El fuego antes que la frontera

Raíces al aire, tierra de otros y una mesa para todos

«Enraizarse es quizá la necesidad más importante y más desconocida del alma humana.»
Simone Weil, Echar raíces

Hay una exposición en el Rautenstrauch-Joest-Museum de Colonia, Return, que pregunta qué puede significar volver hoy. Tiene vídeo, fotografía, textiles e instalaciones de artistas de lugares diferentes, y trata de lo que se pierde al marcharse y de lo que se reconstruye después.

Entre todo lo que vimos hubo dos piezas que, unidas a la experiencia de la exposición, ampliaron un texto que tenía a medias sobre el fuego y el sentido de comunidad. Una pertenece a Hiba G. Isleem –Dance of the Dying Roots. Una planta con las raíces al aire, que no consigue encajar en la tierra y tiene las ramas cortadas, comparte pantalla con una bailarina de ballet. A ratos, los movimientos de ambas se parecen: el mismo intento de sostenerse, el mismo equilibrio precario. La otra, una obra de Margeaux Abeyta –The Reclamation Project. En el suelo, diez montones de tierra distinta marcan los lugares donde ha estado la artista Y la guía lanza una cuestión: ¿cómo era el último suelo que pisaste antes de emigrar? Aunque yo pensé en: Cuando el suelo cambia bajo nuestros pies, ¿qué es lo que sigue sosteniéndonos?

Esa pregunta me llevó a pensar que casi todo lo que decimos sobre la integración de quien migra parte de un error de planteamiento. Hablamos como si la pertenencia fuera un estado que se alcanza, un trámite que se cierra cuando alguien aprende el idioma, consigue el papel y deja de desentonar. Pero pertenecer no es un estado. Es algo que se hace con otros, y se hace de un modo bastante concreto.

El suelo

Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo
Ortega y Gasset (Meditaciones del Quijote)

Ortega resumió su filosofía en una frase, yo soy yo y mi circunstancia, y solemos leer la circunstancia como un decorado más o menos accidental. Delante de aquellos diez montones de tierra, la circunstancia dejaba de ser decorado. Era materia, algo que se puede coger con las manos y que huele distinto según de dónde venga.

Quien ha vivido siempre en el mismo sitio camina sobre un suelo que no ve, precisamente porque nunca le ha fallado, permanece en él por seguridad, por miedo a la incertidumbre o, simplemente, porque nunca ha necesitado preguntarse qué significa pertenecer a un lugar. El suelo se vuelve invisible cuando sostiene sin sobresaltos.

 Sin embargo, quien migra descubre que el suelo no es solo tierra, Es un lenguaje, costumbre, horarios, olores, afectos y formas de entender. Un suelo en el que cada paso es una pregunta. Y a veces el suelo nuevo no admite a la raíz que traes. La planta del vídeo, con sus raíces fuera, que no conseguía permanecer, me evocó esa idea de que la tierra no está hecha para ella, o ella no está hecha para esa tierra, y mientras tanto sigue moviéndose, como la bailarina, para no caer, no es tanto una falta de voluntad de arraigar.

Simone Weil escribió en Echar raíces que enraizarse es quizá la necesidad más importante y más desconocida del alma humana. Lo pensó para pueblos arrancados de su tierra, y lo decisivo de su idea es que el arraigo no consiste en haber nacido en un punto del mapa sino en participar de forma real en la vida de una colectividad. Se puede estar enraizado en una tierra que no es la de nacimiento, y se puede estar desarraigado en la propia. La planta no necesita que le pidamos más esfuerzo, lo que necesita es un suelo que la acoja.

El fuego

¿Y qué hace que un suelo acoja? Conviene volver a lo más antiguo. En algún momento de nuestra prehistoria, un grupo humano se sentó alrededor de una llama controlada, y lo que era una suma de individuos pasó a ser una revolución. El antropólogo Richard Wrangham sostiene que cocinar transformó nuestros cuerpos. A mí me interesa más lo que transformó entre nosotros. El fuego obliga a esperar, a repartir, a turnarse, a quedarse. Alguien lo cuida mientras otros duermen. Alguien parte el alimento y decide quién come primero. Esa pequeña coreografía, repetida durante milenios, es la primera institución política de la que tenemos noticia, y nace de una necesidad compartida y de un gesto de cuidado, y no de un contrato. [1]

