Zenón de Citio

​El Despertar de la Centella y la Forja del Hombre Libre

​Mirad, no os equivoquéis. No he venido aquí a traeros a un antiguo pensador polvoriento ni a perdernos en teorías que no sepáis por dónde coger. No quiero que leáis a Zenón como quien lee un libro de texto muerto en una estantería.

​Zenón de Citio nos está mirando ahora mismo desde el Elíseo, observando con ojo crítico cómo recorremos su misma senda. Porque la razón no es una idea quieta; es una centella que viaja a través del tiempo y del espacio, que nos atraviesa sin que sepamos cómo ni cuándo, pero que cuando toca… prende. Lo que os traigo aquí es fuego real: las ideas que os van a servir para forjar vuestra mente y despertar de una vez por todas.

​El Armamento de la Razón

​Para caminar por este mundo sin que nos quiebren, el maestro nos entregó un equipo de combate completo. No son conceptos abstractos, son vuestras herramientas de supervivencia:

​La Filosofía como Escudo: La lógica que te protege de la mentira y el engaño. Si no tienes este escudo, cualquier manipulación de los que quieren manejar el carro te golpeará en el pecho y te hundirá.

​La Ética como Lanza: La punta de acero con la que atraviesas la injusticia y abres brecha en un mundo que intenta que camines con la cabeza agachada. Es la que marca tu dirección.

​La Física como Coraza: El conocimiento de la realidad, de la materia y de las reglas del juego. Sin entender el orden del mundo, estarás desnudo ante los golpes del destino.

​El Carro y la Libertad Consciente

​Muchos os han dicho que somos súbditos, esclavos arrastrados por un carro llamado destino. ¡Mentira! Esa es la interpretación de los que prefieren ser mártires en silencio. Zenón nos enseñó que, aunque la cadena de la predeterminación exista, solo siendo conscientes de ella somos verdaderamente libres.

​La chispa que lleváis dentro es la que os permite la autopercepción necesaria para canalizar el carro. Al entender la realidad que nos rodea, dejamos de ser lastre para elegir nuestro propio paso. Solo así, perteneciendo al mundo entero y no a una sola parcela, podemos mirar al otro sin prejuicios, entablar conversaciones que hagan crecer nuestros universos y construir sociedades abiertas donde se escoja con justicia a quien debe gobernarnos.

​El Epitafio Inmortal

​Para que esta «llama olímpica» no se apague cuando el ruido del mundo intente asfixiaros, grabad a fuego esta sentencia. No es un consejo, es una orden para vuestra alma; una frase que debe estar presente en cada decisión que toméis:

​»ATRÉVETE A DEFENDERTE A TI MISMO”

​Para los que queráis desgranar al maestro, recordad que su sistema es una secuencia lógica, no una represión emocional:

  • ​La Impresión (El impacto): Es el golpe del mundo. Si alguien te hace daño, vas a sentir dolor. Es la respuesta natural y fortuita de la materia.
  • ​El Asentimiento (La Claridad): Aquí es donde despiertas. Te das cuenta de que lo que ha pasado se explica solo con lo que has vivido. No hay un «segundo punto» oscuro ni una conspiración del universo contra ti. Es simplemente la realidad desplegándose.
  • ​La Evidencia y la Protección: Si la realidad te ofrece pruebas de que hay un riesgo real, tu razón lo detecta y te dota de protección. No actúas por impulso, actúas por evidencia.
  • ​La Eupatheia (El resultado): La paz que nace de no alimentar juicios falsos sobre lo que es puramente fortuito.

​Nota de disección final

No busquéis dejar de sentir, porque las emociones son naturales. El estoicismo de Zenón no es aislarse, es comprender el contexto. Sentir dolor es humano; pero entender que ese dolor no tiene un «segundo por qué» místico es lo que te permite mantener el control del carro. La mejor forma de trabajar de cara a la realidad es saber que lo que es fortuito no debe gobernar tu juicio.

Selfies sin self.

Cubierta de oro, airada miro al cielo,

pero al Sol no conmuevo.

B.

La Regla Nº 2 recogida en “El arte de ser feliz” trata sobre la envidia. Esta máxima regula la conducta que debemos tener hacia nosotros mismos, pues el cuidado de sí (“self”) es una de las claves de la felicidad humanamente posible.

