Ludwig Wittgenstein es uno de los filósofos más influyentes del siglo XX. Ingeniero, profesor, jardinero, camillero de guerra y constructor, publicó en vida un solo libro: el Tractatus Logico-Philosophicus, escrito en medio de la Primera Guerra Mundial.
La filosofía de Wittgenstein comienza con una pregunta: ¿cuál es la relación entre el lenguaje y el mundo? En el Tractatus, el lenguaje representa la realidad. Por eso afirma: «Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo». La estructura del lenguaje es también la estructura de la realidad.
El Tractatus se compone de siete partes. La última contiene únicamente una sentencia: «De lo que no se puede hablar, es mejor callar». Más que una crítica a la metafísica, esta frase muestra que la filosofía no puede hablar de todo. Para Wittgenstein, existe algo inexpresable que solo puede mostrarse: lo místico.
Aunque suele hablarse de un primer y un segundo Wittgenstein, entre el Tractatus y las Investigaciones filosóficas existe un desarrollo de su pensamiento. En Observaciones filosóficas profundiza en la gramática y en la pregunta sobre cómo conocemos.
Más adelante, en las Investigaciones filosóficas, Wittgenstein ya no busca establecer cómo debe usarse el lenguaje, sino comprender cómo lo usamos. Surgen así los juegos de lenguaje. Cada lenguaje posee reglas y cada uso expresa una forma de vida. Lo importante ya no es únicamente qué significa una palabra, sino cómo funciona.
Sin embargo, una idea permanece: no todo puede expresarse mediante el lenguaje. «Lo que puede ser mostrado no puede ser dicho». El lenguaje explica cómo son los hechos, pero existen límites que no puede atravesar.
Por eso, para Ludwig Wittgenstein, la filosofía no demuestra nada: solo puede mostrar. Y quizás, ante lo verdaderamente inexpresable, el método filosófico más profundo sea guardar silencio.
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