¿Puede estar en peligro algo que realmente nunca estuvo desde hace siglos?
El debate público actual se empeña en alertarnos sobre una supuesta fragilidad del sistema. Se organizan tertulias y se escriben crónicas bajo el título de «la democracia que corre peligro», como si estuviéramos ante un cristal sólido que acaba de agrietarse. Sin embargo, la realidad es mucho más cruda: no se puede poner en peligro lo que no existe. Lo que hoy defendemos no es la democracia, sino una ficción que oculta una estructura agotada desde hace siglos.
Al igual que ocurre en la física y el estudio de los astros, donde el firmamento nos devuelve el reflejo de astros que dejaron de existir hace millones de años, la democracia que hoy pretendemos proteger es solo un eco lumínico. Miramos al cielo político buscando una guía, una soberanía real, sin ser conscientes de que el núcleo de esa estrella se vació hace tiempo. Lo que hoy llamamos democracia no es el calor del astro, sino el recuerdo frío de su luz, una inercia visual que nos permite seguir soñando con un sistema que ya no emite energía propia. Vivimos, en realidad, en una electocracia: un trámite donde el poder del pueblo se congela en una urna cada cuatro años para ser inmediatamente secuestrado por la partitocracia.
Quizá, y solo quizá, llegue el momento en que nos demos cuenta de que, igual que la ciencia busca la energía de fusión para replicar el poder de las estrellas, nuestra única salida es recuperar el núcleo. Una sociedad viva es como esa energía de fusión: necesita que todos sus elementos vayan a una, hacia un mismo objetivo, para permanecer estable y emitir luz para las generaciones futuras. No basta con una chispa electoral episódica; necesitamos una reacción constante donde la voluntad de la nación fluya sin interrupciones.
Para que esa energía sea posible, debemos ser críticos y autocríticos. Hay que reconocer que el Estado, bajo su herencia hegeliana, nunca nos dio nada; en realidad, nos ha ido quitando soberanía y criterio. La reconstrucción de la sociedad parte de aceptar ese vacío y entender que el sistema actual es un expolio de nuestra voluntad individual.
Para que el Estado pueda llegar a ser el suelo firme que nos permita construir grandes catedrales de conocimiento, debe ser tomado por los ciudadanos. Es imperativo que los representantes entiendan que son súbditos de la voluntad de las personas a las que les guardan la dignidad. No son señores del destino ajeno, sino siervos y custodios de una soberanía que pertenece al individuo. Solo cuando el gobernante asume su papel de subordinado, la política deja de ser un reflejo fósil para convertirse, por fin, en el fuego que ilumina el camino de la nación.
