El texto fue escrito a partir de algunas de las ideas de las introducciones de los filocafés: ¿Hay personas completamente malas? (partes 1 y 2), Diálogos sobre guerra y paz, y Libertad y control.


La insociable sociabilidad

¿Progresa la humanidad en la historia?
El punto de partida de la filosofía kantiana es la paradoja que Kant detecta en el pensamiento de Rousseau:

  1. Denuncia que el progreso científico, artístico y económico es un factor causante de la corrupción moral y política de la humanidad.
  2. Intenta explicar cómo es posible una mejora moral del ser humano mediante la educación y una política basada en la voluntad general.

Según Kant, la cuestión sobre el progreso de la humanidad no puede decidirse mediante la experiencia, pero hay acontecimientos que generan un sentimiento de simpatía y de entusiasmo en que gente que no se afectada por ellos. Estos sentimientos, sobre todo el de entusiasmo serían una señal equívoca de un progreso en el sentimiento moral de la humanidad.

Hay que contemplar la historia de la humanidad como si en ella hubiera algún tipo de finalidad o intención de la naturaleza. Supone que, pese a las intenciones particulares tanto a nivel individual como a nivel de un pueblo, sigue su curso, todo se contempla desde un punto cosmopolita o universal.

La visión cosmopolita implica adoptar una visión general de la especie humana, sin limitarse a regiones, culturas o países. Además, esta visión de la historia conlleva un desarrollo de la racionalidad de la
especie. Pues la razón, necesita de varias generaciones para crecer y fortalecerse.

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La semilla de la razón solo germina y crece mediante el antagonismo y la lucha en la historia de la humanidad. Esto, Kant, lo refleja en el oxímoron «insociable sociabilidad», o sea, el individuo, por su egoísmo, tiende a la insociabilidad, pero, por su necesidad, se ve obligado a vivir en sociedad y a respetar las leyes. Estas dos inclinaciones son inhertes del ser humano, donde se puede ver claramente la postura de:

  1. La tendencia humana a formar sociedades y así desarrollar sus capacidades como ser racional.
  2. La resistencia a entrar en contacto con los demás; el impulso al individualismo y a actuar de forma egoísta.

Así pues, los frutos de la cultura y de la sociedad, como el arte y las ciencias, pero también la política, se deben, precisamente, a esa tensión entre la insociabilidad y la disciplina derivada de la necesidad de la vida social.

La guerra y los conflictos, para Kant,  incorporan un aspecto positivo, puesto que las guerras y los conflictos estarían abocados a establecer necesariamente un orden pacífico y servirían a un plan oculto de la naturaleza o providencia para un progreso hacia lo mejor.

Finalmente, para Kant, entorno a la cuestión expuesta. Este progreso de la humanidad en la historia es un progreso legal o jurídico, pero no moral. El plan de la naturaleza para la historia en clave cosmopolita es el establecimiento de un Estado universal no despótico que permitiera el desarrollo de las capacidades de la especie humana y una situación de paz mundial.