Lo que el ajedrez me enseñó

Hay juegos de mesa que, tras unas cuantas indicaciones, todos somos capaces de jugar con cierta destreza. Tengo incluso la suerte de contar con amigos muy inteligentes de expedientes universitarios brillantes que, como un relámpago, aprenden las reglas y juegan a un nivel alto varios de estos juegos. En todos ellos me suelen ganar con bastante facilidad, pero no en el ajedrez. Este noble juego requiere mucho más que saberse las instrucciones.

No deseo remontarme a los orígenes históricos del ajedrez. Doy por sentado que el lector entiende, al menos en un nivel muy básico, en qué consiste el juego: un tablero de 64 casillas que se juega con ocho peones, dos caballos, dos alfiles, dos torres, un rey y una dama por cada jugador, cada tipo de pieza tiene movimientos definidos y un objetivo claro: ganarle la partida al rival. Más bien me gustaría centrarme en aquello que esta disciplina milenaria puede enseñarnos sobre el comportamiento humano.

El juego “infinito”

Antes de adentrarnos en sus enseñanzas, empecemos con un aspecto que me fascinó profundamente sobre este juego. En ese tablero se despliega un universo de posibilidades tan inmenso que supera con creces nuestra capacidad de previsión. Ese pequeño espacio de madera encierra más combinaciones de jugadas que átomos hay en el universo conocido y, sin embargo, lo sostenemos entre nuestras manos, lo jugamos en una mesita con amigos o lo llevamos a la playa en vacaciones. 

Es un hecho bien documentado que, en el ajedrez profesional, la repetición exacta de partidas completas es extremadamente rara. Aunque puedan comenzar de una manera similar, cada una termina divergiendo en un universo propio de decisiones y consecuencias. Esa proliferación inagotable de variantes permitió dar sentido a la vida del Dr. B en la Novela de ajedrez de Stefan Zweig. Aislado por la Gestapo en una habitación sin estímulos, privado de libros, de conversaciones y casi de identidad, el Dr. B descubre en el ajedrez un refugio mental inesperado. El juego se convierte para él en un universo interior capaz de reemplazar aquel mundo exterior que le había sido arrebatado. Cada partida imaginada, cada combinación reconstruida de memoria, le ofrecía una forma de resistencia intelectual frente a la aniquilación psicológica a la que estaba siendo sometido.

La riqueza de variantes en el ajedrez también me recuerda ciertas ideas de la ciencia contemporánea, especialmente aquellas relacionadas con la teoría del caos, que estudia cómo en sistemas regidos por reglas fijas, pequeñas variaciones en las condiciones iniciales pueden producir consecuencias drásticamente distintas. Del mismo modo, en una partida de ajedrez, un movimiento prematuro, una defensa mal planteada o una pieza colocada con ligera imprecisión puede derivar, unas jugadas después, en una catástrofe estratégica. 

Las enseñanzas del ajedrez

Debemos admitir que lo más valioso del ajedrez no es esa lectura casi mística que acabamos de hacer, sino más bien su plano ético. El ajedrez nos enseña lecciones reveladoras sobre la condición humana. Permite “leer el pensamiento” del otro, y eso requiere empatía y análisis al mismo tiempo. Además, el ajedrez expresa la máxima forma de respeto ante la derrota. Al levantar la mano y rendirse se encarna una nobleza que pocas actividades humanas requieren explícitamente. Cierto es que en la modalidad online no siempre se conserva esa cortesía; no obstante, el gesto tradicional sigue siendo un recordatorio moral de que la dignidad no está en ganar, sino en cómo se afronta la derrota.

Este juego también me ha hecho pensar en otras prácticas humanas aparentemente dispares. Por ejemplo, siempre me he preguntado por qué los jugadores de tenis ejecutan su saque de esa manera tan peculiar: toman la bola, la elevan y coordinan su cuerpo con la raqueta para ejecutar un golpe seco con una precisión milimétrica, imponiendo su voluntad desde el primer momento. El ajedrez, como el tenis, es un juego de iniciativa. En el saque, el tenista busca dominar el ritmo desde el inicio; en el tablero, las blancas, al mover primero, tienen la oportunidad de tomar el centro y marcar el compás de la partida. En ambos casos, la clave está en no renunciar a la iniciativa: dominar antes de ser dominado.

Numerosos autores han explorado este juego más allá del tablero. Garry Kasparov, ex campeón mundial, en su libro Cómo la vida imita al ajedrez, traslada las experiencias de la máxima competición a decisiones estratégicas en los ámbitos profesional y personal, destacando la importancia de evaluar recursos, tiempo y calidad de las decisiones con una mirada amplia y flexible. Y más atrás en el tiempo, Benjamin Franklin, además de ser uno de los padres fundadores de Estados Unidos, escribió en The Morals of Chess que el juego no es un mero pasatiempo, sino una forma de adquirir cualidades útiles para la vida cotidiana. En última instancia, el ajedrez nos ofrece reflexiones sobre nuestra propia condición humana.

El ajedrez como espejo de la condición humana

Llegados a este punto, me propongo comprender con mayor claridad esa parte de la condición humana que se refleja en este pequeño tablero de posibilidades infinitas. Más allá de la teoría y la estrategia, el ajedrez me ha enseñado a mirar a sus piezas como si fuesen rostros de nuestra propia naturaleza. Por eso, en lo que sigue, me dispongo a comentar brevemente lo que he aprendido de ellas a lo largo de los años en los que he practicado este maravilloso juego.

El papel del peón en el juego es el de un soldado muy modesto, avanza con pasos cortos. Es la pieza más limitada del juego pero si corona, es decir, si alcanza la última fila se convierte en una pieza de mayor valor, generalmente en dama. El juego lo permite porque sino sería un absurdo haber llegado tan lejos para quedarse como antes. Y, sin embargo, coronar no es fácil. A diferencia de lo que predican los libros de autoayuda, el peón no llega a la octava fila en un tablero intacto. Lo hace, si lo hace, después de una batalla larga y costosa, cuando apenas quedan piezas en pie. Por tanto, el peón no representa la promesa fácil del éxito, no se transforma solo con desearlo, sino porque ha sobrevivido lo suficiente. Y cuando lo logra, ya no es el mismo: para coronar, ha debido renunciar incluso a ser quien era, y debe tomar nuevas responsabilidades en el juego.

El caballo representa al espíritu singular que no obedece trayectorias rectas. Su movimiento característico en L desafía la lógica lineal de este juego, y su capacidad de saltar sobre las demás piezas sugiere una comprensión distinta del espacio: como si intuyera una dimensión secreta. Como ocurre con quienes no siguen los caminos habituales, la lógica del caballo resulta tan distinta que muchos jugadores no alcanzan a comprender el sentido de sus movimientos hasta que ya es demasiado tarde. Se le subestima porque no parece avanzar “conforme a las reglas”, pero precisamente por eso, cuando se usa con sabiduría, puede desestabilizar cualquier esquema del rival.

Hay otras piezas, como los alfiles, cuyo poderío se ejecuta desde la distancia: se deslizan en diagonales que atraviesan el campo de juego de un lado al otro, pero lo hacen sin cruzarse. Cada alfil está destinado a expresarse bajo un solo color. Por eso, funcionan mejor en pareja. Juntos, pueden cubrir una mayor parte del tablero. Un buen jugador lo sabe: no se gana una partida pensando en blanco o en negro. Los alfiles utilizados sin coordinación nos recuerdan a esos equipos que trabajan, cada uno de manera local y encerrado en su propio procedimiento, incapaces de ver más allá de su lógica interna. El trabajo ejecutado de esta manera tiene un alcance muy limitado; para llevarlo a cabo con verdadera eficacia, es necesario “salir de nuestro mundo” y aprender a combinar formas de trabajo que, aunque en el día a día no se comuniquen, resultan indispensables cuando se busca una estrategia de escala global.

Las torres superan a los alfiles en fuerza de juego, y esto se debe a que su función no está determinada por el color de las casillas del tablero. Ambas torres tienen permitido avanzar por filas y columnas sin ambigüedad alguna. Una de sus funciones principales es brindar protección al rey, y su actividad resulta admirable cuando ambas permanecen comunicadas y el camino está despejado, como ocurre en los finales de partida; entonces imponen toda su fuerza y parecen inapelables. Pero ese poderío depende del orden. La torre no improvisa ni se adapta al caos: necesita líneas abiertas. Cuando el tablero se vuelve confuso y los caminos se obstruyen, su capacidad de influencia en el juego disminuye. A diferencia del caballo, que prospera en el enredo, la torre representa a quienes sostienen el orden y sólo pueden ejercer plenamente su poder mientras ese orden se sostenga.

Prosigamos con la figura del rey. El monarca al comienzo de cada partida parece débil, se mantiene a resguardo mientras otros combaten. Pero su poder se despliega de manera gradual a medida que transcurre la partida. Cuando la batalla avanza y el campo de juego queda con menos piezas, es entonces cuando el rey empieza a moverse: paso a paso, entra en el corazón del conflicto. Llegado al tramo final, el rey puede llegar a ser más valioso que un caballo, y su presencia en el centro del tablero inclina la balanza hacia uno de los jugadores. Un buen rey no se precipita: al principio da órdenes desde la retaguardia, asegurando su posición y sólo cuando el campo está despejado revela su verdadero alcance.

Finalmente, hablemos de la dama: la soberana absoluta del juego. En este mundo bidimensional, la dama no conoce límite: su potencia se despliega desde la apertura y se mantiene hasta el final. Concentra en sí el alcance diagonal y coordinado de los alfiles y el dominio rectilíneo de las torres, sin restricciones de ningún tipo. En ella también se materializan los deseos de los peones que sueñan con ser dama. Ella es la libertad geométrica en su forma más pura: puede ir a casi cualquier lugar, casi en cualquier momento. Si la felicidad en el ajedrez consistiera en la capacidad de expresarse plenamente, entonces la dama sería su emblema. Pero incluso ella tiene un límite: no puede moverse como el caballo. Esa pequeña anomalía, ese salto en L que escapa a toda lógica lineal o diagonal, le está vedado. Esto nos recuerda que incluso en los sistemas donde una pieza lo puede casi todo, hay algo que le falta. Tal vez la felicidad que tanto perseguimos también sea así: brillante, expansiva, pero incompleta. Y quizá, al igual que el caballo, requiera un tipo de movimiento –un salto de fe– que aún no terminamos de comprender.

