La Auditoría de la Conciencia

Para esta disección de Diógenes de Sinope, hay que intentar comprender hasta qué punto el Limes (la frontera) se sitúa justo en el borde de lo que una persona podría pensar. Para entender absolutamente al «perro», al cínico, tenemos que comprender una historia que parece desgarbada y que apunta más a alguien que roza la esquizofrenia por incomprensión del receptor que por su propia lógica.
Fue pues Diógenes, hijo de banquero, colocado en el extremo sur de la costa turca, en Sinope, donde tuvo ocasión de formar parte de una de las células que conectaban la primigenia Ruta de la Seda. Ese era el punto donde confluían muchas culturas y donde el comercio trataba la civilización como un intercambio de éticas difusas.
Fue la pérdida de la confianza social lo que acabó precipitando al propio Diógenes al ostracismo y, de ahí, a entender que el mundo sigue girando incluso cuando tu vida terminó. Es ahí donde nació la razón afilada de una persona que entendió que, si sin una causa justificada acabó exiliada, él podía tomar las riendas de lo que aún le quedaba.
Por lo tanto, tenemos que entender que el cinismo —esa escuela tan vilipendiada que realmente a día de hoy se está empleando para señalar al mentiroso— era la práctica de la verdad absoluta sin disfraz ni mordaza. Trataba de enseñar a las personas que la mejor manera de comunicarse era siendo tan honestos como el frío en el invierno.
Diógenes, o un cínico, no te iba a faltar al respeto ni a dar un juicio de valor sobre tu persona; iba a describir exactamente lo que habías hecho y puesto enfrente del espejo. Tal es así que la más famosa de sus situaciones fue aquella en la que Alejandro Magno le decía qué podía concederle y él solo pidió que se apartase: si Alejandro lo podía hacer todo, Diógenes solo quería poder tomar el sol.

En esa tesela, en esa rúbrica donde el hombre desarrapado le dice al Dios en la tierra que se aparte, se refleja el arquetipo del ciudadano al que todos deberíamos aspirar. En este sentido, lo que más hay que comprender de Diógenes no es su palabra —pues no tenía ninguna—, sino los relatos de sus acciones. Al final, la única manera de entender a un hombre libre es aquel capaz de unir en ese punto, comprendiendo que el único límite que tiene una persona es la conciencia.
Así pues, Diógenes firmaría el designio de no aceptar que uno puede acatar las costumbres y convencionalismos sin perder el propio juicio, asumiendo que no hay más capacidad de juicio que la propia ética. Y que esa conciencia debe estar siempre pulcra para poder estar en paz con uno mismo; es en ese punto en el que uno no puede tener miedo, sino a otra cosa que el poder pensar que en algún momento puede acabar perdiendo la capacidad de saber.
Y en esa ética férrea del ciudadano crítico que se asentó con Diógenes, acabaría proyectándose socialmente en un linaje que llegaría hasta nuestros días a través de Zenón de Citio.
Epitafio:
Si Dios bajara a la tierra y me concediese un deseo, le solicitaría que se apartase.
La Lección de Sinope.
De la escuela cínica podemos aprender a generar los cimientos del templo de nuestra conciencia. Al despojarnos de prejuicios y miedos, esa llama de la parresía que regalamos se convierte en el núcleo de un pacto para hacer grandes cosas. Esto hace que la escuela cínica y la estoica sean indivisibles: el designio de la sociedad solo puede ser guiado por aquel que ha aprendido primero a gobernarse a sí mismo. La base y el corazón de toda ética es, y será siempre, el respeto absoluto a la propia conciencia.

Para saber más:
Infante, E. No me tapes el sol ed. Ariel
García, C. La secta del perro. Vidas de los filósofos cínicos ed. Alianza
Frases y anécdotas de Diógenes el cínico: Filósofo
Diógenes de Sínope, el gran agitador de conciencias en Revista Filosofía&Co
