Novela de ajedrez. Stefan Zweig

Un análisis de Juan Amadeo Poveda Cervera

Tema

Publicada en 1942, poco antes de su muerte, Novela de ajedrez de Stefan Zweig (Viena, 1881 – Petrópolis, Brasil, 1942) condensa en un espacio reducido una profunda reflexión sobre la mente humana y la complejidad interior del ser humano. Un tema profundo que subyace a otros, como puedan ser la genialidad y sus formas o la fragilidad del ser humano.

Desde una perspectiva filosófica, el ser humano no puede reducirse a una estructura unitaria: el monismo, que afirma que estamos formados por una sola sustancia. Tampoco parece que el dualismo, que separa mente y cuerpo, explique suficientemente toda la magnitud de la experiencia humana.

Más bien, Novela de ajedrez parece sugerir una visión cercana al pluralismo, donde conviven e interactúan, en el ser humano, varias dimensiones aparte de la física, como la mental, la emocional, el alma, e incluso aquello que podríamos denominar el ser, entendido como ese núcleo íntimo y profundo que sostiene la identidad del individuo y que es donde se encuentra su fragilidad y su grandeza. La vigencia de este planteamiento y la actualidad del tema queda patente en nuestros días debido al debate IA vs ser humano.

ANÁLISIS LINGÜÍSTICO Y LITERARIO

Existen dos niveles narrativos claros. El narrador principal es un narrador homodiegético, un narrador testigo en primera persona que utiliza un discurso indirecto para presentar a los dos personajes principales de la novela: Czentovic y el doctor B. Este último, se convierte en un narrador homodiegético protagonista que narra su pasado con un largo discurso directo en primera persona en una conversación con el narrador testigo. Este recurso, el relato dentro del relato, está muy bien utilizado, puesto que introduce una segunda capa narrativa más íntima y psicológica, que potencia la antítesis entre Czentovic y el doctor B, que son polos opuestos; blanco vs negro.

Debido al tema, el autor se centra deliberadamente en la descripción conductual de los personajes porque son personajes mentales, no corporales. Por un lado, Czentovic representa la mente, la inteligencia fría y mecánica carente de vida interior. Es opaco e inexpresivo, tanto que, como individuo, puede parecer inverosímil. Ahora bien, más que un defecto en la obra, supone un rasgo buscado para reforzar las características de su mente. No evoluciona y esto es coherente. En contraposición, el doctor B. es el personaje que más evoluciona. Simboliza la mente creativa y encarna el ser del humano que lucha por no desintegrarse. Pese a que es creíble en lo esencial, es casi imposible que alguien que aprende a jugar al ajedrez memorizando partidas y no ha participado en torneos pueda ganar a un campeón mundial. Esto supone un punto débil. Los personajes secundarios no son profundos y solo ofrecen contexto social. Aun así, cabe destacar a McConnor, cuya mediocridad refleja la dimensión emocional, que es la más visible en las personas corrientes. En él se hace visible lo dolorosa que resulta la derrota en ajedrez, por representar el fracaso del ego.

La estructura temporal de la obra alterna un presente narrativo ―el trayecto en barco― que funciona como marco lineal y estable, con analepsis extensas en las que se da a conocer a los dos protagonistas. Existe un ritmo más acelerado en la presentación de Czentovic resaltando ese vacío interior que posee, que contrasta con el tiempo de narración más ralentizado y pausado cuando aparece el doctor B., lo que está plenamente justificado por la necesidad de mostrar la profundidad y complejidad de la dimensión que personifica. Este planteamiento funciona bien, aunque la irrupción del extenso relato del doctor B. provoca la sensación de desconcierto, puesto que se pasa a un terreno completamente diferente de manera abrupta.

El autor utiliza un barco como contenedor laboratorio en el que depositar a dos especímenes opuestos y observar, así, la vasta amplitud de la heterogeneidad del hombre. Otro espacio relevante es la habitación, solitaria, oculta, del encierro del doctor B., que se convierte en esa dimensión más profunda del ser humano a la que hay que llegar si de verdad se quiere herir. Y el tercero, en el que todo converge, el tablero de ajedrez. Un espacio metafórico que representa la lucha entre dos entes con dimensiones diferentemente desarrolladas y, además, la batalla entre las diferentes dimensiones.

En cuanto a los diálogos, son naturales, fluidos y los justos. Cada personaje tiene un registro acorde a su caracterización. Por ejemplo, el casi silencio de Czentovic define su identidad; el discurso del doctor B. es culto, elaborado y argumental; el de McConnor es directo y coloquial, y el narrador testigo utiliza un lenguaje formal con un cierto tono de distanciamiento que refuerza su papel de observador.

Variaciones rítmicas para controlar la intensidad, repeticiones, metáforas simbólicas y economía léxica para transmitir profundidad psicológica son los recursos estilísticos más notables, que definen un estilo austero y elegante.

En resumen, se puede decir que la novela posee una estructura ajedrecística en la que cada recurso actúa como una pieza que ejerce su fuerza desde una determinada casilla. El símil continúa con los tres tiempos que posee la novela y que se corresponden con la apertura, en la que las jugadas son previsibles, los movimientos simples y se presenta a Czentovic; el medio juego, que se torna profundo, complejo, tenso, estratégico, con combinaciones brillantes y está protagonizado por el doctor B., y el final, con un resultado que se intuye.



Zweig logra sintetizar en este relato corto un duelo intelectual que trasciende el tablero de ajedrez para convertirse en una alegoría de la condición humana. Su estilo sobrio y su estructura perfectamente calculada confirman la maestría del autor, cuyo pulso narrativo sigue inspirando reflexiones sobre la inteligencia, la creatividad y los límites de la mente.

CLUB DE LECTURA: Novela de ajedrez de Stefan Zweig