Reflexiones finales

El ajedrez, con sus piezas estrictamente codificadas y su universo de posibilidades impredecibles, ha producido a lo largo del tiempo partidas que muchos jugadores describen como obras de arte. Quien empieza a comprender el juego advierte que existen combinaciones que despiertan una admiración comparable a la que provoca la contemplación de un cuadro de El Greco o una escena cuidadosamente compuesta del cine de Stanley Kubrick.

Además, a través del juego se nos han revelado aspectos esenciales de la condición humana. Cada pieza, con su movimiento propio y su destino nos habla de nuestras formas de actuar, de aspirar y de resistir. Y al contemplar este pequeño mundo regido por normas simples pero fértiles, uno se pregunta si no estaremos ante algo más que un juego: ¿acaso proyectamos en él un orden ideal que la vida no nos da, o es que la vida misma funciona como un juego cuyas reglas desconocemos y al que jugamos como buenamente podemos? En cualquier caso me quedaría con una enseñanza de todo esto, y es que incluso en un pequeño tablero de 64 casillas, la inteligencia humana encuentra espacio para gobernarse a sí misma.

En defensa del pianista de crucero (o de la excelencia de lo invisible)

Hay frases que se pronuncian con ligereza y que, sin pretenderlo, dejan al descubierto cómo juzgamos el valor de las personas. Hace muchos años, en un programa de televisión español dedicado a la búsqueda de nuevos cantantes, un miembro del jurado sentenció a un joven músico diciéndole que, como mucho, sería un pianista de hotel; más tarde, con aparente condescendencia, lo “promovió” a pianista de crucero. El tiempo, que posee una pedagogía más precisa que cualquier tertulia televisiva, corrigió aquel juicio. El artista se consolidó y actualmente es una figura reconocida en el panorama musical español, hasta el punto de que aquel miembro del jurado acabó reconociendo públicamente su error.

Esta situación anecdótica merece ser recordada no como un ajuste de cuentas personales, sino porque pone de relieve un sesgo cognitivo más vinculado a la aplicación de ciertos presupuestos culturales que a un error individual. En la valoración de aquel miembro del jurado operaban dos ideas muy arraigadas en nuestra forma de entender el talento. La primera, que el talento auténtico debe manifestarse de manera inmediata y sin ambigüedades. La segunda, que existe un molde previo –una suerte de plantilla– de lo que consideramos talento legítimo. Esa plantilla está históricamente escrita en la figura del genio: singular, disruptivo, excepcional, casi milagroso. Al beber de esta tradición, aquel miembro del jurado proyectó dicho ideal sobre un talento emergente y, de este modo, lo que comenzó como un juicio de valor terminó convirtiéndose en un prejuicio.

El prejuicio de la grandeza visible

En el mundo occidental vivimos obsesionados con los nombres propios. Nuestra educación, la divulgación cultural y la conversación ilustrada están pobladas de genios. La historia se nos presenta como una sucesión de momentos estelares de la humanidad, episodios luminosos en los que parece que todo el progreso se concentra en unos pocos eventos liderados por algunas personas extraordinarias. Leemos sobre la edad de oro inglesa y desfilan nombres como William Shakespeare, John Milton o Isaac Newton; la edad de oro holandesa se encarna en Rembrandt van Rijn, Johannes Vermeer o Christiaan Huygens; incluso en Dinamarca evocan sus años dorados nombres como Søren Kierkegaard o Hans Christian Andersen. Cada disciplina parece avanzar a saltos, impulsada por individuos casi míticos. 

Este modo de narrar el progreso no se limita a las artes o a las ciencias. Incluso sin ir más lejos, en la facultad de Economía donde estudié, los distintos modelos económicos se explicaban a través de nombres propios: David Ricardo, John Maynard Keynes, Milton Friedman. Las teorías parecían importar menos por su aplicación concreta que por la autoridad del apellido que las respaldaba.

Reconocer la aportación de estas personas es justo y necesario. La historia exige selección, y no puede narrarse como un inventario exhaustivo de lo ordinario. Sin embargo, el error aparece cuando tomamos la excepcionalidad histórica como norma para evaluar el talento humano. Cuando medimos toda capacidad humana con una vara diseñada para lo extraordinario acabamos despreciando casi todo lo “ordinario”. Como si el valor de una vida, de un oficio o de una obra dependiera de su capacidad para ser recordada siglos después. Esta idea no solo es empobrecedora y prejuiciosa sino que además es sencillamente falsa.

El pianista de crucero y la excelencia que nadie ve

Un pianista de crucero no es un aficionado simpático que toca de oído mientras los pasajeros beben cócteles. Es un profesional altamente competente: domina su instrumento, se adapta a estilos diversos, mantiene una calidad constante noche tras noche y comprende algo importante de la condición humana: saber acompañar sin reclamar atención.

Ha invertido miles de horas en adquirir una técnica que, precisamente por ser sólida, pasa desapercibida. Su éxito consiste en no interrumpir la conversación, en no forzar la emoción, en sostener una atmósfera. Para quien escucha distraídamente, su música parece fácil; para quien sabe, es el resultado de una disciplina exigente. El pianista de crucero busca la excelencia, pero lo hace de manera silenciosa. No es casual que muchos músicos de primer nivel hayan pasado en sus inicios por hoteles, salas pequeñas o cruceros. Espacios donde la música no busca precisamente deslumbrar. Pianistas de sesión, acompañantes, directores musicales han construido, desde esa discreción, una competencia que luego nutre a la industria cultural en su conjunto.

Hay innumerables tareas humanas que no son sensibles a la memoria histórica, pero sin las cuales la vida cotidiana se derrumbaría con una rapidez alarmante. Primero pensemos en algunas tareas a nivel micro: nadie recuerda al ingeniero que diseñó un sistema que nunca falla, precisamente porque nunca falla. Nadie celebra al programador que dedica semanas a depurar un error que, una vez resuelto, nadie vuelve a percibir. Pensemos en un cirujano frente a un paciente. No hay épica visible en una operación que sale bien: solo silencio, precisión, decisiones tomadas en segundos gracias a una vida entera de preparación. Para el paciente, esa intervención es la diferencia entre vivir o morir. Sin embargo, ese acto de excelencia rara vez trasciende la habitación del hospital.

Pensemos también a nivel macro, y centrémonos por un momento en las infraestructuras que sostienen nuestra vida moderna. Las carreteras por las que circulan los alimentos que encontramos cada mañana en el supermercado; los aeropuertos que permiten que familias separadas por continentes puedan abrazarse de nuevo; las redes eléctricas que hacen posible una cena entre amigos a altas horas de la noche, con luz, calor y normalidad; los sistemas de telecomunicaciones que convierten una llamada lejana en una conversación íntima; la expansión de internet, que ha transformado la forma en que trabajamos, aprendemos y nos organizamos. Ninguna de estas obras nació de una intuición genial aislada, más bien son el resultado de décadas de trabajo competente, coordinado y acumulativo.

A esto hay que añadir que, gracias a esta infraestructura invisible construida a partir de la excelencia constante de miles de personas, hoy muchas de las mentes más brillantes del mundo pueden colaborar entre sí de manera inmediata. Como consecuencia, nuestra idea de cómo se producen los grandes avances de la humanidad está siendo cuestionada. Los nuevos hitos del conocimiento ya no responden al modelo del genio solitario, entendido como aquella persona aislada que producía avances significativos desde su talento excepcional, sino que surgen de redes y formas de cooperación que atraviesan países, instituciones y disciplinas de diversa índole.

Prueba de este cambio es que, en las últimas décadas, muchos premios Nobel han dejado de recaer en una única persona para reconocer trabajos compartidos. Además este cambio de tendencia también se hizo visible durante la pandemia del COVID. El desarrollo de vacunas en un tiempo récord fue el fruto de una colaboración científica global sin precedentes. Laboratorios públicos y privados compartieron datos desde los primeros días del brote; equipos de investigación de distintos países trabajaron de forma simultánea sobre plataformas ya existentes; hospitales de todo el mundo aportaron datos clínicos en tiempo real. Las vacunas fueron posibles gracias a décadas de investigación previa en biología molecular, a infraestructuras consolidadas y a una comunidad internacional de científicos, técnicos y sanitarios que supo cooperar con rigor y rapidez.

Reflexiones finales

Aspirar a ser un pianista de crucero no tiene porqué ser entendido como una renuncia a la excelencia. Significa hacer bien lo que hacemos incluso cuando nadie nos observa. Hemos aprendido a identificar el mérito con lo excepcional, y en ese aprendizaje hemos pasado por alto que el mundo no funciona solamente gracias a acontecimientos extraordinarios, sino también gracias a la repetición fiable de actos silenciosos pero bien ejecutados.

En todas las disciplinas existen profesionales que no inauguran épocas ni alteran el curso de la historia, pero cuya ausencia se notaría de inmediato. Estas personas no destacan por su «genialidad» pero precisamente por eso son indispensables, porque trabajan cada día lejos del reconocimiento, cumpliendo con competencia y responsabilidad, y es en esa constancia silenciosa donde se manifiesta una de las formas más honestas y genuinas de excelencia.

La inteligencia artificial somos nosotros

En los últimos tres años no se habla de otra cosa. En el metro, en los desayunos, en la oficina, siempre hay alguien mencionando a ChatGPT, a Midjourney o a esa nueva aplicación capaz de escribir informes, hacer podcasts o componer canciones en segundos. Desde que apareció ChatGPT en 2022, la inteligencia artificial se ha colado en todas partes: en el trabajo, en la educación, en el arte y hasta en las sobremesas familiares. Se ha convertido en el tema estrella a debatir en las siguientes navidades.

Entre entusiasmo y miedo, se repiten las mismas preguntas: ¿cuándo llegará la llamada inteligencia artificial general? ¿En qué momento llegará la “singularidad tecnológica”, ese punto en que la inteligencia de las máquinas superará definitivamente la nuestra? Algunos lo dicen con admiración, otros con inquietud, pero todos –de una forma u otra– parecen convencidos de que algo trascendental está ocurriendo. Y sin embargo, antes de dejarnos arrastrar por el vértigo de las profecías tecnológicas, convendría mirar con calma qué es exactamente esta inteligencia que tanto nos deslumbra. 

¿Cómo “piensan” realmente las máquinas?

