Una breve reflexión sobre el miedo

El ser humano moderno se considera a sí mismo civilizado, pero quizá no sea más que un animal asustado con una arquitectura moral medianamente sofisticada. Ha aprendido, con el paso de los siglos, a poner nombres respetables a sus apetitos: esfuerzo, mérito, libertad, propiedad, éxito. Estas palabras tienen apariencia de virtud; se pronuncian con solemnidad en los periódicos, en los parlamentos, en las sobremesas familiares. Pero basta acercarse un poco a ellas para advertir que muchas veces no nombran una conquista moral, sino una coartada. Bajo su superficie pulida se suele respirar una verdad menos decorosa: el miedo.

No hablo de un miedo excepcional, sino de ese miedo ordinario que organiza la vida sin pedir permiso. Está en la relación con el vecino, con el compañero de trabajo, con el amigo que parece tener más suerte, con el pobre que nos recuerda una posibilidad que no queremos mirar. Vivimos entre vínculos torcidos porque hemos aprendido a tratarnos como amenazas antes que como presencias. Una desconfianza produce otra, una humillación se transmite de una persona a la siguiente, y así se forma un infinito afectivo: nadie recuerda ya el primer daño, pero todos hablan su lengua.

Durante mucho tiempo la televisión ha sido, con el permiso de las redes sociales, el espejo doméstico de esta enfermedad. Uno enciende el aparato del salón y encuentra, bajo la apariencia inocente del entretenimiento, una pedagogía de la burla: programas dedicados a reírse de otros, cotilleos sobre vidas ajenas, noticias cada vez más trágicas servidas como alimento cotidiano de la ansiedad. No se nos enseña a comprender el mundo, sino a temerlo, envidiarlo o despreciarlo. El salón familiar se ha convertido en una pequeña escuela de crueldad pasiva.

No es extraño que una sociedad educada en esa tensión acepte sin demasiada sorpresa que alguien posea seis, siete o veinte casas. “Si las tiene será porque se las ha ganado con su esfuerzo; y si se las merece, ¿por qué iba a dejar de querer más?” La frase parece razonable sólo mientras se la deja descansar en la superficie. Lo que llamamos esfuerzo está atravesado por la fortuna, por el lugar de nacimiento, por la herencia, por los contactos, por la acumulación previa de capital y por una cantidad de ventajas que rara vez se confiesan porque arruinarían la belleza del relato. El privilegiado suele narrar su vida como si hubiera partido de cero, cuando en realidad muchas veces partió desde una altura que ya no sabe reconocer. Estos afortunados quieren tener más, pero no pueden decirlo de manera desnuda; necesitan una moral que lo vuelva aceptable. De ahí la utilidad de la cultura del esfuerzo cuando la predican quienes ya no dependen de ella. Nos dicen que trabajemos más para conseguir lo que queremos, nos invitan a creer que la pobreza es una falta de carácter y que la riqueza es una prueba de mérito. El esfuerzo, para ellos, fue una escalera; una vez arriba, la retiraron del edificio y nos dejaron admirando la fachada.

La eficacia de este relato no reside en su verdad, sino en nuestro temor. Quien tiene una casa teme perderla; quien tiene dos teme volver a una; quien vive de alquiler teme no poseer nunca nada; quien no tiene ahorros teme que la vida entera se derrumbe con una avería, una enfermedad o una carta del banco. Así, incluso quienes apenas participan del banquete terminan defendiendo la mesa. Compramos la moral del esfuerzo porque tememos quedarnos fuera de su promesa. El rico se vuelve admirable porque representa una fantasía de inmunidad. No lo envidiamos sólo por lo que tiene; lo envidiamos porque “parece a salvo”.

No obstante, sería demasiado cómodo cargar toda la culpa sobre los ricos, como si bastara con que se volvieran pobres para que la historia quedase purificada. Imaginemos por un momento que renuncian a su exceso y que la igualdad se restablece entre los seres humanos. Imaginemos un nuevo comienzo: sin herencias, sin capital acumulado, sin jerarquías materiales. ¿Duraría mucho esa justicia inaugural? Me atrevo a decir que no. El hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra para acto seguido elaborar un sistema filosófico que justifique su caída.

Incluso en condiciones de igualdad, muchos querrían conservar algo por prevención. Nadie se fiaría plenamente del resto. Cada cual buscaría una pequeña reserva que lo protegiera del porvenir y de los otros. La cooperación duraría mientras el miedo permaneciera dormido; pero el miedo no duerme mucho. El ser humano no ha vivido solamente frente a la naturaleza, sino frente a otros de su especie a quienes la naturaleza ha repartido distintas suertes. De ahí que la amistad humana sea siempre una conquista delicada: deseamos cooperar, pero sospechamos; deseamos confiar, pero calculamos; deseamos vivir en paz, pero dejamos una mano cerca del arma. Si creo que mi vecino puede quitarme mañana el plato de sopa, ¿por qué esperar a mañana? Bajo esa lógica, no iré a su puerta con un gesto de generosidad; iré a declarar que la sopa era mía desde el principio, y lo haré así porque el miedo habrá pensado antes que yo.

Así nacen los dominadores: no nacen de un acto de “maldad pura”, sino de un temor que decide adelantarse. Unos pocos atacan antes, acumulan antes, someten antes. Y al hacerlo obtienen una tranquilidad peculiar: descansan porque otros han empezado a vivir inquietos. Su seguridad se edifica sobre la inseguridad ajena; su paz privada se alimenta de una ansiedad colectiva. El miedo no desaparece: cambia de domicilio. Sale del pecho del “fuerte” y se instala en la vida del “débil”. Y de este modo, volvemos a la misma situación de partida, donde la fuerza productiva de muchos sostiene la calma de unos pocos.

Pero sería un error convertir el miedo en una “condena metafísica”. El miedo no es una enfermedad vergonzosa del ser humano; es una de sus primeras noticias sobre el mundo. Antes de que naciéramos ya estaban la noche, el azar, la pérdida, la inmensidad y esa maravillosa incertidumbre que vuelve preciosa y terrible toda existencia. Temer no nos envilece. Lo que nos envilece es levantar una doctrina alrededor del miedo y obligar a los demás que vivan dentro de ella.

La tarea, entonces, no consiste en extirpar el miedo, sino en impedir que nos gobierne. Un hombre puede temer y, aun así, no arrebatar el pan de su vecino. Puede desconfiar del porvenir y, aun así, tender la mano. Puede saber que el mundo no ofrece garantías y negarse a añadir crueldad a la incertidumbre. Se ha dicho con mucha frecuencia que lo contrario del amor es el odio. Yo creo que lo verdaderamente contrario del amor es el miedo a amar: miedo a depender, a abrirse, a perder, a quedar expuesto, a descubrir que nadie se salva solo. Ese miedo contrae el cuerpo y el pensamiento; ese miedo nos vuelve pequeños.

Por tanto, en estos tiempos de incertidumbre, y por ende de miedo, es importante que recordemos un mensaje que por ser bíblico no deja de ser universal: “amar al prójimo como a uno mismo”. No habrá fraternidad entre nosotros si vivimos atrincherados bajo nuestros miedos. El ser humano tropieza con la misma piedra, sí; pero a veces se levanta y sana su herida en vez de convertir la piedra en arma. En ese pequeño gesto, el miedo pierde su corona. Seguirá ahí, como seguirá la noche, pero dejará de ser amo y volverá a ser sólo miedo.


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