Por eso creo que el fuego debería pensarse menos como un objeto y más como una tecnología de pertenencia, es decir, en aquello que convierte a un grupo de individuos en una comunidad. La cocina, su heredera, conserva esa función. Quien migra lleva en la maleta una receta antes que un título. Cocinar lejos de casa es una forma de seguir diciendo «existo» sin necesidad de discurso, y cocinar para otros es una forma de invitar sin exigir. La propia exposición lo intuye: junto a las obras hay encuentros alrededor de la comida y un recetario digital que crece con lo que la gente aporta. Un recetario colectivo guarda un saber que ningún archivo oficial había considerado digno de archivo, al menos eso creo. La cocina es uno de esos archivos sin sellos.

Pero aquí hay una trampa, la nostalgia consuela, une y puede embellecer el pasado. La receta de la abuela sabe a una casa que ya no existe tal como se recuerda. Si el fuego solo sirviera para volver, sería una cárcel dulce. Su valor está en que sirve para empezar algo con otros, aquí, ahora, con lo que hay en la despensa. Y puede ser que eso responda, en parte, a la pregunta de la guía, considerando que el último suelo que pisé antes de emigrar ya no existe como lo recuerdo, pero sí puedo llevarme un gesto: partir el pan, compartir la mesa.

Quién enciende el fuego

«Del presente para caer en el futuro desconocido, pero sin olvidar el pasado».
María Zambrano, “El exilio como patría”


Hannah Arendt, que conoció el exilio y escribió sobre él sin lástima, entendió que quien lo pierde todo conserva algo que no se confisca, la capacidad de empezar; su idea de natalidad vale tanto para quien nace como para quien llega a una ciudad. María Zambrano, tras décadas de destierro, pensó el exilio como un despojamiento que enseña a mirar de otra manera. Gloria Anzaldúa reivindicó el entre-lugar, ese espacio incómodo entre mundos, como una forma fértil de identidad, no como una carencia que resolver. Y Rosi Braidotti propone el sujeto nómada como alguien que se niega a dejarse encerrar en una sola definición de sí mismo.

Si junto estas cuatro pensadoras con mi experiencia en el museo el esquema mental sería migración, fuego, cocina, comunidad, territorio, identidad. La identidad aparece al final, no al principio. No considero que sea algo que se traiga puesto y se defienda como una posesión, lo veo como el resultado de cocinar con otros, en un sitio concreto, lo que cada uno aporta y lo que la tierra ofrece. A veces sale mal, a veces se quema y a veces sale algo que nadie sabía que existía. Muchas veces una persona descubre que sigue perteneciendo a un lugar cuando reconoce un olor saliendo de una olla.

A cierto discurso público. Pedir al que llega que se integre sin ofrecerle un fuego alrededor del cual sentarse es pedir un imposible lógico, la pertenencia no se concede por decreto, se debería practicar en común. Y quien la niega, quien mantiene a otro de pie mientras todos comen, no protege ninguna esencia, solo empobrece el fuego. Quizá no es tanto quién merece sentarse, sino qué clase de comunidad somos si el fuego solo calienta a quienes llegaron primero. O, para terminar, donde empezó parte de la visita: ¿qué suelo estamos ofreciendo a quien llega con las raíces al aire?


Poema compartido por la autora, Pilar Flores, para acompañar la lectura:

Huérfana de lugar
No tengo país en la lengua
Ni una lengua sola en el cuerpo.

Me deshabito
me habito me deshabitúo.
Algo quedó en el umbral de otra casa.
Como arañazos en la madera de las puertas.

Madre de un gesto nuevo
Aprendido al hacer
Hago cuerpo con lo que invento.
Parir
Con las manos vacías.

¿Cómo aprender un mapa
cuando el suelo cambia cada noche?

Pilar Flores

[1] Apuntes: “Hª de la ciencia y de la técnica” Prof. Antonio García Belmar


Recursos:

Sobre la exposición: «return» y Rautenstrauch-Joest-Museum.

Hiba G. Isleem –Dance of the Dying

Margeaux Abeyta –The Reclamation Project

Filosofía para Niños:

Cosas de raíces (3-5 años)

Calista el misterio del yo y de la libertad