El auge actual de la IA se sustenta en los llamados Large Language Models o modelos de lenguaje a gran escala. Estos sistemas analizan cantidades inmensas de información sobre todo lo que hemos escrito durante décadas, y a partir de esos datos aprenden los patrones estadísticos con los que solemos construir nuestras frases. Cuando nos responden lo que hacen es predecir la palabra más probable que seguiría a otra, imitando la coherencia del lenguaje humano. Por ejemplo, si uno escribe “el sol sale por…”, el modelo completará “el este”, no porque sepa qué es el sol, sino porque esa combinación de palabras aparece con mayor frecuencia en los textos que ha revisado. Dicho de otro modo: la IA no sabe nada del mundo; solo conoce la forma en que el mundo ha sido descrito. Su estructura es relacional y probabilística, reproduce lo que ya fue pensado. Su inteligencia es una «inteligencia de la acumulación».

Y, aun así, escuchamos cada vez más voces que la describen como una “nueva forma de vida”. Yuval Noah Harari la ha descrito como una tecnología capaz de transmitir ideas humanas, generarlas e imponerlas, y Ray Kurzweil insiste desde hace años en que la singularidad está cerca. Esta visión, tan difundida como seductora, parte de una fe profunda en el progreso técnico: la idea de que la evolución no se detiene, de que lo artificial inevitablemente acabará reemplazando lo humano.

Sin embargo, esa fe no nace con la inteligencia artificial. Tiene raíces mucho más antiguas. Para entender de dónde viene y por qué seguimos confiando tanto en que las máquinas serán nuestras sucesoras naturales hay que retroceder un par de siglos, hasta la época en que comenzamos a medirlo todo con el ritmo de las fábricas: la Revolución Industrial.

La fábrica del pensamiento moderno

La Revolución Industrial empezó en la segunda mitad del siglo XVIII en Gran Bretaña, cuando la artesanía dio paso a la producción mecanizada y en masa. La introducción de innovaciones como la máquina de vapor, la hiladora mecánica, los telares automáticos y el uso intensivo del carbón permitieron acelerar los procesos productivos y reorganizar el trabajo humano dentro de las fábricas. Al mismo tiempo, el sistema de fábricas trajo consigo la división del trabajo, la estandarización de tareas, los turnos por horarios. El resultado fue extraordinario, se multiplicó la producción de bienes y la estructura social se transformó notablemente. Es en estas fábricas donde el cuerpo humano se empezó a ajustar a la máquina, y la jornada laboral se transformó en una coreografía de repeticiones.

Adicionalmente, esta nueva forma de producción también influyó en la manera en que hablamos y pensamos. El lenguaje se adaptó a las necesidades del trabajo industrial. En los talleres, en las oficinas, en los despachos, se empezó a hablar para coordinar tareas, emitir órdenes, registrar tiempos, controlar procesos. Las palabras se convirtieron en herramientas de gestión. Durante las más de diez horas de trabajo diarias, el ser humano aprendió a expresarse en términos funcionales: planificar, ejecutar, evaluar, optimizar, resolver. El habla se hizo técnica. La fábrica produjo una nueva gramática, una gramática de la eficiencia.

Para acelerar esa maquinaria en movimiento, los procesos se estandarizaron mediante la proliferación de manuales industriales y administrativos, diseñados para que cualquier trabajador pudiera replicar una tarea sin desviarse del método. El lenguaje debía ser claro, inequívoco, replicable: sin ambigüedades ni metáforas. De hecho, este modelo persiste hoy en entornos que podrían considerarse más sofisticados. Pensemos, por ejemplo, en el mundo financiero donde muchos analistas formulan informes que se consideran rigurosos dentro del sector y que con la precisión de un ingeniero, se escribe palabra a palabra en su respectivo marco corporativo: riesgo, exposición, rendimiento, eficiencia, probabilidad de incumplimiento. Se trata de un lenguaje que traduce el mundo en métricas.

Y esa forma de expresarnos, nacida en el trabajo, ha terminado infiltrándose en todos los ámbitos de nuestra vida. A día de hoy medimos todo. Los pasos que damos al correr por la mañana, las horas de sueño, las calorías consumidas, los likes que recibimos en una foto, utilizamos aplicaciones que monitorizan nuestro ritmo cardíaco con la misma lógica con la que, hace dos siglos, se medía la eficiencia de una máquina. Decimos “optimizar mi tiempo”, “gestionar mis emociones”, “evaluar mis resultados”, “cumplir mis objetivos” como si nuestras vidas fueran una extensión de los informes de rendimiento empresariales. Incluso el ocio se ha vuelto cuantificable: vemos series por su posición en un ranking, e incluso puntuamos los restaurantes donde comemos.

El resultado de esta doble transformación, la del trabajo y la del lenguaje, tiene su origen en una forma de pensamiento que Max Horkheimer y Theodor W. Adorno denominaron con el nombre de razón instrumental, una razón centrada en calcular los medios más eficientes para alcanzar un fin, sin detenerse a reflexionar sobre el valor de esos fines. En Dialéctica de la Ilustración (1944), ambos filósofos sostuvieron que la razón moderna, en su intento por dominar la naturaleza, había terminado dominando también al propio ser humano. El constante perfeccionamiento del aparato instrumental intensificó el control sobre el mundo natural, y terminó por extenderse al ámbito humano, reduciendo lo social a parámetros cuantificables.

A través de la industrialización se desarrolló un sistema de producción que transformó las relaciones humanas en engranajes de una maquinaria orientada al dominio, donde lo “racional” se definió por aquello que contribuyese a servir a un propósito productivo. Mientras que actividades como vivir por placer, tomarse un café con los amigos, jugar con tus hijos, hacer el amor o simplemente existir para uno mismo, han llegado a considerarse absurdas dentro de un mundo gobernado por la utilidad económica y la autorreproducción del sistema productivo.

Podemos decir, por tanto, que la inteligencia artificial no es una creación radical sino la consecuencia natural de la “industrialización del pensamiento”. Es el resultado de dos siglos de lenguaje mecanizado, de una razón que aprendió a reducir el mundo a procedimientos y fórmulas. Lo que hoy llamamos inteligencia artificial no es más que el espejo donde se refleja el lenguaje utilitario que hemos construido durante doscientos años. En resumen, hemos permitido que el pensamiento racional lidere el mundo y, al convertirlo en algoritmo, creemos haber creado inteligencia. Pero lo que realmente hemos hecho es automatizar nuestras propias limitaciones.

Las limitaciones y paradojas de la IA

Llegados a este punto, conviene preguntarse: ¿será capaz la IA de captar todas las dimensiones del pensamiento humano? Los defensores de la IA suelen responder que sí: los humanos también pensamos combinando ideas preexistentes, y por tanto, si una máquina puede hacerlo, también puede crear. Pero esta analogía es falsa. El ser humano no solo relaciona ideas: las pone en crisis. Puede imaginar lo que aún no existe, puede contradecir el marco de lo sabido y cuestionar la autoridad del conocimiento previo. Una IA, en cambio, está condenada a operar dentro de los límites de su base de datos. No puede cuestionarse lo que sabe, y lo que es peor aún, si todo el contenido escrito de una época defendiera una idea falsa, la IA la perpetuaría. Galileo habría sido refutado por una IA, y la teoría de la relatividad general de Einstein habría sido descartada. La IA no sabría reconocer una anomalía, porque su estructura no permite el salto que Thomas Kuhn (1962) llamó cambio de paradigma: ese momento en que una idea rompe el molde de su tiempo y transforma la manera en que comprendemos el mundo.

Los grandes momentos del pensamiento humano, tal y como algunos nos han hecho creer, no nacen solamente de la razón y la lógica. Nacen también de la imaginación, de la intuición, del salto hacia lo desconocido. Y eso es precisamente lo que la IA no puede hacer. Su lógica interna –por muy sofisticada que parezca– no permite la disrupción creativa, la metáfora imprevista, la irrupción de lo no programado. Por eso podemos afirmar sin ambigüedad que la IA jamás desarrollará un pensamiento propio, nunca veremos un Spinoza IA, ni un Bach IA. Puede industrializar el razonamiento consecutivo que el poeta inglés John Keats menciona en una carta de 1817, pero otras facultades de la inteligencia como la imaginación poseen una fuerza creativa que trasciende cualquier proceso mecánico. De hecho, resulta irónico que quienes más promueven la idea de una “superinteligencia” lo hagan con un discurso lleno de imaginación y de especulación. Es decir, utilizando justo lo que la IA no posee.

Y, sin embargo, la IA seguirá extendiéndose en nuestras vidas. A medida que los sistemas automáticos ocupen más espacios laborales, tendremos la impresión de que la IA es nuestro sustituto natural. Esa sensación crecerá a medida que la máquina asuma los trabajos que hoy desempeñamos: tareas rutinarias y mecánicas. En casi todos los sectores, desde la oficina hasta la fábrica, realizamos actividades que consisten en ejecutar procesos predefinidos. Cuando veamos que la IA ejecuta esas mismas tareas de forma más rápida y precisa, creeremos que ha alcanzado un nivel de inteligencia semejante al nuestro. Pero lo que en realidad ocurrirá es que habrá perfeccionado nuestra parte más mecanizable, esa franja del alma donde la lógica reemplazó al asombro. Y será entonces cuando lo comprendamos: no habrá un tiempo en que las máquinas piensen como nosotros o nos superen, porque hace ya mucho tiempo que nosotros aprendimos a pensar como ellas.

Reflexiones finales

La IA no representa el futuro de la inteligencia, sino el resultado de su empobrecimiento. Representa el desenlace de un largo proceso en el que la inteligencia humana fue moldeada por la lógica del rendimiento económico. Durante siglos fuimos educando a la mente en la obediencia del método racional, y al hacerlo, la inteligencia perdió su pulso imaginativo y su capacidad de intuir nuevos caminos. Lo que llamamos inteligencia artificial no es, por tanto, un salto evolutivo, sino la forma definitiva de nuestra racionalidad domesticada: la mecanización del lenguaje, la automatización del pensamiento, y la clausura del espíritu crítico bajo la apariencia del cálculo. La inteligencia artificial es el reflejo de una humanidad que aprendió a pensar como máquina y terminó por fabricar su propio retrato.

Referencias

Horkheimer, M., & Adorno, T. W. (1998). Dialéctica de la Ilustración (Trad. J.J. Sánchez). Trotta. (Trabajo original publicado en 1944).