Schopenhauer, conocedor del pensamiento estoico, recoge de Séneca diferentes imperativos para la dirección y el cuidado de sí. Éstos tienen como fin liberarnos de las tempestades que acontecen en la vida cotidiana y persuadirnos racionalmente hacia un recogimiento interior. La construcción de una fortaleza, que no suponga un retiro de la vida social, se edifica sobre una concepción de la naturaleza humana en la que predomina la razón, el logos universal cuyo viento nos hace llegar a buen puerto.

Nuestra naturaleza racional, capaz de poner medida y regla, permite un curso regular de la vida, en lugar de uno torrencial y tormentoso. La felicidad estoica toma forma de “euroia”, una corriente que fluye regularmente. Aquellos remolinos de pasiones que exceden las dimensiones de la vida cotidiana, que nacen de la desmesura y de ideas exageradas, que nos excitan y nos sacan del curso regular, deben ser evitadas.

En esta segunda regla se trata uno de esos remolinos afectivos que nos enredan con nosotros mismos y que nos dejan inquietos o airados: la envidia. Un sabor amargo que enferma el corazón. Schopenhauer inicia la regla citando a Séneca: “que nuestras cosas nos complazcan sin la comparación, nunca será feliz a quien le atormente otro más feliz”. Y es que, continúa el estoico, “a nadie que mire lo ajeno lo suyo complace”. Esta práctica de mirar a los demás y compararnos, sintiendo tristeza ante el bien ajeno y ambicionando sus goces y posesiones, es muestra de un acto insolidario. La envidia siempre aparece en el trato social, es siempre cosa de dos: el envidiado y el envidioso.

Ella nos tortura y nos hace desdichados, incapaces de las propias alegrías. La imposibilidad de disfrutar del bien ajeno nos impide disfrutar del bien propio. Asimismo, genera gran descontento incluso en aquellos que han recibido mucho, por sentir injusto no recibir aquello que el otro tiene demás. La envidia, además, se intensifica con los bienes de las personas que nos son más próximas. Contra esta agitación actúa la medicina estoica. Para ello, Séneca prescribe: “cuando hayas considerado cuántos son los que te preceden, piensa en el número de los que te siguen”.

La envidia merecía una regla. Pero no sólo por el dolor que genera en uno mismo, sino porque, debido a su espectáculo, hay quien lo disfruta y se esfuerza en generarla. Como dice Schopenhauer, la naturaleza humana se empeña intensa y principalmente en suscitar envidia. Como si sólo pudiéramos gozar de lo propio a través del dolor que provoca la imposibilidad de su goce por un otro. Pero esto también altera al que desea ser envidiado, pues modifica sus prioridades, anteponiendo su vanidad social a su vida real. Erosiona y hace vano su ser.

Hoy las redes se llenan de exhibicionismos que buscan ampliar sus seguidores. La vida misma se ha vuelto un “reality-show”, un escenario donde las ficciones y las imposturas se superponen a la realidad, en una competición por ver quién vale y quién no. Lo importante no es lo real, sino que tu ficción atraiga “likes”. Mientras crece la adicción a los “me gusta”, única forma de existir en este siglo; mientras el entorno se llena de batallas de “influencers” y la reputación es más importante que el ser; mientras las fotografías esconden lo real y muestran bienes inexistentes, en una ostentación de felicidad, de un “status” inalcanzable, en un scroll infinito de muros mercantes de “selfies sin self”, ¿será esta época la que más necesita esta regla?

Miguel Ángel Mozún

Sociedad de Estudios en español de Schopenhauer (SEES)

Invitación a la lectura:

  • Schopenhauer, A.  El arte de ser feliz. Barcelona, Herder (2013) Pág. 30. Regla II
  • Séneca
    • De la cólera. Madrid, Alianza Editorial, (2004) Libro III, 30. Págs.149-151
    • Epístolas morales a Lucilio I. Madrid, Editorial Gredos (2000) Libro II, Epístola 15. Págs 158 – 159
  • Veyne, P. Séneca. Una introducción. Barcelona, Marbot Ediciones, (2008). Págs. 103-104
  • Savater, F. Los siete pecados capitales. Barcelona, Debolsillo (2013) Págs. 137 – 144