Keats, J. (1817, 22 de noviembre). Carta a Benjamin Bailey [Carta manuscrita]. Keats Letters Project. https://keatslettersproject.com/letters/letter-35-to-benjamin-bailey-22-november-1817/

Kuhn, T. (2019). La estructura de las revoluciones científicas. Fondo de Cultura Económica. (Trabajo original publicado en 1962).

Otros:

Filo-Café: Humanos y Maquinas. El futuro del Arte y la Educación ante la emergencia de la IA con el Instituto Peruano de Inteligencia Artificial y Ciudadanía Digital

Filo-café: Inteligencia artificial. Pensar el presente

Las ciudades del mundo

Desde que tengo memoria, mi vida ha sido un constante deambular entre ciudades de distintos tamaños, formas y velocidades. Esta peregrinación accidental ha sido una excusa para reflexionar sobre la versión moderna de ese anhelo que, me atrevo a decir, fue el sueño de los antiguos filósofos griegos: la búsqueda de la ciudad ideal.

Soy consciente de que estos filósofos no se imaginaban el sonido de los semáforos ni la sombra imponente de los rascacielos cuando tenían en mente “la ciudad ideal”. Sin embargo, su esencia persiste: la aspiración de hallar el lienzo perfecto para el alma humana. Porque en el corazón de cada ciudad, bajo cada pedazo de hormigón, late una dinámica social secreta, una personalidad que las define y las hace únicas. La ciudad se convierte así en un espejo del alma colectiva, y entre el concreto y la carne humana se va tejiendo una relación que narra una historia muy específica pero a la vez muy nuestra.

Lo que aquí comparto es un ejercicio empírico de mi propia existencia. Un paseo breve por las luces y sombras de algunas de las ciudades más importantes de mi vida. No pretendo que esto sea un resumen estereotipado, sino más bien una confesión particular con pinceladas filosóficas. Es mi manera de ser, un observador que se pierde en el pulso de las ciudades para encontrarse a sí mismo.

Guayaquil

“Tú eres perla que surgiste del más grande ignoto mar” así cantaba el legendario cantante guayaquileño Julio Jaramillo. Guayaquil, la perla del Pacífico y mi primer hogar, se despliega en la región costera de Ecuador justo a orillas del río Guayas. Su arquitectura de cemento revela la influencia americana en sus calles divididas en cuadras y numeradas con una eficiencia importada. Mientras sus arterias más antiguas fueron bautizadas con nombres de próceres, lo que recuerda también su influencia española. 

Si uno mide cualitativamente su superficie y se imagina recorriéndola vacía durante la pandemia, podrá notar que es una ciudad de tamaño medio. Sin embargo, en tiempos normales el tráfico hace que su apariencia se dilate en el espacio y en el tiempo y se convierta en un organismo caótico donde las normas de tránsito son más una sugerencia que una ley. Los semáforos, con la caída del sol, se convierten en una mera decoración; la intuición y la precaución dictan la ley en un ballet de coches con ventanas tímidamente oscurecidas y motos intrépidas que serpentean entre ellos, a la espera o no de que suceda una tragedia. En este juego, la confianza es un lujo que pocos se pueden permitir. La gente es amable, sí, pero siempre con una barrera de desconfianza ante el desconocido al otro lado del cristal.

Esa desconfianza es la esencia del guayaquileño, un “avispado” que ha aprendido a leer la ciudad. Se le conoce por su capacidad de “prometer el oro y el moro”, de encontrar siempre el agujero legal, el atajo que le da un poco de ventaja. Esa misma audacia que lo lleva por las noches a cruzar un semáforo en rojo por seguridad es la que usa de día para sobrevivir al límite de las normas. El guayaquileño se convierte en el reflejo de una ciudad que te obliga a estar alerta, y que entre números y nombres te enseña por dónde puedes y por dónde no debes dirigirte.

Al final del año, toda esa tensión se consume en una hoguera colectiva. Los miedos y las inseguridades arden en montones de monigotes construidos con papel, madera, clavos y cubiertos de petardos. La tradición alivia las tensiones, pero las cenizas y los clavos quedan al filo de las calles, tanto así que nadie se atreve a salir en coche tras la Quema del Año Viejo. El peligro para los vehículos ya no proviene de la delincuencia, sino de los restos afilados de una catarsis popular. Al cabo de unas horas, la ciudad amanece oliendo a pólvora, con una resaca colectiva que enturbia el primer café del nuevo calendario, y uno entiende que Guayaquil no quema solo un año, sino también la certeza de que, aquí, sobrevivir siempre será un acto de ingenio.

Madrid

Al llegar a Madrid, justo antes de cumplir la mayoría de edad, la primera impresión que tuve fue la de una ciudad con una densidad de bares y bancos por esquina que me pareció asombrosa. Por un momento, llegué a pensar que los españoles, después de haber administrado con astucia su herencia imperial, se dedicaban a un ritual cotidiano: sacar dinero del banco para gastarlo inmediatamente en la barra de bar más cercana.

Con el tiempo, los bancos desaparecieron y solo quedaron los bares, y con ellos, su gente. El madrileño es una persona muy agradable, además de ser el mejor guía de su ciudad. Sus indicaciones, lejos de ser mecánicas, son auténticas odiseas verbales, más divagantes que cualquier pasaje del Quijote de Cervantes. Son poetas de la dirección, describiendo calles no por su nombre, sino por el recuerdo de sus bares, sus rincones, sus historias personales. Es como si en sus cabezas existiera una conexión muy peculiar que fusiona la memoria literaria con geolocalización afectiva, un rasgo que los hace únicos.

Sin embargo, Madrid también me enseñó que la belleza de su Gran Vía esconde la intensidad de una jornada laboral que devora los días de la semana. Un ambiente de país de primer mundo pero que a menudo exige más de doce horas al día, muchas de ellas improductivas. Aunque la verdadera productividad de Madrid no radica en su capital monetario, todos sabemos que comprar un piso aquí es casi una quimera, sino más bien en su capital humano. Un capital que se nutre de pausas de casi dos horas para comer, donde las risas compensan las interminables horas frente a los ordenadores. En esas comidas conocí a mis mejores amigos, desde donde me animan y me esperan a que vuelva. El ritual de Nochevieja es comer doce uvas de forma apresurada, pero con la esperanza de que, en un futuro, esas uvas se reduzcan a siete u ocho, una por cada hora de trabajo, para así reconciliar la vida con el tiempo de calidad.

Nueva York

Recientemente el destino me ha traído a la ciudad con la que muchos soñamos. No es tanto el tiempo que he pasado aquí, pero su energía es tan intensa que te posee y sinceramente creo que no soy yo el que la valora, sino que quizás sea ella misma autodescribiéndose en las siguientes líneas a través de mis manos.

“La ciudad” está llena de rascacielos inmensos, impresionantes muros de concreto que uno puede ver tanto al despegar como al aterrizar, las vistas incluso mejoran cuando uno se sienta desde el otro lado del Hudson. La vista humana se queda anonadada ante tanta maravilla de la modernidad, donde el hombre se ve a sí mismo y observa de lo que es capaz con mucho esfuerzo. Las luces están bien señalizadas, no hay apenas fallos de transporte, todo está hecho para ser eficiente, incluso sus ciudadanos de manera eficiente se saltan las señales de tráfico para poder marcar su jornada laboral e irse cuanto antes.

Nueva York, la ciudad que nunca duerme, simplemente delira en un movimiento perpetuo. ¿Y por qué habría de descansar? Este macro cuerpo ignora la fatiga humana, o más bien, la transforma en un motor implacable. Tan implacable que ver a un loco vociferando en la calle no es la excepción, sino una muestra más del espíritu de esta jungla de concreto donde los sueños se hacen realidad. ¿Son acaso los locos los que mejor reflejan la esencia de la ciudad? Ellos, quienes han perdido el sentido y ahora caminan sin rumbo, actuando en perfecta sincronía con esta ciudad que nos invita a perder la cabeza en la búsqueda de nuestros sueños y ambiciones.

El neoyorquino es un ciudadano del mundo, o mejor dicho, Nueva York es la tierra de todos los ciudadanos del mundo. El sueño es tan real que en menos de treinta minutos te plantas en ambientes culturales tan distintos: barrios coreanos, italianos, chinos… no hay lugar para la homogeneidad. “La variedad es la sal de la vida” es un principio que define a esta ciudad. En Nueva York siempre te llevas un aprendizaje, una sorpresa. Un aprendizaje que en fin de año se transforma. La ciudad que nunca descansa tiene sus momentos de quietud. Cuando el reloj marca la medianoche en Nochevieja, Times Square se detiene por un instante. Miles de personas de todo el mundo, unidas en un solo momento, observan aquella bola descender. Es un ritual de fe en el futuro, pero también un recordatorio de que, en esta ciudad, incluso la quietud es una forma de caos. La esperanza se enciende y la ciudad entera, en un fugaz respiro, parece decir: aquí, en medio de la locura y la diversidad, siempre hay espacio para un nuevo comienzo.

Reflexiones finales

Cada ciudad, con sus ritmos y contradicciones, es un espejo distinto del alma humana. Platón y Aristóteles imaginaron la ciudad ideal como un espacio donde la virtud pudiera florecer; yo, en cambio, la descubro en fragmentos dispersos: en un cruce caótico de Guayaquil donde el instinto dicta las reglas, en una sobremesa interminable de Madrid donde el tiempo se detiene para que las voces se encuentren, en un instante suspendido de Nueva York donde miles de desconocidos comparten la misma cuenta atrás.

Es posible que la ciudad ideal no exista más allá de nuestros pensamientos, y se manifieste más bien como una suma de momentos que recogemos en nuestro caminar: una esquina iluminada donde sentimos tensión, una voz que nos guía en un sitio desconocido, un silencio en medio del ruido. Y es en esa colección muy personal de recuerdos donde cada uno edifica su propia polis. Porque, al final, la “ciudad ideal” es el relato que construimos con las calles que hemos amado, las que hemos temido y las que aún nos esperan.

El hombre en busca de sentido

Decir que el ser humano busca sentido en la vida no es ninguna novedad, pero a lo mejor sí lo es comprender hasta qué punto esa búsqueda nos define. La palabra “sentido” encierra muchas acepciones: puede referirse a algo físico (los sentidos que nos conectan con el mundo), a lo emocional (“mi más sentido pésame”), pero hay una acepción que pesa más que todas las demás: la de propósito, la de tener una razón para levantarse por la mañana y seguir adelante. Es ahí donde la filosofía, la psicología y la experiencia se cruzan.

¿Qué es el sentido y por qué lo necesitamos?

Desde una mirada más cercana, podríamos decir que el sentido es aquello que le da forma a nuestras vidas. Es lo que nos permite conectar los momentos que vivimos, entender nuestras decisiones y reconocer un hilo conductor entre lo que hacemos y lo que sentimos. A través de nuestras experiencias, recuerdos y relatos, vamos construyendo una visión del mundo que nos da cierta estabilidad y dirección. Pero cuando esa conexión se pierde –como suele ocurrir ante una pérdida, un trauma o una crisis existencial–, emerge con fuerza una pregunta que puede sacudirnos por dentro: ¿para qué todo esto?

Esa es, precisamente, la pregunta central en la obra de Viktor Frankl: El hombre en busca de sentido. Frankl fue un psiquiatra de origen austríaco y superviviente de los campos de concentración nazis. Su libro es un testimonio del horror que experimentó en carne propia, además de una meditación sobre la capacidad humana para encontrar un propósito incluso en medio del sufrimiento más extremo. Uno de los fragmentos más conmovedores del libro se produce cuando Frankl, en una especie de despedida premonitoria, le pide a su amigo que le diga a su esposa cuánto la ha amado:

Escucha, Otto, si no regreso a casa con mi mujer y tú la vuelves a ver, dile, en primer lugar, que hablábamos de ella todos los días, a todas horas. Recuérdalo. En segundo lugar, dile que la he amado más que a nadie en el mundo. Y en tercer lugar, que el breve tiempo de felicidad de nuestro matrimonio me ha compensado de todo, incluso el sufrimiento que aquí hemos tenido que soportar (Frankl 2020/1946, p. 86).

En un entorno donde la vida humana valía menos que una ración de pan, Frankl observó algo revelador: aquellos que conservaban un propósito –por mínimo o abstracto que fuera– sobrevivían con más entereza. No porque el sufrimiento desapareciera, sino porque tenía un “para qué”. Esta idea dio lugar a su propuesta terapéutica, la logoterapia, basada precisamente en eso: en ayudar a las personas a encontrar su sentido vital.

El arte de sobrevivir al caos: Nietzsche y la tragedia griega

Muchos años antes que Frankl escribiera su libro, otro pensador había abordado la cuestión del sufrimiento desde otro ángulo. El filósofo alemán Friedrich Nietzsche, en El nacimiento de la tragedia, expone que los griegos reconocían la existencia del sufrimiento como una faceta de la vida. Es destacable el sufrimiento de Prometeo frente a los buitres, la angustia de Edipo o la turbación de Orestes, quien cometió un parricidio. A pesar de este sufrimiento, los griegos no se sumían en el pesimismo; más bien, transformaban la realidad a través del arte, convirtiéndola en un fenómeno estético. Nietzsche describe esta transformación a través de dos fuerzas: la apolínea y la dionisíaca.

La fuerza apolínea, vinculada al dios Apolo, representa el orden, la forma, la racionalidad y la moderación. Apolo es el dios del sol, la luz, los sueños y la claridad, y está asociado con la creación de formas armónicas y la belleza serena. En el arte, lo apolíneo se refleja en el principio de individuación que delimita al individuo quien se encierra sobre sí mismo, y se expresa mediante la escultura o la arquitectura.

Por otro lado, la fuerza dionisíaca está vinculada a Dioniso, dios del vino, la embriaguez y el éxtasis. Simboliza lo irracional, el caos, la transitoriedad y el cambio continuo. Lo dionisíaco impulsa al ser humano a trascender las barreras de la individualidad, entregándose a la pasión descontrolada y al éxtasis creativo, lo cual se manifiesta en la música, la danza y el ritual. 

Para ejemplificar mejor lo apolíneo y lo dionisíaco con una analogía marítima, podemos imaginar lo dionisíaco como el océano en plena tormenta: salvaje, indómito, con olas descontroladas que reflejan la intensidad y el caos de la naturaleza en su estado más puro. En contraste, lo apolíneo sería el mar en calma tras la tormenta, cuando las aguas han recuperado su serenidad y fluidez, mostrando un equilibrio tranquilo y ordenado, donde todo está en su lugar.

La tragedia griega, según Nietzsche, es el ejemplo perfecto donde se equilibran estas fuerzas. La tragedia no es simplemente una obra teatral con un final triste, es más bien una representación de la vida humana, en la que el dolor y el caos (dionisíaco) son encauzados y dotados de forma y significado mediante el lenguaje (apolíneo). Esta combinación permitía a la comunidad griega canalizar su dolor y sus pasiones, sin perder el control. En la tragedia, el sufrimiento no se eliminaba, se le daba forma, sentido.

Si bien el resultado de nuestro análisis nos ha llevado a afirmar que, en la tragedia, lo apolíneo, gracias a la ilusión, obtiene una victoria completa sobre el elemento originario y musical de lo dionisíaco, y hace uso de este último para sus propios fines con objeto de dotar de la mayor claridad al drama, no por ello habría que dejar de añadir una restricción muy importante: la ilusión apolínea ha quedado quebrada y destruida en el punto más importante. Con la ayuda de la música, el drama se despliega ante nosotros con una nitidez tan elocuente, con tal iluminación interior de todos sus movimientos y figuras, que nos causa la impresión de ver surgir el tejido en el telar mientras sube y baja; el drama produce por tanto, entendido como totalidad, un efecto que va más lejos que todos los posibles efectos del arte apolíneo […] Dioniso habla el lenguaje de Apolo, pero Apolo finalmente, habla la lengua de Dioniso: es así como se alcanza el fin supremo de la tragedia y del arte en general (Cano 2014 p. 139 / Nietzsche 1872 Capítulo 21).

¿El trabajo como sentido?

Os propongo la siguiente reflexión ¿Se han imaginado alguna vez a las jirafas enfundadas en trajes de oficina, tecleando diligentemente en sus ordenadores y ajustando la altura de sus monitores previo a enviar, cautelosamente, correos electrónicos a su “jirafa jefe”? ¿O a niños que, al describir sus futuras profesiones, mencionan con entusiasmo que desean convertirse en consultores financieros o en empresarios exitosos? Indudablemente, la respuesta a estas preguntas es un “no” rotundo.

Hoy en día, muchas personas viven con la sensación de estar atrapadas en trabajos sin alma, rutinas agotadoras y objetivos que no eligieron. Nos pasamos la vida corriendo, produciendo, cumpliendo expectativas. Pero al final del día, como señala el antropólogo estadounidense David Graeber, nadie quiere ser recordado por su puesto en la empresa:

Si uno visita un cementerio, buscará en vano una lápida en la que se describa al difunto como “instalador de radiadores” o “vicepresidente ejecutivo”. Tras la muerte, la esencia del paso de un alma por el mundo se recuerda por el amor que sintieron por sus maridos, esposas e hijos y el que recibieron de ellos […] (Graeber 2023, p. 317). 

Quizás, las rutinas laborales que adoptamos son meros reemplazos del proceso de búsqueda de significado, o simplemente un intento de hacer más llevadera la carga de la existencia. Al fin y al cabo, otro tipo de sentido. Nos aferramos a ocupaciones que nunca soñamos tener, etiquetándonos en un mundo que creamos de manera colectiva para amortiguar la crudeza de la vida, o quizás, de la muerte.

Reflexiones finales

Aunque separados por contextos históricos y trayectorias muy diferentes, Frankl y Nietzsche parecen haber llegado a una conclusión similar: el ser humano puede soportar casi cualquier cosa, si encuentra un sentido para hacerlo. Frankl lo vivió en carne propia. Nietzsche lo dedujo observando el arte, la cultura y la historia. Ambos, sin embargo, coinciden en que el sufrimiento no es el final del camino, sino una etapa inevitable del proceso de creación de significado.

En las vidas de cada uno de nosotros hay momentos dionisíacos de descontrol, de dolor, de pasiones desbordadas… y momentos apolíneos en los que necesitamos claridad, estructura y calma. En el horror más absoluto podemos encontrar sentido si no dejamos de amar y de luchar. Además, vivir con sentido también es crear belleza a partir del sufrimiento, como hacían los griegos al construir templos después de una guerra o al escribir tragedias después de una peste.

En ocasiones la vida puede llegar a ser muy difícil, aunque será más llevadera si encontramos la manera de narrarla, de simbolizarla, de hacerla nuestra. Hay muchas formas de hacer que nuestra vida tenga sentido, pero si aún no lo hemos encontrado, al menos no dejemos de buscarlo.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Cano, G. (2014), El nacimiento de la tragedia, Gredos (Trabajo original de Nietzsche, F. en 1872).

Frankl, V. (2020), El hombre en busca de sentido, Editorial Herder (Trabajo original publicado en 1946).

Graeber, D. (2023), Trabajos de Mierda. Una Teoría, Editorial Ariel.

Las jerarquías de la razón

El filósofo y matemático Alfred North Whitehead llegó a decir en una ocasión que “La filosofía occidental no es más que una serie de notas a pie de página a Platón”. Con su manera única de presentar los temas filosóficos a través del diálogo nos dejó un legado que continúa vivo hasta nuestros días. 

En esta ocasión, queremos poner bajo la lupa crítica una de las tesis más representativas de ese legado: aquella que sostiene que los seres humanos tenemos acceso a distintas formas de conocimiento, y cómo esta idea finalmente se terminó reflejando en la organización “ideal” de la sociedad. Tesis cuya influencia, como veremos, ha perdurado en la configuración de las sociedades modernas.

Las formas de conocimiento en Platón

Platón sostiene que no todos los modos de conocer tienen el mismo valor. Para él, conocer a través de los sentidos –ver, oír, tocar– nos proporciona una imagen aparente, cambiante e incierta de la realidad. En cambio, el conocimiento verdadero proviene del intelecto, que permite acceder a las Formas o Ideas: realidades eternas e inmutables que constituyen la esencia de todas las cosas. Esta diferencia establece una distinción fundamental entre dos tipos de conocimiento: la doxa, basada en la percepción sensible, y la episteme, fundada en la razón.

Un ejemplo cotidiano puede ilustrar esta idea: ver a muchos perros no basta para comprender qué es un perro en esencia, ya que cada uno difiere en aspecto o comportamiento. Es mediante la reflexión racional que podemos captar aquello que todos tienen en común y que los hace pertenecer a una misma categoría. Así, Platón afirma que, aunque los sentidos nos ofrecen una primera aproximación al mundo, sólo la razón nos permite conocerlo en profundidad. Por ello, establece una jerarquía entre ambos tipos de conocimiento, situando a la razón por encima de la percepción.

Esta concepción se desarrolla de manera especialmente clara en La República, a través de la alegoría de la caverna (Eggers Lan 2011, pp. 222–225 / Stephanus 514a–517c), que Platón utiliza como recurso pedagógico. En esta narración, los prisioneros encadenados dentro de una caverna solo pueden ver sombras proyectadas en la pared, y toman esas sombras por la realidad. Las sombras simbolizan la ilusión de la percepción sensible, que nos desvía del “conocimiento auténtico”.

Más allá de la caverna existe un mundo exterior iluminado por el sol, que representa el conocimiento racional y, en última instancia, la Idea del Bien. Solo quien logra liberarse de las cadenas y ascender hacia la luz accede al conocimiento verdadero. Este proceso simboliza la educación filosófica propuesta por Platón: el tránsito desde el mundo de las apariencias hacia la comprensión de las Formas, entre ellas la Justicia, la Belleza y el Bien.

Esta misma lógica se refleja en la organización de la ciudad ideal que Platón propone en La República (Eggers Lan 2011, p. 114 / Stephanus 414). Según él, cada persona tiene una disposición natural que la hace apta para una función específica dentro de la polis. Los gobernantes o filósofos-reyes, guiados por la razón, están capacitados para conocer las Formas y, por lo tanto, para gobernar con justicia. Los guardianes o guerreros, dominados por la voluntad y el coraje, tienen la tarea de proteger la ciudad. Por último, los productores o trabajadores, guiados por el deseo, se ocupan de las funciones materiales como la agricultura, la artesanía o el comercio. De este modo, Platón establece una relación entre las formas de conocimiento y el estatus social, ya que solo quienes acceden al “saber más alto” –la razón– están en condiciones de guiar a los demás.

La caverna de Platón. Óleo sobre tabla 131 x 174 cm. Musée de la Chartreuse de Douai. Douai, Francia.

El eco de Platón en la actualidad

El mundo actual sigue siendo platónico porque aún aceptamos que existen distintas formas de conocimiento: desde lo práctico y material hasta lo abstracto y estratégico. Habitualmente, el conocimiento abstracto es más valorado, particularmente en el ámbito económico y político. Pongamos un ejemplo: imaginemos al mejor zapatero del mundo, aquel que fabrica los zapatos más cómodos y accesibles. Debido a la creciente demanda de su producto, finalmente le resulta imposible confeccionar cada par por sí mismo, lo que le lleva inevitablemente a delegar la producción en otros. Con el tiempo, pasa de ser un “simple” artesano a convertirse en un líder dentro de la industria del calzado, dirigiendo y supervisando la expansión de su empresa. En la sociedad actual, muchos empresarios inician en el mundo práctico, creando productos útiles para el consumidor (clase productora), y luego ascienden a roles donde se enfocan en la gestión y el crecimiento económico (clase gobernante).

Esto también ocurre en las estructuras internas de las empresas donde la alta dirección actúa como los “filósofos-reyes”, definiendo ambiciosos objetivos numéricos: ganancias, cuotas de mercado o ventas anuales que guían el porvenir de la empresa. Estas cifras son fijadas desde la distancia estratégica del liderazgo, mientras que los equipos de ventas, equivalentes a la clase productora, son quienes deben materializar esos objetivos en resultados concretos. Son ellos quienes lidian directamente con clientes exigentes, negociaciones complicadas y situaciones imprevistas del día a día, “produciendo” finalmente los beneficios tangibles que sostienen toda la estructura empresarial.

Adicionalmente, es preciso señalar que la teoría del conocimiento de Platón puede calificarse como “intelectualista”, dado que establece jerarquías en el acceso al conocimiento, colocando al intelecto (la razón) en la cima. Esta perspectiva filosófica pudo haber servido como justificación ideológica de las jerarquías sociales existentes en la Antigua Grecia, donde el conocimiento racional estaba reservado principalmente para ciertas élites sociales. Este énfasis en la superioridad intelectual continúa vigente hoy en día en los sistemas educativos, donde el éxito académico y las capacidades intelectuales son altamente valorados. Los estudiantes que demuestran un mayor dominio del temario y un esfuerzo intelectual “superior” suelen recibir más beneficios, como mejores calificaciones y mayores oportunidades académicas e incluso profesionales. La obtención de las mejores notas es promovida activamente, y esta promoción intensa de la competencia cognitiva medible exclusivamente por la adquisición de unos contenidos nos puede conducir a una visión estrecha del éxito.

En esta línea, diversos estudios reflejan la correlación positiva entre formación académica y salarios (Encuesta de Estructura Salarial cuatrienal 2014 del INE). En 2014, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), el salario bruto medio para alguien con educación secundaria obligatoria (ESO) era de 17.772 euros. Los graduados en Formación Profesional (FP) superior ganaban 6.700 euros más, los diplomados universitarios 10.000 euros más, y los licenciados universitarios 17.500 euros más. A los 55 años, edad en la que un trabajador medio alcanza su mayor nivel de ingresos, las diferencias salariales se amplían: los licenciados ganan 2,3 veces más que los de ESO, los diplomados 1,8 veces más, y los graduados en FP superior 1,5 veces más.

Algunos autores como Eric Hanushek y Paul Peterson van todavía más lejos en esta línea, al concluir que las calificaciones reflejan el grado de avance económico de un país (Hanushek y Peterson 2014). Para ello, analizan pruebas internacionales administradas desde los años sesenta en cincuenta países y tienen en cuenta el PIB como un indicador económico relevante de los países, con ello observan que las diferencias en el crecimiento económico a largo plazo se explican principalmente por las capacidades cognitivas medidas en estas pruebas. Según los autores, el rápido crecimiento económico de países como Corea, Taiwán, Singapur y Hong Kong puede explicarse por los excelentes resultados de sus estudiantes en dichos exámenes.

Reflexiones finales

Se puede decir que Platón acertó al vincular el conocimiento y la función político-social: cada tipo de conocimiento impulsa en muchos sentidos la actividad que un individuo puede ejercer en la sociedad. Algunos ejemplos serían el hábil zapatero que demuestra virtuosismo al recomponer y fabricar zapatos cómodos para sus clientes, o el caso de un médico competente quien utiliza su conocimiento especializado para curar a pacientes con diversas sintomatologías. 

Sin embargo, cuando el conocimiento se jerarquiza en favor de una élite social –aquellos filósofos-reyes guiados por la razón– surgen también connotaciones negativas. Por ejemplo, en la famosa expresión “el conocimiento es poder” resuena una idea marxiana de privilegio y dominación ilegítimos que ha sido puesta de relieve por Jaime Barylko (1998). Cuando ciertas personas en determinadas funciones acceden a información privilegiada, adquieren de inmediato la capacidad de influir sobre aquellos que no poseen dicha información:

Todo lo dicta la sociedad. La sociedad produce el conocimiento que más le conviene, es decir, que más le conviene a la clase que gobierna y que domina esa sociedad. Para Marx todo conocimiento tiene una finalidad que no es la verdad, sino el cuidado de los intereses de la sociedad. Los intereses de quienes dominan en la sociedad (Barylko 1998, p. 189).

Finalmente, esta tendencia intelectualista contrasta notablemente con la perspectiva sofista del conocimiento relativo, que sostiene que ningún conocimiento es intrínsecamente “superior”. En la Atenas clásica, los sofistas fueron figuras influyentes que enseñaban retórica y argumentación. A diferencia de filósofos como Platón o Sócrates, los sofistas no buscaban verdades universales, sino que defendían la idea de que la verdad es relativa y depende de quien la argumenta con mayor eficacia. Esta postura los convirtió en los principales antagonistas intelectuales de la filosofía platónica.

En términos actuales, de acuerdo con el planteamiento sofista no se debería pagar más a una persona exclusivamente sobre la base de un conocimiento académico “superior”, porque esto daría por supuesto que tal persona goza de un acceso a una suerte de “verdad absoluta” o de conocimiento privilegiado. Mientras que Platón estableció su Academia seleccionando rigurosamente a sus alumnos, los sofistas ofrecían sus enseñanzas a cualquier individuo dispuesto a pagar por ellas, sin imponer restricciones intelectuales de acceso.

Por último, cabe señalar que el ideal platónico de una verdad única, estable y alcanzable por unos pocos –los más racionales, los más sabios– puede llevar a una postura elitista y excluyente, donde quienes no acceden a esa especie de conocimiento “superior” quedan automáticamente descalificados. Esta jerarquización del saber corre el riesgo de confundirse con una jerarquización de las personas, y eso ya no es filosofía, sino dominación encubierta.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Barylko, J. (1998), La Filosofía. Una invitación a pensar, Grupo Editorial Planeta.

Eggers Lan, C. (2011), Platón. Diálogos, Gredos (Trabajo original de Stephanus, H. en 1578).

Hanushek, E. A.; y Peterson, P. E. (2014), Higher grades, higher GDP. Research and opinion on public policy 2014. The Hoover Institution. Stanford University.

El espejismo del crecimiento económico

La trampa del consumismo navideño

Con la llegada de la Navidad, las ciudades se llenan de luces, los escaparates compiten por atraer miradas, y un ambiente de consumo domina las calles, poniendo a prueba los presupuestos familiares. Este frenesí no es casualidad, sino el reflejo de un sistema económico que ha hecho del crecimiento su principio rector.

La Navidad, celebración religiosa que conmemora el nacimiento de Jesucristo, ha evolucionado hasta convertirse en una de las temporadas comerciales más lucrativas a nivel mundial. En esta época, las familias tienden a gastar más, impulsadas por el espíritu festivo, las tradiciones y la presión social de cumplir con las expectativas de regalos y celebraciones. Los datos son reveladores:

  • En Estados Unidos, el gasto navideño ha mostrado una tendencia creciente en los últimos años. Según una encuesta de The Conference Board (ver informe de 2024), los consumidores estadounidenses planean gastar un promedio de 1.063 dólares en compras relacionadas con las fiestas, lo que representa un incremento del 7,9% respecto a los 985 dólares de 2023.
  • En España, la Organización de Consumidores y Usuarios (ver informe de la OCU) estimó en noviembre de 2023 que los españoles destinarán una media de 745 euros durante la Navidad, distribuidos principalmente en 396 euros para regalos y 190 euros para celebraciones y comidas, consolidando una tendencia al alza en el consumo navideño.

El creciente gasto navideño evidencia cómo el sistema económico transforma nuestras tradiciones culturales en oportunidades para impulsar el consumo de bienes y servicios. Esto nos invita a una reflexión clave: ¿es sostenible un modelo económico que constantemente nos exige gastar y producir más?

El crecimiento económico: historia y contradicciones

Retrocedamos al siglo XVIII, cuando surgieron las primeras tesis sobre el crecimiento de la mano de Adam Smith, considerado el padre de la economía moderna. En su obra, La riqueza de las naciones, argumentó de manera convincente que la división del trabajo, el comercio libre y la inversión en capital son los pilares fundamentales para aumentar la productividad y, por ende, propiciar el crecimiento económico. Un mercado libre y competitivo permitiría a las naciones incrementar su riqueza al fomentar una mayor producción de bienes y servicios (Smith 2011/1776).

David Ricardo, otro destacado economista clásico, adoptó un enfoque más cauteloso y se centró en los factores productivos como la tierra y el trabajo, introduciendo la teoría de los rendimientos decrecientes. Esta teoría postula que, al aumentar la cantidad de un recurso utilizado en la producción, la cantidad adicional obtenida disminuye progresivamente (Ricardo 2015/1817). Es decir, llega un momento en que poner más esfuerzo produciendo algo no compensa porque el beneficio extra que se obtiene cada vez es menor, y esto es así porque los recursos naturales son limitados y escasos, por lo que no pueden explotarse indefinidamente y, al mismo tiempo esperar mantener niveles de producción crecientes o constantes.

Para bien o para mal, Ricardo no pudo anticipar las transformaciones que desencadenaría la Revolución Industrial, período que marcó un avance extraordinario en la producción, impulsado por la mecanización, la expansión del comercio y una gestión más eficiente de los recursos naturales, todo ello favorecido también por innovaciones tecnológicas. Este periodo despertó en el imaginario colectivo la idea de un crecimiento económico que no conoce límites.

No obstante, las mismas dinámicas de crecimiento que marcaron ese periodo han dado lugar a nuevos desafíos que cuestionan su sostenibilidad, la explotación masiva de recursos nos está llevando a una crisis climática sin precedentes. Esto se ve reflejado en el Earth Overshoot Day, una fecha simbólica que indica el día en que hemos consumido más recursos de los que el planeta puede regenerar en un año. Los datos son preocupantes ya que por ejemplo en este año dicha fecha cayó el 1 de agosto. Es decir, hemos consumido la biocapacidad de la Tierra de un año en 212 días, esto implica que necesitaríamos 1,72 (365/212) Tierras para mantener nuestro estilo de vida durante 2024. A continuación, valoremos tres factores clave que pueden ayudarnos a entender mejor esta tendencia alarmante de crecimiento desmedido.

  1. El sesgo del crecimiento exponencial

Uno de los mayores obstáculos para entender los límites del crecimiento económico es que tendemos a pensar de manera lineal, mientras que muchos eventos siguen patrones exponenciales. Un ejemplo claro lo vimos durante la pandemia de COVID-19. Al principio, los contagios parecían manejables, pero en poco tiempo los casos se dispararon porque cada persona infectada podía contagiar a varias más, y así sucesivamente. Lo que parecía un problema pequeño creció tan rápido que desbordó nuestros sistemas sanitarios y nos forzó a tomar medidas drásticas.

Con el crecimiento económico ocurre algo similar. Al principio, la explotación de recursos como el agua, la energía o los minerales parece sostenible. Pero a medida que la demanda aumenta, su agotamiento se acelera, y los costos ecológicos y sociales se disparan. Esto genera una presión cada vez mayor sobre los recursos disponibles, exigiendo ajustes en cómo se gestionan para hacer frente a estas demandas aceleradas.

  1. El círculo vicioso del crédito

Otro aspecto que impulsa el crecimiento económico está relacionado con cómo funciona nuestra economía. Muchas personas recurren a créditos y préstamos para financiar sus gastos, como aquellos de las fiestas navideñas. Esta inclinación a gastar más se conecta con lo que Yuval Noah Harari describe en Sapiens como la base del crecimiento económico moderno: un sistema sostenido por la imaginación colectiva y la confianza en un futuro mejor que se sostiene a través del crédito. El crédito nos permite construir el presente a expensas del futuro.

Dicha confianza creó crédito, el crédito produjo crecimiento económico real; y el crecimiento reforzó la confianza en el futuro y abrió el camino para más crédito todavía (Harari 2016, p. 342).

  1. El mito del progreso tecnológico

Finalmente, otro elemento que perpetúa la idea de un crecimiento económico ilimitado es la fe inquebrantable en la tecnología para superar cualquier barrera. Esta creencia se ha consolidado a lo largo de los últimos doscientos años, alimentada por los avances que nos ha dejado la Revolución Industrial, que parece confirmar la noción de que siempre habrá soluciones técnicas para los desafíos económicos y ecológicos. Tal como lo advierten Meadows et al. (2004/1972):

La idea de que pueda haber límites al crecimiento es para mucha gente imposible de imaginar. Los límites son innombrables desde el punto de vista político e impensables desde el punto de vista económico. La cultura tiende a negar la posibilidad de que existan límites, confiando profundamente en el poder de la tecnología, en el funcionamiento del libre mercado y en el crecimiento de la economía como solución a todos los problemas, incluso a los creados por el crecimiento (Meadows et al. 2004, p. 203).

Rain, Steam, and Speed – The Great Western Railway. Óleo sobre lienzo 91 x 121.8 cm. Galería Nacional de Londres. Londres, Reino Unido.

¿Una Navidad diferente?

En este contexto, es necesario replantear nuestra relación con el consumo, y algunas iniciativas ya están marcando el camino como por ejemplo el proyecto buy nothing que fomenta el intercambio de bienes en lugar de comprarlos, promoviendo una economía de regalo que fortalece las conexiones comunitarias y con ello ayuda a reducir el consumo excesivo.

A nivel personal, podemos reflexionar sobre nuestras prioridades. ¿Es necesario comprar el último gadget tecnológico o acumular regalos materiales para demostrar afecto? Optar por regalos hechos a mano, experiencias compartidas o donaciones a causas sociales son alternativas que pueden reducir nuestra huella ecológica.

El consumismo navideño es un síntoma de nuestro sistema económico, pero también es una oportunidad para cuestionarlo. Mientras seguimos celebrando la imaginación colectiva y su capacidad para generar confianza en el futuro y reforzar las bases del capitalismo, debemos recordar que esta misma imaginación puede ayudarnos a visualizar un futuro diferente. Un futuro basado en límites sostenibles, el cual requiere un cambio importante en nuestras expectativas, prioridades y comportamientos. Un cambio que podría comenzar con pequeñas decisiones, como reconsiderar nuestras compras navideñas para este año.

En última instancia, la verdadera magia de la Navidad no surge de las cosas que vayamos a comprar, sino de los valores que decidamos compartir. Esto nos invita a reflexionar sobre quiénes queremos ser en un mundo que, con demasiada frecuencia, nos define por lo que acumulamos más que por lo que somos. Quizá estas fiestas nos brinden la ocasión para formularnos una pregunta esencial: si el sistema económico actual se halla en conflicto con los límites del planeta y con nuestros valores más profundos, ¿qué sistema —y qué humanidad— queremos dejar a las generaciones venideras?

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Harari, Y. N. (2016), Sapiens de animales a dioses, Breve historia de la humanidad, Editorial Debate.

Meadows, D. H., Randers, J., & Meadows, D. L. (2004/1972), The Limits to Growth: The 30-Year Update, Chelsea Green Publishing.

Ricardo, D. (2015/1817), Principios de economía política y tributación, Editorial Fondo de Cultura Económica.

Smith, A. (2011/1776), La riqueza de las naciones, Alianza Editorial.

Enlace a la página web de Earth Overshoot Day: https://overshoot.footprintnetwork.org/

Enlace a la página web del proyecto buy nothing: https://www.buynothingproject.org/

Un recorrido muy breve por la razón

Cuando hablamos de la razón, solemos definirla como una herramienta que utilizamos los seres humanos que nos distingue del resto de las criaturas de este planeta y que, nos permite reflexionar para formarnos un juicio sobre algo. La gestión de la razón nos exige mucho esfuerzo, y no la podemos considerar como un don divino caído del cielo, como se suele decir más bien de la imaginación. Su historia contada desde una perspectiva occidental es larga y compleja, y se remonta a un contexto que hoy podríamos considerar inesperado: el mito.

El paso del mito al logos: el nacimiento de la filosofía

En la antigua Grecia las sociedades explicaban la realidad a través de relatos míticos. Los mitos eran su manera de darle sentido a los fenómenos naturales y a los misterios de la existencia. En esas narrativas, los dioses tomaban decisiones, imponían castigos y explicaban el orden del cosmos. El mito no era considerado como algo irracional; era, más bien, un lenguaje simbólico para interpretar lo desconocido.

Sin embargo, en algún punto, los griegos comenzaron a pensar de manera distinta. La aparición del logos marcó un punto de inflexión en la historia del pensamiento. A través del logos, se dejó de lado la idea de que todo lo que ocurría era voluntad de los dioses, y se comenzó a buscar explicaciones basadas en la naturaleza observable. Los primeros filósofos griegos comenzaron a buscar principios fundamentales que explicaran el universo sin recurrir al mito. Tales de Mileto, por ejemplo, propuso que el agua era el origen de todas las cosas. Anaximandro habló del ápeiron, algo indefinido e ilimitado. Anaxímenes pensó en el aire, Heráclito en el fuego, y Demócrito en los átomos. Todos ellos compartían una ambición: encontrar el arjé, el principio que sostenía y explicaba la estructura del cosmos.

En su búsqueda, estos pensadores dieron un paso enorme al abandonar las explicaciones basadas en lo sobrenatural y, aunque sus conclusiones nos pueden parecer ingenuas desde una perspectiva moderna, su mérito radica en el intento de buscar respuestas en el mundo observable y la experiencia. De esta manera, la filosofía, mediante el logos, se convirtió en una herramienta para interpretar la realidad, marcando el inicio del pensamiento racional tal como lo conocemos.

El logos sofista versus el logos de Platón

Con el surgimiento de la democracia en Atenas, el logos adquirió un nuevo significado. En un sistema donde la participación política dependía de la capacidad de persuadir a otros, la palabra se convirtió en un arma poderosa. Aquí entran en escena los sofistas, maestros de la retórica que enseñaban a los ciudadanos este arte de persuadir mediante el uso del lenguaje. Para ellos, el logos no era una herramienta para buscar la verdad, sino un medio para influir y convencer.

Este uso del logos como instrumento de persuasión generó un debate intenso. Platón, uno de los críticos más feroces de los sofistas, les acusó de manipular el conocimiento en favor de intereses particulares. Para él, el logos debía ir más allá de la retórica; debía ser un camino hacia la verdad. En los diálogos platónicos, los interlocutores buscan acuerdos en cada fase del debate, solicitan aclaraciones y formulan objeciones hasta que se alcanza una respuesta satisfactoria, permitiendo la construcción conjunta del argumento. Este arte del diálogo, denominado también como dialéctica, se presenta como una oposición frontal a la retórica sofista, al proponer un camino consensuado en lugar de la persuasión estratégica.

Fue con Platón que el logos adquirió un carácter más reflexivo, y bajo esta óptica el filósofo formuló su “teoría de los dos mundos” (véase p.e. Di Camillo 2016). Un mundo sensible que se compone de opiniones simples y cambiantes (doxa). Y un mundo inteligible basado en un conocimiento justificado como verdad (episteme) que proviene de la reflexión y de un discurso bien argumentado, el cual nos dirige hacia un conocimiento universal. Este último sería “el mundo de la razón”.

El paso del logos a la ratio de la ciencia moderna

La historia de la razón continuó su curso, y con la transición del pensamiento griego al romano se produjo un cambio conceptual. La razón se empezó a vincular con la palabra ratio, fundamentándose en que, en latín, esta palabra se asociaba principalmente con el cálculo. Las rationes representaban las cuentas realizadas por los comerciantes al sumar o restar el valor de sus mercancías. Al traducir logos por ratio, los escritores latinos trasladaron el ámbito semántico de la ratio, de la “palabra” al “número”. El logos transitó del lenguaje de los filósofos griegos a la ratio de los mercaderes romanos, que necesitaban calcular sus transacciones económicas (Casadesús Bordoy 2000, pp. 33-34 y 129-136). 

Este cambio de tendencia de la razón marcó el inicio de un proceso en el que el número se consolidó como herramienta de conocimiento. Con el tiempo, las proporciones matemáticas y el álgebra reforzaron esta tendencia. Durante la Edad Media, el trabajo de matemáticos árabes como Al-Juarismi, quien sistematizó el uso del álgebra, permitió que las relaciones numéricas fueran aplicadas de manera más abstracta y universal, estableciendo una base para las ciencias modernas. El número se erigió como el fundamento del pensamiento científico, hasta convertirse en un lenguaje indispensable para comprender la realidad. Bajo esta nueva perspectiva Galileo Galilei llegó a afirmar que el universo “está escrito en lenguaje matemático”

El Hombre de Vitruvio. Dibujo (punta de metal, pluma y tinta, toques de acuarela sobre papel blanco). Galería de la Academia de Venecia, Venecia, Italia.

La razón bajo la lupa de Descartes, Hume y Kant

René Descartes acompañó a Galileo en su empresa, pero lo hizo desde el ámbito del pensamiento como embajador de la filosofía racionalista, aquella que considera a la razón como fuente principal de conocimiento. Para este filósofo, el origen de todo conocimiento residía en las ideas innatas que la razón contenía, accesibles mediante la reflexión. A través de su duda metódica, propuso que todo aquello que no pudiera ser probado con certeza debía ser cuestionado. Esta postura culminó en su célebre cogito, ergo sum (“Pienso, luego existo”), que encapsulaba su primera certeza: el yo pensante, el cogito, no podía ser puesto en duda, ya que su propia existencia se confirmaba en el acto de pensar (Díaz 2011, p. 19 / Descartes 1641, Segunda meditación)​. Para Descartes, Dios jugaba un papel crucial en la naturaleza del conocimiento, y garantizaba la veracidad de las ideas claras y distintas. De este modo, si el universo, como afirmaba Galileo, está escrito en lenguaje matemático, es Dios quien escribe ese lenguaje. Y es mediante el uso correcto de la razón que los seres humanos pueden acceder a esas verdades universales.

A pesar de los avances de la razón, no todos estaban convencidos de su capacidad para desentrañar los misterios del universo. David Hume, uno de los filósofos más relevantes del empirismo, criticó la idea de que la razón pudiera revelar verdades universales. Para él, no existía un “orden superior” que rija la realidad desde una perspectiva puramente racional. En lugar de eso, Hume insistía en que todo nuestro conocimiento proviene de la observación empírica, que es lo que realmente nos permite navegar por el mundo y generar conocimientos válidos (Tasset y Díaz 2012 / Hume 1739)​.

Fue gracias a Hume que Immanuel Kant despertó de su sueño dogmático. Mientras que los racionalistas creían que el ser humano nacía con la facultad innata de “conocer la verdad” y que el error surgía de un mal uso de la razón, Kant fue más allá, cuestionando cómo era posible que el conocimiento adquirido fuera “verdadero”. Su respuesta fue la creación de un marco trascendental bajo el cual sostuvo que para obtener conocimiento debemos considerar tanto los conceptos a priori que afectan nuestra sensibilidad así como la experiencia que obtenemos del mundo, sintetizando de esta manera las ideas de los racionalistas y empiristas. Fue él quien acuñó el término fenómeno para referirse a la percepción que tenemos del mundo tal y como se nos presenta (Ribas 2018, Kant 1781).

Sin embargo, su teoría no está exenta de ambivalencias. Mientras que, por un lado, soluciona el problema de la posibilidad del conocimiento a través de la experiencia y de la razón, por el otro, postula que nuestra forma de conocer es limitada y que no podemos conocer la realidad tal cual es: a esto Kant lo llamó con el nombre de noúmeno. Según este filósofo, sólo podemos conocer las cosas en función de nuestras capacidades humanas y no en función de alguna suerte de conocimiento absoluto. Las cosas ya no tienen una relación directa con nosotros; somos nosotros quienes les damos un sentido en base a cómo se nos presentan.

El legado conceptual de estos pensadores sigue siendo relevante hoy en día y sus ideas han dejado una huella significativa en la comprensión del concepto de razón. Steven Pinker (2021) aborda el papel fundamental que esta facultad ha desempeñado en nuestro avance científico. A pesar de los notables logros de la humanidad, Pinker señala una tendencia preocupante hacia la irracionalidad. En respuesta, ofrece herramientas para enfrentar las pseudociencias, las noticias falsas y otros engaños, y sostiene que el uso insuficiente de herramientas de razonamiento es un factor crucial en la propagación de la irracionalidad colectiva.

Por su parte, Julian Baggini adopta un enfoque escéptico y argumenta que nunca podemos ser totalmente objetivos. Para este filósofo la razón no es un juez imparcial y despersonalizado, sino una herramienta que nos ayuda a tomar decisiones. Un enfoque escéptico adecuado debería llevarnos a comprender que, en última instancia, todo lo que hacemos es ligeramente especulativo, o, expresado en sus palabras: “La razón es como una capa fina de hielo sobre la que no tenemos más remedio que patinar” (Baggini 2017, pp. 264-271).

El destino inevitable de la razón en Occidente

Finalmente, es importante considerar que a lo largo de la historia del pensamiento occidental, observamos una marcada tendencia de la razón a estructurar la experiencia mediante la formulación de oposiciones. Desde la filosofía griega, esta inclinación a dividir el mundo en categorías contrapuestas ha sido un rasgo fundamental de nuestro pensamiento. El tránsito del mito al logos en los primeros filósofos marcó el inicio de este proceso. Platón, por su parte, cristalizó esta lógica dicotómica con su distinción entre el logos de los sofistas y el logos dialéctico. Posteriormente, pasamos del logos (palabra) a la ratio (número). En la modernidad, esta estructura dual se consolidó con el racionalismo de Descartes frente al empirismo de Hume. Y finalmente Kant trazó una nueva división entre el fenómeno y el noúmeno, perpetuando la lógica dicotómica de la razón.

Una analogía matemática que nos puede ayudar a ilustrar esto mejor es el conjunto de Cantor. Este conjunto se construye eliminando iterativamente segmentos de un intervalo, sin llegar nunca a un agotamiento total del mismo. De manera similar, el pensamiento dicotómico opera mediante una división continua de la realidad en opuestos, pero sin alcanzar una comprensión exhaustiva de la misma. Al igual que en el conjunto de Cantor, donde el proceso de eliminación es infinito, la razón fundamentada en dicotomías se enfrenta a un proceso interminable de fragmentación conceptual. Este proceso, por su propia naturaleza, impide la posibilidad de una síntesis definitiva, dejando al entendimiento atrapado en una división “eterna”. 

Cabe preguntarse entonces si este es, en última instancia, el destino inevitable de la razón. Tal vez este proceso interminable de división sea el precio que debemos estar dispuestos a pagar en nuestra búsqueda de comprender el mundo. Toda explicación, por exhaustiva que sea, deja siempre fuera aquello que no logra explicar, generando nuevas preguntas y vacíos que exigen ser abordados. Asumir este riesgo, el de aceptar que cualquier síntesis es provisional y que toda comprensión es parcial, es quizá el sacrificio inherente al ejercicio racional. La razón, por su propia naturaleza, parece estar destinada a este camino de fragmentación, pero es un camino que, pese a sus limitaciones, seguimos recorriendo con la esperanza de desvelar, aunque sea de manera incompleta, la estructura de la realidad.

Conjunto de Cantor en seis etapas. 1883. Fuente: Wikimedia.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Baggini, J. (2017), Los límites de la razón, Editorial Indicios.

Casadesús Bordoy, F. (2000), “Los orígenes de la crisis de la razón: el paso del Logos a la Ratio”, Taula, quaderns de pensament.

Díaz, J. A. (2011), Meditaciones metafísicas seguidas de las objeciones y respuestas, Gredos (Trabajo original de René Descartes en 1641).

Di Camillo, S (2016). Eîdos : La teoría platónica de las ideas, La Plata : Edulp. (Libros de Cátedra. Sociales).

Pinker, S. (2021), Racionalidad, Ediciones Paidós.

Ribas, P. (2018), Crítica de la razón pura, Gredos (Trabajo original de Immanuel Kant en 1781).

Tasset, J. L. ; Díaz, R. (2012), Tratado de la naturaleza humana, Gredos (Trabajo original de David Hume en 1739).